Traducir lo que no se escribe. Sobre el Goalie de Pedro Lenz en gallego, Laureano Araujo
Lunes, 26 de octubre de 2026.
Resumen en español de la conferencia “Traducir o que non se escribe. Sobre o Porteiro de Pedro Lenz en galego”, presentada en la Casa das Campás de Pontevedra el 13 de junio de 2026 en la II Xornada de Tradución Literaria Alemán-Galego organizada por la AGX, el BiFeGa de la UVigo así como la USC, en colaboración con la AGPTI, el DAAD y el OeAD. La conferencia se basó en el posfacio de Lenz, Pedro, De porteiro xoguei eu, Santiago de Compostela, Laiovento, Colección Narrativa, 446, 2024 (trad. de Laureano Araujo del bernés hablado en la Alta Argovia al gallego).
El principal asentamiento de la diáspora gallega de los años sesenta y setenta del siglo XX fue Suiza. Todavía hoy es fácil encontrar entre nosotros personas que tienen una relación directa o indirecta con el país helvético, donde hay miles de descendientes de aquellos compatriotas nuestros que, empujados por la miseria y la dictadura, buscaron suerte lejos de casa. Sin embargo, sorprende lo mal que conocemos Suiza más allá de los tópicos habituales. Apenas sabemos nada, por ejemplo, de sus lenguas, de sus culturas, de sus literaturas. Nuestra historia colectiva ya es indisociable de la de Suiza y es preciso que miremos con más atención hacia ese fascinante país.
Lo que se habla y se escribe en la Suiza alemánica
Es sabido que en Suiza hay cuatro grupos lingüísticos y culturales: dos mayoritarios, el alemán y el francés; y dos minoritarios, el italiano y el romanche. En la Suisse romande, las personas hablan y escriben un francés que apenas se distingue ya del que utilizan sus vecinos galos. En la Svizzera italiana, el uso del dialecto lombardo queda restringido a la esfera familiar y está en un proceso de fuerte declive, mientras el italiano estándar impera en la producción escrita y en público. En los Grisones, el romanche está dividido en cinco dialectos y parece estar próximo a la desaparición, a pesar de la existencia del rumantsch grischun como lengua estándar.
La Suiza alemánica es un ejemplo clásico de diglosia, es decir, de una situación en que conviven, por un lado, una lengua muy codificada, aprendida en la escuela y utilizada en la producción escrita y en el habla formal, y, por otro lado, los dialectos de esta lengua, en que tienen lugar las conversaciones ordinarias. Esto es, la gente habla en su dialecto, que no (o apenas) usa en la producción escrita y para el cual no existe norma ortográfica alguna. En consecuencia, la primera lengua de cualquier persona suiza alemana, con independencia del grupo social a que pertenece, es su dialecto; lo cual convierte el alemán estándar, de manera transversal, en una segunda lengua o en una lengua extranjera. El dialecto, además, goza de un alto prestigio.
Imaginemos un caso sencillo: una niña de Zúrich se levanta, desayuna, va a la escuela. Antes de que comience la primera clase, todas sus interacciones tienen lugar en el dialecto zuriqués. Por el contrario, es muy probable que la docencia se imparta en alemán estándar. Pero incluso en las situaciones menos formales dentro del aula (trabajos en grupo, salidas al aseo, etc.) vuelve a aparecer el dialecto. Al mediodía, con la familia, el estándar se oye solo en el telediario o en una serie de televisión. Nuestra alumna vive instalada en su dialecto y sabe perfectamente cuándo debe cambiar para el estándar, que es cuando lee, cuando escribe o en momentos muy específicos.
Los muchos y muy diferentes dialectos alemánicos que se hablan en Suiza se agrupan bajo el concepto de Schwyzerdütsch (en alemán estándar: Schweizerdeutsch), que –es preciso subrayarlo– no designa una koiné supradialectal. Al contrario de lo que sucede con el estándar, el Schwyzerdütsch no es una de las lenguas nacionales suizas. Con todo, durante el último medio siglo, y a caballo de una ola de afirmación identitaria, los dialectos fueron penetrando en ámbitos tradicionalmente reservados al estándar. Ya no es tan infrecuente el uso de los dialectos en la radio y en la televisión, en la publicidad, en la música o en los mensajes privados entre la gente joven, ni tampoco, como veremos, en la literatura.

