Viernes, 5 de junio de 2026.

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La guerra en Irán de esta primavera ha disparado el interés por Oriente Próximo y nos trae una oleada de nombres, topónimos y términos tanto persas como árabes. El dilema diario para los traductores de textos periodísticos, y pronto para los de ensayos geopolíticos, es cómo reflejar estas palabras en español.
No existe una norma consensuada para transcribir el árabe, exceptuando la de la Real Academia, apta para textos científicos, pero no para obras de ficción ni ensayos divulgativos, porque su profuso empleo de signos diacríticos no es fácil de reproducir con un teclado normal, ni tampoco de interpretar para un lector sin conocimientos previos; además, su cometido es reflejar con precisión la ortografía del árabe estándar, no la pronunciación, normalmente muy distinta, en el habla árabe viva.
Por otra parte, los hábitos de transcripción difundidos en español se basan en buscar el máximo acercamiento fonético posible. Es el sistema recomendado por Fundéu, el servicio de «español urgente» creado por la Agencia EFE y referencia para la prensa.[1] Sin embargo, este sistema se revela cada vez más contradictorio y hoy ya no es sostenible, como muestra la decisión de los medios españoles de transcribir el nombre del nuevo líder supremo de Irán como Mojtaba Jameneí. La primera J representa aquí una africada sonora, y la segunda, una fricativa sorda. Pero usar la Y para la africada, como es costumbre, resultaría en un fonéticamente mucho más equívoco Moytaba. ¿Es posible cuadrar este círculo?
Un cambio de paradigma parece necesario. La transcripción fonética actual sigue el modelo que orientaba a inicios del siglo XX la adaptación de anglicismos como fútbol, champú o esmoquin, pero lo amplía a antropónimos, topónimos y marcas comerciales. Pudo parecer razonable cuando un lector español raramente veía un libro o diario impreso en un idioma extranjero. Hoy, con una ingente cantidad de información a distancia de un clic, utilizar una transcripción fonética adaptada al español para reproducir nombres de políticos, artistas y escritores crea un abismo comunicativo entre los países hispanoparlantes y el resto del mundo. Al escribir el apellido del primer ministro marroquí como Ajanuch impedimos al lector encontrar información sobre el mandatario en la prensa internacional, ya que esta usa casi en su totalidad la grafía marroquí original: Akhannouch.
Decimos grafía original: si bien el francés no figura en la Constitución marroquí, su extendido uso en la Administración y la prensa marroquíes le confiere un rango cooficial en la práctica, con el resultado de que antropónimos y topónimos quedan estandarizados en grafía latina (empezando por el carné de identidad del propio Aziz Akhannouch). Ni siquiera sería correcto hablar de una «transcripción» del árabe, porque la grafía latina suele reflejar la pronunciación real con mayor fidelidad que la ortografía en árabe estándar, especialmente, pero no únicamente, cuando se trata de nombres de raíz tamazigh. Convertir el apellido a «Ajanuch» no es mucho mejor que escribir «Canalisa Rais» para hacer más pronunciable el nombre de cierta exministra estadounidense.
Especialmente en el mercado editorial debería ser obvio que, si no se pueden adaptar al español los nombres de Michel Houellebecq o George Orwell, tampoco es de recibo en el caso de sus colegas con infancia magrebí o levantina. No se hace, de hecho, con Tahar Ben Jelloun ni Yasmina Khadra, pero el escritor francófono Abdellah Taïa, residente en París (nunca ha publicado en árabe), se convierte en Abdelá Taia en el mercado español,[2] y hay un puñado de ediciones de El Profeta firmadas por Gibrán Jalil Gibrán o incluso Jalil Yibrán.[3] Este impulso de fonetizar todo nombre de aspecto árabe ha llevado a curiosidades —casi un viaje en el tiempo— como el hábito de parte de la prensa española de renombrar a Abdullah Gül, presidente de Turquía de 2007 a 2014, como Abdulá Gül, ochenta años después de que Turquía sustituyera el alfabeto arábigo por el latino.[4]
No obstante, el cambio de paradigma ya está en marcha: en 2018 toda la prensa española informa sobre el asesinato del saudí Jamal Khashoggi (no Yamal Jashogyi). En 2024 la Agencia EFE deja de escribir Al Yazira para la cadena qatarí Al Jazeera. Y en el mundo del deporte nunca ha sido de otra manera; ningún futbolista magrebí cambia su grafía en la camiseta al fichar por un club español; que la grada coree el nombre del goleador con mayor o menor acierto es cuestión de suerte, pero secundaria.
