Traducir Campanas de Nagasaki, Fernando Cordobés González
Lunes, 21 de septiembre de 2026.
La secuencia de los acontecimientos coincide en todos los testimonios: un gran fulgor seguido de silencio; una violenta sacudida; un torbellino seco, brutal; la explosión; la oscuridad; el infierno en la Tierra.
Aun con los márgenes razonables para la interpretación o para la adaptación a la lengua de destino, toda traducción exige rigor y compromiso, pero la literatura testimonial plantea un desafío específico que entra de lleno el terreno de la ética: lo que relata el texto original, en casos como el de Campanas de Nagasaki de Takashi Nagai, es un drama de proporciones inimaginables, uno de los episodios más oscuros de la historia humana y, por lo tanto, el margen de error se reduce y la necesidad de permanecer fiel, pegado al texto, aumenta. La elección de cada palabra cuenta.
En el prólogo de Voces de Chernóbil, la premio nobel Svetlana Alexiévich confiesa: ‹‹Yo busco las palabras para contar esta historia, pero no existen. Las palabras no alcanzan para describir lo que ha pasado».
La catástrofe de la central nuclear de Chernóbil dejó a la autora de una de las obras testimoniales más importantes de nuestro tiempo sin palabras. Se enfrentaba a algo desconocido, nuevo, a una dimensión propia de las fuerzas del cosmos y no de la vida en la Tierra, como ella misma asegura. Y, sin embargo, algo directamente relacionado con el poder del átomo había ocurrido ya cuarenta y un años antes de aquel 26 de abril de 1986 en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Allí tampoco alcanzaron las palabras para describir lo ocurrido. De hecho, lo que sí alcanzó fue el silencio; un silencio infligido o impuesto por la vergüenza de la derrota en una guerra cruenta y sin sentido, por la censura decretada por los vencedores, así como por el temor y las cautelas de los supervivientes del infierno atómico a ser señalados y marginados: ‹‹Durante todos estos años no he contado la experiencia de la bomba atómica ni a mis familiares ni a mis amigos. Siempre he cambiado de conversación ante la dificultad de expresar con detalle el trágico espectáculo. Me deprimía demasiado recordar aquellos días de tristeza y agonía. Además, corrió el rumor por entonces que era mejor que las víctimas no contrajeran matrimonio para no tener hijos disminuidos o tarados por los efectos secundarios de la bomba. No hablé con nadie sobre ello e incluso no quise sacar el certificado que me correspondía como víctima». Testimonio de Nakano Michiko, víctima de la bomba de Nagasaki[1].

Ruinas de la catedral de Urakami tras el bombardeo atómico. Fotografías del bombardeo atómico cedidas por el museo de Nagasaki, remitidas por el autor
La primera bomba atómica de la historia fue arrojada el 6 de agosto sobre la ciudad de Hiroshima; tres días más tarde, la segunda sobre Nagasaki. Ambos acontecimientos abrieron una puerta desconocida hasta entonces en el devenir de la humanidad que todavía hoy sigue abierta: la posibilidad cierta y evidente de la autodestrucción de la especie humana, de nuestra desaparición de la faz de la Tierra.
Las cifras son pavorosas: en Hiroshima más de ochenta mil muertos en el acto y el noventa por ciento de la ciudad destruida[2]. Decenas de miles fallecidos más tarde como consecuencia de los efectos secundarios derivados de la radiación, de las heridas, las quemaduras, la desesperación, la sed… En Nagasaki se habla de en torno a cuarenta mil muertos instantáneos, incluso setenta mil y, como en Hiroshima, decenas de miles de víctimas. Pero ¿qué dicen las cifras en realidad, de qué nos hablan transcurridos ochenta y un años desde aquel fatídico mes de agosto? Los números son fríos. No hablan de las personas individuales que se volatilizaron en la nube atómica como si nunca hubieran existido. Los supervivientes, por su parte, reaccionaron como pudieron y algunos de ellos se sintieron en la obligación, no tanto de contar las historias de los fallecidos que se habían perdido y borrado para siempre, como de dejar testimonio de lo ocurrido, de levantar acta sobre algo que no debía ocurrir nunca más. Era una suerte de imperativo categórico que espoleó sus vidas a partir de ese momento. ‹‹No puedo describir la magnitud del sufrimiento y del horror que vi. Jamás deberían volver a usarse esas armas al margen de lo que pueda ocurrir. Solo cuando la humanidad renuncie a su uso, las almas de los amigos que perdí encontrarán al fin la paz», dejó escrito Michito Ichimura, médico de Nagasaki especializado en el tratamiento de enfermedades de la sangre relacionadas con la explosión atómica y miembro de la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW, por sus siglas en inglés).