La Suiza alemánica constituye un caso particular dentro del espacio germanófono, porque muchas personas no pueden o no quieren hablar en alemán estándar, se niegan a renunciar al anclaje emocional y al sentimiento de pertenencia que les proporciona el dialecto. Hablar en alemán estándar suele no resultarles atractivo porque es la lengua que asocian con la escuela, con el estudio, con las notas, con los errores, con las reprimendas; porque es la lengua de los alemanes, que en Suiza, por mor de un complejo conjunto de prejuicios y de miedos, no gozan de la mayor de las simpatías; y porque es una lengua que les resta espontaneidad y elocuencia y las hace sentir incómodas, inseguras, torpes, lentas y en desventaja.
Cuando los suizos alemanes necesitan prescindir momentáneamente del dialecto, recurren al Schweizerhochdeutsch, el alemán estándar suizo, una variante del estándar trufada de numerosos helvetismos, es decir, de peculiaridades léxicas, morfológicas, semánticas, ortográficas, sintácticas, fraseológicas y fonéticas. El Schweizerhochdeutsch, casi exclusivamente destinado a la producción escrita, también se conoce como Schriftdeutsch, como alemán escrito. De ahí la afirmación, paradójica pero elocuente, de que los suizos alemanes, cuando se expresan oralmente en alemán estándar, hablan en alemán escrito.
En definitiva, los límites entre el dialecto y el estándar están muy claramente fijados, y el cambio entre uno y otro se hace siempre de un modo consciente. En general, el alemán estándar suizo es de uso común en situaciones formales: en los textos –incluida la comunicación escrita privada–, en los medios –aunque en la radio y en la televisión también se utilizan mucho los dialectos–, en la enseñanza, en el parlamento federal –y en algunos cantonales–, en los anuncios por megafonía. En estos y otros casos similares, el estándar no se cuestiona, lo cual explica que resulte raro que haya literatura en dialecto, que mucha gente no consiga leer esa literatura e incluso se extrañe de que esa literatura se vierta a otras lenguas. Si el dialecto no se escribe, ¿cómo se van a traducir sus matices, su riqueza léxica, pero también sus carencias?
Lo que (se supone que) no se escribe
En este contexto, es evidente que los autores suizos alemanes están privados de un recurso fundamental para representar su oralidad específica y conferirles autenticidad a sus creaciones. Decía Friedrich Dürrenmatt que cuando escribía tenía que abandonar la que calificaba de «lengua materna», que hablaba y amaba, para ir en busca de una lengua que no sabía hablar sin acento bernés y sin resultar lento, y que al mismo tiempo quería que en aquella lengua que buscaba se percibiera su habla bernesa.
En efecto, los autores suizos alemanes piensan en su respectivo dialecto y después «traducen» lo que imaginaron para plasmarlo en la lengua estándar. Además, no tienen más remedio que escribir en alemán estándar si lo que quieren es que sus obras sean publicadas por las editoriales importantes –la mayor parte de las cuales son alemanas– y puedan ser leídas en todo el espacio germanófono. Saben que la decisión de optar por el dialecto como lengua literaria implicaría reducir drásticamente el ámbito de la recepción. Y no solo en los países de habla alemana. Sin ir más lejos, ¿cuántas obras han sido traducidas del Schwyzerdütsch a una lengua de la península ibérica?
Con todo, esto no significa que en la literatura suiza alemánica no encontremos muchas obras que, en busca de veracidad, incorporan palabras y giros dialectales, así como helvetismos. Pensemos, por ejemplo, en Jeremias Gotthelf, en el siglo XIX, o, ya en el XX, en Friedrich Glauser.