La conclusión debería ser evidente: un nombre de una figura pública, sea deportista, empresario, político o artista, es una marca, y las marcas no se modifican. ¿Los demás antropónimos sí? ¿Tiene sentido transcribir como Jadiya y Jaled los nombres de unos hipotéticos visitantes de una exposición de los artistas marroquíes Khalid Gueddar y Khadija Jayi? ¿Y qué sucede con los personajes de ficción francófona? Si a nadie se le ocurre cambiar el nombre de Jean Valjean, ¿necesitamos «traducir» un Khalid a Jalid, solo porque su creador se apellida Khadra y no Hugo?[5]
Extender esta reflexión al resto del mundo árabe no es del todo lineal. De Libia hacia oriente no existe un idioma cooficial en grafía latina con una presencia comparable a la del francés en el Magreb y, si bien en casi todos los países árabes hay algún diario en inglés y sitios web bilingües de la Administración, el estándar es mucho menos nítido; la grafía de un nombre puede variar incluso entre el nombre en una tarjeta de visita y el correo electrónico impreso en ella. Aun así, las variaciones existentes no son motivo para romper con un principio esencial: el de respetar el nombre bajo el que una persona, sea natural o jurídica, se presenta al mundo.
Lo mismo vale para partidos, movimientos cívicos o guerrillas: si tienen web propia o protagonismo en prensa local, es inadecuado inventar una grafía distinta. Y de paso deberemos abandonar el hábito de crear ad hoc siglas sobre traducciones de los nombres de estas entidades. Si ya era difícil seguir el cambio del inglés ISIS a ISIL y a IS, entreverarlo con EIIL y EI no lo mejoraba; en este caso, el mundo entero habría hecho bien en adoptar desde el principio el árabe Daesh. (Peor es cuando este hábito se extiende a grupos que ni siquiera hace falta transcribir, como ocurre ocasionalmente con el AKP turco y el PKK kurdo, que hemos visto escritos como PJD y PTK, respectivamente).
En los topónimos usaremos desde luego la forma asentada en español (Alejandría, Argel, El Cairo, Basora), si existe; si no, lo lógico es mantener el nombre que figure en la versión bilingüe de la web oficial del Gobierno o el municipio en cuestión, si la tiene. En el siglo del turismo, también el nombre de una ciudad puede ser una marca. Los intentos de quitarle alguna letra superflua a la ciudad marroquí de Ouarzazate son desafortunados, cuando el municipio empieza a mercantilizar su atractivo cinematográfico bajo el nombre de Ouarzawood.
Este planteamiento de respeto a la grafía local no elimina la necesidad de una guía de transcripción, si bien reduce el volumen de casos a los que se enfrenta el traductor, pero sí puede darnos una pauta para la guía que necesitamos. Planteamos que debe perseguir tres objetivos: sencillez, coherencia e internacionalidad. Sencillez significa que todas las letras deben poder escribirse con un teclado normal sin conocimientos informáticos especiales. Coherencia es que cada letra española representará invariablemente el mismo fonema. Internacionalidad quiere decir que nombres árabes transcritos al español no se diferencien radicalmente de las formas usadas en otras lenguas mundiales (salvo que se pretenda una hispanización plena, como ocurre con fútbol y se ha intentado con güisqui).
