Poesía y Botánica: las flores de Emily Dickinson, Eva Gallud

Viernes, 19 de junio de 2026.

Conferencia de Eva Gallud en El Ojo de Polisemo XV – 6 de mayo de 2026.

Hoy vengo a hablaros de uno de esos momentos en los que los astros se alinean y llega a tus manos un encargo que aúna la oportunidad de traducir a una de tus autoras favoritas de toda la vida con un interés personal ajeno al mundo de la traducción. Esto fue lo que ocurrió cuando me ofrecieron traducir la poesía de Emily Dickinson.

Comenzaré primero con una breve semblanza de esta autora aunque es más que probable que todas y todos sepáis quién es Emily Dickinson. Es una poeta estadounidense conocida mundialmente por su enorme producción, que abarca casi 1800 poemas y centenares de cartas. Su obra ha ido llegando hasta nosotras poco a poco a lo largo del siglo XX, gran parte de ella tras detallados estudios de su legado literario. Es considerada una de las grandes figuras de la literatura, no solo estadounidense, sino universal, gracias a su estilo único e inimitable, la agudeza de su percepción y su amplitud temática. En sus poemas tocó todos los grandes temas literarios de su época: el amor, la naturaleza, el tiempo, la muerte y la eternidad.

Emily Dickinson nació en Amherst, Massachusetts, en 1830, en el seno de una familia bien situada. Su padre, Edward Dickinson, abogado, se dedicó también a la política y llegó a ser congresista de los Estados Unidos. Su madre, una mujer con una educación superior a la media para su época, no estaba muy interesada en los asuntos que se trataban en su casa, ni política ni historia ni literatura eran de su especial interés. Prefería centrarse en el cuidado del hogar y del jardín. Tuvo un hermano mayor, Austin, y una hermana menor, Lavinia, con la que convivió hasta el final de su vida.

Emily estudió durante siete años en la Amherst Academy, entre cuyos fundadores se encontraba su abuelo, y más tarde pasó un año en el Seminario Femenino Mount Holyoke. El currículo de este seminario era bastante innovador, con un entorno educativo severo pero avanzado, en el que las chicas aprendían ciencias y matemáticas, hacían trabajo de campo y utilizaban los mismos libros que en las universidades masculinas. Aunque desde su fundación Mount Holyoke no estaba adscrita a ningún culto concreto, sí consideraba que la vida religiosa y la moral de sus alumnas eran parte de la responsabilidad del centro. Hay quienes consideran que fue esta rigidez religiosa la que hizo que Dickinson abandonara Mount Holyoke; otros dicen que no encontraba el plan de estudios lo suficientemente interesante; otros arguyen que echaba de menos su casa y a su familia. En todo caso, hay que apuntar que menos del veinte por ciento de las alumnas regresaban al seminario después del primer año, pues en la época se consideraba que las mujeres no necesitaban educación superior ya que sus principales responsabilidades adultas estarían centradas en la vida doméstica.

Durante su juventud realizó varios viajes para visitar a su padre y otros familiares a Washington y a Philadelphia. Tras unos viajes a Cambridge para un tratamiento oftalmológico a mediados de la década de 1860, ya en la treintena, rara vez salió de Homestead, aunque sí que recibía algunas visitas, entre ellas la de Thomas Wentworth Higginson, a quien conoció en persona en 1870 cuando la visitó en Amherst después de que ambos mantuvieran durante años una ingente correspondencia.

Cuando Emily murió el 15 de mayo de 1886, de una enfermedad renal crónica, Lavinia quemó la correspondencia de su hermana, tal y como esta le había pedido, pero se quedó sorprendida al descubrir cientos de poemas sobre los cuales no había dejado instrucciones. Decidida a compartirlos con el mundo, Vinnie pasó los siguientes trece años azuzando a otros —Susan Dickinson, Mabel Loomis Todd, Thomas Wentworth Higginson, los editores de Roberts Brothers— para que publicaran sus poemas y cartas. Sin lo que Emily llamaba «la voz incitadora» de Vinnie, hoy sabríamos poco o nada de su poesía.

