El Trujamán

Historia

Guía de traductores (y 3)

Por Juan Gabriel López Guix
01/12/2021

La Guía de perplejos de Maimónides (1135-1204) es una obra fundamental en el pensamiento filosófico medieval. La historia de sus versiones encierra, para nosotros, múltiples enseñanzas y reflexiones sobre la traducción. De entrada, la historia de la influencia de la Guía es la historia de la influencia de sus traducciones. En realidad, la obra, a pesar de su trascendencia, apenas se leyó en la versión original en árabe.

Las dos traducciones rivales de la Guía de perplejos al hebreo alimentaron sendas tradiciones completamente diferentes. La versión de Ibn Tibbón sería usada de modo mayoritario por los pensadores judíos (fuera del ámbito de influencia judeoárabe); la de Al Harizi sería la base de la introducción del pensamiento racionalista de Maimónides en el mundo medieval cristiano: de esa versión partirían sobre todo (quizá no exclusivamente) en el primer tercio del siglo xiii las primeras traducciones de la Guía al latín, idioma en que leyeron a Maimónides Alberto Magno (c. 1200-1280) y Tomás de Aquino (1225-1274), la figura equivalente a Maimónides dentro del cristianismo en el intento de conciliar razón y fe. También de Al-Harizi partiría la primera traducción al vernáculo, la castellana de Pedro de Toledo (hecha en el primer tercio del siglo xv por encargo de Gómez Suárez de Figueroa, señor de Zafra, y luego de su cuñado Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana).

La Guía de Maimónides supuso la culminación de la filosofía judía en el mundo judeoárabe de al-Ándalus, donde el árabe era la lengua de cultura. Con su pulcra y elegante traducción, Al-Harizi la trasladó en hebreo para unos lectores de esa misma cultura judeoárabe que ya desaparecía en la península ibérica. Ibn Tibbón, nacido ya en la Provenza, con su oscuro hebreo en el que forzó la lengua en una búsqueda inflexible de la precisión y con una concepción meramente funcional de lo lingüístico, sin concesiones a la belleza literaria, se dirigió a otras comunidades de lectores, el nuevo público judío del sur de Francia.

Siguiendo, en realidad, los consejos traductológicos de Maimónides dirigidos a Ibn Tibbón, Al-Harizi se alejó léxica y sintácticamente del original, pero a pesar de su libertad lingüística se mantuvo dentro del universo cultural en el que había nacido la Guía. Desoyendo esos mismos consejos, con su literalismo servil, Ibn Tibbón se mantuvo apegado a la letra y la sintaxis, y se dirigió por encima de las recomendaciones del autor a un público ajeno al mundo judeoárabe. Se podría considerar que la versión de Al-Harizi es reflejo de una época dorada que ya concluía y que la de Ibn Tibbón remite a una nueva comunidad de lectores. Una mira hacia el pasado; otra, hacia el futuro. La de Al-Harizi sirvió de puente con el mundo cristiano y alimentó su pensamiento filosófico; la de Ibn Tibbón, más oscura que el original, creó, en palabras de James T. Robinson «el lenguaje de la filosofía y la exégesis filosófica en el judaísmo».

Cabría preguntarse, por otra parte, como ha hecho algún estudioso, si los consejos de traducción dados por Maimónides a su traductor en la carta de 1199 no encierran, a pesar de los elogios dirigidos a Samuel ibn Tibbón y a su padre Yehudá (que podrían considerarse como parte de las convenciones epistolares de la época), una crítica velada al método de traducción tibbónida. No es descabellado pensar (por las dudas que le planteó Ibn Tibbón y, sobre todo, si le envió alguna muestra de su traducción en curso) que Maimónides fuera consciente de que su obra se estaba traduciendo con unos criterios traductológicos totalmente opuestos a los que él, como explicitan sus indicaciones, consideraba adecuados; unos criterios, sin duda, mucho más coincidentes en lo referente a la lengua de llegada con los de Yehudá Al-Harizi, quien en el prólogo a otra traducción suya de una obra de Maimónides escribió: «los sabios de todas las lenguas están de acuerdo en que no se puede traducir un libro en tanto que [el traductor] no conozca tres cosas: el secreto de la lengua que traduce, el secreto de la lengua a la que traduce y el secreto de la ciencia cuyas palabras interpreta» (trad. Carlos del Valle Rodríguez).

Dos detalles anecdóticos a modo de colofón. Esta cita de Al-Harizi era utilizada como encabezamiento en los contratos de Muchnik Editores (tengo ante mí mientras escribo el firmado para la traducción de Presencias reales de George Steiner, que finalmente salió en otra editorial) y, cual pequeño rescoldo sepultado durante muchos años y que de pronto se reaviva, me ha servido de inspiración para estos trujamanes. Y el segundo detalle: el 8 de tishréi del año 1511 según el calendario seléucida, fecha de la carta de Maimónides, corresponde al 30 de septiembre de 1199. Quizá Maimónides ya previó que ese sería un buen día para hablar de traducción.1

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  • (1) Diversas obras han sido de utilidad en la composición de estos textos relacionados con las traducciones de la Guía de perplejos realizadas por Samuel Ibn Tibbón y Yehudá al-Harizi. Las principales han sido las siguientes: Judá ben Shêlomo Al-Ḥarizi, Las asambleas de los sabios (Taḥkĕmoní), ed. y trad. de Carlos del Valle Rodríguez, Murcia, Universidad de Murcia, 1988; Maimónides, Guía de perplejos, ed. y trad. de David Gonzalo Maeso, Madrid, Editora Nacional, 1983; ___, Cinco epístolas de Maimónides, intr., trad. y not. de María José Cano y Dolores Ferre, Barcelona, Riopiedras, 1988; Ángel Sáenz Badillos, «Yehudah Al-Ḥarizi, admirador de Maimónides», Miscelánea de estudios árabes y hebraicos, 34 (1985), pp. 61-70; Josef Stern, James T. Robinson y Yonatan Shemesh (eds.), Maimonides' Guide of the Perplexed in Translation: A History from the Thirteenth Century to the Twentieth, Chicago-Londres, The University of Chicago Press, 2019. volver
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