¿Notas? ¿Qué notas?, María Ramos Salgado
Lunes, 5 de octubre de 2026.

«Feliz lectura», Ilustración de María Ramos
Todo libro traducido cuenta con un personaje muy particular: una figura con gabardina, sombrero calado y gafas de sol que sigue al lector por los párrafos, sin que se dé cuenta. Lo habitual es que la lectura avance sin mayor problema, saltando con alegría por pasajes trepidantes, escenas lacrimógenas o incisos soñadores. Pero de vez en cuando ese hilo se rompe, la lectura se detiene, la duda aparece: ¿qué es esta palabra extraña? ¿Quién es este personaje al que hacen referencia y que yo no conozco? ¿Me estoy perdiendo algo? Y ahí la figura de gabardina, a varias palabras de distancia, duda también: ¿debería yo poner una nota de traducción y ayudar a este lector? ¡Pero eso tirará por tierra mis esfuerzos de camuflaje! ¡Saldré a la luz, cuando en el original no existo!
Esta disimulada persecución imaginaria es una representación más o menos fiel de uno de los muchos caminos que recorremos quienes traducimos, antes de que el libro llegue a las estanterías. Nos creamos una especie de señuelo lector y vemos por qué flancos atacan los depredadores; en nuestro caso, son depredadoras todas esas cuestiones que, sospechamos, pueden detener la lectura de forma indeseada. Y a esas fieras hay que domarlas de alguna manera. En ocasiones, una dificultad del original solo necesita un poco de aire fresco, un buen paseo para estirar las piernas y una galleta para que deje de rugir y se convierta en una cariñosa y brillante solución de traducción. Pero no siempre se puede usar este truco: hay obras cuya dificultad es tan característica, está tan ligada a la propia creación literaria, que no nos queda más remedio que plantearnos introducir una nota de traducción.
Las notas de traducción son como un familiar achispado en una boda: hay quien no quiere verlas ni en pintura, y sin embargo otros opinan que tienen algo de esencial, y a veces hasta imprescindible. El debate sobre este tema puede extenderse y de hecho se extiende hasta el infinito, pero yo he venido aquí a hablar de mi libro y querría proponer mi punto de vista. En mis años como profesora hay un mantra que he procurado inculcar a mis pacientes alumnos: podemos cometer errores (de ellos se aprende), pero hay que cometerlos con criterio. Cuando alguien nos pregunte por qué hemos hecho una cosa, tenemos que ser capaces de aportar un razonamiento. Podrán aparecer más tarde argumentos que nos hagan cambiar de opinión, o nos iluminen con soluciones mejores, pero hubo un momento en el que tuvimos que tomar una decisión y le dedicamos el tiempo necesario a decantarnos por algo razonado. Esta misma línea de pensamiento es la base para mi toma de decisión respecto a notas de traducción: al no tratarse de una ciencia exacta, una tiene que analizar, reposar, reflexionar y decidir, caso a caso, siempre con criterio.
En mi labor de traductora, hago todo lo posible para que la nota de traducción aparezca solo en aquellos casos en los que considero (tras documentarme como es debido, hasta donde me lo permiten los plazos de entrega) que si no incluyo un pequeño apunte, el lector pierde información esencial, y que además esa información no la puede obtener con una búsqueda rápida. Este segundo punto es muy importante, pero empecemos por el principio.
En muchísimas obras nos encantaría explicarle al lector tal o cual concepto porque enriquece la comprensión del contexto del autor o de la obra, podemos estar tentados de relatar acontecimientos relacionados con la trama… Pero ahí hace falta detenerse y reflexionar: ¿estamos queriendo añadir datos que el autor no detalla en el original? ¿Estamos creando una experiencia lectora que se aleja de la que tendría el lector original? ¿Estamos haciendo una labor de mamá pájaro, masticando por nuestros polluelos lectores? A menos que se trate de una edición comentada, a mí me gusta concebir la lectura como una labor activa y colaborativa: asumo que los lectores están dispuestos a aprender y a investigar aquellos temas que hayan descubierto en el libro. Si una autora, como es el caso de mi última traducción, menciona a Mateo Txistu, como traductora sé que habrá lectores en castellano que no sepan quién es, pero una rapidísima búsqueda los llevará a la leyenda del cura cazador. De hecho, puede que haya lectores que sí conozcan la figura, en cuyo caso una nota sería innecesaria (y yo habría cometido el error de menospreciar el conocimiento del público lector). También puede haber lectores que no conozcan a Mateo Txistu, pero que no les importe, y dejen que el nombre resuene como un eco en su imaginación y caiga en el olvido. Tampoco a ellos les va a molestar la ausencia de nota. Y es que incluso puede pasar que en la lectura original en euskera hubiese lectores vascoparlantes que no supiesen quién es Mateo Txistu, con todas las variantes de actuación que acabamos de ver. Si trabajamos con autores vivos y se involucran mucho en el proceso de traducción del libro, quizá quieran sobreexplicar conceptos, pero ahí nosotros debemos confiar en nuestro criterio y trabajar pensando en el descubrimiento de los lectores, y no en los miedos de los autores.
