Cómo empecé a traducir, VII
Viernes, 28 de agosto de 2026.
Continuamos con la serie «Cómo empecé a traducir», construida a partir de la conversación de los socios y presocios de ACE Traductores en la lista de distribución de la asociación.
Elías Ortigosa: Me parece valiosísimo todo lo que estáis contando. Me hace admiraros aún más (y ya es decir). Si queda alguien por participar, que no se corte, que esta lista es una escuela y quién sabe si estos testimonios servirán incluso a colegas que ni siquiera han nacido y nos leerán en un futuro (dejadme soñar que aún queda futuro).
Amelia Serraller: Mis primeros pinitos con la traducción los hice en Polonia en 2009, como doctoranda de Filología Eslava. Estudié la carrera por el fervor y furor que siento hacia las literaturas rusa y checa. Las vicisitudes de la vida quisieron que el checo en la Complutense fuera un idioma marginal, del que sólo se podía estudiar el nivel inicial. Pero gracias a esta extraña circunstancia descubrí la cultura polaca, el increíble sentido de humor de su literatura, la intrincada historia (no siempre trágica), el teatro de vanguardia de Kantor, Lupa, Grotowski, etc. y la magnífica e inagotable música.
Estudiar filología polaca en la Universidad Jagellónica de Cracovia, sin perecer como extranjera en el intento, imprime carácter. Y más si lo compaginas con el ruso, cuyo nivel también era más alto por aquellos lares.
Luego, trabajar en la Universidad de Breslavia y ser nativa fue una doble garantía para mis clientes polacos. Me puso además en la tesitura de hacer traducción simultánea y consecutiva. Como filóloga, no creo que hubiese dado el salto a la simultánea si no fuera con «una oferta que no podrás rechazar»». Y fue así cómo descubrí que no solo lo sacaba adelante, sino que tenía madera de intérprete.
Sinceramente, mis primeros libros fueron puramente alimenticios, un ciclo de Wanda Prątnicka sobre exorcismos. Con lo fácil que fue entrar en el mercado polaco, confieso que me costó mucho ganarme la confianza de editores españoles. Sobre todo, sin raíces ni un marido eslavo, y viviendo nuevamente en España.
En mi caso, la oportunidad me la dio Malcolm Otero Barral con una gran novela, Las nieves azules de Piotr Bednarski. Quiso el fatum que Barril y Barral quebrase justo antes de publicarlo, pero recibimos una prestigiosa subvención y, cuatro años después, la novela salió publicada en Malpaso.
Entre medias, me asocié y empecé a traducir mucho más. Con sellos independientes como Amargord, Armaenia y Facta, pero también con editoriales de más empaque como Bartleby, Akal o Páginas de Espuma.
En 2019, en una ceremonia en el Palacio Real de Varsovia, el gobierno polaco me concedió la medalla Gloria Artis por mi contribución a la difusión de la literatura polaca. La primera sorprendida con la noticia fui yo, pero ha sido también un reconocimiento a unos 34 libros traducidos del polaco, años vividos allí con el modesto sueldo de una profesora asociada de universidad pública, muchas clases impartidas y recibidas, horas sin dormir sobre los teclados, o las canas que me salieron (estoy convencida) de traducir a grandes autores como Józef Wittlin, Ryszard Kapuściński o Jan Polkowski.
Cuando pienso en mi trayectoria, lo único que lamento (aparte de la congelación de tarifas y la dictadura de la IA) son las tensiones creadas a partir de la guerra a gran escala entre Rusia y Ucrania. Traduzco también de ambas lenguas y no es algo que todos comprendan ni digieran fácilmente…
Rosana Esquinas: Me sumo al centón para motivar a los que están empezando y transmitir que se necesita formación, paciencia y un poquito de suerte.
Como muchas de las que habéis escrito, yo también llegué a la traducción porque leía mucho (ahora no tengo tanto tiempo), me leía hasta la página de créditos y al leer eso de «Traducción de…» pensé que me gustaría ser esa persona. No estudié latín ni griego en el instituto, cosa rara, pero sí que pude estudiar el Grado en Traducción e Interpretación en la Universidad de Alicante, y eso me confirmó que quería dedicarme a lo que me dedico hoy en día.
