Entrevista a José Luis López Muñoz, in memoriam

Lunes, 3 de agosto de 2026.
A finales del mes de julio falleció nuestro amigo y maestro José Luis López Muñoz, socio fundador de ACE Traductores. Recuperamos aquí en su memoria la entrevista que publicamos en VASOS COMUNICANTES 17.
Es un traductor veterano donde los haya. Tiene un currículo de los que quitan el hipo y un prestigio sobradamente merecido. Recibió el Premio Fray Luis de León (hoy Premio Nacional de Traducción) en 1980. Su formación es a un tiempo vasta y profunda, y su nómina de autores traducidos un verdadero lujo para cualquier traductor de inglés. Henry James, Jane Austen, E. M. Forster, William Faulkner, Scott Fitzgerald o Rudyard Kipling son algunos de los pesos pesados vertidos a un exquisito castellano por José Luis López Muñoz. Pero lo más asombroso es el recato y la elegancia con que lleva tan extraordinario bagaje. Catalina Martínez Muñoz tiene el placer de conversar con él al calor de agosto.
Catalina Martínez Muñoz: Cuarenta años de ejercicio profesional son palabras mayores. Supongo que a lo largo de este periodo has sido testigo de algunos cambios en la profesión y, como en todo proceso de cambio, quizá percibas ganancias y pérdidas. ¿Qué avances te parecen más importantes? ¿Hay algo de lo que sientas nostalgia?
José Luis López Muñoz: Me pones en un aprieto. Testigo, lo que se dice testigo, he sido testigo de pocas cosas. Si hubiera trabajado 40 años en la misma fábrica, probablemente sería inevitable que me hubiera fijado en cierto número de cambios, desde los jefes, supongo, a las instalaciones mismas. Quizá he sido siempre un traductor sui géneris. Lo digo porque a lo largo de mi vida he trabajado con un número bastante reducido de editoriales. Las ganancias me parece que son casi todas de tipo técnico. Mi primera traducción la empecé a mano. He usado bastantes años una máquina de escribir que no era ni eléctrica ni electrónica y había que darle fuerte a las teclas. Las correcciones se hacían tachando, sencillamente, o bien con ayuda de Tipp-ex. El último frasquito que guardaba se me quedó solidificado por falta de uso hace ya varios años. En los últimos tiempos los avances son espectaculares. Diccionarios en pantalla, enviar y recibir trabajos por Internet, infinitas posibilidades de documentación, demasiadas, quizá. Pero, pensándolo bien, quizá el cambio más notable sea que hay mucha más gente que aprende idiomas y mucha más gente a quien se le ocurre la traducción como salida profesional. Siempre recuerdo que en el siglo XIX las traducciones del inglés se hacían desde el francés, porque había muy poca gente que supiera inglés. Y es sin duda una cosa excelente que muchos traductores actuales hayan tenido profesores de traducción. El posible inconveniente es que no estoy seguro de que se sepa muy bien castellano. Leo todos los días demasiadas cosas en los periódicos que me desesperan. O las oigo por la radio o la televisión. Y, al parecer, no se trata de malas traducciones, sino de cómo piensan, o cómo se expresan las personas.
Catalina Martínez Muñoz: ¿Crees que desde que empezaste a ejercer la traducción ha cambiado en algún sentido la misión del traductor en la sociedad?
José Luis López Muñoz: No sé muy bien qué contestarte. Nunca me han pedido que tradujera algo que fuese contra mis convicciones o mi sentido de la moral. Y quizá con los años me he ido volviendo casa vez más laxo. Homo sum, humani nihil a me alienum puto. Lo dijo Terencio. No sé si es verdad en mi caso, supongo que no, pero me gusta creérmelo.
Catalina Martínez Muñoz: Siguiendo un poco en la línea anterior, y con la idea de ir construyendo una breve historia de lo que ha sido la traducción en nuestro país durante las últimas décadas, me gustaría que hablásemos un poco de la incidencia que han tenido los procesos sociales y económicos en la industria editorial. ¿Qué cambios destacarías, tanto en la producción de libros como en la actitud de los editores?
