Del amigo el consejo: entrevista a Alicia Martorell, Francisco Torres Oliver, Vicente Fernández González y Juan Gabriel López Guix

Recuperamos aquí varias entrevistas breves publicadas en VASOS COMUNICANTES 43 con el título «Del amigo el consejo». En esa ocasión, formulamos a Alicia Martorell, Francisco Torres Oliver, Vicente Fernández González y Juan Gabriel López Guix las mismas cuatro preguntas: la primera, que nos recomendaran un libro sobre traducción; la segunda, que nos hablaran de una traducción favorita (sin perjuicio de todas las demás de los amigos); la tercera, que nos contaran cuál es su diccionario preferido (si es que eran aficionados a utilizar diccionarios), y, en cuarto lugar, que nos expusieran la búsqueda más extraordinaria que habían tenido que realizar. Aquí tenemos las respuestas:

Alicia Martorell, traductora española de ensayo y Humanidades en lengua francesa, además de profesora de traducción en la Universidad Pontificia Comillas de Madrid y traductora-intérprete jurada. Ha traducido, entre otros autores, a Jean Baudrillard, Fernand Braudel, Samir Amin, la marquesa de Châtelet, Roland Barthes, Paul Zumthor, Simone de Beauvoir y Julia Kristeva. En 1996 recibió el Premio Stendhal de traducción por Atlas, de Michel Serres.

  1. Un libro sobre traducción

Tengo que decir que no soy muy propensa. Yo, que me vuelvo loca leyendo ensayos sobre los temas que me comen el cerebro, muy pocas veces (por no decir ninguna) me he sorprendido a mí misma devorando un libro sobre traducción. Habría que pararse a pensar por qué…

Voy a citar uno que no está especialmente destinado a traductores, pero que reflexiona sobre las fronteras en la traducción de los términos conceptuales: Vocabulaire européen des philosophies (Dictionnaire des intraduisibles), dirigido por Barbara Cassin.

  1. Una traducción favorita

Una traducción que me marcó bastante, aunque quizá no se ajustaría realmente a los parámetros actuales, es la de La Biblia en España, de George (¿Don Jorgito?) Borrow, traducida por Manuel Azaña.

De las más actuales, me gustó mucho la traducción de Rafael Carpintero de Me llamo Rojo, de Orhan Pamuk, porque cada palabra es un ladrillo para reconstruir un universo y eso no es posible sin una investigación minuciosa y coherente detrás.

  1. Un diccionario

Yo no soy muy de diccionarios, me van más las obras de consulta. Y eso que los he coleccionado durante años, pero es que antes era muy difícil acceder a obras de consulta y nos conformábamos con lo que había. Lo cierto es que ya casi no los uso, salvo algunos muy especializados (como el Cornu de lenguaje jurídico francés, el de Cátedra de arquitectura o el Laplanche de psicoanálisis) y los diccionarios enciclopédicos, que casi colocaría en la categoría de obras de consulta.

Y ya no conservo ninguno bilingüe, con dos excepciones que son mi recomendación absoluta: uno de latín y uno de griego.

  1. La búsqueda más rara que he hecho en mi vida

Todos los días hacemos búsquedas raras, me costaría recordar alguna especial. Estoy convencida de que hay que enfocar cada búsqueda casi como un trabajo de investigación, así que de muchas de ellas conservo bibliografía, notas precisas y conclusiones por escrito.

Algunas recientes o más laboriosas: una muy precisa sobre fabricación de cerámica árabe y una bastante particular sobre la topografía de Teherán (que necesitaba para entender bien los movimientos de los personajes en una novela policiaca) que culminó en un precioso Google Maps con itinerarios y chinchetas (virtuales).

Me rechiflan las investigaciones sobre ortotipografía (transliteración, uso de mayúsculas..) y sobre bibliografía.

 

Francisco Torres Oliver, traductor de Charles Dickens, D. H. Lawrence, Daniel Defoe, H. P. Lovecraft, James Hogg, Jane Austen, Lewis Carroll, Thomas Hardy, Thomas Malory, Arthur Machen, M. R. James y Vladímir Nabokov. Premio Nacional a la obra de un traductor en 2001

  1. Un libro sobre traducción

Hoy existen muchos y es difícil escoger. Para mí, un libro de lectura obli­ga­da es el breve en­sayo de  Schleiermacher, Sobre los diferentes métodos de traducir, sobre el que Ortega llama la atención en su famoso y no muy ponderado artículo, «Miseria y esplendor de la traducción», y que el profesor García Yebra tradujo hace mucho  tiem­­po, y más tarde puso al alcance de todos en una impecable edición bilin­güe (edición que merece una lectura reflexiva, además, por dos ra­zo­nes aña­di­das: la nota del tra­duc­tor que precede al texto, donde muestra con ejem­plos cómo hay algunos que se apropian con todo desparpajo del trabajo de otros; y el comentario que lo sigue, que es como una luz móvil que va iluminando dis­tin­tas partes del discurso).

