Cómo empecé a traducir, III

Ramon Casas, 1890

En febrero de 2020 convocamos la tercera ronda de participaciones en la lista de distribución de ACE Traductores para que los colegas nos contaran cómo habían empezado a traducir.  Las dos anteriores están disponibles en Vasos Comunicantes 38 y Vasos Comunicantes 43.

 

Carlos Mayor:

Qué buena idea. Me ha hecho mucha ilusión volver a ver las entregas anteriores (y en ellas a compañeros que ya no están). Participo a riesgo de repetirme, porque ya lo he contado alguna vez por ahí.

Mi primera oportunidad me llegó hace poco más de treinta años, en 1989. Estaba estudiando traducción en la Universidad Autónoma de Barcelona y cada día, al llegar a ese remoto centro del saber a hora muy temprana, los alumnos nos dirigíamos al tablón de anuncios, donde principalmente aparecían avisos de indisposición repentina de los profesores. Sobre todo de los que daban la primera clase a las ocho y media de la mañana, que eran los de salud más frágil.

Esas habituales ausencias a primera hora nos empujaban, cansados y cabizbajos ante la oportunidad de desasnamiento perdida, al bar de la Facultad de Medicina, que era el más próximo. Allí esperábamos a que se presentara el primer profesor del día entre los efluvios de formol procedentes de la muy cercana alberca donde hacían sus prácticas de disección los futuros galenos del país.

Pues bien, una gélida mañana de otoño me llevé una agradable sorpresa al consultar aquel tablón. Había una ficha de las de toda la vida, colgada con dos chinchetas, que rezaba: «Se busca alumno de traducción para traducir cómics». Emocionado, al llegar a casa por la tarde llamé. Hablé con un editor que me citó en un bar. Resultó que lo conocía de nombre, porque firmaba la página de cartas de los lectores de series que yo leía. De hecho, alguna vez le había escrito y me había publicado alguna carta.

El editor había comprado los derechos de V de vendetta, de Alan Moore y David Lloyd, y buscaba traductor porque se había puesto a hacerlo su hermana y le había parecido muy difícil. Me puse yo y también me pareció difícil, dificilísimo, pero a la vez apasionante. Y poco a poco fui avanzando y al editor le gustó mi trabajo. Y encima ponían el nombre del traductor bien grande, junto con los de Moore y David y el de la rotulista. No cabía en mí de gozo.

A partir de entonces, la horas en que no había clase dejé de pasarlas en el bar de los efluvios insanos para encerrarme en el aula de informática, donde los ordenadores tenían instalado el programa WordPerfect y el fondo de pantalla era de un cegador azul Klein.

Seguí trabajando para aquel editor varios años, casi siempre en libros muy estimulantes, y aprendiendo mucho. Incluso, cuando una vez acaba la carrera estuve un tiempo dando clase en Jamaica, en la Universidad de las Antillas, intercambiábamos los tebeos y las traducciones (que todavía se entregaban impresas) por valija diplomática. Nunca agradeceré lo suficiente la benevolencia del agregado cultural de la embajada, que era quien lo facilitaba. Hacia el final de mi estancia, sin embargo, el buen hombre cortó el grifo porque algún compatriota listillo aprovechó el sistema para enviar sustancias no del todo legales. Y se acabó la tolerancia.

A la vuelta a Barcelona, seguí estudiando y en paralelo empecé a traducir otras cosas: películas y series, artículos para revistas, libros de divulgación, catálogos de exposición y novelas. Lo conseguía con una miajita de suerte y a veces con la ayuda de antiguos profesores, pero sobre todo con perseverancia. Pero lo más importante para espabilar, a lo largo de los años, siempre ha sido el apoyo entre compañeros, sobre todo desde que empecé a compartir despacho y desde que me asocié a ACE Traductores y a APTIC (por entonces TRIAC), que han sido mis grandes escuelas.

Abrazos,

Carlos

 

María Enguix:

Me ha emocionado mucho volver a leer los centones y creo que nunca he contado cómo empecé, así que me lanzo como Carlos.

