Cómo empecé a traducir, V

Compartir:

Viernes, 14 de agosto de 2026.

Retomamos la serie «Cómo empecé a traducir» (véanse aquí las ediciones anteriores: I, II, III y IV),  construida a partir de la conversación de los socios y presocios de ACE Traductores en la lista de distribución de la asociación. Han pasado ya seis años desde la última entrega y tal vez algunas circunstancias hayan cambiado, pero confiamos en que las experiencias de los traductores jóvenes y veteranos sigan siendo de ayuda a quienes quieren iniciarse en la traducción de libros. 

Elías Ortigosa Román: Voy a intentar no enrollarme. Yo empecé a traducir libros por pura cabezonería. Lo tenía clarísimo y di la matraca hasta que cayó la breva. En mi caso, lo intenté primero en 2019 con propuestas de traducción, por mi cuenta y con un simpático grupo de amigas del máster con las que pretendía traducir a ocho manos; nos hacíamos llamar Mórgamo.
El trabajo de profesor de español para extranjeros no me dejaba mucho tiempo para casi nada porque los horarios cambiaban cada semana, así que las propuestas eran pocas. La cosa cambió con el COVID: de pronto dejé de trabajar en eso y pude dedicarme de lleno a las propuestas. Sin embargo, por aquel entonces, mi padre, librero, necesitaba que le echara una mano y eso hice. Me gustó tanto la experiencia que me planteé montar mi propia librería, así que se lo comenté al librero de Áncora, donde había hecho las prácticas del máster, y me propuso un contrato de media jornada: el tipo, Enrique —por alguna razón que desconozco, hay un montón de libreros en Málaga que se llaman Enrique, incluido mi padre, ya jubilado—, creía en mi criterio y me daba total libertad para pedir todos los libros que quisiera, recomendar, organizar presentaciones, gestionar las redes e incluso montar una seccioncita de literatura de África, que me encantaba. Era un trabajo de ensueño, pero yo seguía emperrado en traducir y la media jornada me lo permitía.
Por entonces, yo intentaba convencer a quien quisiera escucharme de que había que publicar a Yamen Manai en España; le envié la propuesta de L’amas ardent a Marina M. Mangado, editora de 2709 books (que, por desgracia, cerró hace dos años) y me respondió que ese no, pero que había un cómic sobre Miriam Makeba que podría traducir. Eran treinta páginas, pero yo estaba como loco, porque el tema me encantaba y con una traducción publicada las editoriales ya te hacen algo de caso. El siguiente encargo me llegó por Yonki Books al cabo de unos meses: le envié un currículum al editor y decidió hacerme una prueba. Entretanto, Ediciones del Oriente y del Mediterráneo vio con buenos ojos el libro de Yamen Manai; en esa misma época, Capitán Swing estaba buscando traductores y una compañera me recomendó. Con una mezcla de tristeza e ilusión tuve que dejar la librería y desde entonces (hace tres añitos de nada) no me ha faltado el trabajo. Casi todo lo que me ha llegado después ha sido de esas mismas editoriales o por recomendación de otras colegas generosas y estupendas. Aún no he hecho nada a varias manos ni con Mórgamo ni con nadie, tengo esa espinita.

Añado (más bien confieso) que desarrollé unas capacidades de acoso insistencia editorial tremendas: tenía (y tengo) una hoja de Excel con todas las editoriales contactadas y en qué fechas. Cada dos semanas, si no había respuesta, volvía a escribir. Prefería quedar de pesado que no traducir porque no me imaginaba haciendo otra cosa. Me instalé un complemento en Gmail para saber si abrían mis correos o no para insistir más o menos (con el tiempo descubrí que ellos también usan ese tipo de herramientas). Aparte de eso, me las arreglaba para averiguar el correo del editor en concreto al que quisiera escribir (y casi nunca es una información fácil de conseguir…). Enfermizo, sí, pero queda más bonito decir que era un entusiasta.

Virginia Romero: Agradezco mucho este centón, porque lo de conseguir tu primer encargo (o que te respondan siquiera) me está empezando a resultar una cosa imposible de conseguir. No sé si será que el mercado está muchísimo peor que hace unos años, cosa que es posible, porque me parece que ocurre en todos lados.