Lo que, sin embargo, sí se escribe. La tradición literaria dialectal
Como hemos visto, el dialecto tiene, en el modelo diglósico, un uso exclusivamente oral. De ahí que, en principio, no sea esperable dar con textos literarios enteramente escritos en Schwyzerdütsch. Pero, aun siendo muy minoritario, este acervo dialectal existe. Hagamos un telegráfico e incompleto recorrido por esta tradición, que ha de empezar por el bernés Rudolf von Tavel (1866-1934), que en 1901 publica Jä gäll, so geit’s! (¡Pues es lo que hay!), considerada la primera novela en bernés de la historia.
Como buen patricio, von Tavel habla el sociolecto propio de su clase, que traslada con sumo cuidado al papel. Es, todavía hoy, uno de los autores más leídos en dialecto. De extracción humilde, por el contrario, es el maestro Simon Gfeller (1868-1943), natural de la región bernesa del Emmental, que en 1910 publica la novela Heimisbach, la primera de la historia en el dialecto del Emmental y ambientada en el mundo campesino. También su obra goza de una excelente recepción, que llega hasta hoy.
Otros autores que es preciso mencionar son el filólogo e influyente crítico literario bernés Otto von Greyerz (1863-1940), cuya obra más famosa, publicada en seis libritos aparecidos entre 1908 y 1925, es el cancionero popular Im Röseligarte (En el jardín de las pequeñas rosas); Meinrad Lienert (1865-1933), uno de los fundadores de la tradición lírica dialectal; Walter Rotach (1872-1928), que en 1924 publica en el dialecto de Herisau Vo Ärbet, Gsang ond Liebi (Sobre el trabajo, el canto y el amor), sus memorias de juventud; Josef Reinhart (1875-1957), que publica en 1897 su primer poemario, Liedli ab em Land (Cancioncillas de la tierra), escrito en el dialecto de Solothurn; Carl Albert Loosli (1877-1959), cuya intensa actividad como publicista está muy marcada por la crítica política y social y que utiliza el dialecto del Emmental en algunas de sus obras; Paul Haller (1882-1920), quien, más allá de su vocación lírica, escribe, en 1916, la primera obra de teatro seria en dialecto (de Argovia), el drama social Marie und Robert (Marie y Robert); Jakob Bührer (1882-1975), cuya sátira en dialecto Das Volk der Hirten (El pueblo de los pastores, 1918) está en el origen de la tradición del cabaré suizo; o Albert Bächtold (1891-1981), cuya vida, reflejada en sus libros escritos en el dialecto de Klettgau, pasa por Ucrania, Rusia y los EE UU.
Más recientemente, el pastor protestante Kurt Marti (1921-2017) publica en 1967 Rosa Loui. Vierzg Gedicht ir Bärner Umgangsschprach (Rosa Loui. Cuarenta poemas en lengua coloquial bernesa), que causa sensación. El jurista y cantautor Mani Matter (1936-1972), fallecido muy joven en un accidente de coche, les debe su enorme popularidad a sus canciones en dialecto. También en dialecto está escrita la mayor parte de la obra literaria del profesor de enseñanza secundaria Fritz Widmer (1938-2010), y en la muy extensa obra de Urs Widmer (1938-2014) encontramos igualmente alguna obra en dialecto.
Hansjörg Schneider (nacido en 1938), conocido sobre todo por las novelas protagonizadas por el comisario Hunkeler, utiliza el dialecto en la controvertida obra de teatro Sennentuntschi (La muñeca de los pastores, 1972). El prolífico Franz Hohler (nacido en 1943) también tiene obras en dialecto bernés, y es el autor del clásico Ds Totemügerli (1967), una parodia breve que imita una leyenda y está llena de palabras inventadas que pasaron a usarse en la lengua coloquial. El muy premiado Ernst Burren (nacido en 1944) escribe exclusivamente en el dialecto de Solothurn. En bernés están escritas algunas obras de Beat Sterchi (nacido en 1949), así como dos novelas muy leídas de Martin Frank (nacido en 1950), ter fögi isch e souhung (el fögi es un cabronazo), la primera narración dialectal de temática gay, de 1970, y La mort de Chevrolet (La muerte de Chevrolet), de 1984. También en bernés está una parte importante de la obra, principalmente teatral, de Guy Krneta (nacido en 1964), que forma parte, con Beat Sterchi, Pedro Lenz y otros autores, como Gerhard Meister (1967), Stefanie Grob (1975) o Ariane von Graffenried (1978), del colectivo Bern ist überall (Berna omnipresente).
