Viernes, 8 de mayo de 2026.
En el tomo Conversaciones, de Miguel Sáenz, Carlos Fortea le pregunta por la traducción automática (estamos en 2019 y la IA generativa no se
consolidaría hasta el año siguiente). Sáenz le responde que esa tecnología ha dado pasos de gigante y que será capaz de traducir determinados textos. Imagino que si el entrevistador le hubiese preguntado si creía que algún día la traducción automática llegaría a producir unos textos literarios de calidad equiparable a sus versiones de las obras de Günter Grass, don Miguel habría replicado tajantemente que no. «Determinados textos» implica un límite infranqueable. A una máquina, por perfecta que pueda llegar a ser, la constriñe su condición mecánica y, parafraseando a Pascal, que lo dijo con respecto al corazón, las neuronas humanas tienen razones y virtudes que las neuronas virtuales jamás podrán conocer, de modo que, en cuanto a los alcances del traductor y de la máquina, habría que darle al César lo que es del César. En seguida me saldrá alguien diciendo que estoy en un error, que la IA no le quita el trabajo al traductor, sino que lo libera de la parte más mostrenca y consumidora de tiempo de la faena y que, en definitiva, el traductor seguirá siendo el César con derecho a decidir la vida o la muerte de las soluciones a los problemas de traducción que le presente la IA. Aunque mi postura sea anacrónica, prefiero trabajar solo, sin la intervención de auxiliares etéreos que me liberen de esos aspectos supuestamente rudos de la tarea a los que estoy demasiado acostumbrado tras décadas de dedicación al oficio.
Ese mismo libro de conversaciones con Miguel Sáenz contiene unas páginas deliciosas sobre su relación con Günter Grass, así como sobre las célebres reuniones del escritor con sus traductores de diversos países, a los que explicaba lo que se había propuesto hacer y se abría a ayudarles en la resolución de las dificultades del texto. Al mismo tiempo cocinaba para ellos y se emborrachaba con ellos. Y sí, Grass era de Danzig/Gdansk, «muy polaco, en muchos sentidos», pero en ningún lugar de la entrevista Sáenz menciona que se llevara a los traductores de gira por la ciudad para que se empaparan bien del aspecto que tenía la Danzig que aparece en sus obras. Eso lo ha contado Damian Flanagan mientras obviaba todo lo demás, y puede que sea cierto, pero no es lo único ni lo más importante que hacían los traductores de Grass.
Damian Flanagan es crítico literario, prolífico articulista en medios británicos y japoneses, traductor y autor de varios libros relacionados con Japón. Sin embargo, no he conseguido encontrar más traducciones suyas que dos obras de Soseki Natsume, y la traducción no parece ser el apartado más importante de su actividad. Uno de sus artículos, publicado recientemente en The Japan Times, trata precisamente de la IA aplicada a la traducción y, al mismo tiempo, de Günter Grass, y es probable que lo que Flanagan dice sobre este despertara las iras de Miguel Sáenz si lo leyera. Ya en el título del artículo Flanagan proclama por todo lo alto su satisfacción con la nueva tecnología: «Sorry, Soseki, I wish we had AI translation aeons ago». Y en el subtítulo remacha el clavo: «Dejemos que las máquinas interpreten el texto de modo que los humanos podamos crear». Me parece una proposición muy aventurada, puesto que da por sentado que todos los traductores literarios sin excepción anhelamos compatibilizar la traducción con nuestra propia obra, cuando no abandonar la primera para volcarnos en la segunda. Flanagan cuenta cómo se deslomó para traducir al japonés su tesis doctoral a fin de presentarla en una universidad nipona, el tiempo que le consumió y las molestias que causó a los amigos japoneses a quienes había solicitado ayuda, una tarea muy ardua que ahora la IA habría realizado en unos pocos minutos y que tan sólo necesitaría una revisión ligera. Y dejándose llevar por una admiración ilimitada hacia la IA, concluye: «Ojalá pudiera traer de vuelta al joven que fui y darle esta increíble noticia». Flanagan achaca la reticencia ante la IA que todavía experimentan muchos traductores de obras literarias a que sienten como si tuvieran un vínculo casi especial con el autor y creen que están transmitiendo minuciosamente, por medio de una frase bien cincelada tras otra, lo que ha escrito el autor. Suelen disfrutar de la gloria refleja del artista creador y, en ocasiones justificadamente, están convencidos de que gracias a ellos el autor renace en una lengua extranjera. ¿A qué temen?, parece preguntarse Flanagan. El despliegue total de la IA no es el fin del mundo, sino su ascenso a la condición de mundo feliz, donde el traductor se limita a supervisar el trabajo de una especie de esclavo electrónico que jamás se cansa ni se queja y le ofrece en unos instantes versiones del original que él habría tardado horas en traducir y que, al mismo tiempo, se está adiestrando constantemente no sólo para perfeccionar la precisión de su tarea, sino también para jubilar lo antes posible a su amo, y si no a él, porque la tecnología se encuentra todavía en sus mocedades, a los que le sucedan.
