Swetlana Geier. Ein Leben Zwischen Den Sprachen. Aufgezeichnet Von Taja Gut

 Viernes, 12 de febrero 2021.

 Swetlana Geier. Ein Leben Zwischen Den Sprachen. Aufgezeichnet Von Taja Gut. [«Swetlana Geier. Una Vida Entre Las Lenguas. Conversaciones Grabadas por Taja Gut»], Fischer Verlag, 2019, 200 págs.

 Isabel Romero

Swetlana Geier (Kiev 1923 – Günterstal 2010), la gran renovadora de las traducciones de Dostoievski en lengua alemana, vivió algunos de los episodios más violentos de la historia del siglo XX. En este libro, Frau Geier desgrana sus recuerdos y sus reflexiones sobre la traducción, las lenguas y la literatura —rusa y alemana en particular— en unas sugestivas conversaciones por las que no parece pasar el tiempo. Por su gran popularidad —gracias al documental Die Frau mit den 5 Elefanten [La mujer de los 5 elefantes] de Vadim Jendreyko—, este retrato a dos voces volvió a editarse hace un año.

Ucraniana, y contemporánea también de la escritora de origen judío Clarice Lispector, de la que precisamente se ha conmemorado el aniversario de su nacimiento el pasado diciembre de 2020, Swetlana Geier nace en el seno de una familia que ama la cultura. Con una abuela materna que había ido a la Universidad y que le leía a Pushkin en vez de libros infantiles, no es de extrañar que la niña fuese espabilada. Empieza a aprender alemán a los cinco años con una profesora particular, y francés poco después, por iniciativa de su madre. Sin embargo, irá a la peor escuela de Kiev, porque sus progenitores pensaban que debía conocer la realidad de la vida. Y la conoció, desde luego. Aunque siempre lo tuvo claro: «ich wollte studieren» (p. 46). Quería estudiar y lo repetirá muchas veces como un mantra o un descargo, mientras charla con Taja Gut, el autor y a su vez editor de mesa en la editorial Rudolf Steiner.


«El traductor no puede traducir al margen de sus circunstancias biográficas»


Después de la Revolución, Ucrania, el granero de Rusia, se convierte en el objetivo de Stalin. Una Swetlana que recuerda la niñez relata su primera experiencia ante la muerte al pasar junto a un campo de cereales (p. 16). Son los tiempos del homolodor, cuando los hambrientos morían al comerse las semillas que no podían digerir, tal como se lee en Todo fluye, donde Vasili Grossman[1] narra las consecuencias de la infame «Ley de las Espigas» sobre el pueblo ucraniano. En 1938, el padre de Swetlana será detenido y torturado en una de las purgas estalinistas: muere cuando ella tiene quince años. A todo esto, sigue estudiando, lee incansablemente y acaba el bachillerato con la mejor nota. Pero apenas al día siguiente el país entra en guerra. Dos meses más tarde, la mortífera maquinaria nazi se pone en marcha en las afueras de la ciudad. Su compañera de pupitre durante nueve años será otra víctima inocente entre los más de 33.000 judíos que pierden la vida en el barranco de Babi Yar. Los alemanes, instalados en la casa de enfrente, necesitan a alguien que hable su idioma. Le aseguran que podrá seguir estudiando, como desea, si trabaja un año para ellos y la contratan en el Instituto de Geología. Después de la batalla de Stalingrado, tanto ella como su madre saben que deberán marcharse o las señalarán como colaboracionistas. Con la Dortmunder Union Brückenbau A.G., compañía para la que la joven Swetlana trabaja en aquel momento, envían a Alemania unas pertenencias que nunca más volverán a ver. Las dos viajarán después con su perro en un coche sujeto a la plataforma de un tren de mercancías durante once días seguidos a través de bosques interminables. Sin embargo, la acogida no es como esperan ya que serán recluidas en un campo para trabajadores del Este, donde ella traduce documentos. Por fin, al cabo de varios meses, uno de sus protectores —que aporta aquí su testimonio escrito—, consigue facilitarle un pasaporte para que pueda inscribirse en la Universidad con una beca. Este le aconseja ir a Freiburg, donde vive su cuñado, especialista en Rembrandt, que puede ayudarle. Es una señal. Pues, como supieron ver Gide, Proust o Stefan Zweig[2], el lenguaje pictórico de este artista holandés de Leiden encuentra eco en Dostoievski, el escritor polifónico que indagó como ningún otro en la zona oscura del ser humano en busca de luz.


