Regina López Muñoz: La extinción de Irena Rey, de Jennifer Croft

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Viernes, 23 de octubre de 2026.

Regina López Muñoz ha traducido del inglés La extinción de Irena Rey, de Jennifer Croft, Anagrama, 2025.

Obra finalista del XXI Premio de Traducción Esther Benítez.

Sinopsis

Cada vez que la aplaudida escritora polaca Irena Rey termina una novela, junta en su casa —una suntuosa mansión en medio del bosque de Białowieża— a sus ocho traductoras y traductores con el fin de que empiecen a trabajar juntos. Esta cumbre, no obstante, es especial, pues se celebra para leer y traducir la esperadísima obra maestra de Nuestra Autora (sic), la que encumbrará definitivamente a Rey y le valdrá el ansiado Nobel de Literatura… o eso esperan sus incondicionales trujamanes.

Ocurre, sin embargo, que después de una primera y atípica velada Irena desaparece sin dejar rastro, lo que, por un lado, pone a los traductores en el brete de intentar encontrarla y descubrir qué ha sucedido y, por otro, les otorga, acaso por primera vez en su vida, el rol de protagonistas absolutos de la alocada y enjundiosa trama.

Quizá se entiendan muchas cosas si contamos que esta es la primera novela como autora para la estadounidense Jennifer  (Tulsa, 1981), que hasta la fecha se había desempeñado principalmente como traductora al inglés de obras literarias del polaco (Olga Tokarczuk) y el español de Argentina (Federico Falco, Romina Paula, Pedro Mairal). Como autora original, Croft cuenta también con un texto semiautobiográfico escrito en inglés, Homesick (Unnamed Press, 2019), y otro en español, Serpientes y escaleras (Entropía, 2021; Comisura, 2026), que no es exactamente una autotraducción del primero.

El próximo 10 de noviembre, la editorial neoyorquina Catapult publicará Notes on Postcards, una peculiar memoir construida a partir de postales del archivo personal de Croft.

Comentario de la traductora sobre la traducción (¿de la traducción?)

Hay trabajos de los que habría tanto que decir que no sabe una ni por dónde empezar, y por suerte este es uno de ellos. Por complejo, por lúdico, porque todo aquí gira en torno a la traducción.

Quizá el encargo y sus circunstancias merezcan unas palabras; a fin de cuentas, no ocurre todas las tardes de viernes que estés tomándote una cerveza y de pronto te entre un correo en el que el editor de mesa de Anagrama te propone traducir esa novela, aún inédita, que viene precedida por su fama entre quienes nos dedicamos a esto. Cualquier traductora que se precie conoce a Jennifer Croft por ser una colega muy visible en el panorama anglosajón y, sobre todo, una de las impulsoras de la sonada campaña de 2021 #translatorsonthecover.

Tras pactar un plazo más que correcto de un año, me las prometí muy felices: leeré el libro con calma y deleite, lo analizaré del derecho y del revés sin agobios de calendario, etcétera. Evidentemente, nada de eso pasó, porque siempre acaba imponiéndose la fuerza de la costumbre (o más bien la presencia impepinable de los demás encargos), y lo que acabé haciendo fue, como casi siempre, zambullirme de lleno en el libro cuando la fecha límite empezaba a apremiar. No llegué siquiera a leer la novela antes de sentarme a traducirla, pero tampoco trabajé desde la tiniebla más absoluta: a modo de solución intermedia que me convino a las mil maravillas —porque al fin y al cabo La extinción de Irena Rey no deja de ser una novela de suspense y aventuras—, cada noche leía las páginas que traduciría al día siguiente.

La abundancia y la densidad de los temas que Croft aborda a lo largo de la narración —más allá de las reflexiones puramente traductológicas, que abundan (¡y de qué manera!), por mencionar solo unos pocos: fauna salvaje, arte contemporáneo, el Holocausto, apicultura, gastronomía, armería medieval, política fronteriza entre Polonia y Bielorrusia, micología, la sexta extinción, legislación forestal— hicieron que sucediera algo hasta entonces novedoso con respecto a mis procesos naturales de trabajo: pronto me di cuenta de que, en contra de mis hábitos, no iba a poder escribir una primera versión de la traducción lo más «limpia» posible ni ponerme primorosa con la forma desde el primer borrador, pues el fondo copaba prácticamente todo mi tiempo y mi atención. La comprobación de datos, la investigación para averiguar de qué demonios hablaba Croft cada tres líneas, acaparaba demasiado como para dedicarme también a pulir el estilo. Eso vendría después, en paralelo al proceso de dar voz propia en los muchos diálogos a cada uno de los ocho/nueve integrantes de lo que había empezado siendo un coro homogéneo de prosélitos.

Y luego está ese elemento que vertebra la novela de principio a fin, el juego metaliterario que propone Croft: el libro está construido como la traducción al inglés de un presunto original escrito en polaco por una hablante argentina. Y —no podía ser de otro modo— tanto la autora de la obra, Emilia Martini, como su traductora, Alexis Archer, son archienemigas y traductoras de Irena Rey, y, por tanto, participaron en los hechos que el libro relata. Esto origina, en primer lugar, una advertencia inicial («Nota de la traductora») que pone sobre aviso lectores y lectoras del juego al que está a punto de prestarse; y, en segundo lugar, la aparición de todo un aparato de notas en las que la traductora Archer contradice sistemáticamente a la autora Martini, la ridiculiza y la desacredita. El mecanismo introduce un indiscutible ingrediente de comedia y, de paso, siembra en quien lee la duda de si realmente puede fiarse de lo que le están contando.