Campanas de Nagasaki es una de las obras más representativas de la literatura testimonial sobre el bombardeo atómico y sus consecuencias. Publicada por la editorial Oberon por primera vez en español en el año 1956, y traducida por Namio Sakai y José Branco Amor, era un título descatalogado desde hacía décadas. En el transcurso de una conversación con Marián Bango, editora de Satori, coincidimos en nuestro interés por el tema y decidimos abordar una nueva traducción para volver a ofrecer el texto a los lectores en español. El tema, lamentablemente, no es algo que se circunscriba a un pasado remoto sin conexión con el presente. En el presente convulso que vivimos sigue habiendo quienes se permiten frivolizar y amenazar con el uso de las armas atómicas. Un testimonio como el de Nagai puede contribuir a tomar conciencia sobre ese peligro existencial que nos amenaza, así como a adquirir y comprender en toda su extensión un compromiso con la paz.
La traducción en sí no planteaba grandes dificultades al margen de un empeño de comprobación de nombres propios, de la toponimia citada, de la lectura correcta de ideogramas confusos, etcétera, para cumplir así con el rigor ético que nos parecía exigir el tema. No obstante, el texto sí planteaba una dificultad de otra naturaleza muy distinta y difícil de abordar.
Takashi Nagai, el autor de Campanas de Nagasaki, era profesor en la Facultad de Medicina de la ciudad y, como tantos otros, sobrevivió milagrosamente a la bomba. Como consecuencia de la explosión perdió a su amada esposa, su casa, sus propiedades. La fortuna quiso, al menos, que su hijo y su hija sobrevivieran. Como muchos otros comprendió entonces el deber moral al que se enfrentaba después de vivir una experiencia como esa y en el tiempo que le quedaba de vida se comprometió con ello.
Nagai ejercía la especialidad de radiología y se encontraba en uno de los edificios de la universidad en el momento de la explosión. Si su testimonio se pone en contexto con el de otros supervivientes, el relato no difiere demasiado. La casualidad, el destino, un milagro, por expresarlo en sus términos, ya que era un ferviente católico, lo salvaron de morir sepultado bajo los escombros del edificio que se le vino encima. La verdadera diferencia entre su experiencia y la de otros muchos es que él se negó a someterse a la imposición del silencio. Le quedaban apenas unos pocos años de vida a causa de una leucemia mielógena que había contraído por la excesiva exposición a la radiación en el desempeño de su especialidad médica. El tiempo corría en su contra, él lo sabía, y la experiencia infernal que acababa de vivir lo llevó a hacer acopio de las pocas fuerzas que le quedaban para dejar testimonio escrito de lo ocurrido.
En la librería del Museo de la Paz de Nagasaki están los libros de Takashi Nagai en las diferentes ediciones japonesas, así como en sus traducciones a varios idiomas. No muy lejos de allí, cerca de la catedral de Urakami, en la calle de los Santos, se encuentra el refugio donde pasó los últimos años de su vida, justo al lado del Museo Memorial que lleva su nombre. En ese refugio, ‹‹mi cobijo» como él lo llamaba, vivió tras la explosión con sus dos hijos. Ni siquiera la palabra ‹‹cobijo» da una idea aproximada de lo que es en realidad: apenas un chamizo de madera y papel de poco más de seis metros cuadrados con un futón tendido sobre el suelo de planchas de tatami y poco más. Tumbado ahí, incapaz de moverse en los últimos meses de su vida a causa de la enfermedad y de los efectos secundarios de la bomba, escribió o dictó un total de diecisiete libros en los que no solo se empeñó en documentar lo ocurrido, sino en clamar por la paz, en comprometerse en esa lucha que él mismo no iba a poder sostener mucho tiempo, pero sí sus lectores. Había entendido que la paz era el gran desafío de la humanidad: había que erradicar unas armas nucleares con el potencial de acabar con la vida sobre el planeta, poner fin a todas las guerras y al sufrimiento humano causado por ellas.