Escribió casi 1800 poemas, de los cuales solo vieron la luz con su nombre un par de ellos durante su vida. Dickinson no demostró un especial interés en publicar más, después de su primera experiencia editorial.

Para cuando cumplió los 35, había escrito más de 1100 poemas concisos y potentes que hablaban del dolor, la pena, el gozo, el amor, la naturaleza y el arte. Registró cerca de estos 800 poemas en pequeños libretos, publicaciones privadas que no compartía con nadie.

Sí compartió algunos poemas con la familia y amigos selectos cuyos gustos literarios admiraba. Susan recibió más de 250. Thomas W. Higginson alrededor del centenar. Aunque aparecieron publicados unos cuantos, lo hicieron de forma anónima y parece ser que sin su consentimiento. La mayor parte de su obra solo la conocía ella misma.

Primeras ediciones de sus poemas

La primera edición de sus poemas fue en 1890 y estuvo a cargo de Mabel Loomis Todd y Thomas Higginson. Este libro, Poems by Emily Dickinson, recoge 155 poemas y en los seis primeros meses alcanzó seis ediciones. En 1892 ya llevaba 11 ediciones.

En 1891 se publica un segundo volumen, Poems by Emily Dickinson, Second Series, con 166 poemas más. Finalmente, en 1896, Todd publica un tercer volumen. Entre las tres ediciones vienen a sumar un total de 551 poemas, apenas una tercera parte de toda su producción.

Más tarde, su sobrina Martha Bianchi publica los poemas que tiene en su poder, en diversos volúmenes, en 1914, 1929 y 1934 y años después cartas y más poemas.

La primera edición de su obra completa la hace en 1955 Thomas H. Johnson, en Harvard University Press. Es la primera edición de los poemas que no tiene una «edición creativa/correctiva», puesto que antes siempre se habían publicado alterados: correcciones ortográficas y de estilo, rimas y estructura del poema.

En cualquier caso, editarla siempre fue problemático debido a su caligrafía difícil. Tenía su propio estándar en cuanto a forma, medida, rima, gramática, ortografía y puntuación.

Traducir a Dickinson

A pesar de ser una de las poetas más universales, más leídas y traducidas de su tiempo, su poesía, en ocasiones y a pesar de su aparente sencillez, puede ser bastante críptica. Si la traducción ya es de por sí, con frecuencia, una tarea de descifrado, en el caso de la poesía de Dickinson esta labor de descodificación está aún más presente. Esto se debe, a mi entender, a varias razones. En primer lugar, como ya he mencionado, su producción es enorme, casi 1800 poemas. Esto implica que toca un enorme número de temas y es prácticamente imposible, por no decir injusto, clasificarla como una poeta de esto o de lo otro. Todas las definiciones de ese tipo se quedan, a mi juicio, incompletas. Decir que Dickinson es la poeta de la muerte o la poeta de la naturaleza es quedarnos siempre cortas.

En segundo lugar, sus poemas tienen una enorme riqueza léxica: utiliza tanto términos cotidianos como palabras cultas que provienen del latín, del griego, y también palabras arcaicas. También tiene muchas referencias a otras obras, especialmente clásicas o religiosas.

Habría que añadir, además, las elisiones, los silencios y, a todo esto, sumarle una sintaxis retorcida en la que sujeto y predicado no están colocados donde una espera o ni siquiera aparecen. Dickinson muestra también incoherencias de número, de persona, de género, lo que dificulta en ocasiones saber quién o de quién está hablando.

En cuanto a los patrones estróficos y de rima, muchos de sus poemas están inspirados en el ritmo de los himnos religiosos y otra parte obedece al ritmo de las canciones infantiles. Las rimas no siguen un patrón constante, aparecen y desaparecen, hay rimas completas, medias rimas, rimas internas, rimas visuales y rimas asonantes.

