María Roces González: Épica legendaria albanesa: cantares de paladines y baladas

Viernes, 17 julio de 2026.
María E. Roces González ha traducido del albanés Épica legendaria albanesa: cantares de paladines y baladas, edición bilingüe, Libros de las Malas Compañías, abril de 2026
Sinopsis
Fruto de una cultura popular, la albanesa, enormemente desconocida en el mundo occidental, salvo para un puñado de albanólogos, y de una difícil y fascinante lengua indoeuropea de tronco único, escasamente estudiada fuera de Albania y Kosova, la épica legendaria albanesa ha pervivido a la sombra, cuando no bajo la «amenaza», de la épica yugoslava (la épica cristiana de serbios, croatas, montenegrinos y macedonios) y, sobre todo, de la épica musulmana bosnia, con la que mantiene innegables paralelismos. Resulta cuanto menos sorprendente que el ciclo épico albanés, verdadero monumento literario, etnológico e histórico, no tenga como punto de partida temporal el momento en que se consuma la ocupación otomana en el siglo XV, sino que fije su atención en una confrontación mucho más antigua que, durante siglos, se vino repitiendo: la que enfrenta la Montaña tribal albanesa (carente de Estado e independiente) con la kralia, el reino y universo eslavos.
Este ciclo épico y sus estremecedoras canciones de gesta, en las que se combinan la inspiración de los viejos cantos homéricos y el influjo de los romances caballerescos medievales, son una de las fuentes que determinarán el futuro desarrollo de la literatura albanesa del siglo XX, puesto que contienen, como difícilmente podría hacerlo cualquier otra expresión literaria, el soplo trágico y la sobriedad expresiva, junto con la libertad en cuanto a los propósitos y al tratamiento preciso para conquistar los corazones de los albaneses… del mismo modo que los norteamericanos Parry y Lord cautivaron a toda una generación de eruditos con su descubrimiento de rapsodas analfabetos bilingües en Bosnia y el Sanxhak, quienes, al más puro estilo homérico, eran capaces de salmodiar versos épicos durante horas.
Y si bien la epopeya en serbocroata, como tradición viva, parece haber desaparecido cuando se dejó de encontrar guslar analfabetos cantando en los cafés de Novi Pazar, la epopeya albanesa, sin embargo, aún seguía vigente en los albores del siglo XXI, pues todavía se podían encontrar no pocos lahutar en Kosova (comarca de Rugova y occidente de Peja), en el norte de Albania y hasta algún otro en Montenegro, capaces de cantar las legendarias peripecias y hazañas de Muji y Halil y de sus treinta paladines o agás.
Las baladas albanesas son piezas épicas que no se recitan, sino que se cantan y, en general, no se bailan, salvo en algún caso, como el de la «Canción de Dhoqina»; tampoco gozan de una construcción estrófica fija ni de un estribillo determinado, y sus héroes carecen, casi sin excepción, de historia, de pasado, de origen, y en muchos casos hasta de nombre. Su antigüedad queda demostrada tanto por su carácter mitológico y legendario como por los rituales y antiguas costumbres que describen y, sobremanera, por las baladas arbëresh, como la de Pal Golemi, datada en 1693, que han conservado muchos de los rasgos característicos del cancionero popular albanés del medievo.
La colección incluye treinta cantares de paladines (kangë kreshnikësh) tomados de las ediciones —hoy canónicas— de los franciscanos de Shkodra Palaj y Kurti y publicadas, en 1937, en el volumen II de Visaret e Kombit (Los Tesoros de la Nación). Y de entre ellos no podían faltar, por supuesto, los cantares de Gjergj Elez Alia, Las nupcias de Halil, Las ora de Muji, Muji y Behur y el llanto de Ajkuna, entre otros.
De las veinte baladas del volumen, corresponden seis a Los Tesoros de la Nación y, en su mayoría, a la compilación de Baladas populares que en 1982 editó el gran folclorista Qemal Haxhihasani, con ilustraciones de Gazmend Leka. Tampoco de entre ellas podían faltar Rozafa, Doruntina, Ymer Agá, La canción de la pastora, Caí, amigo mío, inerte y ¡Oh, bellísima Morea!
