Ana Alcaina: Junto a un bosque inmenso, de Leo Vardiashvili
Viernes, 9 de octubre de 2026.
Ana Alcaina ha traducido del inglés Junto a un bosque inmenso de Leo Vardiashvili, Salamandra 2025.
Obra finalista del XXI Premio de Traducción Esther Benítez.
Sinopsis
A principios de los noventa, siendo aún niños, Saba y su hermano abandonaron una Georgia asolada por la guerra y llegaron como refugiados al Reino Unido con su padre, Irakli. Dos décadas después, atormentado por los remordimientos al no haber conseguido que su mujer, ahora muerta, lograra reunirse con ellos, Irakli regresa a su país de origen en busca de respuestas… y desaparece. Sandro, el hijo mayor, vuela a Tbilisi para encontrarlo… y desaparece también.
Saba vuelve entonces a su ciudad natal y, acompañado de nuevos amigos y viejos fantasmas, trata de dar con ellos siguiendo sus pistas ocultas en extraños grafitis, escondidas en rocambolescos mensajes en la radio o incluso camufladas entre las páginas de un manuscrito inédito del padre, rastro que este y Sandro han ido dejando como si fueran las migas de pan del famoso cuento infantil (no en vano el título de la novela en el inglés original, Hard by a Great Forest, es el comienzo de Hansel y Gretel). Durante su búsqueda, Saba deberá enfrentarse al presente y al pasado, tanto familiar como de su país, al trauma individual y colectivo de la guerra, y revisitar rincones de su ciudad y su memoria que, aunque sean profundamente dolorosos, le devolverán parte de su identidad perdida.
Comentario de la traductora sobre la traducción
Al igual que el protagonista de la novela, su autor, Leo Vardiashvili, también huyó de la guerra civil georgiana con doce años y tampoco regresó a su país natal hasta casi veinte años más tarde. Sin embargo, el libro va mucho más allá de la vivencia particular y relata, de forma muy personal, los hechos que han marcado la historia reciente de Georgia, un país fascinante y desafiante a la vez. Pese a estar situado en la difícil frontera entre Asia y Europa —o tal vez precisamente por ello—, se siente orgulloso de su espíritu indomable y de una cultura milenaria que ha hecho de la hospitalidad su principal seña de identidad, como se evidencia de forma muy vívida en distintas partes del libro; una cultura que sigue siendo, en general, enormemente desconocida para el público lector en castellano. La novela es un fiel reflejo del carácter y las tradiciones georgianas, y alterna episodios hilarantes con escenas cruentas, intercambios desgarradores con emotivos brindis que celebran todas y cada una —literalmente— de las cosas importantes en la vida. El libro es también una reflexión sobre la guerra, el exilio, la memoria, el desarraigo, la nostalgia por la tierra natal y la propia identidad.
La novela combina situaciones surrealistas y aparentemente inverosímiles —como cuando, nada más aterrizar en Tbilisi, desde el interior del taxi que lo lleva del aeropuerto a la ciudad que no ha pisado en veinte años, Saba ve un hipopótamo plantado delante de una tienda de relojes Swatch: a causa de las inundaciones que tuvieron lugar en 2015, los animales se escaparon del zoo municipal, un episodio verídico que tuvo consecuencias trágicas— con pasajes oníricos, fragmentos de elevada carga emocional, citas de Shakespeare, lenguaje soez, juegos de palabras e incluso las voces de los fantasmas del pasado de Saba, como la de Eka, su madre, cuya ausencia recorre toda la obra como una herida abierta.
Una de las mayores dificultades de traducción de la novela reside precisamente en transmitir la fuerza de ese lenguaje desenfadado y en ocasiones vulgar, de diálogos ágiles y muchas veces cómicos —en definitiva, las elevadas dosis de humor negro—, en contraste con el léxico descarnado de la desesperación y la desesperanza que caracteriza cualquier narración del conflicto bélico y sus consecuencias, su impacto humano y emocional. El personaje del taxista Nodar, por ejemplo, es, además, una clara muestra de los momentos en que, a través de la oralidad, la lengua georgiana logra traspasar la página y aflorar por encima del inglés, un «más difícil todavía» que vivió quien esto escribe durante el proceso de traducción.
La novela consigue además transportar al público lector a lugares absolutamente únicos, como el barrio de Sololaki en Tbilisi —la otra gran protagonista indiscutible del libro, definida por el propio autor como histórico crisol cultural, una ciudad ocupada, invadida, destruida y reconstruida varias veces a lo largo de su existencia— o la localidad de Ushguli, bajo las cumbres más altas del Cáucaso. Logra acercarlo también a tradiciones tan profundamente arraigadas en la cultura georgiana como la supra o la figura del támada, por lo que la transcripción tanto de los topónimos como de los sustantivos originales en georgiano —una lengua plagada de consonantes endiabladamente juntas y endiabladamente «impronunciables»— también supuso un problema infernal en castellano.
En una de sus entrevistas, Vardiashvili subraya que Georgia sigue siendo hoy una sociedad frágil y dividida, y que buena parte de la literatura georgiana de la diáspora —escrita en inglés o en alemán, como en el caso de la autora Nino Haratischwili— nace de esa nostalgia que comparten los emigrados y del deseo de dar a conocer el país fuera de sus fronteras. Por tanto, es una magnífica noticia que las editoriales muestren cada vez más interés en hacer llegar la literatura georgiana, en el idioma que sea, al público lector en castellano y, con ese mismo afán de dar a conocer la cultura georgiana más allá de sus fronteras, agradezco sinceramente la oportunidad de que este libro figure entre los finalistas del premio Esther Benítez, pues ese es, ni más ni menos, que el fin último de toda labor de traducción.

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