¿Traducciones alimenticias?, María Teresa Gallego Urrutia

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Lunes, 7 de septiembre de 2026.

Recientemente, en labios —o en teclas— de profesionales de la traducción editorial, por lo general jóvenes, me voy topando con sorpresa e inquietud con la expresión «traducciones alimenticias», que antes solo me encontraba en escritos o en conferencias de traductores ocasionales o amateurs, por lo general profesores universitarios o escritores. ¿Qué querían decir a la sazón dichas palabras? ¿Qué era entonces una «traducción alimenticia»? Pues, salvo error u omisión, se trataba de una traducción editorial por la que se había cobrado, probablemente una cantidad más o menos simbólica, pero sí, por la que se había, ¡oh, cielos!, cobrado. Consideraban dichos profesores o escritores que lo suyo, en realidad, cuando traducían, eran Leopardi o Montaigne, por citar solo dos nombres, y por eso no se cobraba (válgame Dios), traducirlos era una misión suya en el sentido más religioso de la palabra. Y traducir por dinero, y obras de calidad inferior, era pecado casi mortal (o mortal del todo). Era haber caído, por las causas que fuere, en una tentación por la que había que disculparse.

Oí una vez, en el paraninfo de una universidad, a un poeta decir: «Yo nunca traduciría un libro que no me hubiera gustado escribir a mí». Nada tengo en contra de esto, antes bien. Pertenece a la rama de la investigación literaria, actividad imprescindible.

Por otra parte, que un profesor o escritor se dedique también a la traducción editorial, dentro del marco de la Ley de Propiedad Intelectual, y cobre sus pertinentes derechos de autor, y luche junto con los traductores editoriales profesionales por que sean cantidades dignas me parece de perlas. Bienvenidos.

Lo que ya no me parece de recibo es la expresión, utilizada a sabiendas en tono despectivo, de «traducción alimenticia». Porque ¿qué ha solido entenderse por «alimenticio» en tales casos? Doy por hecho que, propiamente dicho, «alimenticia» califica a una actividad de la que se vive, un oficio, un trabajo por el que se cobra para, luego, comprar las lentejas en la tienda de ultramarinos de la esquina. Algo dignísimo y cotidiano. Pero «traducción alimenticia», tal y como se ha venido utilizando («me disculpo por haber hecho a veces traducciones alimenticias», frase que he oído más de una vez —y podría dar nombres, pero no lo haré—), suena demasiado a «yo confieso haber faltado alguna vez a la honestidad[1] y haberme prostituido, estoy arrepentido y pido perdón».

Ludwig Deutsch (1855–1935), El escriba, Wikimedia Commons

La traducción literaria es un oficio, por lo tanto, es alimenticia por definición. Puede ser la única fuente de ingresos del trabajador o puede este tener más de una. Traducción y docencia, por ejemplo. En cualquier caso, siempre será alimenticia. Un traductor editorial no elige lo que traduce, recibe encargos de las editoriales, negocia los plazos de entrega del encargo, qué derechos de autor va a cobrar por su trabajo y firma un contrato en el que se especifica, entre otras cosas, qué anticipo de ellos recibirá al entregar la traducción acabada. ¡Afortunadamente! Porque no hay nada que forme más al traductor, que lo vaya perfeccionando y enriqueciendo más que pasar continuamente de una obra magna del romanticismo a una novela rosa del siglo XX y, acto seguido, a una novela policiaca recién publicada, de un escritor de frases breves a otro de frases inacabables, cambiar de época, de vocabulario y construcciones, acabar el libro de un gran escritor al que no debe mermar en nada y empezar el de un autor mediocre al que no debe caer en la tentación de mejorar. Y todas ellas son traducciones igualmente difíciles y evidentemente alimenticias. Los escritores traducidos pueden entusiasmar al traductor o pueden resultarle indiferentes, o puede aborrecerlos, eso da igual, eso puede sentirlo como lector, en sus horas libres, pero no como traductor. Como traductor tiene que convertirse en el alter ego del escritor y conseguir que el lector lea lo mismo en su lengua que lo que lee el lector de la obra original. Eso es traducir. Esa es su misión. Y su medio de vida: traducciones alimenticias. ¿Qué, si no? Dejemos aparte casos, que pueden darse, en los que un traductor rechace un encargo porque las ideas que difunde la obra que le proponen contradicen de forma absoluta sus creencias éticas y no quiere colaborar en su difusión. Pero esa es otra historia. Un traductor editorial traduce lo que le piden, cobra y vive de sus ingresos. Todas las traducciones del profesional de la traducción son alimenticias.

Por eso últimamente no entiendo nada cuando leo que algunos colegas jóvenes hablan hic et nunc de «traducciones alimenticias». ¿A qué se refieren? ¿Qué entienden por «traducciones alimenticias»? ¿Lo dicen en el tono despectivo de otras épocas y otros entornos que he comentado antes? ¿Es algo que les parece reprobable? ¿Por qué? ¿O no? Y, si no, ¿qué? Me preocupa, me alarma, me desasosiega. Quizá exagero. Pero sí, me preocupa, me alarma, me desasosiega mucho. Quizá debiéramos buscar una ocasión para hablarlo entre todos…

[1] Aprovecho para decir alto y claro que estoy completamente harta de que se confundan continuamente en todos los ámbitos hablados y escritos los términos honradez y honestidad. Cierto es que el diccionario de la RAE colabora en la confusión, pero me voy a quejar en cuanto pueda a Álex Grijelmo.

 

Desde pequeña, María Teresa Gallego Urrutia supo que de mayor iba a traducir libros franceses. El primer encargo se lo hizo a los 18 años el director de Seix Barral, Joan Petit (y no se llegó a publicar el libro porque lo prohibió la censura de la década de 1960). Sesenta años después, más de 100 autores después, cerca de 300 libros después sabe que acertó de pequeña.

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