Lunes, 11 de mayo de 2026.
Enrique Murillo, Personaje secundario. La oscura trastienda de la edición, Trama Editorial, 2025, 538 páginas.
Desde que, a finales de 2025, Enrique Murillo presentó su libro en la librería Antonio Machado de Madrid, tengo un ejemplar sobre la mesa: leídas sus quinientas páginas de un tirón, sobado, anotado, rezumando pósits de colorines. Y, si hasta la fecha, todavía no había escrito esta reseña para VASOS COMUNICANTES es porque poco se puede añadir a lo que describe el autor en el libro. Así que esto, más que una crítica, será un comentario de un entusiasmo sin fisuras: probablemente (por más vueltas que le doy, no se me ocurre otro), es el libro más interesante que he leído nunca sobre la traducción, la edición y el mundo del libro en España. Debería ser lectura obligatoria en cualquier asignatura relacionada con la traducción editorial en este país y para todos los jóvenes aspirantes a traducir libros. En los últimos años, se ha ido publicando una serie de obras de ficción y no ficción escritas por traductores que, de un modo u otro, hablan de su ejercicio profesional (casi todas reseñadas o mencionadas en esta revista), pero esta destaca por su profundidad, su valentía y, sobre todo, por un planteamiento generoso y solidario con los compañeros del mundo de la traducción. Su retrato de esta actividad —cada vez me atrevo menos a llamarla profesión— es claro e innovador: poquísimas veces se nos han contado las cosas desde el otro lado de la mesa (me tienta llamarlo mostrador), ahí donde el editor se sienta. Pero el interés de la obra de Murillo se debe, sobre todo, a que él ha estado a ambos lados de esa mesa (o mostrador): como traductor de una larga lista de títulos, pero también como editor en Anagrama, Planeta, Alfaguara, Plaza & Janés, entre otras, e incluso en suplementos culturales de renombre. Ests son editoriales medianas y grandes pero, sobre todo, son empresas. Y como cualquier negocio, los movimientos de la oscura trastienda muchas veces ilustran mejor la realidad que el brillante escaparate.
El compromiso con la denuncia de las condiciones precarias en la profesión viene de antiguo: Murillo fue socio en los inicios de ACE Traductores y más tarde, cuando la rama catalana se escindió para fundar ACEC, ha seguido ahí durante años: actualmente forma parte de su junta directiva. Por si algún despistado leyera estas líneas, hay que insistir en que las asociaciones de traductores están integradas por voluntarios que se dejan la piel, las horas y las pestañas en la defensa de una actividad maltratada y mal remunerada. Como tantas otras actividades del ámbito cultural, la traducción sigue existiendo gracias al entusiasmo de quienes, tal vez cegados por los oropeles que rodean parte de la vida intelectual o por la fascinación real que ejerce la literatura, entregamos nuestro tiempo y horas de nuestra vida al teclear frenético de textos escritos por individuos de otros lugares y otros tiempos. Y gracias a ello sobreviven e incluso prosperan numerosas editoriales que llenan su catálogo de traducciones, especialmente en estos años recientes pospandemia, tal como los editores mismos se encargan de proclamar.
Así pues, la principal reacción al leer no solo el libro de Murillo sino sus posteriores artículos en la prensa (como las cartas abiertas a la Ministra de Trabajo o al Ministro de Cultura, publicadas ambas en El Periódico) es la de agradecimiento infinito. También es de agradecer que Murillo se haga eco en la prensa de campañas asociativas recientes, como la del sello de traducción humana. Era necesario que alguien pusiera por escrito de una vez párrafos como este:
En España y hablando de tarifas de traductores con experiencia y que trabajan textos extranjeros exigentes, la situación es tan terrible que un traductor no gana ni un salario mínimo interprofesional. Algunos de los mejores se han ido a traducir para alguna institución internacional, y esto es de enorme gravedad […] A estos extremos está llegando la situación debido a que las gerencias editoriales imponen la cicatería. (pág. 288)
El capítulo entero, titulado «El maltrato al que la edición somete a los traductores», no tiene desperdicio. Prosigue:
Que una labor que crea idioma, un trabajo reconocido por la ley como una autoría «de obra derivada», pero autoría, sea tratada de forma tan cruel por el sector editorial y por la sociedad en general da la medida de lo que representa para unos y otros. Para la sociedad, nada. Para el sector editorial, un «coste» que como tal debe ser reducido a la mínima expresión posible. (pág. 290)
No se puede decir más claro, pero sí se puede seguir diciendo. Animamos desde aquí a todos los traductores veteranos a que publiquen sus memorias traductoras con sus escaparates y trastiendas, oscuridades y brillos, ya sea en formato de libro o incluso de artículo para VASOS COMUNICANTES. Eso forma parte ya no solo de la autoetnografía de la traducción sino de la historia cultural de este país.
Carmen Francí Ventosa se dedica a la traducción de todo tipo de textos del inglés y catalán al castellano desde 1985. Ha traducido, entre otros, a Charles Dickens, George Eliot, Oscar Wilde, Dorothy Parker, Toni Morrison, J.M. Coetzee, Christina Rossetti, Thomas de Quincey, Virginia Woolf, Pearl S. Buck y Nadine Gordimer. Es licenciada en Geografía e Historia por la UB y diplomada por la EUTI de la UA de Barcelona. Es socia de ACE Traductores desde 1990 y ha formado parte de diversas juntas rectoras, así como del equipo de redacción de VASOS COMUNICANTES, revista que codirige en la actualidad. Imparte las asignaturas de Traducción Literaria y Documentación aplicada a la Traducción en la Universidad Pontificia Comillas.