Gracias por contar tu experiencia en detalle, Elías, y por admitir tu insistencia, jaja. Yo tengo que admitir que lo paso muy mal enviando ya un segundo correo, así que tendré que cambiar el chip. Y, bueno, en cuanto a lo de encontrar los contactos de editores… Eso me fascina. Y mira que soy buenísima en encontrar información absurda en Internet.

Elías Ortigosa Román: Yo lo pasaba fatal, pero me sirvió de entrenamiento para cuando algún editor se hace el longui y tengo que enviarle un segundo, tercero o cuarto correo para pedirle el contrato, que me pague, etc. Si en algún momento necesitas una mano amiga o un oído para desahogarte, aquí me/nos tienes, que los inicios son siempre complicados.

Virginia Romero: ¡Muchas gracias, Elías!! La verdad es que se agradece tener una red de apoyo para dudas y demás. Me animo a ser más insistente entonces, que veo que lo voy a necesitar en todo momento en este oficio.

Ana Compañy Martínez: Aquí va la historia de mis inicios.
Yo estuve años trabajando en traducción (y en servicios lingüísticos de varios tipos) en diferentes empresas dentro y fuera de España sin atreverme a dar el salto a la traducción literaria, que era lo que quería hacer en realidad. En 2021 volví de manera definitiva a España y la mera idea de meterme en una oficina me daba pánico, así que pensé que era el momento. Me hice presocia de ACE Traductores y me puse manos a la obra.
Empecé un poquito como Elías, enviando mensajes a editoriales como si no hubiera mañana, con mi tabla de Excel de editoriales con todos los datos relevantes (contacto, fecha del correo, si me habían contestado, si había hecho prueba, notas sobre la línea editorial, si había enviado propuesta o solo currículum, etc.). Aproveché la falta de trabajo para estudiar las editoriales y leer novedades para preparar propuestas editoriales. No tuve suerte y ninguna encajó, pero ahí seguí yo pico pala. De autónoma, empecé a hacer traducciones en otros ámbitos y ampliando mi cartera de clientes, pero lo de la editorial no funcionaba.
En el verano de 2022, una chica a la que conocía un poco de redes por tener aficiones comunes me escribió. Resulta que es profesora de traducción EN-IT en una universidad en Londres y, en su tiempo libre, trabaja con autores independientes para publicar sus novelas en italiano. Un cliente suyo le había pedido el contacto de alguien que hiciera EN-ES porque quería publicar sus novelas en castellano. Así empecé a trabajar con autores independientes.
El trabajo con editoriales tardó un poco más. Empecé haciendo informes de lectura en 2023 gracias a la recomendación de una compañera de aquí de la asociación y, como un año después, esa misma editorial empezó a encargarme traducciones. Por otro lado, otra compañera de profesión me recomendó como correctora a otra editorial y, al ver en mi firma que también hacía DE-ES, la editorial se interesó y me encargó un libro que tenían con algo de prisa. Ahora llevo algo más de dos años teniendo siempre alguna traducción de novela con editorial entre manos, aunque lo combino con otros trabajos (en especial, corrección). Lo de los autores independientes se acabó en 2025, no sé si porque no les salía rentable…

Empezar no fue fácil (y sigue sin serlo, que dos años no son nada y yo sigo sintiendo que «estoy empezando») y estuve a punto de tirar la toalla en varias ocasiones, pero si algo puedo compartir es que la ayuda de la asociación y el apoyo particular de las personas a las que he conocido aquí (sobre todo en la Cantera de Alitral de 2023) han sido el mejor empujón.

Eva Gallud: Aquí va mi relato de cómo empecé a traducir libros.

Lo primero que traduje fueron libros divulgativos, principalmente sobre Photoshop y técnicas de fotografía. Estos encargos me llegaron a través de una compañera de trabajo de la multinacional en la que yo trabajaba en ese momento haciendo previsiones (sí, todo numeritos), cuya hermana era jefe de proyectos en una agencia. Empecé haciendo traducciones por las tardes, aprovechando la jornada intensiva de verano en la oficina. A los pocos meses me despidieron (hubo una fusión y mi puesto era redundante) y terminé trabajando casi a tiempo completo para esa agencia (el concepto de falsa autónoma aún no existía, pero sí la práctica).