  1. Una traducción favorita

He leído docenas de traducciones que me han parecido admirables. Un libro que me hizo pensar largamente en la labor del traductor fue El Don apacible, de Mijaíl A. Shólo­jov, (traducción de José Laín Entralgo). Pero eso queda muy atrás en el tiem­po. El último que me ha hecho disfrutar de manera especial es La otra Venecia, de Predag Matvejevic (traducción de Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek). Lo he leído ya dos ve­ces, y todavía lo sigo teniendo a la vista, en una esquina de la mesa. Es de una prosa sencilla y llena de encanto. Me apresuro a añadir que no sé croata, y que casi nunca leo cotejando la tra­ducción con el original. Pero sin duda es el traductor quien hace posible que yo goce de la belleza del texto. Ese es el milagro, ¿no?

Dos amigos se pasean por la Feria del Libro, y se detienen ante una caseta. Y uno le dice al otro:

–¡Mira: un libro de Edgar Poe! Yo he leído un verso de este señor.

–¿Tú? ¿Un verso?

–Sí, El cuervo. ¡Qué bonito!

–Bueno; bonito de verdad lo es en inglés.

–¡Cómo! ¿En inglés?

–Claro. Poe lo escribió en inglés.

–¿Que lo escribió en inglés? ¡Vaya, qué misterios tiene la vida!

  1. Un diccionario

Nunca uno; es muy útil tener varios. Yo he tenido siempre a mano, para las tra­duc­ciones inglés-español, el diccio­na­rio Larousse, de R. García-Pelayo, el Martínez Ama­­dor, y el Velázquez. Además, natu­ral­­men­te, es de inmensa ayuda algún dic­cio­­na­rio de la len­gua original; en el caso de la lengua inglesa, el Webster, por ejem­plo; o el Oxford English Dictionary.

Hoy los traductores cuentan con un instrumento de posibili­dades incal­cula­bles, co­mo es internet. Es un instrumento que vale para todas las lenguas, para todas las materias, y a todos los nive­les. Y siempre a velocidad vertiginosa; o sea, se aca­bó tener que ir a la biblioteca con un repertorio de consultas apuntadas en el cuaderno. Y aquí es donde yo pier­do rue­da, y me quedo atrás. En esto, será mejor que aconseje otro.

  1. La búsqueda más rara que has hecho en tu vida

No he hecho ninguna búsqueda que pueda calificar de «rara». O no me acuerdo de ninguna. Bien me habría gustado, cuando traduje la Historia de la brujería, de Donovan, acudir a un conventículo para que las asistentes me aclarasen algún tér­mi­no; pero a esos sitios hay que ir montado sobre una escoba, y yo todavía no he aprendido.

Sí recuerdo que, con la Historia general de los pira­tas, de Defoe, tuve que frecuentar el Museo Naval; incluso su biblioteca. Una de las veces, al no encontrar lo que buscaba, pedí información a un oficial, que se au­sentó y regresó con otra persona que se puso con­tentísima de poder ayudarme; me facilitó toda suerte de detalles sobre «balandras», como la que Barbanegra utilizó en sus andanzas por el río Char­leston. No fue una búsqueda rara. Sin embargo, me dejó un grato recuerdo y me inspiró una gran sim­pa­tía por el Museo Naval que aún me dura.

 

Vicente Fernández González, traductor literario de obras escritas en griego moderno. Ha obtenido en dos ocasiones el Premio Nacional a la mejor traducción: en 2003 por Verbos para la rosa, de Zanasis Jadsópulos, y en 1992 por Seis noches en la Acrópolis, de Yorgos Seferis. Ha traducido a Cavafis,  Costas Tsirópulos, Cristos Valavanidis y Costas Mavrudís, así como las antologías Once poetas griegos y Nueve maneras de mirar el cielo.

Actualmente da clases de traducción de griego en la Universidad de Málaga.

  1. Un libro sobre traducción

Dos libros. Uno que leí el verano del noventa y dos, y que creo que dejó una impronta en mi sensibilidad para con la traducción y en mi manera de entender la traducción: The Translator’s Turn, de Douglas Robinson. Y uno muy reciente, una pequeña gran obra: En pocas palabras. Apuntes de un trujamán, de Salvador Peña.

