Viernes, 22 de mayo de 2026.
Uno de los principios tradicionalmente invocados en traductología sostiene que los patronímicos no deben ser objeto de traducción. Sin embargo, la aplicación de este postulado dista de ser absoluta, pues su validez depende en gran medida de la naturaleza del antropónimo o topónimo en cuestión, así como de factores históricos, culturales, lingüísticos y de uso consolidado en la lengua de llegada. No somos los primeros —ni seremos, previsiblemente, los últimos— en abordar esta cuestión, que incide de manera significativa tanto en la práctica profesional de la traducción como en el ámbito de su didáctica y reflexión teórica.
En diversos artículos publicados en la web del Instituto Cervantes, varios autores han reflexionado sobre algunos de los efectos derivados de la creciente influencia del inglés en la traducción de patronímicos, tanto de personas anónimas (¿Qué hacemos con los nombres propios de una lengua cuando traducimos de otra? Algunos efectos de la invasión del inglés) como de figuras históricas (A vueltas con la traducción de los nombres propios de personajes históricos). En este último caso no existe una norma universal, aunque sí ciertas tendencias. En general, se traducen los nombres que tienen equivalentes asentados en la lengua de llegada, con las debidas excepciones. Cuando no existe equivalente claro o la lengua de origen presenta grafías alejadas del sistema receptor, se recurre a la adaptación fonética. En definitiva, se trata de un problema traductológico complejo, sin reglas fijas, que sigue generando debate e interés en el ámbito académico.
En esta ocasión proponemos una reflexión sobre un procedimiento onomástico característico de la narrativa callejiana, basado en la transparencia semántica y en la función caracterizadora del nombre propio —esto es, en su capacidad para anticipar, condensar o sugerir rasgos físicos, morales, psicológicos o sociales del personaje—, así como sobre su tratamiento en la traducción del español al italiano.
Antes de abordar el caso que nos ocupa, conviene establecer una premisa metodológica. No es la primera vez que nos dedicamos a la traducción al italiano de los cuentos de Calleja, ni tampoco la primera ocasión en que nos enfrentamos a la necesidad de trasladar a la lengua meta la densa carga semántica, pragmática y simbólica inscrita en los nombres propios de los animales que pueblan estas narraciones. En efecto, en el universo callejiano la onomástica no cumple una función meramente identificativa, sino que actúa como dispositivo caracterizador, humorístico y, en no pocas ocasiones, moralizante. De ahí que su trasvase a otra lengua exija una reflexión que trascienda la equivalencia formal y atienda a los valores connotativos, culturales y estilísticos que dichos nombres activan en el lector original.
El relato «Los discípulos de Trompis»[1] constituye un ejemplo significativo dentro del corpus en el que la onomástica desempeña una función caracterizadora esencial, ya que los nombres propios de los personajes reflejan de manera transparente su naturaleza o un rasgo distintivo. Trompis, elefante sabio, debe su apelativo a su enorme trompa, de la cual deriva directamente el nombre. Los miembros de la compañía de músicos —un oso, un mono y un cerdito— presentan igualmente denominaciones que remiten a su condición animal o a una característica asociada a ella. En el caso del cerdito, el nombre Guárrez procede de la raíz del adjetivo guarro, uno de los calificativos que más comúnmente se vinculan con este animal. Algo distinto es el caso de Osínez y Moñínez, cuyos nombres no se forman mediante la simple adición del sufijo patronímico a la base léxica del animal, sino a través de un proceso morfológico más elaborado. En efecto, Calleja no añade directamente -ez a oso o mono, sino que introduce primero una derivación diminutiva mediante el sufijo -ín (oso > osín, mono > moñín), que aporta un valor expresivo e hipocorístico y aproxima la base léxica a la forma de un antropónimo. En un segundo momento se incorpora el sufijo patronímico -ez, dando lugar a Osínez y Moñínez, formas que imitan la estructura de los apellidos españoles tradicionales. Este procedimiento de diminutivización seguida de patronimización permite conservar la transparencia semántica del animal y, al mismo tiempo, producir nombres verosímiles con un claro efecto humorístico propio de la onomástica parlante.