En 1901, cuando se publica la primera novela en bernés, nace, por lo tanto, la tradición de la literatura dialectal. Una tradición vigorosa pero siempre marginal, porque hay muchas personas, incluso cultas, a quienes les resulta extraño, casi imposible, leer un texto en uno de los muchos dialectos que hay en la Suiza alemánica. Después de todo, ¿cómo leer lo que no se escribe?
Lo que es necesario escribir. Pedro Lenz
Pedro Lenz, a quien acabamos de nombrar, forma parte, y además de un modo muy destacado, de esta tradición literaria dialectal, aquí apenas esbozada. Nacido en 1965 en Langenthal, en el cantón de Berna, de madre santanderina y padre suizo, el futuro albañil y catequista crece en un hogar católico practicante donde se habla en castellano. Estudia Literatura Española en la Universidad de Berna durante un par de semestres. Con la periodista Rahel Grunder, su mujer, tiene tres hijos y vive en Olten, donde fue copropietario del Galicia Bar. Desde 2001 es autor freelance y columnista para varios medios. Poeta y novelista, es muy activo en la escena de la spoken word. En su obra predomina el interés por la clase trabajadora y sus problemas, por dar voz a las personas excluidas que apenas tienen presencia literaria. Tras una estancia en Glasgow, donde entra en contacto con un círculo de autores que escriben en la variante inglesa de la ciudad, Lenz llega a la conclusión de que el dialecto no es menos apto que el estándar para la literatura y de que necesita escribir en su habla coloquial.
Der Goalie bin ig se publica en 2010. La novela tiene un éxito enorme y ya se considera la obra en dialecto más conocida de todos los tiempos. Ese mismo año gana el Premio de Literatura del Cantón de Berna, y en 2011 obtiene el Premio Schiller de Literatura de la Suiza Alemana. Está traducida al italiano, al alemán estándar, al dialecto inglés de Glasgow, al lituano, al letón, al francés, al húngaro, al neerlandés, al ruso, al ucraniano y al gallego. La película homónima dirigida por Sabine Boss se estrena en 2014, con Lenz de coguionista y de intérprete de un papel muy breve, el del traficante de Pontarlier. Rodada en bernés (pero no en la variante de Langenthal), la adaptación cinematográfica de la novela atrae a una gran cantidad de público y es galardonada en el Premio del Cine Suizo de ese mismo año, en las categorías de mejor película, mejor guion, mejor interpretación y mejor música. También en 2014 recibe los premios de cine de Zúrich y de Berna, así como el de la Crítica Cinematográfica Suiza, y un año más tarde el Premio Walo.
El escenario de la novela es Schummertal (en dialecto: Schummertau). Tras este nombre ficticio, que podría traducirse como Valle del Crepúsculo, se esconde, como ha confirmado el propio Lenz, el municipio bernés de Langenthal, donde nace y se cría el autor. El texto ofrece varias pistas a este respecto. No parece que esta indisimulada alusión a Langenthal sea solo una referencia autobiográfica del autor. Durante mucho tiempo, la ciudad se consideró la más representativa de Suiza. Constituye pues el lugar perfecto para que el público lector se sienta como en casa. Y es precisamente ahí donde la novela, lejos de reproducir clichés, desvía la mirada hacia el medio social de la droga en los años ochenta del siglo XX, y encuentra todo un inesperado «pueblo de mala muerte», «lleno de putos miserables retorcidos», «donde todo el mundo se conoce y nadie le desea nada bueno a nadie, salvo una gripe, tal vez, o una erupción cutánea». El narrador, sin embargo, procura evitar el juicio fácil, huir de la tentación de la indulgencia irresponsable, y por momentos, lastrado quizá por un exceso de celo, resulta implacable, como cuando sentencia: «No hay ningún yonqui en el planeta que deba darnos pena, ninguno».
