Cómo empecé a traducir, VI

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Viernes, 21 de agosto de 2026.

Continuamos con la serie «Cómo empecé a traducir»,  construida a partir de la conversación de los socios y presocios de ACE Traductores en la lista de distribución de la asociación.

Joaquín Fernández-Valdés: Desde que estudiaba Filología Eslava sabía que quería traducir literatura rusa, pero no tenía ni idea de cómo ni por dónde empezar. Después de terminar la carrera y de estudiar un tiempo en Rusia, hice algunas traducciones comerciales y algunas interpretaciones de enlace, pero todo a trompicones y cuentagotas. No paraba de dar voces por todas partes de que quería traducir, pero no había manera. Eso sí, aproveché todos esos años de sequía (fueron bastantes) para seguir formándome, mejorar el idioma, leer mucho, viajar a Rusia y participar en congresos. Hasta que un buen día, casualmente, una amiga de una amiga que trabajaba en Círculo de Lectores me dijo que estaban buscando a un traductor para traducir a un joven periodista que había combatido en Chechenia y que había escrito unos relatos sobre la guerra. Así que me planté en la editorial y me pidieron que tradujera un capítulo del libro a modo de prueba. Lo hice lo mejor que supe y entregué la traducción al cabo de unos días. Pero el resultado fue desastroso: era muy inexperto y había hecho una traducción tan literal y pegada al original que no funcionaba en castellano. Y así me lo dijo el editor. Gracias a Dios, me dio una segunda oportunidad. Me dijo que rehiciera la traducción y que tuviera en cuenta todo lo que me había comentado. Entonces quedé con una amiga y traductora profesional y nos pasamos una tarde entera rehaciendo la traducción: me dio un cursillo acelerado de traducción literaria (¡gracias, Zahara!). El resultado le gustó al editor y finalmente me encargó el libro. Si este editor (¡gracias, Francesc!) no me hubiera dado una segunda oportunidad, es posible que hubiera tirado la toalla. De todo esto saqué dos conclusiones: 1) quien la sigue, la consigue; 2) las casualidades tal vez no existan, pero se buscan.

Raquel Ruiz: Yo soy de Madrid pero vivo en Zúrich desde 1981. Estudié Traducción aquí y posteriormente compaginé durante muchos años la enseñanza en la Escuela Superior de Traductores de Zúrich con la traducción comercial y también literaria. Dado que estoy muy lejos de mis mercados, que serían España y Latinoamérica, durante mucho tiempo solo conseguí encargos de libros a través de contactos, y esos libros fueron financiados y publicados en Suiza. Soy miembro de muchas asociaciones de traductores y solo en 2 ocasiones una editorial madrileña ha publicado obras traducidas por mí del alemán al español.

Una de las traducciones fue subvencionada por Pro Helvetia, una institución suiza que promociona la cultura. Sigo luchando, y como digo, pese a la tecnología, creo que es vital moverse en el mercado de forma presencial.

Antonio Fernández Lera: Me encantaría participar en este Centón, superado el bochorno de no haberlo hecho antes. Lo malo es que no puedo ser demasiado preciso en algunos casos, porque no estoy en casa durante unas semanas por «asuntos familiares» y no tengo acceso a algunos datos que preferiría comprobar, pero en fin, me arriesgo, quizá merezca la pena.

Recuerdo muy bien algunas de mis primeras traducciones: la Declaración de derechos de Shelley que se publicó bilingüe en 1981 en la revista La Pluma, y poco después, creo que hacía 1982, otros dos textos breves del mismo Shelley en la revista Quimera, «Sobre la vida» y «Sobre el amor». Antes de aquello, acabo de comprobar en la base de datos del ISBN, que mi primer libro traducido fue Las clases trabajadoras en la historia de Irlanda, de James Connolly, publicado por Alberto Corazón Editor nada menos que en 1974 (aunque olvidaron poner el nombre del traductor en la ficha).

Yo entonces no «era» traductor sino periodista, «joven» periodista, aunque en nuestras reuniones clandestinas o semiclandestinas con gente amiga como Jorge Martínez Reverte, Javier Echenagusia, Enrique Bustamante o incluso Joaquín Estefanía, Jorge pudiera contar que yo podía repartir el horario entre la gestación bienintencionada de las Comisiones Obreras de Prensa y los primeros conatos de traducción de poemas de Auden o Eliot. En cualquier caso, mis dos primeros trabajos como periodista, inicialmente al menos, tuvieron más que ver con la traducción que con el periodismo.

Verano del 73, trabajo como becario en la sección de Internacional de la Agencia EFE, 8 000 pesetas al mes, horario nocturno, seis horas traduciendo de inglés y francés noticias de teletipo de las agencias Associated Press, UPI y France Presse, aprendizaje brutal, el veterano Alejandro me susurra al oído que si te tropiezas con un dead body siempre es mejor traducir «cadáver» que «cuerpo muerto». Como para olvidarlo. Meses después, me avisan: buscan a alguien que sepa inglés y francés para lo mismo, pero en la agencia Pyresa: mi segundo trabajo como periodista-traductor.