Mi primera oportunidad tardó un poco en llegar. Terminé la carrera de traducción en la UJI (soy de la primera promoción, de 1994) y, aunque me moría de ganas de empezar a traducir, tenía otros planes primero: quería irme a Grecia a aprender griego moderno. Ese mismo verano de fin de carrera me busqué rápidamente una beca en la Universidad de Atenas y de ahí me fui a Salónica, donde había hecho el Erasmus y tenía amigos. En Salónica me apunté a la Escuela de Griego Moderno de la Universidad y me dediqué a estudiar griego, a dar clases de español en invierno y a currar de camata en las islas en verano, como hacía todo quisqui entonces.

Al año o dos me puse a enviar currículos a diestro y siniestro por toda Grecia (imaginaréis lo corto que era mi currículum) y un día me llamaron por teléfono: era el director del Centro Griego de Cinematografía.  Mi currículum le había llamado la atención por lo bien escrito que estaba y me dijo, qué pena que vivas en Salónica y no en Atenas, y yo le dije, mire, precisamente tengo que bajar a Atenas la semana que viene, lo que era mentira, por supuesto.

Fui a verle y el director fue extraordinariamente amable conmigo, me puso en contacto con varias agencias de traducción y con Efi Califatidi, que vivía en Salónica y que fue una traductora magnífica, de muchísimo renombre en Grecia (murió en 2018). Efi Califatidi era la traductora de Umberto Eco, y de una lista larguísima de autores, y también era subtituladora. Me citó en su casa, en Salónica, y en una tarde me enseñó a subtitular. Además, era la responsable de la subtitulación del Festival Internacional de Cine de Salónica. Me dio una prueba de traducción y un par de semanas para hacerla: nada menos que unas escenas de El gatopardo, que yo tenía que subtitular al griego, claro. Como imaginaréis, aquello fue una locura. A pesar del resultado, se portó de maravilla conmigo. Fue entonces cuando empecé a pensar seriamente, María, este no es el camino, vuélvete a España.

Volví a Valencia después de vivir tres años y pico en Grecia y conseguí mi primer trabajo en el IVAM, de recepcionista. A los cinco o seis meses, la misma empresa de comunicación que me había contratado para trabajar en el IVAM (era una subcontrata de esas), me ofreció traducir un libro del francés, una historia de la moda, para una editorial que también gestionaban ellos entonces. Me lo pagaron fenomenal y con un contrato muy bueno (yo ya me había asociado a ACE Traductores), aunque nunca llegaron a publicarlo. Me emocioné, era mi primer libro, me despedí del IVAM y me puse a traducir. Busqué trabajo en agencias y me salió bastante. Un día me encontré con un antiguo profesor al que aprecio muchísimo, Vicente Benet, y que entonces era el redactor jefe de la revista Archivos de la Filmoteca. Me preguntó si traducía del inglés y le dije que sí (otra mentirijilla, porque mi segunda lengua era el francés, que había estudiado desde pequeñita, y la tercera el griego y, si bien el inglés había sido mi lengua B en la carrera, le tenía mucho respeto). De modo que empecé a traducir ensayos de cine para ellos, del inglés y del francés, y a hacer currículum. Luego me mudé a Málaga para estudiar el Doctorado y, por iniciativa de nuestros queridos profesores de griego, empezamos a proponer novelas y relatos griegos a editoriales y revistas y así es como conseguí publicar mis primeros libros. Al poco tiempo dije ciao a las agencias. El resto ha venido con mucho esfuerzo y tesón y, como dice Carlos, el apoyo de los colegas.

 

Geneviève Naud:

Ya que tenemos permiso los de más de 35 años en esta tercera entrega, aquí va:

La primera traducción al francés que hice fue la de un manual de instrucciones de una cosechadora recogedora Massey Ferguson que me encargó un campesino segoviano. Corría el año 1977. Me tuve que comprar un diccionario Duden que me costó más que el importe de la traducción. Había empezado a estudiar Filología Española en la Universidad de Burdeos el año anterior con el objetivo de ser traductora algún día, ya que siempre tuve claro que no iba a ser capaz de enseñar a alumnos que no querían aprender.