José Luis López Muñoz: Al final, lo que me asombra siempre, cada vez que entro en una librería, es la enorme cantidad de libros que se publican. Y también me asusta pensar que, cada vez más, los libros son flor de un día. Que inevitablemente, si algo se publica hoy, mañana será ya una antigualla, porque se habrá publicado otro nuevo libro y habrá que hacerle sitio en el limitado espacio que hay para mostrárselo a los posibles compradores. En cierta medida, aunque oigamos todos los días voces agoreras que anuncian la desaparición del libro, al menos del libro tradicional, cuesta trabajo creérselo. Supongo que es verdad que la globalización, por llamarla de alguna manera, afecta al mundo del libro. Del mismo modo que en la industria cinematográfica hace ya treinta o cuarenta años que empezaron a desaparecer los antiguos productores que habían echado los dientes en el cine para ser sustituidos por gestores sin otro mérito que las cuentas de beneficios, quizá conseguidas en otras industrias que nada tenían que ver con el cine, algo semejante ha pasado y está pasando con el mundo del libro. Las grandes empresas, las multinacionales de la edición funcionan pensando más en el dinero que en otra cosa. Supongo que todo eso es cierto, pero a alguien le debe gustar todavía publicar libros, por los libros mismos; de lo contrario imagino que se dedicarían ya a otra cosa que diera menos quebraderos de cabeza y que no fuera tan imprevisible. Me entristeció recientemente, tengo que confesarlo, que una editorial que ha tenido siempre una idea de la edición como actividad a largo plazo, que ha sido siempre una editorial cuya mayor fuerza es su «fondo editorial» se viera obligada a destruir una serie de libros porque no se venden un mínimo número de ejemplares al año. Es triste, pero tampoco se acaba el mundo.
Catalina Martínez Muñoz: ¿Cómo fueron tus comienzos como traductor? ¿Cómo llegaste a ser traductor?
José Luis López Muñoz: Sin duda, llegué a la traducción de rebote. Mi primera idea, cuando terminé el bachillerato, fue la medicina. De hecho, terminé la carrera en 1956, pero ya antes había empezado a tener dudas sobre lo que estaba haciendo y en 1953 ingresé en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, que más adelante se convertiría en la Escuela de Cine. Carlos Saura era todavía alumno, Luis G. Berlanga profesor de guion y Manolo Summers, que en paz descanse, pertenecía a una promoción uno o dos años posterior a la mía. Luego me marché a Roma, porque me había hecho miembro de una organización religiosa, y eso me desconectó de la medicina y del cine.
En Roma, sin embargo, mantuve hasta cierto punto mi interés por el cine leyendo con cierta asiduidad Cahiers du Cinéma, por entonces la revista de cine más prestigiosa de Europa. Entre los críticos que colaboraban asiduamente figuraban Jean-Luc Godard, François Truffaut, Claude Chabrol, Éric Rohmer y Jacques Rivette, todos ellos, como es bien sabido, directores que después marcarían el rumbo del cine francés. Excepto Truffaut, todos siguen en activo. Puede decirse que la nouvelle vague, la nueva ola francesa, aún estaba por inventarse. El éxito de Truffaut en Cannes no llegaría hasta 1959. Los 400 golpes, la película que, junto con À bout de souffle (El final de la escapada en castellano), fue algo así como el manifiesto fundacional de la nueva ola, tenía una dedicatoria, algo que suelen tener pocas películas, aunque sea frecuente en los libros. La película estaba dedicada a André Bazin, muerto un año antes, en 1958, a la edad de cuarenta años, después de una larga enfermedad. André Bazin había sido el fundador de La Revue du Cinéma, que en 1951 se convirtió en Cahiers du Cinéma. André Bazin fue el mentor de François Truffaut, que tuvo una infancia tan conflictiva como la del héroe de Los 400 golpes. Poco después de la muerte de André Bazin, algunos de sus artículos se recogieron en una obra en cuatro tomos —no muy voluminosos—, con el título general de Qu’est-ce que le cinéma? De la coherencia del pensamiento de su autor quizá dé idea el hecho de que una serie de artículos, publicados a lo largo de bastantes años y motivados casi siempre por la actualidad cinematográfica, es decir, sobre todo por estrenos de películas, se pudieran organizar hasta producir con ellos una obra unitaria. La primera parte, por ejemplo, titulada «Ontología y lenguaje», ofrece una teoría de la imagen y del lenguaje cinematográficos sin la que no es posible concebir la evolución posterior del estudio del cine como forma artística. ¿Qué es el cine? fue el primer libro que traduje. Y lo hice sobre todo por el deseo de dar a conocer a Bazin. De manera que ni siquiera fue mi afición a la literatura, sino al cine, lo que me llevó a la traducción. Conocía a la gente que llevaba la colección Libros de Cine, de Rialp, que por aquellos años publicaba cosas interesantes, y ya no recuerdo si me lo propusieron ellos o se lo propuse yo, pero así fue como empecé. Después me pasé a la literatura, y traduje, para Novelas y Cuentos, Los europeos, de Henry James, Emma, de Jane Austen, y El nadador, de John Cheever, autor por el que siento especial cariño. En el año 68 también publicó Novelas y Cuentos una antología por mí preparada —con más entusiasmo que discernimiento— para dar a conocer a novelistas estadounidenses por medio de narraciones breves. La lista no estaba mal: Bellow, Capote, Cheever, Malamud, McCullers, O’Connor, Purdy, Roth (Philip) y Updike. Pero la idea era un poco descabellada y falta de rigor…

Con Catalina Martínez Muñoz en la feria del Libro de Madrid, 2002
Catalina Martínez Muñoz: El traductor, como todo hijo de vecino, tiene sus filias y sus fobias. ¿Cuáles son las tuyas? ¿Hay algún libro o autor por el que sientas un cariño especial? ¿Alguno que detestes? ¿Alguno que te haya puesto las cosas más difíciles?