«Todo esto debe tener un sentido»


De hecho, a sus ochenta y cuatro años Frau Geier aún se preguntaba cómo podía ser que nadie de uno u otro bando la hubiera liquidado por entonces. Y desde luego que tenía un sentido. Porque, percibiendo el alemán con su alma rusa, en sus cincuenta años de profesión, estaba destinada a traducir a la amada lengua de Goethe a escritores como Bely, Tolstói, Bulgákov o Solzhenitsyn, entre otros, así como las grandes novelas de Dostoievski —los cinco elefantes— a las que dedicó cuatro lustros de su vida, y El jugador, cómo no, que dejó prácticamente terminada antes de su muerte.

Este librito de apenas doscientas páginas consta de cinco partes: un afectuoso prefacio del autor, seguido de «Ein Leben zwischen den Sprachen», esencia de varias conversaciones grabadas entre 2004 y 2007 que presta el título a esta semblanza y, agrupadas en un apéndice, otras tres espaciadas en el tiempo, desde 1986 hasta 1999, donde se revisan las cuestiones más significativas. Frau Geier habla aquí sobre la incompatibilidad de las lenguas, plantea qué es para ella traducir y formula a grandes rasgos su teoría de la traducción, apuntalada en la idea de que esta debe tener un latido y fluir, sin percibirse como tal. La única vanidad que puede permitirse el traductor es el aparato de notas, observa. Destacará también la anomalía del vate en la figura de Pushkin, rompedor y referente absoluto de otros grandes escritores como Gógol, Pasternak o Dostoievski, a quien se le dedica un jugoso análisis que en realidad jalona todo el libro, completándose al final con algunos asuntos traslaticios sobre los títulos, la repetición léxica, lo traducible y lo no traducible en los mundos que son las lenguas «Es sind Welten!» (p. 157), el aspecto inagotable del texto dostoievskiano o el interminable acercamiento al original (p. 179). En este apartado se incluye asimismo la carta de Constantin Graf Stamati, alto mando de las SS en 1944, sobre el caso de la rusa S. I., una lista de todas sus traducciones, una cronología vital y un posfacio para la edición de bolsillo.

A pesar de haber interpretado y traducido ya cientos de papeles antes de cumplir los treinta, Frau Geier consideraba insatisfactoria la profesión por todo lo que se pierde en el transporte de un idioma a otro. Aun así, un día empezó a traducir a Andréiev mientras sus dos hijos pequeños jugaban y ya nunca dejará de hacerlo. Cuando se le pregunta qué es la traducción, esta alude al cuadro de San Jerónimo en su estudio (Der Heilige Jeronimus im Gehäuse) de Antonello de Messina. «Das Gehäuse ist nicht eine Metapher oder ein Vergleichen für das Übersetzen. Es ist nur ein uraltes Bild für menschliches Leib als Hülle der Seele»[3]. Merece la pena hacer un inciso para puntualizar que aquí la palabra Gehäuse, de origen germánico, evoca un aspecto espiritual que no reviste el término studio en italiano, ni en su traducción al inglés, ni tampoco a las lenguas romances, que conservan igualmente la raíz latina en el título original del cuadro. No sucede así en Durero (véase Arquitecturas terminales: 2009) que es alemán y elige en su representación del santo Gehäuse antes que Arbeitszimmer, Atelier o incluso Pult (escritorio / pupitre) como —Goethe en Fausto[4]—, tal como se constata en algunas traducciones (cellule, celda). «Ein Fremdkörper in einem kirchenartigen Raum. So sitze ich in dem Text, den ich verinnerlichen, mir ein-verleiben muss. Das ist so. Und das ist übersetzen»[5]. Frau Geier siempre leía el libro que iba a verter al alemán hasta integrarlo en su ser, sabiéndose de memoria pasajes enteros. Esperaba lo necesario hasta captar el tono, hasta oír la música del texto antes de empezar y, cuando percibía que era el momento, se sentaba a dictar la traducción a su amiga Hanna. (Claro está que se lo podía permitir ya que el Ministerio de Cultura asumía los gastos de la casa y tampoco los editores la presionaron jamás con los plazos de entrega). Dice que nunca se vio como traductora, que sencillamente se sentía ella misma, que traducir era como respirar (p. 124). Está todo dicho. Estamos seguros de que del mismo modo que unos respiramos solo aire, ella inhalaba también las frases en ruso y, a consecuencia del proceso de combustión en la fragua de la respiración[6], las exhalaba después en alemán, de la forma más natural del mundo.

