Entre dioses y mortales, Miguel Á. Navarrete

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Viernes, 18 de septiembre de 2026.

Cuenta Homero en el canto VI (v. 149) de la Odisea que, después de mucho padecer en su viaje de regreso a Ítaca, consigue Ulises llegar a Esqueria, el país de los feacios. Rendido por su dura briega con el mar, y tras la intervención propicia de Atenea, cae dormido hasta que los juegos de un grupo de muchachas lo despiertan. Al verlo surgir de la espesura en que se había escondido, con un aspecto lamentable, casi todas las jóvenes huyen temerosas, salvo Nausícaa, hija de Alcínoo, rey del lugar.

Lo primero que hace Ulises en esos momentos, manteniéndose a cierta distancia de ella, es preguntarle si se trata de una diosa o de una mortal, una pregunta lógica si se tiene en cuenta el contexto de la epopeya. Las palabras del hexámetro de Homero no plantean dificultades de traducción, pues la oposición se da entre theós y brotós, término este conocido y relacionado con la misma raíz indoeuropea que la del latín mortuus. Sin embargo, no siempre es así a la hora de traducir o de retraducir obras de autores de la Antigüedad.

Por poner unos ejemplos harto conocidos, no solo se trata de afrontar dificultades de tipo léxico, como las dudosas equivalencias del campo semántico de los colores, o de métrica, pues en el caso de Homero y de tantos otros autores, trasladamos versos construidos según esquemas muy distintos a los nuestros y lo hacemos a menudo en prosa. Se trata, asimismo, de que en el proceso de transmisión se han producido interferencias, accidentes y errores, resultado de la labor de los copistas o consecuencia natural del paso del tiempo que afecta a los soportes físicos de las obras.

En este sentido, por añadir otro sencillo ejemplo de la Odisea, podemos citar el nombre del pueblo de los cimerios, mencionados al principio del canto XI (v. 14), que aparecen con hasta cuatro variantes textuales según la tradición de los manuscritos. Ello ha dado pie a distintas interpretaciones sobre si esos cimerios habían existido realmente, con las consiguientes conjeturas sobre su situación geográfica, o si eran meros personajes de leyenda.

Viene todo esto a cuento porque hojeaba yo recientemente una obra del gran tragediógrafo griego Eurípides (siglo V a.e.c.), Ifigenia en Áulide. No había tenido ocasión de volver a ella desde mis estudios universitarios, hace más de cuarenta años. Es muy probable que diversos pasajes de la pieza, tal como la conocemos ahora —incluido su final, que no voy a desvelar aquí—, no los escribiera Eurípides. Por lo tanto, las dificultades son lógicas, máxime si se tiene en cuenta que las genealogías de los personajes y de los mitos que pueblan la literatura griega antigua son muy enrevesadas y obedecen a menudo a tradiciones que varían en función de la época, del lugar o del autor de que se trate.

Al final acabé releyendo toda la tragedia, deteniéndome en algunos pasajes complicados, como unos versos en que Clitemnestra reprocha a su marido Agamenón su crueldad, ya que este se dispone a ofrecer en sacrificio a su propia hija Ifigenia para que la diosa Ártemis permita que sople el viento y puedan zarpar hacia Troya las naves con los contingentes que al cabo habrían de arrasarla. Es difícil no sentirse conmovido ante el terrible mano a mano que desde hace más de veinticuatro siglos mantiene en escena el personaje de Ifigenia, una joven inocente, con su destino.

Papiro con un fragmento de la Odisea. Fuente: Wikimedia Commons

En un pasaje especialmente emotivo y de gran tensión dramática, Clitemnestra le recuerda a Agamenón que este había dado muerte no solo a su primer marido, Tántalo, sino también al hijo que ella había tenido con este último y que no era más que un recién nacido. En los términos en que la evoca Eurípides, la violencia del asesinato de un niño de tan corta edad, que acaba estrellado en el suelo, es espeluznante.

En uno de esos versos del drama (v. 1151), se observa un problema textual con el que han tenido que lidiar los editores y los traductores a lo largo de los siglos. Las grafías de los manuscritos inducen a confusión entre varias palabras, y hay quienes han elegido una lectura en que se resalta que el niño estaba vivo cuando fue arrojado brutalmente al suelo; pero hay otros que han optado por una solución que, de alguna manera, implica que el niño asesinado formaba parte del botín de Agamenón, sin añadir ningún detalle más.