José Luis López Muñoz: Empiezo por las fobias. Detesto los doblajes. Y cuanto más viejo me hago, más los detesto. Me parecen, en cambio, muy bien los subtítulos, incluso en TV, aunque ya sé que el público televisivo cambia automáticamente de canal cuando le ponen una película subtitulada, según cuentan los que se dedican a las estadísticas de ese género. Bien. Qué se le va a hacer. Pero pocas cosas me parecen tan ridículas como un japonés o un chino hablando en español. Cuanto más exótico el idioma y más distintos de los nuestros los gestos y la entonación que lo acompañan, más necesario me parece respetar el sonido original, aunque no sé entienda. Una manía, sin duda. Y detesto a Erich Segal, un señor del que traduje una novela después del éxito que tuvo con Love Story. Un señor tan cursi que aseguraba haber llorado mientras escribía la tal novela. Imagino que lloraba de risa pensando en el dinero que se iba a embolsar.
¿Libros y autores por los que siento un cariño especial? Bastantes. Ya he citado a Cheever. Hay otros a los que me hubiera gustado traducir. Un autor de novelas de ciencia-ficción, a las que soy muy aficionado, aunque leo pocas últimamente. Californiano, un tipo bastante curioso, pero que escribió al menos diez de las mejores novelas de ciencia ficción de todos los tiempos: Philip K. Dick. También me gustaría traducir a Robertson Davies, un escritor canadiense, novelista, autor teatral, crítico y ensayista, muerto no hace mucho, ya octogenario, autor de tres trilogías que son otras tantas delicias, pero que es muy poco conocido en España. La primera novela suya que leí, What’s Bred in the Bone, me causó una impresión imborrable. También me he quedado con las ganas de traducir a Rohinton Mistry, otro canadiense, aunque naciera en la India. Alianza me ofreció A Fine Balance, que aquí se ha traducido por Un perfecto equilibrio, pero al final la editorial se echó atrás; cuando se me ocurrió proponérselo a Alfaguara (siempre he sido un poco lento de reflejos) me dijeron que ya la había contratado otra editorial.
Catalina Martínez Muñoz: Cuando traduces a un autor vivo, ¿sueles tener contacto con él? ¿Recurres al autor para consultarle tus dudas?
José Luis López Muñoz: La verdad es que no he traducido a demasiados autores vivos. Siempre hay colegas que dicen preferir a los muertos porque no dan la lata. De todo hay en la viña del Señor. A mí, al menos, todavía no me han obsequiado con pesadillas, aunque quizá más de uno se haya removido en la tumba. Pero sí; tengo dos experiencias bastante recientes de trato con autores vivos que han sido útiles y gratificantes. Peculiar la de Alberto Manguel, argentino de origen judío, nacionalizado canadiense en 1985, que escribe habitualmente en inglés. Alianza me encargó la traducción de su A History of Reading (Una historia de la lectura), un libro muy culto y muy ameno, cuya lectura recomiendo vivamente, y tuve ocasión de consultarle dudas y de hacerle algunas sugerencias. Aunque habla el español como cualquiera de nosotros, opina que «no vive en el idioma» y prefirió que la traducción la hiciera otro. Luego lo conocí en persona cuando se hizo la presentación del libro en Madrid. La otra experiencia ha sido posible gracias a Internet y al correo electrónico.