Dada la diferencia entre gran parte de los fonemas del árabe y los del español, esto es efectivamente cuadrar un círculo. Aun así, creemos que puede ser útil consensuar un nuevo modo de transcripción para textos literarios y divulgativos, sin ánimo de sustituir la transcripción académica, imprescindible para obras científicas, ni tampoco de cuestionar términos ya hispanizados como tayín o hiyab.
El principal problema lo presenta la africada posalveolar sonora ج , similar a la J inglesa, francesa, portuguesa y catalana, representada normalmente por la Y en español. Pero la Y se usa igualmente para la Ya árabe ي (Yusuf, Yasmina, Al-Arabiya), por lo que es imposible saber si la famosa novela árabe Hayy ibn Yaqzan (escrito así en español) se pronuncia Hadsh ibn Dshaqzan (erróneo) o Hai ibn Iaqzan (correcto). Además, la Y funciona entre vocales (Nayat), pero no en torno a consonantes (Nayma y Bury se pronunciarían Naima y Buri).
Visto el amplio uso de la J para este fonema en nombres y marcas árabes, parece ineludible adoptarla. Creemos que el peligro de pronunciarla a la española (con J de jamón) se irá reduciendo, al igual que ha desaparecido en el caso de los anglicismos: la J de jazz o jacuzzi ya no se pronuncia como la de jersey. En todo caso, para evitar confusiones sobre todo en una fase de tránsito, recomendamos escribir Dj: funciona en todas las posiciones (Nadjat, Nadjma, Burdj, hadj), es habitual en numerosos casos de transcripción local, sean topónimos o apellidos, elimina inmediatamente la posibilidad de una pronunciación acorde a la J española y goza de familiaridad desde el auge del tenista Djokovic. La incoherencia de usar en algunas palabras Dj y en otras (inmutables) J es inevitable, dado que esa dualidad se presenta dentro del propio sistema de transcripción local magrebí y árabe: comparten apellido, pero no grafía, el futbolista Rafik Boujedra y el novelista Rachid Boudjedra.
La némesis de la africada árabe es la fricativa velar sorda خ, la J española. En aras de la coherencia debemos renunciar a este carácter, demasiado habitual en marcas y nombres árabes inmutables, y decantarnos por la Kh, utilizada no solo en francés, inglés, italiano y portugués, sino también en catalán y gallego, por lo que se impone como opción ya prácticamente universal. Descartamos la X, si bien tiene este valor en palabras como México, porque podría confundirse con el sonido -ks- o incluso con su uso histórico como -sh- (Xauen, Aixa), que mantiene en catalán, gallego y euskera.
Otra pareja conflictiva la forman la C y la Z. Ambas representan en español (no seseante) la cuarta letra del alfabeto árabe ث, pero usar la C se descarta por pronunciarse también K. Por otra parte, en muchos idiomas europeos —como el portugués, francés, inglés, catalán y turco— la Z representa la S sonora, la Zai árabeز, que no existe en español, pero también se suele representar con esta letra (amazigh, Hizbulá), una opción que no parece tener alternativa. Para evitar confusiones, pues, la Z no deberá usarse para el sonido que representa en español; para este se impone la Th, que coincide con el valor fonético que tiene en inglés y se usa también en la transcripción del ámbito francófono y ocasionalmente en español (Umm Kulthum, la dinastía Al Thani). En analogía usamos la Dh para la Dhal árabe ذ, hábito ya asentado.
Distinguir entre la K ك y su variante uvular ق, transcrita como Q, es habitual tanto en español como en otros idiomas y no requiere modificaciones, pese a la tendencia de la Real Academia a hispanizar palabras como Qatar e Iraq (Catar, Irak). Por otra parte, la propia Academia se ha decantado por la Sh (registrando sharía) para la fricativa postalveolar sorda ش, la Shin árabe, tradicionalmente escrita Ch (chií, hachemí). Al imponerse internacionalmente la Sh inglesa frente a la Ch de la tradición francófona, conviene seguir esta vía, teniendo en cuenta que incluso en España se escribe a menudo Sh para representar la pronunciación andaluza de la Ch (shosho).