Entre los autores rusos clásicos del siglo XIX y del XX que tradujo Frau Geier se encuentra el simbolista Andréi Bely ya que, a su juicio, debía existir un libro como Verwandeln des Lebens, (en castellano escuetamente Recordando a Rudolf Steiner[7], quien, no olvidemos, concebía una visión goetheana del mundo). Según Frau Geier, los representantes del simbolismo ruso que prosperan bajo la flor azul se relacionan tarde o temprano con la antroposofía, un «sendero de autoconocimiento que conduce lo espiritual en el ser humano a lo espiritual en el universo» hasta el punto de que uno de los conceptos clave del simbolismo ruso embebido en el romanticismo alemán, «verwandeln des Lebens»[8], estaría tomado de un concepto antroposófico. Este será un aspecto clave en el criterio de Frau Geier para elaborar una propuesta o aceptar un libro. Así, siempre tratará de escoger con su «tenacilla» a aquellos autores que se interroguen sobre la esencia del arte, la palabra poética y el poeta. Y claro está, el poeta es Pushkin, cuya obra fue definida como el vademécum de la literatura rusa moderna, donde campa a sus anchas el «héroe ruso negativo», encarnado por Oneguin en la novela del mismo nombre o por Aleko en Los gitanos, para replicarse con el tiempo en personajes como Yuri Zhivago, Raskólnikov, en Crimen y castigo, o los Karamázov.

Como se sabe, cada cierto tiempo todo lo clásico reclama una actualización de la forma y hasta una restauración para devolverle el lustre original. En el caso de Dostoievski, Swetlana Geier hace ambas cosas. Señala, por ejemplo, que muchas traducciones habían «ayudado» al autor (p. 149), más bien «hastiger» (precipitado) y «nachlässiger» (descuidado) en el plano estilístico; que en Los hermanos Karamázov el prefacio del autor había desaparecido; y explica por qué decide cambiar el título de Verbrechen und Sühne (Crimen y expiación)[9] por Crimen y castigo cuando tradujo la novela por segunda vez el año 1999, desmarcándose con ello de sus antecesores. Entre sus consideraciones, destacaremos que Raskólnikov, como estudiante de leyes, debía conocer el tratado de Cesare Beccaria, Dei delitti e delle pene, traducido al ruso sucesivamente entre 1806 y 1879 (p. 152). Asimismo, una de las marcas estilísticas del autor recuperadas en esta traducción es el uso reiterativo del adverbio plötzlich (de repente), suprimido de manera inexplicable hasta entonces, siendo «vdrug» su equivalente en ruso , una referencia a la percepción limitada del ser humano en la novela. Así sucede también con «mne kazhetsia» / es scheint (parece) o mir scheint (me parece), muy común en sus escritos y fundamental en El jugador. La fuerza de la apariencia, del vano fulgor para contrarrestar la dureza de la vida: la ilusión de ganar una partida, la ilusión del indulto[10] de los condenados a muerte, hecha realidad fervorosamente en su caso, o el anhelo de la libertad en Siberia, por mencionar apenas un par de datos biográficos. En cuanto a su narrativa, Albertine[11] lo captó a la perfección: «—Mais, est-ce qu’il a jamais assassiné quelqu’un, Dostoïevski? Les romans que je connais de lui pourraient tous s’appeler l’Histoire d’un Crime.» Y no es la única. Frau Geier coincide con esta cuando afirma: «Dostojewski hat einen großen Roman geschrieben, und es ist immer die gleiche Figur; eine unglaubich moderne Figur, ein Zeitgenosse von uns»[12] (p. 164). No es extraño que sigamos leyendo a este genio que se pregunta sin cesar en toda su obra «¿quién soy?», una cuestión en la que, con toda certeza, habrá indagado más que nadie la traductora que se midió con el legado literario de este gran escritor durante más de veinte años. En el documental de Vadim Jendryko, Frau Geier muestra los cinco elefantes y tras un breve silencio concluye: «Man übersetzt das nicht ungestraft. Ich habe viel gelernt, nicht nur für die Profession, sondern auch für mein Leben.»[13] Seguro que es así. Al margen de que no estemos ante una novedad editorial, ojalá recordemos durante mucho tiempo aún este libro de enseñanzas de la traductora que dio voz en alemán a Dostoievski con un alma rusa como la de él.

