Viernes, 29 de mayo de 2026.

Serviette Sculptures: Mattia Giegher’s Treatise on Napkin Folding (1629)
Hace ya unos cuantos años (muchos), cuando aún compaginaba mi trajín traductor y (en aquellos días) corrector con la elaboración de ediciones críticas de teatro del Siglo de Oro, tuve un tête à tête con un catedrático de cierto renombre no solo en el mundo académico, sino también en el editorial. Al hombre le dio por preguntarme cuál era el encargo publicado del que me sentía más orgullosa. Así, a bocajarro, mientras comíamos las famosas croquetas hechas con sobras de pollo del día anterior de la cafetería de Lletres de la Universitat Autònoma de Barcelona.
Tuve que estrujarme mucho las meninges para intentar dar con una respuesta que mi yo veinteañero considerara digna de tal interlocutor.[1] Fue uno de esos momentos en los que, en cuestión de milésimas de segundo, te pasan mil opciones por la cabeza, pero ninguna te parece lo bastante buena. «¿Qué le contesto si las obras con las que he trabajado hasta ahora no valen la pena?[2] Si le cuento que me he hinchado a traducir novelas románticas y a la mitad de los conspiranoicos de WikiLeaks, me va a bajar cien puntos de aura.[3] ¿Y si voy por el lado de la literatura infantil? ¿Será de esos modernos que se la toman en serio? Madre mía, si le confieso lo de las sagas de ciencia ficción, fantasía y terror, se levanta y se va». Creo que al final le respondí que de lo que más orgullosa me sentía era de haber corregido a Luis García Montero y de que este hubiera tenido el detallazo de decirme, a través de la editora, que agradecía mi trabajo y que había aprendido mucho de él.
Pero en mi fuero interno intuía que lo que acababa de hacer era marcarme un name-dropping de manual (a pesar de que, irónicamente, todavía no sabía nombrar esta práctica tan feota). Por eso, entre cotejos y estemas, seguí procesando la pregunta de marras en segundo o tercer plano —esto entronca con mi teoría de que el subconsciente de los traductores es una computadora potentísima, pero ese tema habrá que dejarlo para otra ocasión—. Al cabo de unos días, por fin encontré una respuesta que me satisfizo y se la escribí en un correo electrónico cuyo asunto decía: «De valer pa un roto y pa un descosío».
Y unos cuantos años (muchos) después, sigo pensando que ese es un gran motivo de orgullo para mi carrera y para la de muchos otros traductores mejores que yo. Supongo que habrá quienes se lleven las manos a la cabeza solo de pensar en tener que traducir una novela de romantasy, por poner un caso. Sin embargo, se trata de un género que no solo vende miles de ejemplares y genera sus buenas regalías para quienes lo traducen, sino que, en el mundo real, ha llevado a fundar no pocos clubes de lectura que, en algunos casos, se han convertido en verdaderas redes de apoyo, especialmente para mujeres.[4] Yo no he hecho ninguna incursión profesional en este género (todavía), pero el campo de entrenamiento de la romántica contemporánea y la chick lit fue donde, como muchos de vosotros, hice la mili de la posesión inalienable y el plural distributivo, por ejemplo. Gracias a eso, cuando he traducido una de esas obras de las que poca gente diría que no valen la pena,[5] Cumbres Borrascosas, mi versión de la archiconocida identificación transcendental entre Heathcliff y Catherine lee: «Estén hechas de lo que estén hechas las almas, la suya y la mía son iguales». Ojo, que no estoy diciendo que el tradicional «nuestras almas» sea incorrecto, al menos según la RAE, pero el significado varía.[6]
¿Cuántos habéis conseguido superar con sudor y lágrimas esa fase inicial de la traducción en la que todavía os estáis conociendo y la cosa no termina de fluir? ¿Cuántos habéis alcanzado al fin esa velocidad de crucero en la que, como me dijo una psicóloga, os sentís tan presentes y aislados de todo lo demás que os sirve de sesión de mindfulness? Y, de repente, ¡horror, neologismos varios! Que no cunda el pánico, menos mal que existen la ciencia ficción, la fantasía y el terror y que lleváis a vuestra espalda como mínimo una heptalogía que en un principio iba a ser una trilogía.[7]
¿Y qué decir de la traducción de álbumes infantiles, tebeos o, incluso, de la adaptación de una novela a su versión gráfica? Quien me haya acompañado en la aventura de encontrar la forma de reducir las diez palabras de la que sería la traducción más natural de un texto a las tres que nos permite el espacio del bocadillo —sin que aquello parezca ni un telegrama ni un disparate— le ha perdido el miedo a todo y, machete en tecla, cercena pasivas, verbos modales y «haceres» innecesarios con una habilidad que ya quisieran muchos.
No quiero extenderme más, pero seguro que vosotros podéis añadir mil ejemplos del orgullo «de valer pa un roto y pa un descosío». De ser capaces de traducir desde aquello que aún brega con etiquetas un tanto despectivas que muchos luchamos por revalorizar hasta obras que vienen con al menos un «sublime» y un «imprescindible» en la faja y cuya traducción bordamos, entre otras muchas cosas, gracias a un bagaje que nos ha llevado a entender (a algunos antes que a otros, porque los torpes siempre hemos existido) que todos los libros valen de algo y para algo.
[1] En realidad, debía de tener más bien treinta, pero in dubio pro reo.
[2] Pido perdón: a ciertas edades y en ciertos entornos, cuesta muchísimo librarse del prejuicio de que hay obras que no valen de nada ni para nada. También pido perdón por la falta de honestidad: a poco que alguien me conozca, sabe de sobra que en mi discurso interno esta frase habría requerido de al menos un taco.
[3] Me he dado el gusto de introducir un anacronismo, que sobre evitarlos ya he escrito mucho.
[4] Me refiero al caso del Saturno Romantasy Club, del que no formo parte, pero ya me gustaría.
[5] O que son una puta mierda. Tenía que decirlo.
[6] Por fin una nota que merece la pena: Mercedes Tabuyo Fornell, «De lo justito a lo brillante: diez correcciones imprescindibles para un profesional», La linterna del traductor, número 21, noviembre de 2020, pp. 25-28. https://lalinternadeltraductor.org/n21/decalogo-correcciones-imprescindibles.html
Ana Isabel Sánchez es licenciada en Filología Inglesa e Hispánica por la Universidad de Salamanca. Lleva casi veinte años dedicándose al mundo editorial, en el que ha ocupado distintos puestos; sin embargo, ahora se dedica exclusivamente a la traducción editorial y literaria. Colabora con casas como PHR, RBA, Nocturna, Kōan, Océano, Maeva, Anaya y Grup Enciclòpedia. Ha traducido, entre otros, a Stephen King, Ken Follet, Ali Hazelwood y John Grisham, pero, a sus cuarenta y seis años para cuatrocientos, ha disfrutado sobremanera traduciendo textos de Jane Austen, Edith Wharton y Emily Brontë.