Dicho esto, me gustaría presentar dos casos en los que sí que me parece que una nota es adecuada: en uno, introduje una nota porque sin ella el lector quedaba huérfano de datos esenciales; en otro, porque resultaba más fiel al original poner una nota que no ponerla. El primero de estos casos se dio durante la traducción a gallego de Cranford, de la escritora Elizabeth Gaskell, una obra ambientada en la Inglaterra del siglo XIX. En ella se mencionan unos spills, y no es que a nadie se le derramase ningún líquido. En castellano se podrían llamar «pajuelas», unas antecesoras de las cerillas, y que en gallego traduje como pauciños. Cualquier lector podría haber comprendido que se utilizaba algún tipo de pajita para encender velas y habría seguido su lectura sin darle más vueltas, pero este término alberga una particularidad de la época: la confección de los spills con restos de papel podía ser muy elaborada, era un pasatiempo recurrente entre mujeres de la aristocracia y las más mañosas los ofrecían como pequeños obsequios. Sin embargo, con la posterior aparición de las cerillas, la tradición de aprovechar pedazos de papel se fue perdiendo. Gaskell recupera el concepto para recalcar algo identitario de todo el libro, las costumbres anticuadas de la aristocracia de Cranford, y más en concreto de la señorita Matty, una de las protagonistas. Todas estas connotaciones sobre los spills para los lectores de la época eran claras pero se nos pierden a nosotros hoy, y como esta información no es fácil de encontrar, introduje una pequeña nota para el lector gallego. Eso sí, al contrario que Carlos Vives, que canta «en mis notas soy extenso», yo procuro que sean breves, sin dar más ni menos información que la necesaria.
El segundo caso que vengo a presentar es de distinta naturaleza, pero de semejante resultado. Hace unos meses la editorial Consonni me encargó la traducción al castellano de la obra Katona, de Antxiñe Mendizabal Aranburu. Este libro, que verá la luz este otoño, es un viaje barroco y complejo por la vida de una niña que va creciendo hasta convertirse en escritora, y hay constantes referencias a nanas, versos y cantares populares, todos ellos en euskera. En cierto modo, la obra en sí misma es un homenaje a la cultura popular vasca con la que creció la autora. La infinidad de referencias suponía un reto: ¿qué hacer con todo aquello? ¿Cómo presentárselo al lector en castellano? En apariencia, la solución más sencilla hubiese sido traducir todos los fragmentos culturales a castellano, o como mucho buscar equivalentes cuando fuese posible. Y sin embargo no me parecía adecuado: en mi opinión, las referencias musicales vascas no eran una floritura, sino la melodía subyacente del texto, y traducirlas al castellano hubiese sido acallar esa voz. No solo eso, sino que la búsqueda de equivalentes podía llevarnos por derroteros accidentados (¿será que hay equivalentes para una canción, pero no estoy siendo capaz de encontrarla? ¿Y si hay varias versiones de una nana, con cuál me quedo? ¿Con qué criterio?). Por lo tanto, consideré que la mejor solución posible sería mantener en el texto las referencias en euskera y añadir notas con la traducción, de manera que la experiencia del lector castellanoparlante fuese lo más cercana posible a la original.
En este caso, he de admitir que soy además seguidora de una filosofía extranjerizante en traducción, igual que también lo soy en la escritura, cuando mantuve el gallego en las intervenciones de ciertos personajes en mi libro Cartas gallegas. Se dice que las traducciones son puentes (yo misma he utilizado muchas veces el símil, cuando hablé de ser un puente entre dos madres), pero quizá sea mejor hablar de la traducción como un eco: una voz que llegamos a comprender gracias a algo de esfuerzo. Cuando se nos ofrece una ventana a otro mundo, que esa ventana se adapte demasiado y se convierta en un guiñol familiar no nos acerca a una cultura diferente, sino que más bien nos acomoda en la nuestra: «fíjate», podríamos decir, «en todas partes les cantan las mismas canciones a los niños». Como agentes literarios, no tenemos que temer una cierta extrañeza, una cierta incomodidad, una sorpresa. Ahí reside muchas veces el aprendizaje.
La figura con gabardina debe observar bien antes de actuar y salir de su escondite. Todos hemos visto cómo un niño que está aprendiendo a andar en bici se tambalea y se cae. En vez de correr en su auxilio, podemos poner firme la bicicleta cuando no esté mirando, volver de puntillas a los arbustos y dejar que él solo retome el camino.

María Ramos Salgado (Irún, 1998) es traductora y escritora. Recibió el Premio Extraordinario de su promoción de Traducción e Interpretación por la Universidad de Comillas y tiene el máster de Formación de Profesorado en la especialidad de inglés. Ha traducido a autores como Jane Austen, Emily Brontë, Elizabeth Gaskell, Bernardo Atxaga, Eider Rodríguez o Miren Agur Meabe. En 2024 se publicó su primera obra propia, «Cartas gallegas», con la editorial leonesa Mr. Griffin, y en 2025 participó en la antología poética «Poesía bonita y que se entiende 3», de Maresía.