Los propósitos de Takashi Nagai eran nobles y dignos de elogio. El valor histórico, documental y testimonial de su obra es innegable y, sin embargo, en Campanas de Nagasaki hace una afirmación problemática, abre una controversia que provocó reacciones airadas hasta el extremo de que ya en su tiempo llegaron a acusarlo de vendepatrias, de traidor y falsario. No podía ser él quien escribía esa ingente cantidad de libros en semejantes condiciones. ¿Cómo podía un hombre postrado en cama por culpa de una enfermedad terminal trabajar con esa intensidad?

Distrito de Urakami, junto al hipocrentro de la explosión donde se encontraba la facultad de medicina
Para responder a esas preguntas, qué mejor que preguntar a la persona adecuada. K. F., editora ya retirada de una de las grandes editoriales de Japón y originaria de Nagasaki, con la que mantenemos buena relación desde hace tiempo, fue quien nos puso en la pista del nieto de Takashi Nagai que dirige el museo dedicado a la memoria de su abuelo. Era la persona indicada para ayudarnos a abordar el problema que nos planteaba el libro y gracias a sus explicaciones, a la historia que nos contó de su padre y de su tía, los hijos de Nagai, pudimos hacernos una composición de lugar más precisa.
En el museo se proyectan unas imágenes de unos segundos en las que se ve a Nagai caminar apoyado en un bastón por lo que él llama repetidamente «el desierto atómico», unas imágenes que dan una idea aproximada de lo que debió significar para las víctimas de la bomba vivir aquella experiencia.
Nuestra inquietud era si acaso no estábamos interviniendo en la traducción más allá del trabajo puramente lingüístico o literario que se supone a los traductores. Pero el caso es que fuimos a Nagasaki a entrevistarnos con el nieto de Nagai y con otras personas relevantes en esta historia. La casualidad ha querido que residamos en una ciudad de la isla de Kyushu a apenas dos horas por carretera. No había grandes impedimentos o excusas para no ir. Estudiar, investigar y profundizar el tema sobre el que se traduce es un método válido que enriquece una traducción. Queríamos comprender en la medida de lo posible qué clase de experiencia vivieron los habitantes de la ciudad aquel fatídico 9 de agosto, cómo fue su vida después, por qué muchos de ellos guardaron silencio sobre lo ocurrido. En la medida de lo posible queríamos entender por qué Campanas de Nagasaki nos provocaba una gran inquietud, casi un vacío, en sus últimas páginas. El objetivo no era intervenir en la obra, sino aclarar primero el dilema y pensar después qué hacer, si es que había algo que hacer. Consultamos con Marián Bango y ella estuvo de acuerdo en seguir adelante con vistas a añadir un breve texto explicativo que se incluiría en la edición de Satori.
Lo primero fue preparar un listado con los nombres de las personas citadas, toponimia de lectura dudosa, detalles que diferían entre distintas ediciones japonesas, y comprobarlo todo con Tokusaburo Nagai, el nieto del autor. Una vez solucionadas las dudas, había llegado el momento de abordar el tema principal.
En el undécimo capítulo del libro, titulado «Los visitantes de mi cobijo», Takashi Nagai se refiere al discurso fúnebre para las víctimas de la bomba atómica del distrito de Urakami que escribió para ser leído durante una ceremonia religiosa:
El 9 de agosto de 1945 a las 10:30 de la mañana se reunió el consejo supremo de la guerra en el cuartel general imperial para tomar la decisión de si Japón debía capitular o seguir combatiendo. El mundo se encontraba en una encrucijada en ese momento. Se iba a tomar una decisión que podía traer una paz nueva y duradera o, por el contrario, condenar a la familia humana a un mayor derramamiento de sangre y a soportar nuevas matanzas.