Un problema de la Sh es que podría representar igualmente la secuencia S-H (árabe fusha). En este caso recomendamos separar las letras con el punto medio (fus·ha); el mismo recurso vale para las secuencias T-H y D-H y, si se estima conveniente, para separar las dos L cuando deseamos mantener la geminada original: Laŀla Fat·ha Mud·hish vive en la meŀlah (en el caso de la -ll- dejará de ser necesario conforme se establezca el hábito de usar solo Dj o J para la africada). Recomendamos, eso sí, mantener siempre las consonantes geminadas originales, porque aportan información sobre la raíz árabe, exceptuando la terminación -iya, en la que no es necesario: shu biddek, pero mulukhiya, no mulukhiyya. Evitaremos las -ss- de la transcripción francesa e inglesa de la S árabe simple, salvo hábito establecido (Yasin, Husein y Nasir hablan de Hassan II, Saddam Hussein y Abdel Nasser).
Mantenemos el hábito de escribir Gh para la fricativa posvelar sonora غ, la ghain árabe. El sonido G, pronunciación magrebí de la Q y egipcia de la Dj, puede representarse siempre con la G, escribiendo Giza, Girga, salvo si el propio estándar local exige la -u-, como ocurre en Marruecos: Guercif, Guessous.
Seis letras árabes —las velarizadas Sad ص, Dad ض, Ta ط y Za ظ y las faringales Ha ح y Ain ع— no tienen equivalente en español ni en ningún otro idioma europeo. Marcarlas con un signo diacrítico es imprescindible en un texto científico, pero inútil en uno literario o periodístico: los lectores no tendrían clave alguna de cómo pronunciarlas. Tampoco se diferencian en la grafía oficial de los países árabes: se escribe Mansour, Reda, Mustafa, Zahira, Hassan, Omar… En el caso de que la Ain sea muda, lo habitual es escribir una doble A: Saadawi, Shaabi. Si hace falta indicar la consonante en trabajos de mayor precisión lingüística, colocaremos un apóstrofo: shi’r, bid’a. La hamza ء no se transcribe. La ta marbuta ة, que indica el femenino en árabe, se transcribe como -a, nunca como -ah (Nusra, no Nusrah). Cuando en una palabra compuesta adquiere el valor fonético de T, se escribe T: Amirat al-Ahlam.
Las vocales del árabe estándar son A, I y U, pero en el lenguaje hablado se transforman a menudo en E y O, y así lo recoge la grafía oficial de numerosos escritores y políticos árabes. Emplearemos la grafía -ou- para U y -ee- para I solo en nombres y marcas inmutables (Abdelmajid Tebboune, Al Jazeera) y usaremos U e I en los demás casos, o bien O y E cuando la fonética o el hábito lo recomienden.
El uso del artículo supone otro quebradero de cabeza, ya que no existe un estándar ni siquiera en los países árabes: nos toparemos con las formas Abdelfatah al-Sisi, el-Sisi, Al Sisi, El Sisi, as-Sisi, es-Sisi… Recordemos que el árabe no distingue entre A y E y que solo ante la mitad de las letras del alfabeto, las llamadas «letras lunares» (A, B, Dj, H, Kh, Ain, Gh, F, Q, K, M, H, W, Y), el artículo Al- se pronuncia realmente como tal; en la otra mitad, las «solares» (T, Th, D, Dh, R, Z, S, Sh, S, D, T, Z, L, N), la L se asimila a la letra que le sigue: as-Sisi, ar-Rahman, ad-Daula. Existe la opción de transliterar la grafía árabe, no la pronunciación: (Frente Al-Nusra, Ansar al-Sham), pero es más habitual reflejar la fonética (Ennahda, Essaouira, Deir ez-Zor). Una tercera opción frecuente es omitir el artículo, dado que la A- del artículo es átona en árabe (Riad, Doha, Suez, Sadat).
