Holanda y lo que ya no es… pero está, Carmen G. Aragón

Lunes, 15 junio de 2026.

Hace unos meses, en un conocido concurso cultural, dieron por mala la respuesta «Holanda» para referirse al país, aduciendo que lo correcto es «Países Bajos». Como solemos hacer los traductores y correctores, dudé. Sabía que lo más exacto y actual es «Países Bajos», pero me pregunté si era admisible decir «Holanda», pues, al fin y al cabo, es un nombre de larga tradición. Efectivamente, el Diccionario Panhispánico de Dudas me sacó de ídem:[1]

    1. El nombre Holanda designa estrictamente una región occidental de los Países Bajos, dividida en dos provincias, Holanda del Norte y Holanda del Sur: «También en los Países Bajos, y sobre todo en la región de Holanda […], grandes extensiones de la llanura interior se encuentran por debajo del nivel del mar» (RdgzPose Marco [Esp. 1995]). No obstante, es frecuente y admisible emplearlo en el habla corriente para referirse a todo el país, uso que no debe extenderse a textos oficiales: «Le preguntaban por su hija Máxima, la futura reina de Holanda» (Clarín [Arg.] 20.6.2001). Por esta razón, también se emplea comúnmente el término holandés como gentilicio del país y como nombre del idioma: «Eurodiputados alemanes, holandeses y suecos reclamaron una reforma en profundidad de la PAC» (NCastilla [Esp.] 1.3.2001); «Mi padre no entendía el holandés tan bien como yo» (Semprún Autobiografía [Esp. 1977]).

Es decir, que, dado que no se trataba de un texto oficial, la respuesta se podía dar por válida. Me pregunto dónde está Holanda, ahora que no es un país, aunque la sigamos pensando como tal. Entretanto, comemos «queso holandés» alegremente, sin saber si pertenece a esa región occidental de los Países Bajos o a otra parte de esa nación empapada. Y no solo eso:

Albert Pinkham Ryder (1847–1917), El holandés errante

Soñamos con El holandés errante, el barco fantasma que deambula por el mar sin llegar a puerto, aunque lo mismo es neerlandés. En neerlandés —u holandés, si se quiere—, la nave se llama De Vliegende Hollander, que no «Nederlander».[2] Ni que decir tiene que tampoco es «errante» —ni «errander», término que me acabo de inventander—, sino «volador». Me pregunto si algún traductor actualizado dejará «El neerlandés volador» en alguna traducción moderna. Bueno, ¿por qué no? Aunque entonces le cortaría la coleta, la rebaba, la estela, esa huella que ha ido dejando el nombre antiguo en la cultura escrita, musical, pictórica, leída, comida y regurgitada.

Hablando de cocina, la salsa holandesa, que por cierto es francesa, se llama así por la victoria de nuestros vecinos del norte en la guerra franco-neerlandesa, también llamada «franco-holandesa» o, simplemente, «de Holanda», a la par que «guerra de los Países Bajos», al gusto de todos, como las salsas.

Para los que tenemos cierta edad y nos dedicamos a la edición, una «holandesa» es una hoja de papel algo más ancha que el folio, pero más corta. Pese a tratarse de una medida antigua, propia de la máquina de escribir, servía —y sirve— de referencia para contabilizar tarifas de traducción: los famosos 2100 espacios que los traductores cobramos —o cobrábamos— por página, son los que salían de las 30 líneas de 70 espacios cada una —más o menos— que cabían en la holandesa. Ya casi nadie habla de «holandesas» en ese sentido, y dudo que alguien las llame «neerlandesas», aunque todo puede ser, ya que nunca han faltado —y lo digo en pareado— los que dicen «bacalado». También cabe nombrar la encuadernación «a la holandesa», que salía más barata porque el cartón de la cubierta se forraba con papel o tela, y solo el lomo era de piel.

El DLE define la «holanda» u «holán» como un «lienzo muy fino de que se hacen camisas, sábanas y otras cosas». En cambio, la «holandilla», «holandeta» o «mitán» es un «f. Lienzo teñido y prensado, usado generalmente para forros de vestidos». En otros sitios se usan ambos indistintamente y se les suman las variaciones «hilo de Holanda» o «tela de Holanda». La «holanda» también es el «papel rectangular, cuadrado o circular, que se usa como adorno en el comercio para servir pastelería». Además, es un aguardiente «obtenido por destilación directa de vinos puros sanos con una graduación máxima de 65º» que se usa más en plural, esto es, «las holandas». (Claro, porque el aguardiente pide bebérselo en compañía y de dos en dos). Por su parte, el «tabaco holandés» o «tabaco holandilla» era un tabaco reguleras por flojuno y desleído. En cuanto a la atracada, si es «a la holandesa», es violenta por mala maniobra. La rusa sale peor parada: «atracada a la rusa. f. Mar. atracada en que por mala maniobra queda la proa de la embarcación menor en dirección de la popa del buque a cuyo costado se ha atracado», dice el DLE. (Vamos, tal cual se aparcan los carros en el súper). Siguiendo el derrotero de Holanda y los Países Bajos, me pregunto si habría que traducirla por «atracada a la soviética» o «a la eslava».[3]

La «lágrima de Holanda», también llamada «de Batavia», es una «gota de vidrio fundido que, al echarse en agua fría, toma forma ovoide o de pera». La «tierra de Holanda» es sinónimo de «ocre», el mineral amarillejo que se emplea en pintura.

