Traductoras escritoras, Noemí Risco Mateo
Lunes, 2 de noviembre de 2026.
La traducción literaria y la escritura son procesos distintos, pero con algunos puntos similares —de hecho, la una parte de la otra—, por eso no es de extrañar que algunas traductoras de libros también escribamos nuestros propios textos, no solo para nuestro placer o desahogo personal, sino para compartir esta creatividad con los lectores, porque tenemos algo que transmitir.
La mayoría de las compañeras con las que he hablado para redactar este artículo coinciden en que fueron escritoras de corazón antes que traductoras. Casi todas nosotras nos inventamos historias desde pequeñas. Ana Flecha va un paso más allá e incluye sus mentirijillas infantiles como textos orales de ficción. Eva Gallud, al igual que la que suscribe, no se quedaba tan solo en los cuentos, sino que también preparaba teatrillos y, en mi caso, llegué a representar una de esas «obras» con alumnos de 6.º de EGB para la clase entera, aunque creo que tendía más bien a los guiones de cine sin ser consciente de ello en esa época.
Además, me aventuraría a decir que no fuimos pocas niñas con vocación de escritora las que hacíamos como Gloria Fortún, que también ilustraba sus historias, les ponía una cubierta y un resumen en la contra, «tal y como veía en los libros que amaba».
Otras, en cambio, aunque también les gustaba escribir desde temprana edad, no se decantaban tanto por la literatura, sino que preferían
escribir textos divulgativos, como M.ª Dolores Crispín, aunque de adulta haya publicado obras de literatura infantil y juvenil, y María Alonso Seisdedos, cuya pasión infantil era la etología. Eso sí, todas coincidimos en que empezamos a plasmar en papel esas ideas que se agolpaban en nuestra cabeza desde que aprendimos a escribir.
Tanto para redactar bien nuestras propias historias como para traducir correctamente las de otros hay que convertirse antes en una gran lectora. Se debe leer mucho para escribir de forma más o menos decente esas tramas que se nos ocurren, y a lo largo de la vida no solo cayeron en nuestras manos libros de autores españoles, sino que muchas de nuestras obras preferidas se habían traducido de otros idiomas. En ese momento, comenzamos a tener contacto con la traducción y, al ser conscientes de la existencia de este oficio, algunas nos planteamos estudiar la carrera universitaria, que representaba una ayuda para formarnos como escritoras y a la vez sería una manera de sentirnos realizadas como autoras, ya que las ideas de esos textos extranjeros son de otras personas, pero el texto en español es nuestro.
Una vez decidimos dedicarnos a la traducción editorial, ¿elegimos nuestro género preferido, aquel que nos gustaría escribir? Escoger los encargos, cuando vives exclusivamente de la traducción de libros, es un sueño poco realista, aunque en mi caso desde el principio me vendí como traductora de fantasía, terror y ciencia ficción, y tuve la suerte de que me llamaran para trabajar en eso durante mis primeros años como profesional. Más adelante, le encontré mucho sentido a lo que me dijo Gemma Rovira en un encuentro y me abrí a otras posibilidades, como el ensayo y distintas narrativas, para continuar aprendiendo y acumular otro tipo de experiencias.
Creo que la mayoría nos abrimos a todo lo que pueda aportarnos más conocimientos (y dinero en época de vacas flacas), a pesar de que prefiramos determinados géneros. Irene de la Torre dice:
Me gustaría mucho poder traducir solo libros del mismo género que escribo. De hecho, los busco intencionadamente porque son los que me interesan. No lo veo como una influencia negativa, sino al contrario, una fuente de inspiración muy especial, por lo que me enriquece muchísimo.
Amelia Serraller reflexiona:
Traducir es metamorfosearse, Música para camaleones en palabras de Truman Capote. Al principio solo traducía narrativa, pero cada vez me ofrecían más encargos de poesía y ha sido un camino que he recorrido gradualmente. Primero, traduje poesía polaca contemporánea, que cultiva el verso libre. Luego adquirí mucha soltura con la métrica de la mano de poetas rusos y ucranianos, que cultivan tanto el fondo como la forma. En resumen, la versatilidad que implica traducir hace que nunca me aburra y me ha dado herramientas para escribir.