Y justo en ese momento, a las 11:02 de la mañana, una bomba atómica explotó sobre nuestro distrito de Urakami (…)
Según tengo entendido, esta última bomba atómica, diseñada para arrasar el potencial bélico de Japón, estaba destinada originalmente a ser arrojada sobre otra ciudad, pero como el cielo sobre ella estaba cubierto los pilotos norteamericanos fueron incapaces de localizar su objetivo. Por tanto, cambiaron de planes y decidieron arrojar la bomba sobre Nagasaki, la segunda alternativa. No obstante, se produjo otro inconveniente. Mientras la bomba caía, el viento y las nubes la desviaron ligeramente más al norte de las fábricas de municiones sobre las que se suponía debía impactar y terminó por hacerlo sobre la catedral.
Eso es lo que he oído. En caso de ser cierto, los pilotos estadounidenses no apuntaron a Urakami. Fue la Divina Providencia la que arrastró la bomba hasta aquí.
¿Afirmaba el autor que en el lanzamiento de una bomba atómica de plutonio había habido una intervención de la Divina Providencia? ¿De verdad decía eso? En caso afirmativo, ¿por qué? ¿Qué quería decir con ello?
***
En Campanas de Nagasaki Takashi Nagai no se recrea en las descripciones pormenorizadas o morbosas sobre las consecuencias de la explosión, pero tampoco evita imágenes aterradoras e insoportables, como la de una mujer embarazada muerta con su criatura fuera del vientre y unida a ella por el cordón umbilical, o la de un niño que solo deja de llorar cuando muere como consecuencia de las quemaduras que sufre. Parece como si al no insistir en el horror quisiera abordar el asunto desde una perspectiva distinta a la de las consecuencias de la masacre, trascender el infierno que vivió por muy espantoso que fuera lo que vio con sus propios ojos. Quizás se note también en ello la presión de la censura impuesta por las Fuerzas de Ocupación que no habrían dejado pasar un relato excesivamente realista sobre lo ocurrido contrario a sus intereses propagandísticos. Fuera como fuera, la idea que vertebra la obra, y las demás que le siguieron, da la impresión de ser solo una: testimoniar con los pocos medios que tenía a su alcance para que algo así no volviera a repetirse. Y a pesar de sus cautelas, es imposible no conmoverse según avanza el relato, no caer en el desconsuelo frente al testimonio del superviviente de una catástrofe atribuible únicamente a la acción humana. Y de pronto, casi al final del libro el autor afirma o sugiere que en ese apocalipsis hubo una intervención de la Divina Providencia.
El autor lo expresó con esas palabras y no otras. Dice literalmente kami no setsuri (神の摂理), es decir: Divina Providencia. En ese sentido, no hay confusión posible ni margen de interpretación. En cuanto a la traducción, por tanto, el asunto estaba claro. Pero ¿no exigía la gravedad de la afirmación ir un paso más allá? En tal caso, ¿en qué dirección?

Centro de la ciudad de Nagasaki tras la explosión
Una vez más fue K. F. quien nos puso sobre la pista de otra persona que nos podía ayudar a aclarar nuestras dudas. En esta ocasión se trataba del padre Renzo Di Luca, el director del Museo de los Mártires de Nagasaki. Era el indicado para guiarnos en una cuestión de orden teológico cuyo significado profundo se nos escapaba. ¿La bomba atómica fue un acto de la Divina Providencia como afirmaba Nagai? La pregunta era clara. Por mucho que Japón fuera la potencia agresora en la guerra del Pacífico, la nación responsable del inicio de las hostilidades, su ejército culpable de extender la muerte e infligir un sufrimiento indecible a millones de personas, ¿sugería Nagai que imperaba un orden superior al humano en el que se aplicaba una especie de ley del Talión, el ojo por ojo? ¿La justicia y la reparación por el sacrificio de millones de vidas inocentes quedaba, por tanto, en manos de la Divina Providencia? ¿Era un castigo bajo la forma de una bomba atómica?
