La ida del cuervo, Lucas Martí Domken

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Lunes, 19 de octubre de 2026.

La eterna pregunta: ¿los animales hablan? Siempre he pensado que no. Ciertamente, pueden comunicarse entre ellos, marcar el territorio, cortejarse, señalar su peligrosidad a potenciales depredadores, etc., pero no dominan la palabra para abstraerse de sus instintos más elementales e imaginar mundos ideales. O eso pensaba yo hasta que cayó en mis manos el singular «Manuscrito cuervo, historia de Jacobo», dentro de la recopilación Cuentos ciertos, de Max Aub.

Tal y como indica el título, se trata de un texto escrito nada menos que por un cuervo llamado Jacobo y «traducido ahora por primera vez del idioma cuervo al castellano por Aben Máximo Albarrón». Por lo visto, el peculiar autor solía acompañar a los presos republicanos en el campo de concentración de Vernet (Francia), pero sin que estos supieran que en el fondo estaban siendo objeto de un estudio etológico por parte del pájaro, interesado en analizar «las extrañas costumbres y usos» de nuestra especie «para aprovechamiento de tanto cuervo como hay en el mundo». Entre otras cosas, aborda la división de los hombres, los dioses, el lenguaje, la limpieza, las jerarquías, el dinero…

Desafortunadamente, sobre el traductor de tan insólito estudio no he encontrado nada en internet, ni una mísera referencia en algún blog literario. La única pista se encuentra en el ensayo La narrativa breve de Max Aub, de María Paz Sanz Álvarez, quien asegura que tras el nombre de Aben Máximo Albarrón se oculta el hijo de Max Aub, pues «Abén», por un lado, significa «hijo de»; Máximo alude a Max y «Albarrón» a «alba», «aube» en francés. Curiosamente, la biografía de Max Aub no menciona un hijo varón, solo tres hijas. Fuera como fuese, resulta extraño que un traductor de animales —que no fabulista— haya pasado tan desapercibido. ¿Sufrió la maldición del padre?

A falta de referencias biográficas y una obra extensa, me veo obligado a ceñirme al manuscrito del tal Jacobo para adivinar algo de la personalidad del traductor así como de sus destrezas en esta profesión. Para ello, como no dispongo del original ni tengo familiaridad con el idioma de los cuervos, me detendré en el estilo y la aparente fluidez del texto, así como en varias notas sueltas del propio traductor. Paso a dar algunas pinceladas:

En primer lugar, resulta evidente su dominio del español. En ese sentido, el hijo es fiel al padre, quien en una ocasión dejó escrito: «Solo me interesa la justicia y el buen castellano». Pero ya se sabe: en la traducción no basta con ser un buen estilista; se requiere olfato, sensibilidad, constancia, paciencia y afán de perfeccionismo. De hecho, aquello del buen español a veces deriva en un lenguaje anticuado que bebe claramente del barroco. Valga este ejemplo:

Cuidan tanto de su cuerpo que al alma se le pegan los resabios del mismo. Tiénenlo en tanto que en su aseo se les va lo mejor de su tiempo.

Ahora bien, cabe la posibilidad de que las inclinaciones barrocas sean del propio Jacobo, que parece inspirarse en la obra de Quevedo para diseccionar nuestra raza. Por otro lado, es obvio que el autor-cuervo emprende la tarea con afán científico —«el método es mi propia razón de ser», afirma— y, en ese sentido, el traductor ha sabido mantener el tono objetivo, sereno y preciso que atribuimos a las ciencias:

El origen de la decadencia humana tiene —en parte— su base en una extraña facultad antirracional que llaman imaginación: consiste en figurarse cosas distintas de las existentes.

Buen ejemplo de explicación sintética que, por otro lado, confirma mi hipótesis de que los animales no hablan; razonan, tal vez, como las ratas aprenden a salir de un laberinto, pero son incapaces de poetizar la realidad, fundamento mismo del lenguaje, que empezó como poiesis, recreación de la realidad. La deriva científica es, en rigor, una decadencia verbal, un adormecimiento del órgano de la imaginación.