En mi caso, todo empezó en 2022, tras años mandando currículums a editoriales mientras me dedicaba casi a tiempo completo a traducir audiovisual tanto de inglés como de alemán y seguía formándome, después de cursar el Máster en Traducción Editorial de la Universidad de Murcia se me metió entre ceja y ceja la idea de hacer una tesis doctoral que por fin defendí en febrero de este año en dicha universidad. La primera editorial que me hizo caso fue Siruela, tenían una colección que ya no editan que se llamaba Tiempo de mirar, libros sobre meditación, naturaleza, bienestar, esas cosas. La persona que solía encargarse de la colección no tenía disponibilidad, me hicieron una prueba y me encargaron el libro en cuestión. Después, llegaron dos más y se acabó la colección (¡Ohhh!). Me asusté, me agobié y dije, pues hasta aquí mi corta carrera. No soy nada dramática.
A pesar del parón, seguí mandando mi currículum, ahora por fin tenía una muestra de mi trabajo y pensé que me harían más caso, pero no fue del todo así. Mi siguiente encargo llegó a raíz de la editora de mesa de Siruela que me corrigió en aquel entonces y que ahora trabaja en HarperCollins, tenía prisa por traducir un libro y me dijo: «recuerdo que no había que corregirte mucho» (igual me hizo la pelota para que aceptara, pero funcionó). Después de aceptar ese encargo atropelladísimo, he ido enlazando varios libros con ella hasta el día de hoy. Después, justo en esa época una buena compañera de la lista a la que pude conocer personalmente por vicisitudes de la vida (no digo su nombre por si le da corte, pero tú sabes quién eres, amiga), me comentó que una de las editoriales para las que trabajaba quería encargarle la traducción de un libro de no ficción pero ella no tenía disponibilidad, les pasaría mi contacto por si les podía encajar mi perfil y, otra vez, tuve suerte. Tras ese libro, vinieron muchos más y ya me dedico más a traducir libros que a traducir audiovisual, así que estoy muy contenta.
Mi conclusión es que hay que moverse, conocer gente, estar preparada para aprovechar la oportunidad cuando llegue y tener mucha paciencia mientras tanto.
Ángel Ferrer: Comencé a traducir llevando la contraria a mi mentor de poesía. Me interesaba el significado preciso de los poemas. Algo, que no sé qué es, me decía que lo que se plasmaba no era exactamente lo que quería decir el poeta en cuestión en su lengua original.
Tras muchas sugerencias sobre que es imposible traducir bien seguí no haciendo caso, y comencé a traducir textos por mi cuenta de manera autodidacta teniendo en cuenta mis conocimientos de creación y construcción de poesía y mi experiencia. De esta manera fui aprendiendo a escribir en inglés literario, palabra por palabra, sentido a sentido.
Después cursé un máster de traducción en la escuela Billar de Letras de Madrid, en el que pulí estos aspectos entre otras cosas, ya que me di cuenta de que era un traductor constructor, no filológico. En este máster participé en las traducciones de los libros Un sonido atronador, de Ray Bradbury, y La leyenda de Sleepy Hollow.
Mi primera traducción publicada fue el poema de Edgar Allan Poe, El Cuervo, con la editorial Tregolam. Traducción que me costeé yo mismo. Igualmente hice con un audiolibro de poemas sobre el mismo autor, con la editorial Bubok. Que al ver la calidad de mis textos me propuso traducir El Principito. Libro que se han publicado el año pasado en la serie Con LetraGrande.
Ahora mismo estoy en fase de profesionalización, construyendo una web personal para mostrar mi trabajo y seguir llevando la contraria para seguir traduciendo.
José Luis Piquero: En los años noventa yo era periodista y trabajaba en la redacción de un semanario. También publicaba poesía, y mis primeros intentos de traducción fueron poemas ingleses sueltos en revistas y libros colectivos. Finalmente surgió la ocasión de hacer una antología de poesía inglesa en lengua asturiana. Más adelante me encargaron traducciones de otros libros, sobre todo teatro norteamericano, siempre a lengua asturiana. Pero era una actividad digamos secundaria, un extra que me divertía, porque yo me ganaba la vida como periodista.