Tras unos pocos meses en dicha universidad, me pareció que no tenía el nivel requerido de español y me fui a vivir a Segovia. Hice de apuntadora en un grupo de teatro, de ayudante de enfermera en un hospital, de oyente en la facultad de filosofía y me apunté en Filología un año más tarde en Madrid y terminé en Toulouse. Gracias al latín que estudié en el colegio y el instituto, se me daba bien traducir y aprobé con facilidad las asignaturas de traducción de la carrera y sólo se me atragantó la de inglés. De vuelta a España, de au pair en la casa de un cirujano famoso, la editorial Susaeta me encargó traducir cuentos para niños y hacer versiones abreviadas de clásicos en francés… Las traducciones las entregaba en unos folios de 30 líneas que me daba la editorial, utilizaba una máquina de escribir no eléctrica y Tipex. Me pagaron hasta 1.000 pesetas el folio de 30 líneas (9,62 euros) antes de los años 1990, y se cansaron, claro.

Los dos años siguientes trabajé como secretaria en un bufete de abogados –para conseguir la tarjeta de residencia–, y aprendí algo de terminología jurídica, pero no lo suficiente como para aprobar el examen de traductor jurado. Quise y pude entonces hacerme autónoma. Empecé a dar clases particulares –tuve a Núñez Encabo de alumno, excusez du peu– y a traducir para varias agencias, entre las cuales figura Diorki (¡cómo no!).

Me hice de ACEtt el 2 de enero de 1991 –guardo como oro en paño el certificado firmado de puño y letra por Esther Benítez– gracias a un par de libros de cuentos traducidos esta vez del francés al castellano para Gaviota (la inconsciencia de la juventud). Siempre pensé que asociarse para conocer a colegas de profesión, aprender a manejarse frente a un editor o un cliente y defender sus derechos era fundamental. Estuve en muchas Jornadas de Tarazona y unos cuantos colegas me recomendaron; así me salieron trabajos de lo más diverso: revisar entradas de un diccionario bilingüe, traducciones para catálogos de arte, libros sobre plantas, varios de historia, entre los cuales el tocho de Pedro J. sobre la Revolución Francesa o el testimonio de una ex del Opus Dei. El caso es que sin los colegas de profesión no podría estar escribiendo nada ahora mismo.

Ahora bien, nunca vino todo rodado, nunca. «Con cada trabajo siento que vuelvo a empezar de cero». Esta primera traducción marcó mi destino: ser una traductora todo terreno, pasar de un campo a otro y labrar mi surco. ¡Ah, se me olvidaba! Me toca hacerme con el programa InDesign de aquí a abril si no quiero perder a mi mejor cliente. Por último, la guinda del pastel: sigo dando clases de francés a unos alumnos que quieren aprender.

 

Marta Sánchez-Nieves:

Descubrí qué era eso de traducir y que me quería dedicar a eso en quinto de carrera, traduciendo en clase de ruso el Oneguin de Pushkin (sí, ese Pushkin del talón), allá por 1997.

Un par de años después, una amiga de la facultad me dijo que andaban buscando un traductor de ruso para la Biblioteca Universal de Gredos, que querían publicar un clásico ruso no muy gordo (como si fuera tan fácil). María Sánchez Puig, la profesora de ruso de tercero a quinto de carrera, me animó a hacerlo, me aconsejó qué libro proponer, en Gredos me pidieron una prueba y, mezcla de osadía del ignorante y de la inconsciencia de la edad, me planté allí con la carta de Tatina del Oneguin. El caso es que hice mi primer libro, que ha tenido más vidas que un gato.

El segundo tardó en llegar, y también llegué a la editorial recomendada por un compañero de facultad. Como al 90% de todas a las que he llegado desde entonces. Los pobres iban con propuestas de autores checos o eslovacos y les decían: esto… no, pero ¿no sabrás ruso? Aun así, hasta el 2010 más o menos, fueron con cuentagotas, mientras iba traduciendo otro tipo de textos o daba clases o hacía cursos del entonces INEM.

Cuando me mudé a Zaragoza (creo que en el 2007), perdí el miedo a ir sola a las jornadas de Tarazona, y nunca olvidaré cómo me cuidaron Hernán Sabaté y Montserrat Gurguí ese fin de semana. Acabé haciéndome socia con el tiempo, seguí el consejo de Carmen Francí esa primera noche en Tarazona y pedí las liquidaciones que no había recibido nunca, empecé a leer de verdad los pocos contratos que me llegaban, entendiéndolos y aprendiendo mis derechos igual que me había aprendido los convenios de mis trabajos por cuenta ajena. Empecé a frecuentar encuentros y cursos de asociaciones varias, seguían recomendándome los colegas para todo tipo de traducciones (Olga Korobenko es mi ángel de la guarda, por mucho que ella lo niegue), el sistema educativo me expulsó definitivamente (para descanso de los inspectores de la escuela, ji), y hoy he caído en la cuenta de que dos de los últimos encargos que me han llegado han sido por recomendación de editores con los que he trabajado, qué cosas, ¿no?