El traductor también muestra gran pericia a la hora de trasladar al español locuciones claramente corvinas; a saber: «tomar la pluma por el pico», «a un vuelo de» o «al cuervo, cuervo y a la urraca, urraca». Finalmente, conserva la intención del cuervo de dejar en cursiva palabras que según este son intraducibles a su lengua, tales como «trabajar», «burocracia», «negocio», «reloj», «frontera», «ricos», «pobres»… No obstante, esto crea cierta confusión, pues ¿cómo es posible que no conozca aquellos conceptos y sí otros mucho más abstractos? Por ejemplo, cuando escribe sin cursiva:

El hombre es el más materialista de los animales.

¿No conoce el dinero, pero sí el materialismo? A ratos, este tipo de incongruencias me han despertado la sospecha de que tras el cuervo Jacobo tal vez se encuentre una voz humana llena de ironía. ¿La del propio Máximo como autor-cuervo que se oculta tras la inofensiva figura del traductor? No sería la primera vez que alguien intenta hacerse pasar por traductor con nombre árabe…

Veamos ahora algunas de las notas:

1.Todo parece indicar que nuestro cuervo era racista.

Aquí Albarrón alude a la polémica frase de Jacobo: «Claro está que quedan las cornejas, nuestras inferiores». Si no racista, era claramente un aristócrata, un elitista. Pero ¿no se está extralimitando aquí el traductor? ¿Le compete juzgar las palabras del autor? A mi modo de ver, se trata de una injerencia poco profesional. Otro ejemplo:

2. Posiblemente por falta de tiempo: llegaba la primavera y tuvo que ir a empollar los huevos de su compañera.

Alude a la justificación del autor por la cual no emprende un análisis histórico de la raza humana, conformándose con redactar «sencillas notas» sobre sus particularidades. Huelga decir que aquí, de nuevo, el traductor saca una conclusión del todo infundada y en cierto modo prejuiciosa que manipula la lectura inclinándola en contra del autor.

3. Este paréntesis parece interpolación de mano de urraca.

Se infiere que Albarrón sabía otros idiomas no humanos y que probablemente estuviera especializado en el de los pájaros. Asimismo, que el texto original ha pasado por otras manos o garras, es decir, que cabe la posibilidad de que le llegara corrupto. Reflota mi sospecha: ¿se trata de un apócrifo? ¿El autor utiliza un seudónimo? ¿Un heterónimo interespecies?

El manuscrito contiene un par de anotaciones más, pero creo que las aquí referidas bastan para dar una idea general del estilo del traductor en lo concerniente al aparato de notas. Si bien es loable la inclusión de estas, resulta evidente que no aportan nada sustancioso al contexto en que se escribió. Al revés, dan fe de intrusismo y falta de parcialidad. Sabemos que ninguna traducción es totalmente neutra, pues los traductores reconstruyen el texto en base a su propia sensibilidad con el idioma que, a fin de cuentas, forma los pilares de su persona. No obstante, todo traductor debe saber usar bien su poder de la invisibilidad.

Termino aquí esta breve incursión en lo que, hasta la fecha, parece ser la primera traducción del lenguaje cuervo al castellano; un documento que, por otro lado, resulta de sumo interés para nuestra especie, pues le ofrece un espejo que irremediablemente tendemos a deformar por culpa del lenguaje y esa extraña facultad de «figurarse cosas distintas de las existentes».

 

Lucas Martí Domken (Madrid, 1984) es licenciado en economía, escritor y traductor de alemán, inglés y francés. Entre sus traducciones destacan Noche de fuego (Acantilado) de Colin Thubron, Sobre el poder del amor (Pretextos) de G. C. Lichtenberg y Diccionario lúdico de las culturas africanas (Oriente y Mediterráneo). Ha participado en libros colectivos como Pedir la luna, una reflexión colectiva sobre el arte de traducir (Enclave) o Erótica del C-19 (Huerga y Fierro). Colabora en revistas culturales como El Ciervo, Lo imposible o FronteraD. Ha publicado la antología de Quevedo Presentes sucesiones de difunto (Árdora) y el ensayo poético Novum (Huerga y Fierro). 
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