Ciertamente, en este tipo de pasajes inestables, muy abundantes en la literatura antigua, el texto parece desdoblarse, multiplicarse, y permite que se puedan alcanzar varias soluciones plausibles. Ahora bien, de la misma manera que Ulises —quien también aparece citado en Ifigenia en Áulide— utiliza la disyuntiva al preguntar a Nausícaa, al traductor le compete responder, decidir y decantarse por las palabras que figurarán en su versión, a sabiendas de que, con su decisión, tal vez no del todo satisfactoria, aquella adoptará un ropaje que también podría haber sido de tejido y hechura muy distintos.

En cada uno de los casos, la imagen que quedará en la mente del lector o del espectador será diferente, como diferente es encontrarse frente a una divinidad o ante una persona de carne mortal.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

Ediciones de los textos griegos

ALLEN, Thomas W. (1985): Homeri Opera, III, Oxford: Oxford University Press.

DIGGLE, James (1994): Euripidis Fabulae, III, Oxford: Oxford University Press.

GÜNTHER, Hans Christian (1988): Euripides. Iphigenia Aulidensis, Leipzig: Teubner.

MURRAY, Gilbert (1909): Euripidis Fabulae, III, Oxford: Oxford University Press.

Ediciones bilingües

EURÍPIDES (2002): Tragedias, V, trad. española de Esteban CALDERÓN DORDA, Madrid: CSIC.

— (2013): Ifigenia a Àulida, trad. catalana de Maria Rosa LLABRÉS RIPOLL, Martorell: Adesiara.

— (2023): Tragèdies, IX, 2, trad. catalana de Marta OLLER GUZMÁN, Barcelona: Fundació Bernat Metge.

EURIPIDES (2002): Bacchae. Iphigenia at Aulis. Rhesus, trad. inglesa de David KOVACS, Cambridge (Massachussetts): Harvard University Press.

EURIPIDE (1983): Iphigénie à Aulis, trad. francesa de François JOUAN, París: Les Belles Lettres.

— (2001): Ifigenia in Aulide, trad. italiana de Fabio TURATO, Venecia: Marsilio Editori.

HOMER (2010): Odissea, trad. catalana de Carles RIBA; rev. del texto griego de Francesc J. CUARTERO I IBORRA y notas a la trad. de Joan ALBERICH I MARINÉ, Barcelona: Fundació Bernat Metge.

Traducciones

EURÍPIDES (1979): Tragedias, III, trad. española de Carlos GARCÍA GUAL, Madrid: Gredos.

— (2019): Ifigenia en Áulide. Electra. Orestes, trad. española de Luis M. MACÍA APARICIO, Madrid: Alianza Editorial.

— (1980): Tragedias, trad. española de Julio PALLÍ BONET, Barcelona: Bruguera.

HOMERO (1996): Odisea, trad. española de José Luis CALVO MARTÍNEZ (Cátedra)

— (2004): Odisea, trad. española de Carlos GARCÍA GUAL, Madrid: Alianza Editorial.

(1977): Odisea, trad. española de Luis SEGALÁ ESTALELLA, Barcelona: Bruguera.

 

Miguel Á. Navarrete (Torreperogil, 1961) es licenciado en Filología Clásica por la Universidad de Granada y doctor en Lenguas, Letras y Traductología por la Université libre de Bruxelles (ULB), de cuyo centro de investigación Tradital es actualmente colaborador científico. Entre 1987 y 1997 fue traductor del Parlamento Europeo; a partir de ese último año y hasta 2021 fue traductor de la Comisión Europea. Ha sido miembro de la Redacción del boletín puntoycoma durante muchos años y ha traducido varias obras de Jules Verne, como Veinte mil leguas de viaje submarino (Cátedra), Frritt-Flacc (Oportet Editores) o La isla misteriosa (Cátedra). Sus investigaciones se centran en la traducción de la obra de Verne al español y en la literatura griega, tanto antigua como moderna.

 

 

 

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