En aquel entonces yo estaba perdidísima y aisladísima. No conocía a otras traductoras, hacía mucho que había terminado la carrera y además soy de Filología, así que seguí trabajando para la agencia y buscando clientes directos. Mis contactos con las editoriales a través de CV no dieron fruto.

Mi primer encargo de traducción literaria me llegó a través de uno de los lectores asiduos de mi blog, que resultó ser editor y que me propuso mi primera traducción de poesía. A partir de ahí, poco a poco, a base de ir conociendo gente y moviendo mi CV, presentando propuestas, ya con algunas traducciones literarias en mi haber, fueron surgiendo otras oportunidades.

Cristina Cajoto: Muchas gracias a todas las que estáis contando vuestra experiencia.

Aquí una traductora novatilla en literaria (solo he publicado un libro), pero con casi veinte años de experiencia en otros campos.

Cuando yo empecé, hubo algo de «pico y pala», pero nada comparable a lo que estoy sudando ahora para hacerme hueco en el mundo editorial. En mi época se publicaban bastantes ofertas de empleo para traductores, así que no era necesario el contacto no solicitado. Me pregunto si esta diferencia se debe a que se trata de otro ámbito de la traducción o a que los tiempos han cambiado. Sea como sea, leeros me da esperanza (¡e ideas!), así que, porfa, que no decaiga.

Amaya García Gallego: Cuando terminé la carrera de Historia Moderna y Contemporánea en 1993 mi intención era presentarme a alguna oposición para bibliotecas, centros de documentación o archivos. Sin embargo, en lo que llegaban las convocatorias, decidí solicitar una de las ayudas a la creación literaria del Ministerio de Cultura en la modalidad de traducción; la idea, si la conseguía, era usarla de trampolín para ofrecerme como traductora a editoriales especializadas en historia, pues en la bibliografía de la carrera me había topado con traducciones del francés muy mejorables. Me concedieron la beca en 1994 y traduje el libro (que se publicó en 1998) pero lo importante fue que una de las integrantes del jurado, Catalina Martínez Muñoz, se fijó en mí y decidió darme una oportunidad: me recomendó a editoriales con las que ya trabajaba ella, concretamente Acento Editorial, del grupo SM, en una colección de guías de viaje, y la revista Letra internacional, para traducir artículos de crítica literaria, ensayística, etc.

Cuando vi que la traducción (no necesariamente editorial, de momento) podía ser una salida laboral viable, decidí diversificar mis campos de especialidad y me apunté a un curso en la inevitable academia Sampere de Madrid. Al margen de los conocimientos adquiridos, de nuevo lo importante fue una de las personas con las que coincidí: la profesora, Cristina López González, avisó a sus alumnos de que la empresa de servicios lingüísticos en la que ella trabajaba, además de en la academia, estaba haciendo pruebas para traductores del francés. Me presenté y me contrataron en plantilla.

Simultáneamente, animada por ese buen comienzo, me presenté en una editorial belga, Hemma Éditions, que acababa de establecerse en España. Creo recordar que me enteré de que buscaban traductores a través de un anuncio en el periódico y como las oficinas estaban muy cerca de mi casa, decidí probar suerte. Así empezó una colaboración que duraría varios años, centrada en libros infantiles, que traducía en casa cuando volvía de la oficina. De esa época datan también las primeras colaboraciones con María Teresa Gallego, una para traducir El Paraíso de las damas de Émile Zola para Alba Editorial, y otra para formar parte del equipo coordinado por Esther Benítez que pretendía traducir para Mario Muchnik las obras completas de André Malraux (un proyecto que finalmente quedó en agua de borrajas). También firmamos juntas un contrato para traducir un libro sobre profecías inéditas de Nostradamus pero ese proyecto lo tuve que abandonar yo porque era incompatible con unos primeros meses de embarazo especialmente nauseabundos en el sentido más literal. Cuando nació mi hijo mayor dejé de compatibilizar traducción editorial por libre y traducción técnica por cuenta ajena, hasta que me despidieron en 2012 y empezó mi segunda etapa como traductora editorial. Pero la dejaré para otro Centón porque ya me he alargado demasiado, me temo.