Empiezo entonces otra serie de vidas paralelas, que no sé si es lo más recomendable, pero en todo caso es lo que sucedió… y ya no toca contarlo en este «capítulo». Una de esas vidas ha sido siempre traducir, traducir, traducir.

Rocío Fernández Pérez: En los veranos de mi preadolescencia, mi padre me regalaba una novela clásica inglesa adaptada para niños y jóvenes. En 1998, a los once años, empecé a estudiar mecanografía y se nos ocurrió que podía traducir aquellas novelas adaptadas para así repasar y ampliar mi conocimiento del idioma a la vez que practicaba mecanografía en la máquina de escribir. Obviamente, hoy día me da mucho pudor releer aquellas traducciones, pero recuerdo que el tiempo se me pasaba volando, ya que disfrutaba muchísimo con lo que hacía.

Con el tiempo fui consciente de que traducir libros era una profesión, así que primero quise licenciarme en Filología Inglesa y posteriormente decidí cursar dos másteres de traducción: uno genérico como toma de contacto con el sector y otro más específico en literaria. Tras adquirir una visión general, me reafirmé en mi deseo de dedicarme al sector literario; por ello, en los TFM de ambos másteres investigué la censura en la traducción de obras literarias clásicas inglesas.

Cuando decidí darme de alta como traductora autónoma, traducía diferentes tipos de textos mientras seguía ampliando mis conocimientos en traducción literaria. Por aquel entonces me enteré de que las propuestas editoriales era una manera de entrar en el mundo editorial, y fue cuando leí sobre un relato escrito en primera persona por unos esclavos norteamericanos en el que narraban cómo habían conseguido ser libres. Investigué y resultó que el libro no estaba traducido, así que lo leí y decidí hacer un curso de propuestas de traducción. Con la propuesta terminada, empecé a contactar con las editoriales y a la tercera fue la vencida: la editorial Consonni aceptó publicar Mil millas hacia la libertad: la huida de William y Ellen Craft de la esclavitud (aquí tenéis una reseña en VASOS COMUNICANTES) e hizo muy feliz a aquella niña que traducía con la máquina de escribir de su padre.

Después de aquella maravillosa experiencia, tanto por ver la publicación de mi primer libro traducido como por el fantástico trato por parte de la editorial, preparé otras propuestas que aún sigo moviendo, y también empecé a contactar con editoriales para enviarles mi CV. A raíz de este segundo camino, una me envió una prueba de traducción, la pasé y hasta la fecha he traducido un New Adult y dos libros de fantasía juvenil (uno con lenguaje no binario). Así pues, sigo llamando a las puertas con la esperanza de poder ampliar mi lista de traducciones publicadas.

Mientras escribo mi experiencia me da la sensación de que ha sido un camino fácil, pero nada más lejos de la realidad: detrás hay muchísimas horas de formación, de dudas, de inseguridades… pero, por encima de todo, de muchísima ilusión.

Irene Oliva: Aprovechando que mi portátil ha decidido dejar de funcionar y está en el taller, he cogido la tablet y por fin me he animado a aportar mi granito de arena a esta playita veraniega que es el Centón de cómo empecé a traducir.

He aquí una de las que en su momento optó por matricularse en la licenciatura de Traducción e Interpretación porque le encantaban las lenguas, la literatura y blablablá. La cuestión es que lo suyo (oh, horror, estoy escribiendo en tercera persona, lo siento) nunca fue el camino digamos directo, meándrica que es ella. Y al acabar la carrera la idea de hacerse autónoma se le antojaba casi marciana, así que permitió que la vida la llevase por otros derroteros. Spoiler: la cabra tira al monte.

Después de trabajar en aeropuertos, bares, parlamentos, hoteles, parques temáticos, comisarías de policía y, sobre todo, institutos, y de paso hacer Filología Inglesa para no embrutecerse demasiado, empezó a ver claro que lo que a ella siempre le había gustado era traducir y que, si para eso había que darse de alta en el RETA, pues a peores retos (perdón) se había enfrentado, tampoco perdía nada por intentarlo y al fin y al cabo para eso estaban las excedencias.

Así que se lio la manta a la cabeza, hizo la maleta y se fue a Londres a eso, a intentarlo. Segundo spoiler: mal sitio, Irene, las editoriales que a ti te interesan no están precisamente allí. Yaaa, pero es que también se fue por amor. Y allí se puso a preparar sus primeras propuestas, porque alguien le había dicho que esa era una buena forma de meter la cabeza.

Pero fijaos lo espabilada que era que no se le ocurrió otra cosa que preparar una propuesta de traducción de una obra de teatro. Y no de una cualquiera, sino de una del gran Tom Stoppard. Ah, pero es que eso mejor que se lo envíes a directores de teatro. Y eso hizo, y alguno hasta le contestó. Pero eran malos tiempos para la lírica, digo, para la dramaturgia, así que mejor idear otra propuesta.

O, mejor dicho, otras propuestas, ya puestos (perdón otra vez). Que si un cuento de algún autor clásico, por aquello de que es breve y de dominio público; que si una biografía de una musa prerrafaelita, por el tirón del movimiento y porque además conocía a la autora; que si una novela de una escritora contemporánea que a ella le chifla… Creo que el único palo que no probó a tocar fue la poesía.