En ausencia de un estándar local —de existir, repetimos, se respeta—, recomendamos como preferible, por simple y por ser lo más cercano a la pronunciación real, la omisión completa del artículo ante las letras solares, escribiendo Frente Nusra, Ansar Sham, Ahmed Sharaa, Abdelfattah Sisi. Incluso ante las letras lunares, esta omisión se ha convertido en hábito frecuente: Kuwait, Jartum, Mosul, Gaddafi, Hariri, Gemayel, Ghannouchi… Todos estos nombres llevan artículo en árabe, pero nunca en su grafía latina.
Cuando se escribe el artículo, proponemos minúscula y guion (Alaa al-Aswani), pero mayúscula si se omite el nombre de pila (Al-Aswani) o, mejor aún, omisión total (Aswani); esto último es obligado al hablar de una familia: los Aswani, los Asad. En los nombres de pila compuestos preferimos omitir guiones: Abderrahman y Shamsuddin mejor que Abd ar-Rahman y Shams ud-Din. La decisión entre al- y el- se debe regir según lo habitual en el entorno geográfico; la A es estándar en Arabia, pero en el Magreb domina la E. No se debe confundir con un artículo la palabra Al (familia) que antecede al nombre de varias dinastías árabes del Golfo: Tamim Al Thani, Salman Al Khalifa, los Al Nahyan.
La tilde es raramente necesaria para indicar el acento en una palabra árabe; en todo caso, no se debe añadir a nombres o marcas establecidas (Abderrahman El Youssoufi, no Abderrahmán) y es preferible omitirla en los demás.
La presente propuesta puede tener validez también para las transcripciones del farsi, aunque en este idioma se añaden varios fonemas más, que deberán ser objeto de un debate aparte. Un ejemplo es el dilema de escribir Q o Gh atendiendo a grafía original o pronunciación: el nuevo presidente del Parlamento ¿se llama Baqer Qalibaf o Bagher Ghalibaf? El problema en este caso deriva de las diferentes pronunciaciones locales o, mejor dicho, de la pronunciación de Teherán, tomada como estándar, frente a la ortografía. Lo mismo vale, desde luego, para el árabe, con una enorme variedad fonética entre el Magreb y el Levante, que influye también en las grafías locales en alfabeto latino.
Todo intento de aplicar un sistema único entrará, por lo tanto, en contradicción con estándares locales variables. Aun así, creemos que la propuesta citada puede servir de guía para reducir tanto estas contradicciones como el abismo que ahora separa la transcripción española de otros idiomas. Cuadrar un círculo es imposible, pero en la era de la globalización es recomendable adaptar los moldes cuadrados de nuestra imprenta lo más posible a la forma esférica del planeta.
[1] Sistemas de transcripción. Guía de aplicación (2023)
https://www.fundeu.es/wp-content/uploads/2014/04/TranscripcionesGuiaFundeu.pdf
[2] Cabaret Voltaire. https://www.cabaretvoltaire.es/101
[3] https://www.todostuslibros.com/libros/profeta-el_978-84-271-4666-2
[4] https://elpais.com/diario/2010/05/15/internacional/1273874403_850215.html
[5] Yasmina Khadra, Los virtuosos (Alianza Ed. 2023). Traducción de Wenceslao-Carlos Lozano.

Ilya U. Topper (Almería, 1972) es periodista. Criado entre Marruecos y España, se ha especializado en el mundo árabe e islámico. Actualmente trabaja como corresponsal de la Agencia EFE en Estambul. Desde 2009 coordina la revista digital MSur, dedicada a política, arte y literatura de las sociedades alrededor del Mediterráneo, para la que traduce regularmente textos del árabe, francés, inglés y alemán. Desde 2010 dirige las prácticas de los estudiantes del Máster de Traducción e Interculturalidad con la Universidad de Sevilla en esta revista. Es autor de los libros Dios, marca registrada (Hoja de Lata, 2023) sobre religión y laicismo y El sexo según la izquierda (MSur Libros, 2025) sobre feminismo y patriarcado.