Andrew Crumey es un escocés que vive desde hace años en Newcastle-upon-Tyne, ciudad en cuya universidad fui lector de español durante un curso académico en los años sesenta. Siruela me propuso traducir Pfitz, la segunda novela de Crumey. Su lectura me sedujo y acepté encantado. Pfitz me parece una delicia. Crumey no ha cumplido aún los cuarenta y se mueve por Internet como Pedro por su casa. Su editor, Eric Lañe, a quien conocí en Valencia la primavera pasada, me mandó su dirección electrónica. Le escribí y creo que me contestó el mismo día. Algunas de sus respuestas a mis preguntas fueron de verdad iluminadoras. En un futuro próximo voy a traducir otra de sus novelas, D’Alembert’s Principle, y espero que eso dé ocasión para que reanudemos correspondencia.
Catalina Martínez Muñoz: Dando por bueno el axioma de que el traductor es antes que nada y sobre todo un amante de la literatura, ¿qué lecturas crees que te marcaron más durante la juventud? ¿En qué momento te contagiaste del virus de la literatura?
José Luis López Muñoz: Cuando yo tenía quince o dieciséis años leíamos unas cosas más bien raras, bien mirado. Leíamos Algo flota sobre el agua y Las cárceles del alma de Lajos Zilahy, leíamos Los que vivimos, El manantial, de Aynd Rand, leíamos Cuerpos y almas, de Maxence Van der Meersch; leíamos a Vicki Baum, una autora de best sellers internacionales que murió en Hollywood en 1960. Leíamos a Jacob Wasermann, El hombrecillo de los gansos. Leíamos algunas cosas de Thomas Mann, La montaña mágica, como es lógico. No sé si la reaparición de la tuberculosis como una de las plagas del siglo XXI hará que se vuelva a leer esa novela. Luis Carandell, en sus memorias recientemente publicadas, aludía a los «ganglios». Todos los niños de la postguerra tuvimos «ganglios» y nuestras madres nos llevaban al especialista para ver si habíamos superado con éxito la primoinfección tuberculosa. También Cela escribió su novela sobre la tuberculosis Pabellón de reposo. Somerset Maugham escribió Sanatorium. Leíamos, fíjate, a Cecil Roberts, Estación Victoria a las 4,30, que debe de ser un best seller avant la lettre donde los haya. Leíamos a J. B. Priestley, un escritor interesante, sin duda, y autor de algunas obras de teatro muy eficaces: Llama un inspector, La herida del tiempo, etc. Lo que yo leí entonces fue El callejón del ángel, una extensa novela que me cautivó. El colmo de la sofisticación para mí fue leer Contrapunto (1928), de Aldous Huxley. Por entonces la vanguardia de la edición en español estaba en Argentina. Mi ejemplar de Contrapunto, octava edición de la novela (1950), traducción de Lino Novas Calvo, es de la Editorial Sudamericana. En español se publicó por primera vez en 1933. Creo que antes o, por entonces, leí también Un mundo feliz (Brave New World, 1932). Leíamos La ciudadela, de A. J. Cronin. Las novelas de Daphne du Maurier, Rebeca, La posada Jamaica; Vinieron las lluvias, de Louis Bromfield. Muy amigo de Humphrey Bogart, por cierto. Boggie se casó con Bacall en su casa, en Ohio. Leíamos a Stefan Zweig. Novelas, que, en general, tenían muy poco que ver con lo que realmente pasaba en el mundo por aquel entonces. De manera que no podría ponerle una fecha muy precisa a mi interés por la literatura; leía lo que me llegaba a las manos. Sacaba libros en préstamo de algunas bibliotecas. Recuerdo una sala de lectura que había en la misma Biblioteca Nacional, en los bajos, a la derecha, según se entra. Allí también leía novelas. Debía de tener trece o catorce años. Supongo que era en vacaciones. Ya en la universidad, recuerdo haber leído con un poco más de discernimiento a Unamuno y a Kafka, por ejemplo. Pero tal vez lo que más recuerdo de mis dieciséis años es el ansia infinita de leer. No había entendido aún que una de las ilusiones más vanas de los seres humanos es la de «estar al día». Aunque entonces no era preocupación por «estar al día» sino pura y simple curiosidad, acompañada de falta de información. Tengo bastante claro que tardé en enterarme de que las traducciones eran traducciones. Habría que decir más bien que tardé en enterarme de la existencia de los traductores. Pienso en libros fundamentales de mi primera adolescencia, en las novelas de Mark Twain, como Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn y en un libro que me regalaron mis padres, que contenía, además, Tom Sawyer detective y Tom Sawyer en el extranjero, la historia de un curioso viaje en globo. Una de esas historias que hacen soñar a un adolescente. El primer libro que compré con dinero mío (mío porque, si no recuerdo mal, me lo encontré por la calle, probablemente un billete de 25 pta.) fue Grandes esperanzas de Pip, la novela de Dickens, en la colección Crisol, de Aguilar. Y estoy seguro de que no me planteaba que aquello no era lo que Dickens había escrito.