[1] Traducción de Marta Rebón, Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2010.

[2] André Gide, Dostoievski, traducción de Laura Claravall, Ediciones del Subsuelo, 2016; Marcel Proust, La Prisionière, Gallimard, 1989; Stefan Zweig, Tres maestros, traducción de Joan Fontcuberta i Gel, Acantilado, 2011.

[3] «La celda no es una metáfora o un símil sobre la traducción. Es una imagen ancestral del cuerpo como envoltura del alma.» (Las traducciones de las citas extraídas del libro son de la autora.)

[4] J. W. Goethe, Fausto, edición de Manuel José González y Miguel Ángel Vega, traducción de José Roviralta, Cátedra, 14a edición, Madrid, 2011.

[5] «Un cuerpo extraño en una sala en forma de iglesia. Así estoy sentada yo en el texto que debo interiorizar, en-carnar dentro de mí. Es así. Y eso es traducir.»

[6] Teresa Porzecanski, La respiración es una fragua, Ediciones Trilce, Montevideo, 1989.

[7] Andréi Bely, Recordando a Rudolf Steiner, IAO Arte Editorial, Madrid, 2013.

[8] «La vida en transformación.»

[9] Daniel Drewski, «Culpa y expiación» en: DERECHO Y HUMANIDADES, Nº 16, pp. 261-268. Véase también Elisabeth Dorner, Schuld und Sühne oder Verbrechen und Strafe? Dostojewskijs Romantitel in deutscher Übersetzung (Culpa y expiación o Crimen y Castigo, El título de la novela de Dostoievski en la traducción alemana) [Tesis de máster no publicada], Universidad de Viena, 2016.

[10] «En psiquiatría hay un estado de ánimo que se denomina «ilusión del indulto». Se trata del proceso de consolación que desarrollan los condenados a muerte antes de su ejecución; conciben la infundada esperanza de que van a ser indultados en el último minuto», Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido, traducción del Comité de traducción al español, Ed. Herder, 3ª ed., Barcelona, 2015, p. 43.

[11] La Prisonnière, p. 365.

[12] «Dostoievski escribió una gran novela, y siempre es el mismo personaje; un personaje increíblemente moderno, nuestro contemporáneo.»

[13] «No se traduce esto impunemente. He aprendido mucho, no solo en cuanto a la profesión, sino en cuanto a mi vida también», Jendreyko, Vadim (Guión y dirección), Die Frau mit den 5 Elefanten: Swetlana Geier – Dostojewskijs Stimme. (La mujer de los cinco elefantes – La voz de Dostoievski) DVD, 2009, 93 Minutos.

 

Isabel Romero traduce del francés y del alemán. Entre los autores que ha vertido al castellano se encuentran Henri Raczymow, Jean-Christophe Rufin, Stephanie Kremser, Michael Hampe, Hugo von Hofmannsthal, Peter Freund y L. G. Tippenhauer. En el año 2006 recibió el Premio de traducción de la Fundación Goethe en la categoría de literatura juvenil. Actualmente imparte asimismo talleres de traducción en el Instituto Cervantes de Berlín.