 

María Enguix:

Son muy chulos los relatos y está quedando claro lo importante que son la asociación y los colegas de profesión para iniciarse.

Anoche hice memoria y hay una inexactitud en el mío: cuando me encargaron el primer libro no me había asociado todavía. Me asocié después, y lo que ocurrió fue que, como ese primer libro no llegó a publicarse, estuve un tiempo moviéndolo y recuerdo que primero le enseñé el contrato a Mario Merlino y más tarde a Mario Sepúlveda. Por eso supe que era un buen contrato.

 

Raquel G. Rojas:

Buenos días de domingo:

Muchas gracias a todos, me está encantando, tanto las historias de los comienzos como las anécdotas derivadas varias…

Aquí mi aportación sobre cómo me metí en esto.

Yo de pequeña quería ser corresponsal de guerra. Los idiomas no me interesaban de una manera especial y, de hecho, odié a mi madre durante meses el año que me sacó de gimnasia rítmica para apuntarme a la academia de inglés más carca del pueblo. Me aficioné a la lectura, en realidad, porque a los 11 años mis compañeras de clase me dieron de lado en bloque y me parecía más digno sentarme con un libro en un rincón del patio que dar vueltas por ahí como pollo sin cabeza. Ni siquiera era muy consciente de que los Cinco hablasen en otro idioma que no fuera el mío, aunque me parecía bastante raro eso de que unos niños bebieran cerveza. Como tampoco sabía lo que era el jengibre, no le di demasiadas vueltas.

Así que, aunque cuando llegué a la universidad ya existía la licenciatura en Traducción, yo me metí a estudiar Periodismo (contra los consejos y advertencias de todo el mundo). Por cierto, yo tuve a Núñez Encabo como profesor. No se lo digáis a todos esos que me lo advirtieron, pero tenían razón: decepción absoluta. No con Encabo, que me caía muy bien, sino con la carrera. Aguanté hasta tercero y me cambié a Teoría de la Literatura. Allí, en los pasillos de la facultad, vi un anuncio de un máster en Edición y, cuando me licencié, me matriculé en él. Ahora quería ser editora. Empecé a trabajar como correctora en una editorial especializada en libros de enfermería. (Los meses de grabadora de datos y recepcionista y de dar clases particulares mejor me los ahorro.) Me independicé y, en el pueblo donde me fui a vivir con mi pareja, había una asociación cultural que publicaba libros recopilatorios con los relatos de un concurso que convocaban y una revista. ¡Oportunidad!, me dije. Y lo fue, pero no de la forma que esperaba. Me asocié y conocí a una traductora audiovisual que se convirtió en mi mentora y gran amiga. La ayudaba a revisar algunas pelis y series y empecé a traducir algunas teletiendas por mi cuenta para un contacto que me pasó.

Entretanto, como «quería ser editora», hacía cursillos de edición independiente. En uno de ellos, dos periodistas despedidos por un ERE presentaron su proyecto de nueva editorial. Al final de esa sesión, me presenté y les dije que era traductora (¡qué cara! fue como ver una copia extracorpórea de mí misma hablando, yo que procuro no respirar muy fuerte en público para no molestar). Les solté un par de títulos de pelis que creí que podían llamarles la atención, sin dejar del todo claro cuál había sido mi grado de participación en ellas, la verdad. Libros no había traducido, pero ellos tampoco habían editado ninguno todavía, así que…

Un par de semanas después, me ofrecieron traducir su segundo título (a cuatro manos con una antigua compañera suya). Les gustó y seguimos colaborando. En la presentación de uno de aquellos libros, conocí a otro editor que iba a fichar por un sello nuevo y me preguntó si podía contar conmigo.