Como apunté más arriba, tanto su ortografía como su puntuación son completamente idiosincráticas. Dos de los elementos que podemos destacar a este respecto son el uso de las mayúsculas y de los guiones largos. Estas dos rupturas de la norma escrita tienen su propia utilidad y significado dentro de la poesía de Dickinson. Las mayúsculas le sirven para enfatizar conceptos clave en los poemas. No siempre las mismas palabras aparecen resaltadas de este modo, solo cuando la poeta quiere indicar la importancia del término dentro del poema. Nos guía de esta forma hacia el significado de los versos, los personajes principales, los sentimientos que quiere resaltar.

Los guiones largos, por otro lado, no se habían utilizado antes de la forma que Dickinson lo hace. Suelen aparecer al final del verso, pero también a menudo entremedias. No son apartes, como un paréntesis, que suele ser el uso común del guion en inglés, ni indican, por supuesto, diálogos. Dickinson utiliza el guion largo como una marca de pausa, de respiración, de pensamiento en el aire, dentro del poema. Con ellos va marcando la cadencia de los versos.

Por tanto, hay que tener en cuenta todos estos elementos y peculiaridades a la hora de traducir los poemas de esta autora. Mi objetivo principal, y considero que el de toda traductora, cuando traduzco poesía es transmitir no solo lo que dicen las palabras, sino el efecto que produce el poema, que ha de ser el mismo en ambos idiomas.

Cuando leemos un poema, ya sea de Dickinson o de cualquier otra autora, algo ocurre en nosotras, salimos diferentes de esa lectura. Eso es lo que pretendo conseguir cuando traduzco, que no salgamos del poema igual que entramos. La propia Dickinson tenía su forma peculiar de describir la poesía. Como le cuenta a Higginson en una de sus cartas, «Si físicamente me siento como si me levantasen la tapa de los sesos, sé que eso es poesía».[1]

En el caso de Dickinson, mi enfoque al traducirla es no intentar explicarla porque son sus rarezas y los interrogantes que nos plantea su lectura los que la convierten en una poeta excepcional, capaz de apelar a los más distintos lectores. Así, pues, habrá que trasladar –o intentarlo– todas esas extrañezas, ya sean léxicas, sintácticas o de sentido. Si pretendemos simplificar todas esas extrañezas para que el poema «se entienda mejor», «se adapte a un patrón estrófico» o a una norma ortográfica, estaremos haciendo lo mismo que hicieron sus primeros editores: ofreceremos una versión corregida y adaptada a nuestra propia concepción de la poesía y estaremos siendo desleales a la intención poética de la autora.

Herbario y Antología botánica

Como el tema que nos ha traído hasta este encuentro es la «traducción natural», voy a centrarme ahora en los procesos del proyecto que acabó uniendo dos de mis grandes intereses: la poesía de Dickinson y la botánica.

Cuando el editor me propuso traducir «algo de Dickinson», su primera idea era traducir la selección de Marta Bianchi de 1914, pero yo no estaba muy convencida y propuse hacer una selección de los poemas en los que hablaba de plantas y flores. Además, así podríamos resaltar una de las facetas quizás menos conocida de la poeta estadounidense: su pasión por la botánica. Dickinson se familiarizó con esta ciencia cuando era estudiante en la Amherst Academy, donde la idea de confeccionar un herbario probablemente surgió en las clases de botánica con Almira Hart Lincoln como profesora. Desde muy joven prefirió la compañía de la naturaleza y sus habitantes a la de los seres humanos.

En una carta a Higginson en 1862 escribe:

Cuando era una niña y pasaba mucho tiempo en los bosques, me decían que la Serpiente me mordería, que podía coger una flor venenosa o que me iban a raptar los duendes, pero yo seguía yendo y solo me encontraba con Ángeles, que eran mucho más tímidos de mí que yo de ellos, así que desconfío de los embustes que otros cuentan.