Cuenta Flanagan en su artículo que años atrás leyó otro sobre Günter Grass y la costumbre que tenía de reunir a sus traductores de diversos países y «llevarlos a recorrer la ciudad de Danzig/Gdansk (…) Quería mostrarles los lugares a los que se refería en sus obras, de modo que pudieran describirlos con mayor precisión en sus respectivas lenguas». Esto sorprende a Flanagan –y creo que aquí tenemos la yesca que probablemente encendería la cólera de Sáenz– por dos motivos. Uno de ellos es el desenfadado (unabashed) ego de Grass, convencido de su propia importancia y de cuanto se relaciona con él. El otro es su determinación de buscar en el proceso de traducción una especie de eficiencia en la línea de producción. Ni una cosa ni la otra tienen nada que ver con la motivación de Grass para reunir a sus traductores, pero Flanagan insiste: «¿Quién no desearía reconocimiento por su dedicación y sus trabajos hercúleos como “creador adjunto” de las obras literarias cuya fama se amplía gracias a él o ella?». Su respuesta a este interrogante es que pensemos en «ese rebaño de traductores» y consideremos cómo los veía el autor. ¿Acaso sabía quién era quién en el grupo que le seguía o le importaba saberlo? Se nota que Flanagan no tiene ni idea de quién es Miguel Sáenz y no ha leído una sola palabra de lo que nos ha contado sobre aquellas reuniones. Por eso puede decir: «Lo dudo. Probablemente tan sólo los viera como funcionarios de su genio indiscutible».
¿Y qué deberían haber hecho, según Flanagan, aquellos camaradas que disfrutaban de las setas cocinadas por Grass y se achispaban con su vino tras haber tenido un fecundo intercambio de opiniones sobre la solución de determinadas dificultades que ni la IA más sofisticada podrá emular jamás? Pues esto: «Cuando pienso en la manada de traductores de Günter Grass, me parecen más esclavos oprimidos que cocreadores. Casi deseo que uno de ellos se separe del grupo y susurre para sí mismo en los callejones de Gdansk: “¡Ya está! No volveré a traducir las palabras de otro mientras viva. ¡A partir de hoy sólo hablaré con mi voz creativa!”». Y es que la inteligencia artificial tiene «un mensaje precioso para todos nosotros: no intentes traducir lo que alguien ha escrito [para eso está la IA, claro]. Toma una pantalla o una hoja de papel en blanco y empieza a llenarla con tus propios sentimientos e ideas».
A pesar de que él no parece haber publicado una obra puramente creativa (y ya es mayorcito, aunque cuando nació yo estaba haciendo la mili), se diría que ese es su objetivo. Lo que no tiene en cuenta es que la IA, llevada a sus últimas consecuencias, no solo amenaza a los traductores, sino también a los autores y a todos los creadores en general, por lo menos a aquellos que no emergen del adocenamiento y no producen obras excelsas. En estos momentos confusos no sabemos a ciencia cierta cómo evolucionarán las cosas, pero es innegable que tanto ahora como cuando hayan evolucionado, los que tienden a meter la pata seguirán haciéndolo.
Bibliografía
Miguel Sáenz, Conversaciones, Editorial Funambulista, Las Rozas (Madrid), 2025.
Damian Flanagan, «Sorry, Soseki, I wish we had IA translation aeons ago», Tokio, 25-2-2026.

Jordi Fibla Feito nació en Barcelona en 1946. Entre 1964 y 1974 trabajó en dos editoriales barcelonesas y cursó estudios de Filosofía y Letras e idiomas. Ama por igual las lenguas inglesa y francesa, aunque como traductor se ha especializado en la primera, y sigue manteniendo viva la profunda curiosidad por el japonés que se inició medio siglo atrás. Traductor de Philip Roth, John Updike, Toni Morrison, Thomas Pynchon, Susan Sonrag, Colin McCann y Richard Power, así como de varios autores franceses y japoneses, entre otros muchos, ha acumulado una obra abundante y muy diversa que él mismo ha calificado alguna vez como «archipiélagos de excelencia en un mar de mediocridad», aunque suele añadir que la mediocridad, pagadora de sus facturas, es lo que le ha permitido probar suerte en la traducción, tan sublime como poco rentable, de la excelencia. En 2015 le concedieron el Premio Nacional de Traducción por el conjunto de su obra.