Mientras tanto, como vio que andaba un poco perdida, se decidió a tomar contacto con la profesión, se hizo presocia de ACE Traductores, fue a algún Polisemo, se apuntó a unos cursos que se organizaban en Granada, hizo su primer pinito en VASOS COMUNICANTES y, tras recalar en Barcelona, tuvo la brillante idea (o más bien alguien se la dio) de matricularse en el extinto posgrado de la Pompeu (en el que, tercer spoiler, años más tarde acabaría dando clases).

Y es en esta parte cuando digamos que por fin empieza lo bueno. Después de muchos palos de ciego y gracias a la inestimable ayuda de los profesores y profesoras (hoy queridísimos amigos y amigas) del posgrado, llegaron los primeros encargos, muchas veces agarradita de su mano y otras ya en solitario. Después vinieron también los encargos a cuatro, a seis y hasta a ocho manos con compañeras de la tecla y de la farra. Y los generosos rebotes de colegas con la agenda llena. Y las pruebas de traducción por recomendación de otras. Y… ¿qué os creíais que de las propuestas no saldría nada? ¡Equivocadas estáis! Hubo una, precisamente la que preparó como trabajo final de posgrado, una novela utópica de un fan norteamericano de Galdós, que llegó a buen puerto (años más tarde la editorial cerró, pero eso es otra historia).

¿El secreto de cómo empezar? Hay varios y en realidad son secretos a voces. Uno, el despacito y con buena letra, como diría su abuela. Dos, la paciencia y el perseverar, aquello de el que la sigue la consigue. Tres, saber rodearse muy bien, y aquí ya no sabe si optar por un quien a buen árbol se arrima… o por un Dios las cría… Refranes van y refranes vienen, para que podáis llamarla viejoven, o jovieja, o simplemente señora con todas las de la ley, porque digamos que muy muy jovencita esta traductora no empezó a traducir.

Joan Llimona i Bruguera (1860-1926)

Patricia Antón: Mis principios en esto no fueron del tipo «yo de mayor quiero traducir libros», sino que llegué a la traducción un poco de rebote.

Me apasionaba leer y soñaba con dedicarme a algo relacionado con los libros, de modo que me matriculé en Filología, en Hispánicas. Acabé la carrera un poco a trompicones porque me puse a trabajar en cosas variopintas, entre ellas, a través de una amiga, en la elaboración y traducción de diccionarios multilingües y en la revisión y la traducción de fascículos sobre temas diversos. Corrían los tiempos de la máquina de escribir y el Típex, que una es de la vieja guardia por decirlo suavemente.

Cuando me estaba planteando buscarme la vida en el mundo editorial, me llegó por radio macuto que en Plaza & Janés andaban buscando correctores de estilo. Hice una prueba y les gustó, y empezaron a pasarme trabajo, mucho trabajo. Corría 1990, y justo entonces me eché un novio de aquí pero que vivía en Nueva York, una situación que como título de inglés deja bastante que desear pero que como experiencia vital y escuela de idiomas vale un mundo, pues dio pie a un periplo de viajes arriba y abajo y largas estancias al otro lado del charco con mis correcciones de estilo a cuestas.

Y en esas estaba cuando, una vez que fui a la editorial a entregar una corrección (en papel en aquellos tiempos), me dijeron que no tenían otra que darme en ese momento y me preguntaron si traducía del inglés. Me lie la manta a la cabeza y dije que sí (había firmado ya alguna cosa para Edhasa), y di el salto a la traducción más contenta que unas pascuas, pues ya me estaba resultando bastante ingrato arreglar traducciones desastrosas de otros (en aquella época lo eran: había mucho amiguismo y mucho americanismo flagrante y otras cosas feas). Empezaron a pasarme una traducción tras otra (o encima de otra), básicamente de novela romántica o de misterio serie B o incluso algún libro de autoayuda o algún porno (un género mucho más difícil de traducir de lo que parece, por cierto). Empecé sin contrato, pero muy poco después ya firmé los primeros. Siempre he pensado que empezar así, picando piedra, fue una gran escuela.

Luego vinieron libros mejores y condiciones mejores en otras editoriales. En concreto, empezar a traducir literatura juvenil para Salamandra supuso un antes y un después en mi carrera.

Y hasta el sol de hoy. No llevo un recuento exhaustivo, pero diría que hace un tiempo que dejé atrás la línea de los 250 libros traducidos y que me faltan dedos en las manos para contar todas las editoriales con las que he trabajado. Aunque mucho me temo que las condiciones no han mejorado gran cosa en estas más de tres décadas.

Hoy en día, me sé afortunada porque aún tengo trabajo, pero también sé que, vista la que se avecina, es posible que tenga que jubilarme un poco antes de lo previsto. Me provoca cierta tristeza, pero a estas alturas no tanto por mí como por todos los que vienen detrás, con tanta ilusión como tenía yo en mis comienzos. Me temo que su futuro, y el del libro en general, pinta oscurito.

 

 

 

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