El Museo de los Mártires de Nagasaki se encuentra a pocos metros de la estación de tren de la ciudad y destaca en el paisaje urbano por su torre de inspiración gaudiana. Allí nos recibió el padre Di Luca, quien nos abrió las puertas de su biblioteca donde se conservan primeras ediciones de las obras de Nagai tanto en japonés como en sus traducciones a distintas lenguas. Para el padre Di Luca era importante explicar, en primer lugar, el contexto previo a la explosión de la bomba, la peculiar idiosincrasia de los cristianos de la ciudad y, en especial, de la comunidad que residía en el distrito de Urakami.
Los cristianos de Nagasaki merecen por sí mismos un capítulo aparte que desborda el ámbito de la obra de Nagai, pero cabe decir que su historia jugó un papel determinante en la forma en que interpretaron lo que les había sucedido. Para profundizar en el tema el padre Di Luca nos dirigió a una obra fundamental cuyo autor ya se había esforzado por responder a esas mismas preguntas: Sobre la ideología del doctor Takashi Nagai,[3] de Kiyomi Yamauchi.
Los misioneros portugueses y españoles llegaron a Japón en el siglo XVI provenientes de la antigua Formosa, la actual Taiwán, así como de Filipinas. No es una historia desconocida, pero sí poco estudiada. Tras su expulsión por una serie de razones políticas y sociales que exceden el ámbito de este artículo, en el país quedaron importantes núcleos de cristianos que hubieron de ocultarse de las autoridades que los perseguían implacablemente. Silencio, la película de Martin Scorsese del año 2016 basada en la novela Chinmoku (沈黙) de Shūsaku Endō, sacó a la luz una parte de esa larga historia de más de doscientos cincuenta años de ocultamiento, persecución y sufrimiento de las comunidades cristianas de Japón. De entre todos los grupos dispersos aquí y allá a lo largo y ancho del país, los de la ciudad de Nagasaki y su provincia se contaban entre los más numerosos, y los del distrito de Urakami, en concreto, eran uno de los más cohesionados. ¿Les infligía Dios precisamente a ellos un castigo extra de proporciones desconocidas después de una larga historia de padecimientos?
Kiyomi Yamauchi afirma: Nagai era un médico, un científico, no un filósofo ni un teólogo. Su polémica afirmación, por tanto, no era doctrina. En las condiciones en las que sobrevivió cinco años a la explosión atómica no pudo acceder a ninguna clase de estudio sobre la Divina Providencia y, por tanto, sus palabras, según él, debían ser tomadas con cautela. Lo que dijo lo hizo desde su propia experiencia, desde su realidad de católico que vivía comprometido con los preceptos de su religión. Yamauchi también pone en contexto la peculiar psicología de los cristianos de Urakami, cómo evolucionó a lo largo del tiempo al estar sometidos como estuvieron a la persecución y obligados a vivir ocultos. En tales circunstancias habían desarrollado un sentimiento premonitorio, creían en la amenaza de cataclismos por venir y en eso se diferenciaban incluso de otros cristianos de la ciudad que vivían en ambientes más abiertos. Según Yamauchi, no era extraño, por tanto, que en esa atmósfera se extendiera el rumor de un castigo divino.
En su obra sobre Nagai, Yamauchi aborda de frente cuestiones teológicas o filosóficas y él mismo asume en parte y discute también la crítica marxista y sartriana al concepto de la Divina Providencia como freno a la libertad humana. A la realidad del alejamiento de la religión que se había extendido por todo el mundo se le sumaba un acontecimiento para el que no había explicación, y eso llevó a muchos a perder la fe, a apartarse de sus creencias, a caer en el nihilismo y fue por eso por lo que el doctor Nagai sintió la necesidad de reaccionar y hablarles en un sentido más profundo[4]. Yamauchi considera que la Divina Providencia, aun cuando no representa un espíritu revolucionario, tampoco paraliza la libertad de acción del hombre como afirmaban sus detractores. Al contrario, según él, incita a un compromiso, a una resistencia activa. Aceptar la Divina Providencia y vivir en ella no debilita al ser humano, sino que lo fortalece pues constituye una base sólida e inamovible sobre la cual construir una vida plena. Es en ese sentido en el que Yamauchi interpreta la afirmación de Nagai.