  1. Una traducción favorita

En mi adolescencia fui un voraz lector de novelas de Julio Verne; no recuerdo tener conciencia en esa época de que los textos que me fascinaban eran versiones castellanas de las novelas francesas de Jules Verne. La primera obra traducida que leo en la que tengo conciencia plena del hecho de la traducción es La interpretación de los sueños, de Sigmund Freud, en traducción de Luis López-Ballesteros, publicada en tres tomos por El Libro de Bolsillo de Alianza Editorial (Madrid, 1966). Me llamaron la atención ―nunca lo he olvidado― las preliminares «palabras del Dr. Freud sobre la versión al castellano de sus Obras Completas» en las que el fundador del psicoanálisis confiesa su deuda con López-Ballesteros: «Me admira sobre todo cómo no siendo usted médico ni psiquiatra de profesión ha podido alcanzar tan absoluto y preciso dominio de una materia harto intrincada y a veces oscura». Poco después, en 1971, ya en Madrid, en primero de Filosofía y Letras, leí los Cuentos de Edgar Allan Poe, en dos volúmenes, también en El Libro de Bolsillo de Alianza Editorial, en traducción de Julio Cortázar. Nunca me he parado a pensar si se trata de una buena traducción, se trata simplemente de una de mis lecturas favoritas, que desde entonces nunca ha dejado de acompañarme. Ya con cierta conciencia de traductor, en los años ochenta leo en Alfaguara Hijos de la medianoche de Salman Rushdie, y me siento cautivado por la traducción castellana de Miguel Sáenz. Mi traducción favorita, hoy, tal vez sea el Quijote griego de Melina Panayotidu (Δον Κιχότε ντε λα Μάντσα. Μέρος Ι. Ο ευφάνταστος ιδαλγός Δον Κιχότε ντε λα Μάντσα, Atenas, Βιβλιοπωλείον της Εστίας, 2009), cuya lectura, con «mi ejercicio congénito del español», me está revelando, a pesar del dictamen de Borges, variaciones bien distintas a «las deparadas por el editor, el encuadernador y el cajista».

  1. Un diccionario

Uso muchos diccionarios, viejos y nuevos. Me gustan los diccionarios. El que más me sigue ayudando a escribir es el Diccionario de uso del español de María Moliner, especialmente su primera edición.

  1. La búsqueda más rara que has hecho en tu vida

Quizá las organizaciones que operaban en Jerusalén durante la Segunda Guerra Mundial ―un verdadero laberinto―, en la traducción de Ciudades a la deriva, de Stratís Tsircas. En todo caso, la búsqueda que más me tortura es siempre la de la expresión, la del estilo.

 

Juan Gabriel López Guix, traductor del inglés y del francés. Se dedica sobre todo a la traducción de narrativa, ensayo y divulgación científica, así como a la traducción para prensa. Entre otros autores, ha traducido libros de Julian Barnes, Joseph Brodsky, Douglas Coupland, David Leavitt, Lewis Carroll, Michel de Montaigne, George Saunders, Vikram Seth, George Steiner y Tom Wolfe. Es profesor en la Facultad de Traducción e Interpretación de la Universidad Autónoma de Barcelona.

1. Un libro sobre traducción

En contra de tantas opiniones que identifican traducción y fracaso, quisiera presentar un fragmento de Filón de Alejandría (en traducción de José María Triviño) que narra el agradecimiento de los judíos helenísticos por la traducción de la Torá al griego, concluida según la leyenda el 8 de tevet del 3515 (246 a. e. c.) en la isla de Faro:

Tal es la razón por la que hasta la actualidad todos los años tiene lugar una celebración y una general reunión en la isla de Faro, rumbo a la cual atraviesan el mar no sólo judíos sino también muchísimos otros para honrar el lugar donde por primera vez se encendió la claridad de esta traducción, y para dar gracias a Dios por este viejo y renovado beneficio. Luego de las plegarias y acciones de gracias, unos instalan sus tiendas junto al mar y otros se echan sobre la arena en compañía de familiares y amigos, convencidos de que para la ocasión la playa resulta un lugar mucho más suntuoso que las bien dispuestas salas de los palacios.

La extendida actitud de soberbia ante la traducción que la considera per se como un acto fallido o vergonzante podría considerarse como una especie de equivalente cultural del delirio infantil de omnipotencia. Lo debemos todo a la traducción. El próximo 8 de tevet se celebra el 21 de diciembre del 2012.

  1. Una traducción favorita (sin perjuicio de todas las demás de los amigos)

1) La traducción de la novela Four letters of love de Niall Williams, que realizó Ana María de la Fuente. Su título en castellano me pareció tan sorprendente como (en apariencia) sencillo: Amor en cuatro letras. Y creo que el resto de la novela está a la altura de la lucidez traductora expresada en esas cuatro palabras. 2)  Alicia en Pall Mall, un texto breve de Saki publicado por la Casa del Traductor-Centro Hispánico de Traducción Literaria como primer número de la colección Cuadernos de Tarazona. Fue una traducción colectiva que clausuró una maravillosa experiencia académica e inició la carrera profesional de un grupo de excelentes traductores. 3) En general, las primeras traducciones de antiguos alumnos que aparecen un día con un ejemplar justificativo de regalo.

  1. Un diccionario

    Fotografía de Geneviève Naud

Todos los disponibles. En los últimos veinte años no sólo hemos vivido una multiplicación exponencial de las capacidades lexicográficas, sino también de las capacidades documentales en general. Gracias a las nuevas tecnologías, tenemos a nuestra disposición una cantidad de bases de datos y materiales documentales con la que jamás pudieron soñar (salvo en la ficción) las generaciones anteriores. Estas nuevas herramientas invitan a la retraducción de los textos valiosos de la cultura.

 

  1. La búsqueda más rara que has hecho en tu vida.

Muchas quizá parezcan raras, vistas desde fuera del ámbito de la traducción. Una de ellas podría ser, en los tiempos anteriores a Internet, las esporádicas «visitas de campo» a El Corte Inglés, ese macondiano lugar donde los nombres cuelgan de las cosas en etiquetas.