En todo ese tiempo, me despidieron de la editorial de enfermería, di tumbos por varios trabajos administrativos y a la vez me hice autónoma para seguir corrigiendo y traduciendo: libros y productos audiovisuales (con una historia un poco paralela: a raíz de la colaboración con mi amiga, conocí estudios, hice cursillos, conseguí contactos…). Llegó un momento en el que no podía compaginar ir a una oficina y luego traducir en casa porque los días no tenían suficientes horas y elegí apostar definitivamente por esto… Y hasta hoy, que tengo más carnés que sitio en la cartera (ACETT, ASETRAD, ATRAE, UniCo…), pero, como ya comentaba algún compañero, las asociaciones han sido (y son) mi verdadera escuela.

Gracias por vuestra paciencia y por la oportunidad de compartir mi historia.

 

Alicia Martorell:

Yo empecé en 1985 que, aunque parezca la edad de piedra, para mí era muy tarde, ya tenía casi 30 años y una minicarrera a mis espaldas. Venía de filología francesa y estaba convencida de que toda la vida me dedicaría a la enseñanza del francés. Mi ritmo de trabajo era irregular, porque no había hecho oposiciones, pero me apañaba bien. Completaba con lo que salía, cosas bastante variadas. Un día me ofrecieron participar en la traducción del acervo comunitario, que se hizo en esos años y acepté sin pensarlo. Fue radical, porque a partir de ese momento, dejé las clases y me dediqué solo a la traducción. Había mucho trabajo, me gustaba muchísimo y desde el principio conté con buenísimos compañeros. Algunos empezaban como yo y aprendimos juntos y otros ya llevaban tiempo en esto y nos enseñaron lo que sabían. De aquella época queda poca gente, la transición informática se llevó por delante a muchísimos (y desgraciadamente a otros la vida también), pero fui conociendo a traductores nuevos, para mí esta profesión nunca ha sido solitaria, y eso que entonces no había internet y solo te podías relacionar quedando o por teléfono… También tuve la suerte de trabajar con clientes maravillosos, que tuvieron paciencia conmigo y me desasnaron (y con otros de los que no me quiero ni acordar).  Yo me vendo fatal, así que el trabajo siempre me ha venido del mismo sitio: los clientes que me recomendaban y los compañeros, sobre todo los compañeros.

Los inicios fueron un poco traumáticos porque yo, como muchos traductores y profesores de francés (alguien tendría que hacer una tesis sobre ese tipo de heridas) tenía una identidad francesa falsa mucho más molona que la española. Fue un terremoto en mi vida comprender que el español, que era tan secundario para mí, iba a ser mi herramienta de trabajo; lo pasé muy mal al principio, durante bastante tiempo dejé de leer en francés, de ver cine francés, de pensar en francés, porque estaba segura de que si no, no lo conseguiría (quizá por eso dejé las clases de forma tan radical), pero quité el esparadrapo del tirón, salí muy fortalecida y recuperé un bagaje que era mío y estaba desperdiciando a manos llenas. Y espanté unos cuantos pájaros de mi cabeza (los que quedaban los espanté cuando me demostré a mí misma que podía traducir también del inglés).

El primer libro también lo hice de negra, como muchos que ya han pasado por estos centones, cuando ya llevaba cinco o seis años traduciendo. Ese libro no lo firmé, pero me quedé en la editorial, que era Cátedra. Hice con ellos montones de traducciones, todas de ensayo, probablemente los libros que más satisfacciones me han dado, hasta que poco a poco se fue agotando la situación, sobre todo porque cada vez traducían menos, pero también porque pagaban muy poco. Para entonces, ya trabajaba con otras editoriales, los editores me iban llamando cuando se iban a otro sitio, pero recuerdo aquellos tiempos de Cátedra, donde prácticamente me daban a elegir y siempre me proponían libros maravillosos, como el paraíso. Desde entonces, alterno los libros con las otras traducciones, a un ritmo de un par de libros al año. Prefiero que sean de ensayo y procuro que sean interesantes, aunque tengo una visión bastante amplia de lo que es interesante, y que me den plazo suficiente para no tener que desatender a otros clientes. Me gusta hacer libros, pero no puedo decir que me gustan más que hacer jurídica o comunicación financiera: la mayor parte de las cosas que traduzco me dan mucha satisfacción, porque lo que me gusta es traducir.