En toda su producción poética, la naturaleza es uno de los elementos imprescindibles, no solo plantas y animales, también volcanes, mares, planetas. Nada escapa a la imaginación de esta mujer que, durante muchos años, prácticamente no salió de los límites de su propiedad. También está muy ligada a su idea de la espiritualidad como vemos en el poema 324:

Algunos guardan el Sabat yendo a la Iglesia —
Yo lo guardo quedándome en Casa —
Con un Tordo por Corista,
Y un Huerto por Cúpula —
[…]

En este poema, el pájaro, el jardín, el huerto suplantan al coro, a la iglesia y a dios. El Paraíso es el proceso continuo de la vida, no es algo abstracto, de otro mundo, que será experimentado después. El sermón de la naturaleza habla de temporalidad y decadencia, de lo que crece y de lo que muere.

En vida, Dickinson fue más conocida como jardinera que como poeta y tuvo el privilegio de disfrutar de su propio edén en las tierras de su familia. Antes de dedicarse a escribir poemas, ya se dedicaba a recoger, cuidar, categorizar y secar flores. Cuando la escritura se convirtió en su principal interés, su ocupación favorita siguió siendo el cuidado de las plantas y las flores, tanto en las tierras de su padre como las del invernadero que fue construido especialmente para ella. Su padre estaba más orgulloso de su labor de jardinera que de la de poeta, así que es posible que mandara construir el invernadero para intentar alejar a Emily de la poesía. Pero no lo consiguió: ella siguió cultivando con dedicación ambas ocupaciones.

Entre los diez y los dieciséis años, recopiló el famoso herbario que contiene 424 especímenes de flores y plantas y que hoy se conserva en la biblioteca Houghton de ejemplares raros de Harvard. El Herbario es una pieza tan especial y tan frágil que ni siquiera los expertos pueden examinarlo. Por suerte, la digitalización nos permite disfrutar de él casi 180 años después de su creación.

Si bien este herbario no tiene hoy en día un valor científico, puesto que contiene errores y nomenclaturas obsoletas, sí que tiene valor histórico. Como apuntó Inés Álvarez Hernández, investigadora del RJB-CSIC, en la primera de las presentaciones del libro que tuvo lugar en el Real Jardín Botánico, esta colección nos ayuda a saber qué plantas había en aquel momento en la zona de Massachusetts en la que vivía Dickinson y a ver la evolución del entorno.

En este herbario podemos encontrar muchos de los especímenes de los que Dickinson habla en sus poemas, aunque no todas las plantas mencionadas en el texto aparecen en el herbario. Tanto la ubicación de cada planta dentro de esta colección botánica, como si aparece repetida, nos aporta información sobre el entorno y circunstancias de la poeta, así como sobre sus filias personales.

Es una amante democrática y dedica sus esfuerzos de jardinera y poeta tanto a las especies poco comunes del invernáculo, como el jazmín oriental que abre el herbario, como a flores silvestres, humildes, como la genciana o la anémona. En sus versos no hay flor sin importancia. Todo este conocimiento y pasión por las plantas lo transmite a su obra. Como experta jardinera, sus poemas nos hablan de las estaciones, de los momentos precisos de floración, de los necesarios polinizadores, de la muerte por escarcha.

Para hacer la selección de poemas, a medida que iba leyendo la obra completa de la autora, anotaba los poemas en los que aparecía algún término relacionado con plantas, flores, árboles, semillas, etc. Después hice una selección de los que más me llamaban la atención, ya fuera por la presencia de flores y plantas o por el tema tratado en el poema. La selección final quedó en cincuenta y un poemas. La guinda del pastel la puso el permiso de la Universidad de Harvard para reproducir las imágenes del herbario.

Especímenes y poemas

Como ya he mencionado, el padre de Emily mandó construir un invernadero para que pudiera cultivar flores de otros lugares. Como ella misma dice en una carta a su amiga Elizabeth Holland en 1866, «Mis flores son de cerca y de lejos, solo tengo que cruzar la sala para encontrarme en mitad de las islas de las Especias». Su sobrina, Martha Bianchi, lo recuerda como «un país de las hadas en todas las estaciones, especialmente en comparación con el crudo invierno blanco del exterior». Entre sus estantes y macetas colgantes podían encontrarse helechos, heliotropos y «dos majestuosas gardenias».