Entre los propósitos de esta colección se encuentra el de contribuir a paliar, en cierta medida, el malentendido histórico que negaba la existencia de otra épica balcánica que no fuera la «yugoslava» y la griega, es decir, la épica legendaria en lengua albanesa. También busca responder a los interrogantes que, al respecto, se plantearon Prosper Mérimée y desde otro punto de vista el medievalista y epicista Menéndez Pidal.
El volumen se corona con una treintena de ilustraciones del gran pintor albanés Gazmend Leka, profesor de la Academia de las Artes, receptor de más una docena de premios nacionales e internacionales, artífice de unas ciento sesenta exposiciones, tanto en Albania como en el extranjero, y de quien la Galería Nacional de las Artes atesora treinta y ocho obras pictóricas y grabados, entre ellos este Gjergj Elez Alia que aparece en la cubierta de la Épica legendaria albanesa.
Comentario de la traductora sobre la traducción
Los poemas épicos de esta edición no son sino una lejana aproximación a los cantos originales, que los franciscanos nos ofrecen pasados por el tamiz y convertidos en textos literarios, por lo que solo el propósito de divulgarlos y brindárselos al lector hispano justifica un trabajo de esta naturaleza. Si consideramos, además, que la Chanson de Roland (en decasílabos 4+6 y rima asonante) se ha castellanizado en prosa literaria (B. Jarnés, M. de Riquer), al igual que El cantar de los Nibelungos, las sagas islandesas y hasta el mismísimo Cantar de Mío Cid en la prosificación moderna de Alfonso Reyes, o en la versión de Juan Loveluck…, la elección del criterio para esta traducción no ha resultado nada fácil. Se trataba, nada menos, que de acoplar el gegë arcaico de las rapsodias y los dialectos de las baladas al castellano moderno, manteniendo la mayor fidelidad posible a la literalidad de cada verso; esto es, atendiendo a «lo que dice» cada verso, de modo que, aunque el verso del texto vertido difiera, obviamente, del verso que se toma por original, vengan a contar ambos lo mismo.
¿Un original en decasílabos? Sí, para los compiladores Palaj y Kurti, quienes nos dicen que el decasílabo es el del ritmo musical con lahuta, si bien añaden que en la declamación resultan de nueve a diez sílabas, con la mezcla, a menudo, de versos de ocho y siete sílabas. Por si fuera poco, la métrica de las rapsodias es la del gegë, donde la vocal -ë aparece como adición para organizar rítmicamente el verso, y que, por lo general, en las rapsodias sí se lee (como nuestra -e paragógica), mientras que en la tradición de la poesía en gegë en ocasiones se lee y en otras no, al modo en que los diptongos pueden difuminarse o desdoblarse.
Por añadidura, además de la musicalidad interna que deriva de la distribución de los acentos, el verso de las canciones de paladines lleva un acento obligatorio en la penúltima sílaba que hace la función de constante rítmica. Se trataría, pues, de un verso decasílabo sui géneris, de ahí que la elección para su vertido al castellano moderno —desde las rapsodias de los franciscanos— sea el de hacerlo tender, declamatoriamente hablando, hacia otra especie de decasílabo que no respeta, ni puede hacerlo, las reglas de la métrica castellana, en particular en lo referente a las palabras agudas finales, y ha de enfrentarse, además, a la concisión lapidaria del hermosísimo gegë arcaico, y fuera de uso, de los cantares. Afortunadamente, el verso octosílabo de las baladas crea bastantes menos problemas de vertido.
Pero otro cantar —y nunca mejor dicho— es el asunto de la rima… «Una vocal al final del primer verso del cantar, que lo conecta con el segundo, hace de la epopeya una canción rimada, mientras que como texto no lo es», dice el académico Shaban Sinani, para señalar a continuación, al comparar la épica albanesa con la eslava, que la épica albanesa, por regla general, no lleva rima, mientras que la eslava sí, porque, al parecer, según concluye Veis Sejko, «la regularidad métrica clásica y la rima son fenómenos literarios y orales tardíos». Sobre este intríngulis hay que hacer la elección, y la solución asonantada, cuando se debe y cuando se puede, ha resultado, para bien o para mal, acertada o desacertadamente, la elegida por melodiosa y cantarina.
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