Pero el texto, que obviamente nada tiene de panfletario, va más allá de la crítica social. Es, de hecho —y aquí intuimos al catequista Lenz explicando pasajes de La Biblia— una reflexión sobre nuestra necesidad de construir nuestra historia para comprendernos y para mantenernos en pie. «Yo no cuento para divertirme, cuento para entender. Si no pudiera contar, no pillaría nada de esta vida lamentable», una vida que se nos presenta como un fenómeno tan perturbador, y a la vez tan banal, que preservar nuestro equilibrio precario solo se puede lograr mediante una ficción. O, más exactamente, mediante un montón de pequeñas ficciones contradictorias. Porque, ¿quién de nosotros podría construir una única gran ficción potente y coherente? Pero aquí, de nuevo, el narrador revela su inclemente lucidez: «Me gusta escuchar cuando un tío reinventa su vida. Lo único que no me gusta es que quieran que me crea todo eso».
Los lectores nos encontramos así ante un espejo que nos devuelve la imagen compleja de un antihéroe con quien podemos congeniar y que al mismo tiempo nos desasosiega, un hombre consciente de que el destino no le ha repartido las mejores cartas —«cuando me quiera dar cuenta, la mierda me va a llegar volando desde algún sitio»—, pero finalmente dispuesto, a pesar de todo, a no perder la esperanza por completo: «Lo mismo algún día me llega volando otra vez un buen pase de balón». Ernst, conocido como Goalie, es una figura trágica, un perdedor consciente de que nunca pudo escoger su papel. Y, sobre todo, es un cuentacuentos tozudo, que a las personas que le importan les llena «la crisma hasta que ya no pueden escuchar más y se alejan». Pero nada se explica en Goalie, ni su desánimo ni su picaresca ni tampoco su ingenuidad, si no percibimos en él su condición esencial: la de un hombre profundamente melancólico, atrapado en una paradójica nostalgia de la infancia narrada a base de historias que comparte con su círculo social. Mientras observa su entorno, con «todos esos proyectos de vida atrapados en hormigón», él no puede evitar recordar constantemente «aquella época en que éramos pequeños y todo estaba bien».
Ahora, en cambio, cuando Goalie descubre que el papel que se le ha asignado es el de chivo expiatorio, ya no hay cuento alguno que pueda disimular lo mal que está todo. Y serán precisamente las personas que pueblan sus relatos quienes al final lo traicionen, justamente mediante una historia que destruye el frágil edificio en que acabó convirtiéndose la realidad que pretendió inventar. Ni siquiera Regula, la mujer de quien se enamora, una víctima de la violencia de género que finalmente lo abandona, parece dejar de pensar nunca que, en el fondo, no es más que un charlatán mentiroso. El intento de reinserción social de Goalie, del cual forma parte la investigación de la intriga que lo llevó a la cárcel durante un año, no es, en consecuencia, más que un capítulo de una tragicomedia que conduce indefectiblemente al cuestionamiento de la amistad, del amor y de la lealtad. Y nada de esto tiene que ver con la imagen idílica que tenemos de Suiza y para la cual, en principio, tan bien serviría de escenario la villa de Langenthal.