En 2005, por motivos sentimentales, me fui de Asturias a Huelva tras pedir la cuenta en el periódico. Necesitaba un trabajo, reinventarme profesionalmente. Un amigo me puso en contacto con Marisa Trigo y Joan Capdevila, de Navona, que me encargaron una traducción de Mark Twain. Fue mi primera traducción al español y la hice sin ninguna idea de profesionalización en el horizonte. Quedaron contentos y me encargaron más. Durante años estuve trabajando para ellos casi exclusivamente, un libro tras otro, siempre narrativa. De forma natural se produjeron contactos con otras editoriales y empecé a trabajar en varios frentes. Sin habérmelo propuesto tenía una profesión que me permitía vivir si estaba dispuesto a trabajar muchas horas. Lo estaba. Me encantaba el trabajo y no quería cambiarlo por otro mejor pagado. Sigo pensando lo mismo, después de 109 libros. He traducido sobre todo narrativa, aunque también ensayo. Algo de memorias, poca poesía. Algunas experiencias curiosas. Creo que soy de los pocos traductores españoles que ha traducido dos libros a dos lenguas distintas: Bartleby el escribiente al asturiano en 2005 y al español en 2019, y Cuento de Navidad al asturiano en 2006 y al español en 2024.
Soy pobre pero feliz. Me pagan (poco) por hacer lo que me gusta.
Aroa Masa Corral: Llevo unos días queriendo añadir mi experiencia a este maravilloso centón. ¡Gracias a las personas que lo habéis planteado y a las que habéis respondido!
En mi caso, después de mucho pelear por una oportunidad traductoril, vengo a poner en valor una opción que hasta hace relativamente poco no se me había pasado por la cabeza: la traducción colectiva.
Hace un par de años, buscando más formación en el ámbito de la traducción literaria, algo que ayuda como bien dice Rosana, me apunté al máster en Traducción literaria y mundo editorial de Billar de Letras. Ahora afirmo que se trata de una experiencia maravillosa, ya que creo que una de las mejores escuelas es debatir, escuchar y aprender del resto de personas que intervienen en ese texto; fue una ilusión tan grande ver mi nombre en la portada del libro que se publicará próximamente que valió la pena experimentar todos los malestares que viví con anterioridad. Es más, sentir que no cargas sola con la responsabilidad de trasladar esas palabras, esas ideas y esa manera de pensar del autor/a creo que es fabuloso en una profesión solitaria y en la que en ocasiones cuesta individualizarse.
Espero que desde este momento en el que ya poseo una carta de presentación ante las editoriales, otro punto que coincido con Rosana en que también allana el camino, la suerte y el azar me acompañen además de alguna recomendación de las compañeras tan generosas que formamos esta lista.
Javier Roma: Os leo (también a algunas de las anteriores entregas de la serie) y cómo resistirme a la colecta.
Cuando salí de mi disfrutona formación humanística en musicología me urgía un oficio con el que monetizar lo mío. Primero se me ocurrió, en 2017, tirar por el periodismo (que estaba y está fatal pagao, como atestiguan otros testimonios del centón) mientras daba clases particulares y trabajaba en un call center. Luego me orienté hacia la traducción.
Empecé con traducciones de marketing, hice un máster en traducción por aquello de quitarme el síndrome del impostor y enseguida nació en mí el deseo de traducir libros, porque la cabra tira pal monte (bien lo sabe Irene Oliva y tantas otras de ustedes). Es más, osadamente consideré que mis frikadas musicófilas podían tener cabida en el saturado engranaje editorial.
Propuse un libro de un antiguo profesor francés que tuve y acerté a la primera (bien, pero mal porque pensé que sería siempre así). Durante dos o tres años acepté con entusiasmo algunos encargos (de novelas, cómics, infantil, juvenil, ensayo…), pero en realidad lo que me gustaba era el chafardeo de proponer títulos. Así que, con más o menos dedicación según me lo permita la vida, le voy echando ratitos a maquinar propuestas. Muchas no llegan a ninguna parte, pero cuando lo hacen es un gustazo tremendo. La bicefalia scouter-traductor, a pesar de los pesares, me parece una manera lenta pero hermosa de armarse un corpus propio de trabajos.