Ana Camallonga: Me uno a las historias de comienzos recientes, como en el caso de Elías Ortigosa y de Ana Compañy (véase la entrega anterior de este Centón), porque mi primera traducción es de 2019. Acabé ese año el posgrado de traducción literaria de la Barcelona School of Management, al que me había apuntado en un intento de motivarme para seguir trabajando como editora, y también porque siempre me había apetecido hacerlo. Podría haber sido la madre (real) de casi todos mis compañeros de clase. Poco después dejé el trabajo, con la idea de dedicarme a corregir y coordinar y lo que surgiera, y lo que acabó surgiendo, entre otras cosas, fue una traducción en la editorial que acababa de dejar. Y, a partir de ahí, las demás. Así que fue un poco al revés de lo habitual: tenía los contactos pero me faltaba creerme que podía hacerlo o sentirme legitimada para hacerlo. Que luego me di cuenta de que esto, como tantas cosas, es un oficio, y que lo importante es tener una determinada sensibilidad y ponerte a hacerlo, y quizá aprender cuatro truquis por el camino.

George Henry (1858–1943)

Gudrun Palomino: El recorrido que trazó mi vida hasta empezar a dedicarme a la traducción editorial y literaria fue bastante azaroso.

En 2020 terminé el Grado en Traducción e Interpretación en la Universidad de Granada, y en los últimos meses de la carrera me inscribí al Máster en Traducción Médico-Sanitaria de la Universitat Jaume I. No cursé la asignatura de Traducción Literaria del inglés al español, pero sí recuerdo algunas clases de Francés como lengua extranjera en las que tocamos la traducción literaria. De todas formas, desde que pude escoger optativas en la carrera, me decanté por la Traducción Científico-Técnica. Le di una oportunidad, y acabé cursando todas las que se ofertaban en los dos años de carrera que me quedaban, incluida la de traducción científica inversa.

Sin embargo, empecé a escribir poesía «en serio» durante esos mismos años, y le dediqué mi TFG a la traducción (y a la transcreación, tomando el término que utilizaba Haroldo de Campos) de Sylvia Plath. A partir de entonces empecé a publicar en redes sociales sobre ella, pero sin hacerlo con un propósito verdaderamente divulgativo, sino porque era una forma de compartir lo que me gustaba.

Cursé el máster y me mudé a Francia a trabajar con el programa de Auxiliares de conversación a Tours (2020-2021), donde me di cuenta de que dar clases en institutos no era lo mío. Cuando lo terminé, me centré en intentar buscar trabajo de traducción y en redactar el TFM, que esta vez relacioné la traducción literaria de Sylvia Plath con las humanidades médicas, y en noviembre de 2021 me vi con un grado y un máster, pero sin trabajo.

Estuve varios meses tocando la puerta de todas las agencias y empresas que se me ocurrían, pero nada. Tuve la suerte de que en febrero de 2022 me contactó una editorial que todavía no se había ni siquiera anunciado como tal, porque era una revista digital, Bamba Editorial, para traducir la biografía Red Comet (que acabó siendo Cometa rojo) sobre Sylvia Plath de Heather Clark. Me habían visto por redes y me recomendó otra compañera, y además ya conocía el libro porque lo había citado en el TFM. No podía decir que no, tanto por la oportunidad personal como laboral, que había llegado en un momento crítico y crucial.

A partir de ahí, como también había escrito en medios sobre libros, me animé a mandar mi CV a otras editoriales. Las tres siguientes colaboraciones partieron de ahí, pero en ese momento no era presocia de ACE Traductores (me hice socia directamente cuando se publicaron los libros en los que había trabajado), y es posible que no hubiera aceptado las condiciones que me proponían/imponían en los contratos. Al menos me sirvió para cobrar unos meses, pero no fue la mejor experiencia de mi vida, ni la recomiendo para empezar en este mundillo.

 

 

Compartir:

Leave a reply