Goalie forma parte de la muy extensa familia de los personajes literarios incómodos. Recordemos, por ejemplo, y sin salir del ámbito germanófono, al Hans Schnier de las Opiniones de un payaso, quien, desesperado, reflexiona sobre su vida con delicadeza y humor, y teje un relato sobre la memoria en una Alemania deshumanizada y oportunista, empeñada en olvidar la miseria moral de su pasado nacionalsocialista. Mientras este payaso de Heinrich Böll —otro autor católico, nota bene— dice coleccionar momentos y proclama que «el secreto del terror está en el detalle», el Goalie de Lenz «ya de niño, en la escuela, volvía locas a todas las maestras, porque no paraba de darles vueltas a los detalles de los cuentos». A Goalie también le obsesiona el pasado, también procura narrarse a sí mismo, también forma parte de una sociedad, la suiza, que seguramente le resulta injusta e hipócrita. Ambos, el payaso y Goalie, acaban chocando con quienes los rodean, incluidas las mujeres que aman. A los dos, la sociedad les reserva un lugar muy preciso: la distancia.
Der Goalie bin ig parece un largo monólogo para leer en voz alta. Desde luego, en la esencia de su estilo están la oralidad y la coloquialidad, consustanciales al dialecto y funcionales para la aproximación al medio social cuyo retrato se pretende. Por eso podemos describirla como una novela spoken word. Y por eso son tan importantes el registro, la inmediatez, la entonación, el ritmo, la fluidez. La oralidad, sin embargo, no significa un alejamiento de la tradición literaria, como demuestran las alusiones, nada gratuitas, a dos novelas de John Steinbeck que abordan el mito del sueño americano desde la perspectiva de las gentes marginadas: Tortilla Flat, que se fija en la vida no convencional de un grupo de amigos, y De ratones y hombres, la dura historia de dos peones agrícolas que constituye uno de los cantos a la amistad más conmovedores de la historia de la literatura.
La oralidad, además, tampoco implica improvisación. El texto, que obviamente acusa las vacilaciones derivadas de la ausencia de una norma escrita para el dialecto, está lleno de figuras estilísticas como las anáforas, las epíforas o los polisíndeton, todas ellas, por cierto, típicas de La Biblia. Igual que Glauser, el creador de la figura del sargento Studer, Lenz mezcla los diálogos directos, en el modo indicativo y nunca resaltados con las comillas típicas del alemán, con los indirectos, en el modo Konjunktiv I. Encontramos también, como suele suceder en el lenguaje coloquial, un uso desordenado de los tiempos verbales. La traducción al gallego, heredera de esta subversión de las reglas de puntuación y del uso de los tiempos, legataria de la impureza lingüística que el texto parece reivindicar, resulta así un tanto peculiar. Sin embargo, una vez que el lector del original o de la traducción se acerca a este estilo insólito en la página escrita, la novela despliega ante él todo su humor, su ironía e incluso su mordacidad, pero también su ternura, su melancolía y su lirismo contenido, para conducirlo hasta un final inevitable y discretamente desencantado.
Traducir lo que no se escribe. Algunos desafíos
Un traductor literario del alemán va a tener que hacer frente a no pocos retos a la hora de traducir un texto dialectal suizo como Der Goalie bin ig. Entre los que llamaremos inespecíficos, que son los que, en general, pueden aparecer en cualquier traducción del alemán, se encuentra el título de la novela. Goalie alude a un portero en el ámbito deportivo. El problema es que en gallego (y también en español), un portero no es solo el jugador que defiende la portería, sino también la persona que vigila una entrada. Prima facie, una traducción como O porteiro son eu (El portero soy yo) parecería pues evidente pero no desharía la anfibología. La solución finalmente adoptada, De porteiro xoguei eu (De portero jugué yo), soluciona el problema con la introducción del verbo xogar (jugar), no presente en el original. Otro desafío inespecífico, ya mencionado, es el carácter spoken word de la novela, es decir, su marcada oralidad.