Entre esas flores exóticas se encuentra el jazmín oriental que encontramos en la primera página del herbario, y que menciona en el poema 205.

¡Ven despacio, Edén!
Labios no acostumbrados a ti,
tímidos, liban tus jazmines,
como la desmayada abeja

que llega tarde a su flor,
zumba alrededor de su cámara,
cuenta sus néctares — entra
¡y en bálsamos se pierde!

 

De entre los especímenes más silvestres y, digamos, más humildes, encontramos por ejemplo la anémona, de la que vemos aquí tres variedades distintas (thalictroides, virginiana, nemorosa) y que menciona, entre otros, en el poema 7:

¡Verano para ti puedo ser
cuando los días de estío hayan volado!
¡Tu música silente cuando el chotacabras
y la oropéndola callen!

¡Por florecer para ti, eludiré la tumba
y sobre ella colocaré mis flores en hilera!
Te ruego, recógeme, Anémona,
¡tu flor para siempre!

Las flores y las plantas poseían un significado sólido y preciso, e incluso identificaba, tanto a ella misma como a otras personas, con diversas flores. La suya era la margarita, emblema de la inocencia y la belleza. Según recogen algunos diccionarios de flores, el tratado de Montgomery dice sobre la margarita: «La rosa solo reina en verano, la margarita nunca muere». ¿Quizá Dickinson se identificaba con esta sencilla flor por su deseo de inmortalidad? La margarita también es el vehículo para determinar los verdaderos sentimientos del amante –me quiere, no me quiere– , ¿tal vez intentaba decirnos que era capaz de distinguir los afectos verdaderos?

 

Una de las páginas del herbario más estéticamente trabajadas es en la que figuran siete especies distintas de violetas, una flor que Dickinson adoraba por encima de otras por su «esplendor insospechado» que asaltaba al paseante de los prados. Además, las violetas son su primer tributo a su amada Susan Huntington Gilbert, en cuyos ojos, según la poeta, «yacen las violetas marchitas».

Violeta (Viola – palmata, pubescens, pedata, rotundifolia, tricolor, cucullata, blanda)

Aunque se identificara con la margarita y adorase las violetas, su flor preferida era mucho más extraña. Por desgracia, el herbario no contiene ningún ejemplar. Según podemos extraer de una carta enviada a Mabel Loomis Todd, su favorita era la pipa india (Monotropa uniflora), una flor del bosque, blanca, que crece en lugares sombríos y ocultos. Todd envió a Dickinson una ilustración de esta flor, la misma que más tarde aparecería en la cubierta del primer libro de poemas de Dickinson, publicado póstumamente en 1890.

Hay otros poemas en los que abundan las flores de distintas especies, que probablemente recogía en sus paseos y en los prados que rodeaban la propiedad de su familia. En este paseo poético nos vamos encontrando con decenas de especies: ásteres, dientes de león, campanillas, dedaleras, claveles, jazmines, narcisos, rosas, orquídeas. Todo un vergel en nuestras manos.

Sin embargo, no siempre es tan evidente a qué flor se refiere en sus poemas. En concreto en esta selección se recogen dos poemas a los que yo llamo «poemas adivinanza». En ellos no se nombra la flor en cuestión y hay que deducir, gracias a nuestros conocimientos de las costumbres y habitantes de los prados, a cuál se refiere. Comencemos con el más fácil, el poema 642:

Hay una flor que las abejas prefieren,
y las mariposas, desean,
a ganar el púrpura demócrata
aspira el colibrí.

[…]

Su rostro es más redondo que la luna
y más rojo que el vestido
de la orquídea en el pasto,
o el que lleva el rododendro.

No espera a junio;
antes de que el mundo esté verde,
su rostro pequeño y robusto
contra el viento, puede verse
en contienda con la hierba,
su paisana más cercana,

[…]

La más valiente de la hueste,
la última en rendirse,
ni de la derrota se da cuenta
cuando la escarcha la cubre.