Al margen de discusiones o justificaciones teológicas, a los cristianos de Urakami, sometidos a un sufrimiento insoportable, a la realidad de haberlo perdido todo en un instante por algo que escapaba a su capacidad de comprensión, les quedaba poco o nada en lo que creer y el doctor Nagai, alarmado, quiso transmitir la idea de que después de la bomba atómica era la Divina Providencia la que les abría un camino nuevo y luminoso cargado de esperanza que los alejaba de la realidad de la guerra, de un futuro todavía más oscuro si ésta no llegaba pronto a su fin. En palabras de Tokusaburo Nagai:
En cuanto a la polémica de si fue un castigo divino o un acto de la Divina Providencia, lo cierto es que entre los habitantes del centro de la ciudad se había extendido el rumor de que fue un castigo de Dios y Nagai quiso rebatirlo. Según él, Dios nunca castigaría a nadie de ese modo. Él mismo había perdido a su mujer, todos sus bienes y pensó en las palabras oportunas para dirigirse a la gente que estaba en su misma situación y proporcionarles así un poco de consuelo. No podía decir cualquier cosa y como creyente que era quería transmitir la idea que subyace en el pasaje de la barca en el evangelio de San Mateo[5]. Por muy difícil o dura que fuera la realidad jamás debían renunciar a la esperanza, a vivir juntos, a ayudarse. En mi opinión eso es lo que quiso decir.
El cuadro general nos dio, al fin, una visión más completa de la realidad de las víctimas de la explosión de la bomba atómica, así como un conocimiento más certero de lo que el autor quiso decir. Llegados a ese punto la idea no era, por tanto, interpretar o reinterpretar al autor, sino poner en contexto la obra y su polémica afirmación y hacerlo en un texto aparte. Un libro conduce siempre a otro libro y una traducción, por qué no, puede levantarle a uno de la silla para tomar parte activa en ella. Es importante ver, sentir, palpar, escuchar. Hay una faceta periodística y casi detectivesca, si se quiere, en el trabajo de traducción. En este caso era importante ir a Nagasaki, caminar por sus calles, entrar en la catedral de Urakami, respirar el ambiente a pesar de que del infierno atómico apenas quedan monumentos conmemorativos, viejas fotografías en las que se entrevé a personas con los brazos caídos que penan por una tierra baldía de escombros y fuegos a medio extinguir, una tierra donde apenas queda la huella de caminos que antes fueron calles.
No obstante, es importante tomar cautelas y una de las más importantes, en este caso, era no confundir una experiencia personal muy emotiva y conmovedora, como es la de pasear por lo que un día fue un gigantesco cementerio, con la fidelidad al texto para no añadir nada que no estuviera en él. Poner la obra en contexto significaba para nosotros como traductores ofrecer datos e información a los lectores para que tuvieran la oportunidad de ampliar su conocimiento del tema, así como una comprensión ampliada de unos párrafos que desataron una gran controversia ya en el momento de la publicación de la obra y que aún hoy nos siguen desconcertando cuando los leemos.
¿Por qué este empeño? La triste realidad de la situación que vive el mundo exige, de nuevo, una respuesta urgente a una pregunta existencial: ¿Cómo enfrentarnos a la realidad de las armas atómicas, a la posibilidad de que alguien pueda volver a usarlas ochenta y un años después de Hiroshima y Nagasaki?
La memoria. ¿Cómo relacionarnos con el recuerdo de un episodio infernal que ni siquiera somos capaces de imaginar? ¿Es el olvido la respuesta?
Son tantos los episodios aterradores en la historia humana reciente que la lista sería demasiado larga, pero frente a ellos quizá se ajuste bien una afirmación de Svetlana Alexiévich recogida de su discurso de aceptación del doctorado Honoris Causa de la Universidad de Granada el 7 de octubre de 2024: ‹‹No hemos sabido arreglárnoslas con el pasado».