En la traducción italiana, la lógica de asignación onomástica no se apartó sustancialmente de este principio estructural. En el caso del elefante, se consideraron dos posibilidades: «Probo» y «Tromba». La primera opción, derivada del truncamiento de proboscide (que traduce el español trompa), evocaba además el adjetivo literario probo, un vocablo que coincide en español e italiano tanto en el plano del significante como en el del significado, ya que en ambas lenguas designa a quien obra con rectitud y honestidad; sin embargo, tal matiz semántico no se ajustaba adecuadamente a la imagen tradicional del elefante como figura torpe o temerosa en el imaginario popular. Por ello se optó por el italiano «Tromba», forma coloquial empleada para designar la nariz del elefante y de uso frecuente en juegos lingüísticos y adivinanzas, lo que permitía conservar la dimensión lúdica del original.[2]
Para los demás personajes se recurrió, en cambio, a un procedimiento mixto basado en sinónimos o en la etimología latina. Así, el cerdito pasó a denominarse en italiano «Porcello» (forma que, además de reproducir el significado básico del original español, incorpora con frecuencia un matiz pragmático de carácter jocoso), el oso recibió el nombre «Bruno», apelativo italiano tradicionalmente asociado a esta especie (el oso pardo), y la mona fue designada «Simio».
Este criterio traductológico —fundado en la transparencia semántica, el juego morfológico y la adecuación cultural— nos ha servido como premisa metodológica para justificar las elecciones onomásticas adoptadas en la traducción de otros relatos de Calleja, en los que el nombre propio no constituye un mero identificador, sino un elemento estructural de caracterización y efecto humorístico. Un caso peculiar lo constituye el protagonista de Aventuras de Cachano[3] (Serie II – T. 35), un cerdo ilustrado, soñador e ingenioso que aspira a una larga vida dedicada a empresas artísticas y reflexivas. Su nombre, de resonancia cómica y popular, subraya su corpulencia y su carácter caricaturesco. A lo largo del relato recibe distintas denominaciones —Gorrínez, Cochínez, Pezuñárdez— que parodian la onomástica antroponímica mediante el sufijo -ez (Gorrínez, Cochínez) o mediante la adición de la terminación patronímica -árdez (Pezuñárdez), extraída analógicamente del apellido Bernárdez. Estos cambios nominales no son casuales: cada nuevo nombre refleja su situación social o su fracaso profesional, convirtiéndose en un mecanismo de sanción irónica. La identidad del personaje, por tanto, se construye lingüísticamente. Detengámonos en todos y cada uno de los nombres, incluido el apodo final, que se le atribuyen a lo largo del relato:
- Cachano: remite fonéticamente a cacho, cachaza, cachondo (en sentido antiguo de vivaz), evocando corpulencia y comicidad.
- Gorrínez: derivado burlesco de gorrino, con sufijo -ez (patronímico), que reproduce de forma paródica la estructura de los apellidos humanos. El animal se ennoblece irónicamente al ser dotado de un apellido que lo asimila a un ser humano.
- Cochínez: deformación que enfatiza su condición porcina; el empleo del morfema derivativo patronímico para crear apellidos que imitan la estructura de los humanos acentúa el contraste humorístico.
- Pezuñárdez: juego con pezuña + la terminación -árdez. Es el mote que le dan cuando fracasa como acordeonista. La onomástica aquí funciona como sanción social.
Ahora bien, al trasladar los nombres al italiano —siguiendo la lógica onomástica descrita para Los discípulos de Trompis (esto es, nombre «parlante» = raíz semántica inmediatamente reconocible + posible sufijación irónico-antropomorfizante, o bien recurso a sinónimo o latinismo)— proponemos para Aventuras de Cachano la construcción de un sistema coherente en lengua italiana que articule los siguientes principios:
- Transparencia semántica: el lector debe identificar de inmediato el animal o el rasgo dominante del personaje.