¿Qué hace una cuando tiene que traducir todo eso y, además, necesita meter alguna que otra «N. de la T.» cuando ya existen las N. de la T. de Archer? La cuestión de cómo intervenir estuvo presente durante todo el proceso de trabajo, pero, si algo se impuso desde el principio, fue la certeza de que mi presencia no podía «romper la magia» de la ficción de Croft: de ahí que finalmente decidiera asumir como verdadero el principio narrativo de que ya había una traductora… a la que yo estaba traduciendo. Y eso me convirtió en la T. de la T.

No negaré que, a medida que dicho proceso avanzaba, las propicias circunstancias me animaron a rendirme a alguna que otra «N. de la T. de la T.» —digamos— superflua pero respetuosa, en la medida en que mis apostillas siempre aparecen a la sombra de una «N. de la T.» ya existente, pues consideré importante no quebrar el ritmo y la entidad que Croft decide darle a su cuerpo de notas. Por lo demás, procuré también amoldarme al tono de los comentarios de Archer, que van volviéndose más acerbos a medida que el libro avanza. De ahí que mis primeras intervenciones se atengan a un estilo más neutro y las últimas puedan resultar casi insolentes.

No fue un proceso lineal ni exento de vacilaciones, pues me atormentaba traspasar sin quererlo esa fina línea que separa el guiño simpático de la exhibición sin sonrojo. Durante las relecturas previas a la entrega de la traducción, de hecho, descarté no pocas «N. de la T. de la T.» que posteriormente, a instancias de Inga Pellisa, la brillante editora y revisora del libro (junto con la no menos magnífica Inés Marcos), rescaté del cajón y sometí a análisis para evaluar la pertinencia o no de restituir algunas.

Con el fin de aclarar a las lectoras que la obra contaba con algo así como dos traductoras, pero también para recalcar que la edición española (cualquier traducción) añadía una capa más al juego de autora(s) y traductora(s), decidí, con el beneplácito de Anagrama y las entusiastas bendiciones de Croft, deslizar entre la advertencia inicial y el presunto comienzo de la novela una «Nota de la traductora de la traductora», escrita —noblesse oblige— con una pequeña dosis de ficción, con la finalidad de que la intromisión se integrase lo mejor posible en la novela.

He aquí, a modo de cierre, la mencionada nota.

Nota de la traductora de la traductora

Qué pañuelo, el mundo de este oficio nuestro. No es que yo participase —deo gratias— en los hechos que inspiran esta novela, pero la larga amistad que me une a dos de sus protagonistas secundarias explica que conociera de antemano las entretelas de la historia. ¿Ha sido esto una ventaja a la hora de abordar mi labor, o todo lo contrario? Ni siquiera yo misma lo tengo claro.

Lo que sí sé con absoluta seguridad es que mi trabajo está libre de cualquier sombra de sospecha, pues ningún interés tengo en tergiversar situaciones, maquillar incidentes, disimular mezquindades. Como decía, estas aventuras no fueron las mías. Por ello, deseo recalcar que me he limitado a traducir del inglés la traducción del polaco de Alexis Archer. La suerte está echada.

Y un último apunte: inevitablemente, en ocasiones muy concretas y siempre justificadas, no me ha quedado más remedio que intervenir. Lo hago amparada por las notas al pie de la propia Alexis (las «N. de la T.»), entre corchetes e indicando mi autoría con un esclarecedor «N. de la T. de la T.». En un contexto como el de La extinción de Irena Rey, que pone el foco en nuestra discretísima profesión, qué difícil ha sido reprimir las ganas de levantar la manita más a menudo para, con un leve carraspeo, subvertir la condena de nuestra ectoplasmática presencia y cobrar cuerpo durante un instante, por efímero e irrelevante que fuera, como pasaba en la escuela (porque, como todo el mundo sabe —y quien no lo sepa está a punto de descubrirlo—, las traductoras de hoy somos las niñas repipis y empollonas de ayer).

Si esta aproximación mía resultara ser un estrepitoso fracaso, me queda al menos ese consuelo que Emi (o Alexis, o incluso, por qué no, Jennifer Croft) formula con pesadumbre en un momento de la novela, a saber, la limitada esperanza de vida de nuestro trabajo sisífico, sujeto siempre al implacable paso del tiempo y al escrutinio de las generaciones futuras. Alguien vendrá después de mí y lo hará de nuevo. Ni mejor ni peor: distinto. Por suerte.

Regina López Muñoz

Logroño y Málaga, 3 de febrero de 202* – [Este texto es propiedad de Editorial Anagrama, se ha cedido para uso exclusivo de esta publicación. Prohibida su reproducción total o parcial.]

 

La sección de NOVEDADES TRADUCIDAS ofrece a los traductores un espacio donde analizar las dificultades a las que han tenido que enfrentarse al traducir una obra concreta. Animamos a todos los traductores a colaborar: véase la plantilla en este enlace.

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