En cambio, los problemas que llamaremos específicos no son habituales en una traducción literaria del alemán y derivan, no ya de la gran distancia que separa el dialecto del estándar, sino también de los microdialectalismos, de los neologismos efímeros y de las vacilaciones (v. g. rouche/rouke [fumar]; schnore/schnure [parlotear]). Especialmente problemática es la insuficiencia de los diccionarios disponibles. Existe el Schweizerisches Idiotikon (https://www.idiotikon.ch/), que, siendo una obra de referencia, es muy limitado en cuanto a los neologismos. Así, sin ir más lejos, no recoge la palabra Goalie. El diccionario bernés-alemán berndeutsch.ch (https://www.berndeutsch.ch/), por su parte, tiene pocas entradas. No incluye, por ejemplo, la palabra Bächer (birra). Otro desafío específico son los hipocorísticos. En la novela de Lenz aparecen solamente los hipocorísticos, de manera que hay, en primer lugar, que descubrir a qué nombres corresponden —lo cual no siempre resulta fácil—, y después encontrar una solución. La siguiente tabla da una idea de la complejidad de la tarea a que se enfrenta aquí el traductor:
| Bernés → | Gallego | ||
| Hipocorístico → | Nombre → | Nombre → | Hipocorístico |
| Budi | Hanspeter | Xoán Pedro | De Xoán (el de Pedro ya se usa para Pesche) → Nucho |
| Hügu | Hugo | Hugo | Hugo (no es hipocorístico pero es parecido a Hügu, que no se puede pronunciar en gallego) |
| Edi | Eduard | Duarte (Eduardo) | Din / Edu |
| Marlies | Maria Elisabeth | María Isabel | Maribel / Mabel / Marisa / Mariel |
| Tinu | Martin | Martiño | Tiño / Tiñolo |
| Pole | Paul | Paulo | Antiguo (en desuso) → Paulucho |
| Pesche | Peter | Pedro | Perucho / Perico / Peruco / Piruco / Peruleiro |
| Regi | Regula | Régula | No hay → Regi |
| Ruedi | Rudolf | Rodolfo | Dolfo |
| Ueli | Ulrich | Ulrico | No hay → Ueli |
Por suerte, trabajar con Pedro Lenz facilita muchísimo las cosas. El autor es impecable en su actitud de colaboración y respeto hacia la labor del traductor. Así, por ejemplo, el problema del título de la novela, antes expuesto, fue debatido en detalle y se abordaron problemas como, por una parte, los derivados del uso del sociolecto propio de la subcultura de la droga de los años ochenta del s. XX, con expresiones que mientras tanto han desaparecido y no (o apenas) están documentadas (v. g. druffe si [estar colgado], folierouke [inhalar heroína], Gift [caballo, heroína], inenäh [empapelar, meter en la cárcel], Kick [subidón], zuebutze [colocarse]); o, por otra parte, los microdialectalismos no (o apenas) documentados (v. g. bächere [beber birras], eine dobe ha [estar un poco cargado], der Huet näh [estirar la pata], d Lampe gfüut ha [estar piripi], verruume [echar un polvo], zue si wines Chloschtertor [no mantenerse en pie]).
Nos preguntábamos más arriba cuántas obras literarias escritas en algún dialecto suizo alemánico habían sido traducidas a una lengua de la península ibérica. La respuesta es significativa: hasta donde sabemos, ni una sola. Hasta que, en 2024, apareció en las librerías la traducción al gallego de Der Goalie bin ig, de Pedro Lenz. Ahora ya podemos decir que sabemos algo más sobre la Suiza alemana y su vibrante tradición literaria dialectal. Una tradición cuya mera existencia nos puede resultar sorprendente e incluso inverosímil, pero que está muy viva y guarda tesoros que, después de todo y afortunadamente, también son nuestros.
Laureano Araujo es doctor en ciencia política y licenciado en derecho por la USC. Catedrático de Alemán de enseñanza secundaria y funcionario en excedencia de la Administración de la Xunta de Galicia, ha sido subdirector académico de la Escola Galega de Administración Pública y secretario de redacción de la Revista de Investigaciones Políticas y Sociológicas. Ha traducido al gallego a Heinrich Böll, Friedrich Glauser, Franz Kafka, Pedro Lenz, Thomas Mann, Joseph Roth, Rebekka Salm, Robert Walser y Stefan Zweig, y es el autor del poemario Os días condenados. Fragmentos para un devocionario. Sitio web personal: https://laureanoaraujo.blogspot.com/





