Entre las religiones de la traducción, se cuentan el credo del genio de la lengua y el credo de que no se traduce de una lengua a otra (de un genio a otro) sino de discurso a discurso, de poética a poética. El primero tuvo como pontífices destacados a Jean-Paul Vinay y Jean Darbelnet. El segundo conoció pontificados como el de Henri Meschonnic. El primero es amigo de traer la lengua de la obra original a la casa de nuestra propia lengua y tratar de hacerla parecer nacida allí; el segundo, de llevar a pasear las posibilidades discursivas de su propia lengua a otro país o región, para que expanda sus paisajes. Uno busca cerrar fronteras hacia dentro, impedir el ingreso de cualquier agente foráneo sin cartas de naturalización; el otro busca ampliar las fronteras, apropiarse de zonas vecinas donde se sienta cómodo. Uno, mantener la presunta pureza de la propia sangre lingüística; el otro, enriquecer la propia sangre con vigores afines de la otra. En definitiva, en esto hay mucho de cuestión de fe: es posible exponer muy buenos argumentos a favor y en contra de uno y otro credo, pero, en última instancia, cada quien preferirá los mejor emparentados con sus propios gustos. En lo personal, como se inferirá de cierto sesgo en lo que va de este párrafo, profeso el segundo de estos credos. No habría espacio aquí, ni abunda tampoco en mis intenciones, para extensos razonamientos: sólo propongo algunos destellos para que quienes, por propia buena voluntad, se inclinen por mi mismo credo perciban posibles lucecitas en el camino.
No hablo, en resumidas cuentas, de desnaturalizar la lengua propia, sino de no naturalizar la extrañeza: en cualquier lengua, la literatura es siempre contranatural; la naturalidad puede ser amiga de la comunicación, pero del arte tiende a ser enemiga (soy a mi manera un formalista ruso).
Mínima ilustración: si me encuentro con una construcción inglesa como the smoking chimney y traduzco «la humeando chimenea», no estoy produciendo un texto castellano, más allá de que las palabras sean castellanas; pero, si me encuentro con una construcción típicamente inglesa como it was then that... y la traduzco con una expresión castellana muchísimo menos usual pero totalmente correcta como «fue entonces que...», produzco un texto que, sin atentar en lo más mínimo contra la integridad de nuestra lengua, le agrega posibilidades.
El potencial problema, desde mi punto de vista, está en entrar en una obra literaria con una especie de molde previo general y, en consecuencia, traducirla de manera que encaje en ese molde, sin prestar verdadera atención a las particularidades de la obra en sí, las que en definitiva le otorgan su carácter único.
Suele decirse, por ejemplo, que el genio del inglés tiende a oraciones más breves que el del castellano. Ahí está para desmentirlo Virginia Woolf, entre tantos ejemplos posibles. Y sin embargo, tuve a la vista hace unos años, mientras traducía novelas suyas, algunas traducciones que cortaban muchas de sus larguísimas frases en varias breves. O sea, lo contrario de lo que indicarían los hipotéticos genios comparados de ambas lenguas. Si tanto en inglés como en castellano, más allá de genios generales, se puede escribir en particular con frases largas tanto como con frases breves, ¿por qué no dejamos que el autor decida cuál encaja mejor en una obra suya?
De tal clase de actitudes surge mi temor: que permisos intervencionistas respaldados por supuestos genios superestructurales de las lenguas se transformen en licencias para matar, tanto da si por determinado motivo como por su contrario. El genio es ante todo el del autor. Y es de esperar que sobreviva a la traducción. En lograrlo, precisamente, radicaría el genio de quien traduce.
(artículo completo en el trujamán)