Me ha sorprendido que la mayoría de las traductoras con las que he hablado, como Gudrun Palomino, escriban poesía, arte del que
cuesta aún más vivir.. El relato tampoco se descarta y también nos hemos animado a publicar artículos. Ana Flecha, por ejemplo, tiene en su haber tres novelas cortas, un libro de viajes, un álbum infantil ilustrado y ¡hasta coplillas!
Lo que leemos influye en nuestros textos y cuando traducimos, leemos con mayor intensidad, por lo que podríamos afirmar que nuestras traducciones influyen en cierto modo en nuestra manera de escribir y, al mismo tiempo, aunque nos adaptemos al estilo de la autora extranjera, también destilamos un poquito de nuestra esencia en la traducción. Ambas vocaciones, por tanto, se alimentan mutuamente. Pero ¿también sufren de las mismas precarias condiciones laborales?
La respuesta es sí, salvo contadas excepciones que suelen ir relacionadas con la consagración de la autora. La mayoría nunca recibe un adelanto al entregar su propia obra y solo cobra el porcentaje de derechos tras las ventas, siendo ese porcentaje, por lo general, bastante bajo en comparación con el que se llevan otros eslabones de la cadena del libro.
Aunque algunas compañeras no conciben la escritura como un trabajo, y ese concepto parece ir asociado en parte a una baja estima de sus textos, para otras es imprescindible exigir un buen contrato tanto de traducción como de edición y que se cumplan las cláusulas estipuladas. Como apunta Ana Flecha, «gracias al esfuerzo de las asociaciones y de los profesionales de la traducción, la traducción editorial cada vez se ve más como un oficio y menos como un divertimento de intelectuales con idiomas» y, desde mi punto de vista, las escritoras, aunque no seamos superventas, tenemos derecho a unas condiciones mínimas, ya que la editorial se lucra con nuestro texto, no es que nos estén haciendo un favor, sino que ambos salimos ganando en caso de éxito.
Sin embargo, en un momento como el que estamos viviendo, donde prolifera la creación de textos con inteligencia artificial, ¿se verá amenazada la posibilidad de una mejora de esas condiciones, incluso la existencia de la traducción editorial o la escritura por parte del humano?
En opinión de Gloria Fortún:
Hay mucha gente que no se lleva las manos a la cabeza por que la IA traduzca. Siento que hay más incomodidad con que escriba libros, aunque también se está dando. La IA produce, no crea. La IA genera traducciones y obras sin alma. Jamás podrá emular el trabajo de una persona que pone toda su pasión.
Amelia Serraller dice:
Ya está afectando tanto a la traducción como a la escritura, especialmente a la primera. Creo que vivimos una etapa de deslumbramiento con las inteligencias artificiales, porque aún no conocemos la herramienta y eso va a llevar a aberraciones y excesos. Eso sí, un uso ético y sensato de la IA puede ayudar a estructurar mejor un texto o darte ideas respecto a un término.
Todo apunta a que las traductoras-escritoras seguiremos existiendo, porque no nos pueden matar los sentimientos ni la imaginación, que es lo que no tiene la inteligencia artificial, y nacerán más niñas curiosas y creativas como Gudrun Palomino con La lejanía de nuestros cuerpos, Eva Gallud y su Letanía del frío o Raíz de ave, María Alonso Seisdedos con As Jermaine, Irene de la Torre y su colección de relatos Crema solar, Gloria Fortún y su Adulta funcional, Amelia Serraller y su Madero de sueños, el gran Piso compartido de Ana Flecha o Las lechuzas no son lo que parecen de quien escribe estas líneas.

Noemi Risco Mateo (Barcelona, 1978) es traductora editorial desde 2005, de inglés, alemán y catalán a español. Licenciada en Traducción e Interpretación, con un posgrado en Traducción Literaria y un máster en Escritura Narrativa, tiene publicadas más de 130 traducciones, entre las que destacan autores como Michael Ende, Louisa May Alcott, Bram Stoker o Daphne du Maurier. Aunque en un principio se especializa en géneros fantásticos, a los que sigue dedicándose porque le apasionan, así como la literatura infantil y juvenil, tiene especial interés en las historias que hacen sentir bien a lectores de todas las edades o aquellas donde la naturaleza es la protagonista. Publicó su primera novela Las lechuzas no son lo que parecen a finales de 2024 con Pregunta Ediciones y acaba de terminar un libro de relatos que espera que salga pronto a la luz.