- Comicidad fónica: empleo de aliteraciones, reduplicaciones y ritmo sonoro que potencien el efecto humorístico.
- Pátina pseudo-nominal: creación de un efecto de «apellido» o sobrenombre popular que evoque linaje paródico o apelativo de plaza pública.
- Coherencia interna: aplicación de los mismos criterios formales y semánticos a todos los personajes, de modo que el sistema onomástico funcione como estructura orgánica y no como invención aislada.
Sin perder de vista que, en el caso del protagonista, la onomástica desempeña una función triple:
- caracterizadora, en cuanto señala explícitamente su condición animal;
- humorística, mediante la parodia de linajes y la imitación burlesca de apellidos;
- moralizante, ya que la mutación de los nombres acompaña y sanciona simbólicamente sus fracasos y oficios, convirtiendo la denominación en reflejo dinámico de su trayectoria vital.
En el proceso de traslación onomástica al italiano, y manteniendo los criterios de transparencia semántica, comicidad fónica, pátina pseudo-nominal y coherencia interna del sistema, se proponen las siguientes soluciones para los nombres derivados del protagonista:
- Cachano → Grugnone
El nombre Cachano se ha vertido como Grugnone, privilegiando la derivación a partir del sonido o la acción característica del animal (el gruñido). De este modo, la base onomatopéyica grugn- garantiza la identificación inmediata con el cerdo, mientras que el sufijo -one refuerza la idea de corpulencia y añade un matiz afectivo-burlesco. La solución conserva, por tanto, la función caracterizadora y humorística del original.
- Gorrínez → Porcellìn
Gorrínez constituye en español un pseudoapellido formado sobre gorrino más el sufijo patronímico (-ez), En italiano conviene reproducir este mismo efecto mediante una base léxica inequívocamente suina (recurriendo en este caso al adjetivo italiano para aludir a lo relativo al cerdo) y un sufijo que evoque la apariencia de un apellido verosímil. La propuesta adoptada, Porcellìn, parte de la base porcell- (del italiano porcello, que traduce el español lechón, cochinillo ) y juega deliberadamente con la cercanía formal a Porcellini, apellido italiano auténtico. Precisamente esa semejanza fónica y gráfica activa el efecto paródico: el lector percibe la «apariencia» de apellido italiano, pero la forma levemente desviada (Porcellìn) introduce una inflexión caricaturesca y popular. De este modo, se conserva la ironía social implícita en el modelo español —la atribución burlesca de nobleza a un animal doméstico— y se mantiene intacta la función caracterizadora y humorística del sistema onomástico.
- Cochínez → Sporcelli
En el original, Cochínez procede de cochino, término que en español combina el valor zoológico (cerdo) con una connotación moral e higiénica (sucio, soez). Para reproducir esta doble valencia en italiano, se acude a porco (puerco), que transmite la dimensión animal y cierta degradación explícita. Aun así, se propone reforzar el rasgo peyorativo mediante la fusión semántica. La forma Sporcelli integra sporco (sucio) + porcello (cerdito), generando un sobrenombre inmediatamente comprensible y marcadamente irónico. El resultado conserva la ambivalencia animal y degradante del original, a la vez que mantiene la apariencia de apellido pluralizado, coherente con el sistema pseudonobiliario adoptado.
- Pezuñárdez → Zoccolàri
El mote Pezuñárdez se construye sobre pezuña más un sufijo de resonancia patronímica, y está ligado a la torpeza musical del personaje. En italiano, el equivalente léxico más eficaz es zoccolo, término más netamente animal y fonéticamente más cómico que alternativas como unghia (uña). La propuesta Zoccolàri combina la base zoccol- con el sufijo -ari, frecuente en apellidos y denominaciones profesionales. La expresión «il signor Zoccolàri» posee una sonoridad verosímil y a la vez humorística, conservando la dimensión caricaturesca y socialmente sancionadora del apodo español.