Nagasaki es una ciudad peculiar en Japón. No solo por la bomba atómica, sino por su larga historia, por haber sido el único puerto abierto al comercio durante los casi trescientos años de sakoku, de país encadenado, cuando Japón estuvo cerrado al mundo a cal y canto. También por el papel que ha jugado en el imaginario occidental al convertirse en el escenario de melodramas como el de la novela Madame Chrysanthème de Pierre Loti, más tarde adaptada a la ópera por Giacomo Puccini como Madame Butterfly. Es una ciudad impregnada de la fe cristiana, de una religión ajena que llegó desde el otro lado del mundo y causó sufrimientos inenarrables a sus adeptos. Es un puerto de donde salieron estibadas en las bodegas de las urcas holandesas las hortensias y los numerosos endemismos de la flora japonesa que adornan hoy los jardines del mundo entero. Es una ciudad exuberante construida sobre las faldas de montañas con un aire casi tropical. Cuando llueve en Nagasaki parece como si se habitase en el fondo del mar. Forma una bahía perfecta y también ha sido un punto de contacto e intercambio trascendental con la vecina China. Y todo, absolutamente todo fue aniquilado en una fracción de segundo gracias al poder del átomo.
Quizás la controvertida afirmación de Takashi Nagai pueda servir, al menos, para ahuyentar tanta indiferencia. En efecto, lo ocurrido entonces no ha encontrado un encaje en el futuro. Mucha gente en la ciudad se muestra pesimista con la realidad que vivimos. Si las armas nucleares existen, se volverán a usar, afirman convencidos. No hay esperanza para el ser humano. ¿De veras no la hay? Para los cristianos la verdadera esperanza reside en un ente superior. ¿Y para los demás? El debate sigue abierto. Las heridas no se han cerrado. Cabe la posibilidad de que el testimonio de Nagai pueda, al menos, arrancar de sus lectores un compromiso firme con la paz como el que él buscaba.
[1]Michiko Nakano, Nagasaki bajo la bomba atómica, Soeisha / Books Sanseido, Tokio, 2004.
[2] Las cifras de fallecidos y víctimas de las bombas difieren según las fuentes dado que no existen registros plenamente fidedignos, pero todas giran en torno a números similares.
[3] Kaitei ban. Nagai Takashi hakase no shisō o kataru, Bungei-sha, Tokio, 2024 (edición revisada).
[4] Op. Cit. Páginas 60 a 62.
[5] «Subió a la barca y sus discípulos le siguieron. De pronto se levantó en el mar una tempestad tan grande que la barca quedaba cubierta por las olas. Jesús estaba dormido. Ellos, acercándose, le despertaron: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!”. Él replicó: “¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?”. Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran bonanza. Y aquellos hombres, maravillados, decían: “¿Quién es este, que hasta los vientos y el mar le obedecen?”». Mt, 8 23-27 (Biblia de Jerusalén, Bilbao, Desclée De Bouwer, 2019).
Fernando Cordobés. Nací en Valladolid en 1969. Me licencié en periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y trabajé varios años en distintos medios de comunicación, tanto como colaborador como en plantilla, antes de decidirme a trabajar a tiempo completo como free-lance. A partir del año 2008, dadas las difíciles circunstancias del momento, empecé a hacer también otro tipo de trabajos, uno de los cuales fue la traducción de inglés a español centrada, fundamentalmente, en temas técnicos relacionados con la ingeniería. A raíz de conocer a mi mujer, Yoko Ogihara, con quien trabajo en tándem desde entonces, empezamos por pura casualidad con la traducción de literatura japonesa. Nuestro primer libro traducido fue Soy un gato, de Natsume Sōseki, publicado por la editorial Impedimenta, y a raíz de ahí ya nunca lo hemos dejado. Hemos traducido a autores como Yukio Mishima, Haruki Murakami, Mori Ōgai, Hiromi Kawakami, Natsume Sōseki, entre otros, y también novela gráfica de autores como Yoshiharu Tsuge, Ōji Suzuki, Susumu Katsumata, Yoshihiro Tatsumi, y otros tantos, casi siempre relacionados con la extinta y mítica revista GARO. Vivo en Japón desde hace doce años y hablo también francés y alemán.