Luego volví a la enseñanza, esta vez de la traducción, y fue como cerrar el círculo. Ahora he dejado la facultad, pero aquellos años simbolizan para mí el momento en que los compañeros mayores que yo o de mi edad fueron sustituidos gradualmente por compañeros más jóvenes, que para mí ha sido un cambio de eje radical y deslumbrante, primero porque aprendes cosas que nunca pensaste que podías aprender, y segundo porque puedes devolver algo de lo que has recibido.

No siempre es fácil y tienes que empezar, no desde cero, pero casi, una y otra vez. Estos últimos diez años han sido más difíciles, han traído algunos periodos de espantosa mesa vacía, algo que nunca me pasó cuando empezaba, pero aquí estamos a pesar de todo: nos reinventamos, cambiamos de sector, cambiamos de idioma, cambiamos de país y seguimos. De eso no se habla mucho, porque da pena asustar tanto a las criaturillas, pero en realidad, nunca se puede dar nada por hecho ni una carrera por asentada: cuando crees que ya lo has conseguido y tienes un ritmo regular, todo se viene abajo sin que lo veas venir y otra vez a buscar clientes. En realidad, aunque una parte del camino ya está hecha, muchos de nosotros empezamos en lo de la traducción más de una vez.

 

María Teresa Gallego Urrutia:

Otra de las conclusiones de estas historias, además de lo de la importancia de la Asociación, es lo currantes y lo tenaces que hemos sido todos (y seguimos siendo).  O sea que, bien pensado, sí, mira, vivan estos proletas que somos (y que  me dejen de espíritus excelsos que hallan su alter ego en el Renacimiento o así y no piden nada más que el honor de reencarnarlo, porque ellos y sus reencarnados lo valen, sin mancilla de espurios intereses).

Y ya que citamos continuamente a Esther Benítez, algo que ya he contado muchas veces, pero que creo que nunca se repetirá bastante. No son palabras literales, sino una reconstrucción mía, y doy por hecho que lo dijo muchas veces y de diferentes formas, según el contexto. Pero puedo asegurar que están bien reconstruidas.

«La traducción es una profesión con la que muchos compañeros se ganan el pan. Y quien regala el trabajo o lo malbarata por gusto o porque tiene otros ingresos o porque piensa que le aporta adorno y prestigio, o por los tres motivos juntos, no sólo está perjudicando a unos trabajadores y quitándoles el pan, sino que está perjudicando a la propia profesión, devaluándola, allanando el camino a los editores que minusvaloran este oficio y explotan a quienes lo ejercen. Degrada la profesión y se degrada a sí mismo. Se pueden tener simultáneamente dos profesiones, la de traductor y otra, pero lo que no se puede, cuando se traduce, es no ser tan profesional, tan reivindicativo, tan riguroso en el terreno laboral como si ésa fuera la única profesión. No es lícito, no es honrado, traducir -para una editorial- como amateur».

Cada vez que oigo decir a alguien o leo que alguien dice, explicando (o justificando) ufanamente su  «ajenidad»): «Es que, claro, yo no vivo de eso», lo que me gustaría sería poder obligarlo a copiar mil veces ese párrafo (a mano, por supuesto).

Con perdón por la autocita… pero es que viene a cuento. Es de hace 18 años. Ya lo pensaba mucho antes de escribir ese trujamán y lo sigo pensando a más y mejor 18 años después. Cada vez más cuanto más tiempo pasa.

https://cvc.cervantes.es/trujaman/anteriores/febrero_02/08022002.htm

 

Carmen Francí:

Lo que me recuerda la intervención del dramaturgo Borja Ortiz de Gondra en unas Jornadas de Tarazona: precisamente porque no vivo de esto, no pienso bajar el listón de mis exigencias ni boicotear los esfuerzos laborales de quienes han hecho de la traducción su profesión.

 

Noemí Jiménez Furquet:

Hola a todos:

Me asomo por aquí un momentito para daros las gracias por estos testimonios. Creo que ya se lo comenté a alguna compañera en persona: solo por este foro ya habría merecido la pena ingresar como premiembro en la asociación, y los mensajes de los colisteros que estoy leyendo estos días para el centón me lo confirman una vez más. No solo da gusto leeros, es que, además, se aprende un montón con vosotros. Y, lo que no es menos importante, también da ánimos a los que estamos empezando en esto.

Un abrazo,

Noemí