A la luz de lo expuesto, puede afirmarse que la traducción de la onomástica callejiana obliga a desplazar el foco desde la conservación formal del antropónimo hacia la reconstrucción funcional del nombre propio en la lengua meta. En relatos como «Aventuras de Cachano», los nombres no actúan como meros designadores rígidos, sino como microdispositivos semánticos que orientan la lectura, activan expectativas genéricas (fabulísticas y satíricas) y vehiculan una evaluación implícita del personaje. Por ello, la decisión traductológica no puede apoyarse en el principio —a menudo formulado de manera prescriptiva— de la «no traducción» de los patronímicos, sino en un criterio de equivalencia pragmático-estilística, capaz de reproducir en italiano el mismo haz de efectos que el texto original suscita en el lector español.
En este sentido, el sistema propuesto (Grugnone / Porcellìn / Sporcelli / Zoccolàri) busca conservar la triple función que la onomástica desempeña en el texto fuente: caracterizadora, al asegurar la transparencia zoológica del referente; humorística, mediante la parodia de linajes y la verosimilitud deformada del «apellido»; y moralizante, al acompasar la mutación denominativa con los fracasos, oficios y desplazamientos sociales del protagonista. La traducción, así entendida, no «traslada» nombres: reinstaura procedimientos Es decir, no reproduce únicamente formas, sino que reconstituye una lógica onomástica coherente —morfológica, fónica y culturalmente plausible— que permita al lector italiano acceder a la misma economía de la risa, la sanción y la caracterización.
En suma, la onomástica callejiana muestra que los nombres propios, lejos de ser intraducibles por principio, pueden y deben ser traducidos cuando funcionan como elementos estructurales del sentido. Traducirlos equivale, en última instancia, a traducir una poética: la del nombre parlante como mecanismo de construcción narrativa, de comicidad y de lectura moral del mundo.
Referencias bibliográficas
BERNÁRDEZ, Enrique (2000): ¿Qué hacemos con los nombres propios de una lengua cuando traducimos de otra? Algunos efectos de la invasión del inglés. En línea. El Trujamán. Revista diaria de traducción (miércoles, 1 de marzo de 2000) [CVC. El Trujamán. Películas. ¿Qué hacemos con los nombres propios de una lengua cuando traducimos de otra? Algunos efectos de la invasión del inglés, por Enrique Bernárdez.]
FLORES LASARTE, Alejandro; SEVILLA MUÑOZ, Julia (2010): A vueltas con la traducción de los nombres propios de personajes históricos. En línea. El Trujamán. Revista diaria de traducción (viernes, 18 de junio de 2010) [CVC. El Trujamán. Traductología. A vueltas con la traducción de los nombres propios de personajes históricos, por Alejandro Flores Lasarte y Julia Sevilla Muñoz.]
SARDELLI, Mª. Antonella (trad.) (2020): La volpe con gli occhiali e altri racconti di Saturnino Calleja. Bari: Les Flâneurs. Serie PAROLE TRASLATE, n. 3.
[1] Véase Sardelli (2020: 23-25).
[2] https://www.treccani.it/vocabolario/tromba/
[3] https://patrimoniodigital.ucm.es/s/patrimonio/item/748056
Maria Antonella Sardelli es Profesora Titular de «Lengua, traducción y lingüística española» (SPAN-01/C) en la Universidad de Foggia, donde también es Investigadora Principal de un Proyecto de Investigación de Ateneo (2025) sobre recepción e intertextualidad en la literatura europea. Coordina el Círculo Foggiano PHRASIS de Fraseología y Paremiología y dirige el sello Puerta del Sol (Les Flâneurs Edizioni). Ha publicado numerosos estudios y traducciones entre español e italiano. Es miembro del Grupo UCM 930235 PAREFRAS y coautora del Refranero multilingüe (Instituto Cervantes). Investiga autotraducción, translingüismo y recepción literaria hispano-italiana.