En inglés las nether regions son las partes pudendas, es decir, nuestras «partes bajas». Los «Países Bajos» me recuerdan siempre ambas colocaciones. En cambio, «Holanda» me suena a queso, leche, molinos, tulipanes, sábanas almidonadas, hojas en blanco y a la cornette, esa toca corniforme de monja con unas alas tan anchas como pistas de esquí, una cofia como un tejado de Frank Gehry blanco inmaculado.

A todo esto, la entrada «neerlandés, sa» no se acompaña de colocaciones ni de un triste modismo. Esto es lo que consta en el DLE:

1) adj. Natural de los Países Bajos, país de Europa, 2) adj. Perteneciente o relativo a los Países Bajos o a los neerlandeses, 3) adj. Perteneciente o relativo al neerlandés (‖ lengua). Léxico neerlandés, 4) m. Lengua germánica occidental que se habla en los Países Bajos y Bélgica, de la cual son dialectos el holandés y el flamenco. // Sin.: holandés.

Por último, me viene a la mente el tratado de Neerlandia, del que leí primero en Cien años de soledad. El acuerdo llevaba el nombre de una hacienda que se llamaba así porque era de un holandés —en su cuarta acepción—. En la novela, por cierto, se nombra Neerlandia, pero no aparece «neerlandés, sa» por ninguna parte, según he comprobado. La «Nota al texto» de la edición conmemorativa de la RAE dice que García Márquez «escribía a máquina en cuartillas (holandesas)», mira por dónde. Y, a cierta altura del libro, se cuenta que:

En vez de ir al castaño, el coronel Aureliano Buendía fue también a la puerta de la calle y se mezcló con los curiosos que contemplaban el desfile. Vio una mujer vestida de oro en el cogote de un elefante. Vio un dromedario triste. Vio un oso vestido de holandesa que marcaba el compás de la música con un cucharón y una cacerola.

Un pasaje posterior dice:

Lo que en verdad les ocurría, aunque ninguno de los dos se daba cuenta, era que ambos pensaban en Fernanda como en la hija que hubieran querido tener y no tuvieron, hasta el punto de que en cierta ocasión se resignaron a comer mazamorra por tres días para que ella pudiera comprar un mantel holandés.

La palabra queda cuando la cosa muere; el léxico fosilizado es al lenguaje lo que el Hiperarte Thomasson a la arquitectura: en su día tuvo sentido, pero hoy se conserva al margen de su origen. Es lo que queda de lo que ya no está, la potencia del motor de un coche que aún se mide por caballos; la guantera, donde ¿quién guarda guantes? —mi querida madre, que tampoco está, lo hacía, aunque eran mitones—; el teléfono, que seguimos «colgando»; el átomo, eso «que no se puede cortar», aunque hoy sepamos que es divisible. Y luego están las cosas que todo el mundo quiere, como la llave «inglesa» —en otros sitios, «francesa»—, que resulta que es sueca, etcétera. O, al contrario, las que todos quieren quitarse de encima. A ese respecto, hace un tiempo me ocupé de la sífilis, que siempre se achaca al otro. Y, con esto: vale.

[1] Observo que «ídem» también es algo que se va esfumando.

[2] Esto no es baladí, pues, según cuenta la leyenda, el capitán del barco era un tal Willem van der Decken, un personaje a todas luces ficticio pero natural de Zelanda (ergo no de «Holanda» en su acepción de nombre regional).

[3] Otro día se ahondará en lo ruso, que, lejos de limitarse a la atracada, incluye el baño, la carambola, la carlota, el desmán —por desgracia, un mamífero y no la tropelía—, la ensalada y la ensaladilla, el filete, la montaña y la ruleta. Un ruso es, además, un gabán de paño grueso. Y en Honduras, «hacerse el sueco» es «hacerse el ruso».

Carmen G. Aragón es licenciada en Filología Inglesa y posgraduada en Técnicas Editoriales por la Universidad de Barcelona. Se centrifuga como traductora, redactora, correctora y adaptadora en el sector editorial y el mundo del entretenimiento en línea. Escribe en Vasos Comunicantes, El Trujamán y en las revistas culturales La Línea Amarilla, Lletraferit (Valencia Plaza) y Zenda.

 

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