Esto del scouting lo hago, por cierto, porque de lo que vivo desde que me orienté hacia esta profesión es de lo que me gusta llamar «trabajos textuales»: de tradus alimenticias, de algunos libros por encargo que tienen relativamente buenas condiciones, de correcciones, de ser un buscavidas, en general. Es decir, no vivo de los libros (porque malamente viviría), aunque me cuesta imaginar una vida sin ellos. Tampoco me imagino dedicarme a esto sin mucha de la gente generosa y atenta que puebla este bello oficio.

Ellen Thesleff (1869 -1954)
Jorge Seca: En los primeros cursos anuales como estudiante en la Facultad de Filología de la Universidad de Barcelona, disponía de un mayor conocimiento de la lengua francesa que de la alemana. Ahora bien, yo deseaba cursar Filología Germánica y especializarme en literatura alemana. Durante los estudios, mi padre me pidió que le tradujera un manual de instrucciones de un aparato suizo para secar setas. Fue mi primera traducción consciente. Para profundizar en el conocimiento del alemán, traduje en tercero de carrera Las cartas de la monja Marianna Alcoforado, pero lo hice a partir de la traducción de un original francés que realizó Rilke. Con ese original francés que yo podía leer en aquellos momentos sin contratiempos, y con la traducción alemana de Rilke, pude ir explorando la sensibilidad del poeta y fui abriéndome la senda para la lectura más completa posible, la lectura de un traductor. Se trata de una traducción que sigue a rajatabla la enseñanza más honda que recibí en la facultad de Filología: el amor y el respeto absoluto por el texto original. Al acabar la carrera, mi compañero y amigo Jaime Fejóo y yo tradujimos al alimón el ensayo de Friedrich Schiller, La educación estética del hombre. Nuestra primera clase magistral sobre traducción nos la impartió Eustaqui Barjau una tarde infinita de sonrojos en el Café Vienés (Casa Fuster) de Barcelona. Le llevamos el manuscrito de nuestra traducción y el profesor y traductor nos lo corrigió marcando en todas las páginas sus sugerencias y correcciones con un bolígrafo de tinta roja. Aquella tarde nos comimos todas nuestras ínfulas juveniles y aprendimos que además del amor total por el texto original debíamos tener en mente al lector de nuestra época. Cuatro o cinco horas bastaron para volvernos humildes y comprender la enorme responsabilidad y atención que requiere la traducción literaria y filosófica. Años más tarde, durante un curso de doctorado, el profesor, poeta y traductor José María Valverde nos hizo ver la impropiedad de la traducción del título. Lo cambiamos por La educación estética de la humanidad y realizamos una revisión completa de nuestra traducción que la editorial Anthropos había publicado en 1990. Esa revisión, junto con otros ensayos de estética de Schiller y otros escritos de la época, no han visto todavía la luz. Luego siguieron traducciones de E.T.A. Hoffmann, Alfred Döblin, Franz Kafka… pero esa es ya otra historia. Todo comienzo es arduo, pero un paso sigue a otro paso y se hace buen camino al andar cuando en las botas llevas guardadas enseñanzas de por vida.
Puerto Barruetabeña: Estoy leyendo los testimonios de estos centones con mucho interés y me ha surgido una reflexión. En todos ellos, sean de compañeros llegados a la profesión hace poco o de más veteranos, se repiten tres cosas: primero y principal, la perseverancia. Segundo, las ganas de contradecir a alguien que dijo en algún momento que no se podía conseguir. Y tercero, la importancia de la comunidad, de traductores y de profesionales del libro en general, y del boca a boca.
En mi experiencia personal también se repiten esas tres cosas (agradecidísima sigo estando al gran consejo que me dio Celia Filipetto, allá por 2011 en un sarao de traductores, de que perseverará, que las cosas acababan llegando. Qué razón tenías, amiga; el mejor consejo profesional que me han dado) y son también detalles en los que hago hincapié siempre que doy charlas o cursos sobre traducción a estudiantes universitarios.
Creo que son consejos muy valiosos en la carrera para la carrera de un traductor y los resumo en este mensaje por si a alguno de los futuros traductores que está empezando les sirven para aferrarse a ellos y seguir en la brecha.
Y me vuelvo a mi propia brecha, que me aprieta un plazo.
Seguid contando, que seguimos leyendo.
Abrazos a todos