En este poema Dickinson nos habla de una habitante de los prados, emparentada con la hierba, de rostro rojizo y redondo, de las primeras en aparecer y de las últimas en irse. La planta a la que se refiere en este poema, si aún no lo habéis adivinado, es el trébol rojo (Trifolium pratense).

El siguiente enigma que os propongo se encuentra en el poema número 79. Al leerlo podríamos pensar que, más allá del olmo y el césped del tercer y quinto verso, no hay más plantas en este poema:

Otros pies caminan mi jardín,
otros dedos remueven la tierra,
un trovador sobre el olmo
traiciona la soledad.

Otros niños juegan sobre el césped,
otros cansados duermen debajo,
y aun así regresa la pensativa primavera,
¡y aun así la nieve puntual!

Los dos últimos versos contienen las claves para encontrar la flor que estamos buscando. Por un lado tenemos «la pensativa primavera» y por otro «la nieve puntual». Estos dos sintagmas nominales describen tanto el aspecto como el momento en el que brota esta planta. La flor en cuestión es el galanto (Galantus nivalis).

El galanto es la primera planta que florece en primavera (puntual), es blanca (nieve) y tiene una característica corola que mira hacia abajo, como si estuviera pensativa. Además, esta pequeña florece a través de la nieve y su nombre común en inglés es «snowdrop» por lo que la pista de «la nieve puntual» es aún más clara.

Como hemos visto, acercarse a los poemas botánicos de Emily Dickinson puede parecerse mucho a un paseo por el campo o por un jardín medio asilvestrado. No es necesario tener unos conocimientos profundos sobre botánica para disfrutarlos, aunque a veces ciertos datos pueden ayudarnos a entender aún mejor algunos elementos de sus poemas, sus metáforas o referencias.

Como traductoras, y futuras traductoras, creo que hay algo que tenemos todas en común y que es imprescindible en nuestro oficio: la curiosidad. Esa curiosidad es la que me llevó a mí, mucho antes de que llegara este encargo, a preguntarme en mis paseos (por el campo o la ciudad) por los nombres de las plantas y los árboles que me encontraba (más tarde me ocurriría también con los pájaros). Esa curiosidad por saber cómo se llamaba cada planta que brotaba en los alcorques de mi calle o en las orillas del río en que me baño en verano me llevó a hacer búsquedas en bibliotecas y en internet, también a preguntar a personas relacionadas con esos entornos. Fue así como descubrí el Diccionario botánico de Font Quer, el Diccionario ilustrado de la botánica de Sugden, o aplicaciones utilísimas para la identificación de plantas como Pl@antNet o Arbolapp, que después me han servido para navegar un proyecto tan laborioso como fue hacer la selección y traducción de los poemas para esta antología.

Así que os animo a cultivar, nunca mejor dicho, la curiosidad; a no dejar de lado algunos intereses que, de primeras, puedan parecer ajenos al oficio. Porque precisamente la traducción editorial es una profesión en la que podemos toparnos con los temas más dispares y en la que podemos aprovechar nuestras filias para llevar a cabo proyectos que resuenan con nosotras de forma especial.

 

Los poemas citados pertenecen a Herbario y Antología botánica, Emily Dickinson, Ya lo Dijo Casimiro Parker, 2020.

Las imágenes del herbario pertenecen a Herbarium, circa 1839-1846, Dickinson, Emily. https://nrs.lib.harvard.edu/urn-3:FHCL.HOUGH:883158

[1]Letters of Emily Dickinson, Mabel Loomis Todd (1951). Carta L342a. Traducción de la autora.

 

Eva Gallud es traductora y escritora. Ha colaborado con las editoriales Páginas de Espuma, Ya lo dijo Casimiro Parker, El Desvelo, Bamba, greylock y Comisura, entre otras, traduciendo obras de poetas como Emily Dickinson, Laura Riding, H.D., Diana Khoi Nguyen, Siegfried Sassoon, Amy Lowell, Edward Thomas o Rupert Brooke, y narradoras como Edith Wharton, Kate Chopin, Mary Austin, entre otros autores. Ha publicado un libro de relatos, una novela y varios poemarios.

 

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