El Trujamán

Profesión

Premios de traducción

Por Mariano Antolín Rato
28/07/2021

«Hablo con la autoridad que da el fracaso», escribió Scott Fitzgerald en El Crack-Up. Esta cita me sirve, con las debidas diferencias, para referirme a una sensación que siempre he tenido a la hora de formar parte de jurados de premios a la traducción. Y tanto en calidad de «profesional de reconocido prestigio» nombrado por el Ministerio, como por haberlo ganado, he sido miembro del Nacional en cinco ocasiones. Y otras dos del Aristeion (en griego ‘el mejor’) que concedía la entonces todavía Comunidad Europea. Pues bien, todas las veces, aun en los casos en que los ganaron participantes que yo propuse y defendí, tuve que firmar las actas de los fallos dominado por la frustración.

Comentarios con algunos de los otros miembros de los jurados me confirman que se trata de un estado de ánimo compartido. Ninguno de ellos, lo mismo que me pasa a mí, conoce todos los idiomas en que se escribieron originalmente las obras literarias concursantes. Y el recurso a muestras o informes de especialistas solo permite hacerse una idea muy parcial de la calidad de las traducciones. De modo que, en último término, se terminan imponiendo factores más bien relacionados con la habilidad de quien defiende la obra, el prestigio del que la ha traducido y, especialmente, que haya sido vertida a alguno de los idiomas de dominio más habitual. El inglés, sobre todo, el francés en gran parte, y en menor medida el alemán.

Como no recuerdo que exista ningún compromiso por parte de los jurados que les obligue a mantener en secreto el desarrollo de las deliberaciones, voy a permitirme dar cuenta de varios casos en los que participé. Creo que permiten hacerse una idea, siquiera superficial, de los procesos seguidos que, supongo, no deben diferir demasiado de los habituales. Si me equivoco, agradecería que se me comunicara cuáles fueron, para así poder atenerme a ellos en posibles ocasiones futuras en que sea miembro de jurados de ese tipo.

Empezaré por un par de anécdotas referidas a los premios Aristeion. En uno que se concedía en Weimar, Alemania, el jurado francés defendía la traducción de Vie de Rancé, de Chateaubriand, al alemán. Durante uno de los descansos, tomando café, comentó que estaba seguro de que si su dominio del inglés fuera superior, conseguiría ganar, pues se las arreglaría para convencer de su calidad a las jurados islandesa, holandesa y griega, muy combativas en la defensa de sus propuestas. Y acertó. El premio se lo llevó otro que ahora no recuerdo, aunque estuvo a punto de hacerlo un interesante novelista griego, Nikos Bakolas, que yo conocí entonces en la traducción inglesa de su obra que me habían pasado.

Otra vez que ese premio se concedió en Estocolmo, mi candidato, el hoy académico de la Lengua y justamente reconocido traductor, Miguel Sáenz, lo ganó por una obra de Günter Grass. Dados mis limitadísimos conocimientos del alemán, incapaces de apreciar los matices estilísticos en ese idioma, tuve la suerte de contar con el apoyo incondicional de las jurados sueca y holandesa, con quienes me comunicaba en inglés. Las dos prestigiosas traductoras, entre otras obras, del Quijote al sueco y neerlandés, y dominadoras, además, del alemán, viendo que las traducciones que ellas defendían quedaban sin posibilidades, se pusieron de mi parte. Y también el austriaco, gran admirador de Grass pero desconocedor absoluto del español.

Sin embargo, resultó sumamente curioso que Ramón Sánchez Lizarralde ganara el Premio Nacional por la traducción de una novela de Ismail Kadaré. Ninguno de los miembros del jurado teníamos la menor idea del albanés. Se solicitó la asesoría del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, que proporcionó un informe negativo. Lo había redactado, según sabía uno de los que debía decidir, el otro único traductor existente del albanés al español. Un enemigo declarado de Lizarralde, al parecer. No era, por tanto, digno de fiar. Pero consultado el traductor al francés de Kadaré, que sabía español, dijo que las versiones de Lizarralde eran inmejorables. Y como varios miembros del jurado conocían el rigor con el que trabajaba, algo de lo que yo podía dar fe porque, encima, era gran amigo mío, conseguimos que ganara por mayoría.

No es un caso frecuente, y por eso me he detenido en él. Podría referirme a las vicisitudes y fracasos, debidos a desconocimiento, de traducciones al español del chino, neerlandés o islandés. Lo que indica que en los premios de traducción parten con ventaja aquellas cuya fuente de origen sean idiomas de uso mayoritario. Y de ahí, la sensación de fracaso a la que me refería al comienzo.


Recordamos a todos nuestros lectores que durante el mes de agosto no se publicará El Trujamán. El miércoles 1 de septiembre estaremos de nuevo con ustedes.

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