Catalina Martínez Muñoz: Creo haberte oído decir en alguna ocasión que, frente a las nuevas generaciones de traductores, con una formación más «científica» (según tus propias palabras), más específicamente lingüística o «traductológica», tú eres un traductor intuitivo. ¿Por qué estableces esta diferencia y dónde estaría la línea divisoria entre unos y otros?
José Luis López Muñoz: La diferencia no estoy seguro de establecerla yo. Es un hecho que se me ha impuesto con el paso de los años y el trato con otros traductores que tienen una actitud más reflexiva acerca del proceso de la traducción. Estáis, por un lado, los que habéis recibido una formación académica para dedicaros a la traducción, y estamos, por otro, los que no. Y aún, entre estos últimos, están los se han interesado más por la teoría de la traducción. Lo de intuitivo debe de ser, sencillamente, que, cuando se me presenta un problema, lo resuelvo como Dios me da a entender. Quizá lo de la intuición sea en el fondo algo así como una cuestión de oído para el idioma. Voy a citar, porque estoy de acuerdo con él, unas frases de un amigo mío traductor, aunque no literario. «A mí hay cosas que me suenan horriblemente mal. Muchos pensarán que eso no es un criterio válido, pero para mí lo es y creo que es bueno aplicar dicho criterio al escribir. Y es bueno saber si a otros ‘les suena mal’ esto o aquello… Entre otras cosas, determinar si algo ‘suena mal’ exige reflexionar sobre lo escrito y a menudo nos ‘suenan mal’ cosas que conscientemente no sabríamos criticar. Muchas veces, después de un tiempo descubrimos por qué tal o cual cosa ‘suena mal’; otras veces no, pero siempre queda la sospecha (que es una buena sospecha, a mi juicio) de que detrás de lo que ‘suena’ mal, hay algo que también ‘está mal’. Aunque no sea un criterio absoluto.»
Catalina Martínez Muñoz: ¿Sigues algún método concreto a la hora de abordar tu trabajo? ¿Cómo te enfrentas al texto?
José Luis López Muñoz: Ya te imaginas que te voy a decir que no tengo un método. Suelo leer el libro que voy a traducir para ver qué problemas me presenta de comprensión del texto. Los problemas de traducción, en general, sólo los adviertes cuando te sientas ante el ordenador y tratas de poner cada frase del original en castellano. Hay libros que me han parecido relativamente fáciles de traducir al leerlos y luego he visto que eran lobos con piel de cordero, por decirlo metafóricamente. Creo, sinceramente, que hay que revisar mucho las traducciones; que es necesario, después de haber hecho con seriedad una primera traducción, distanciarse del original. Es una de las cosas que creo que se aprenden con los años de práctica: a distanciarse más de la literalidad ya en la primera traducción. En cuanto a enfrentarme al texto, siempre lo hago con trepidación, como me enfrentaba con los alumnos cuando era profesor. Y hay días en que las cosas funcionan muy bien y la vida te sonríe y otros — eso también pasa con las clases— en los que no das pie con bola.
Catalina Martínez Muñoz: Cuando traduces a autores clásicos, ¿consultas las versiones castellanas ya existentes o recurres también a versiones en otras lenguas?
José Luis López Muñoz: Las versiones castellanas sólo las consulto después, cuando lo hago. Sí suelo consultar las versiones en otras lenguas, fundamentalmente francés, cuando llevo un rato intentando resolver un problema y no me gusta lo que se me ocurre. Pero la verdad es que, con mucha frecuencia, las castañas te las tienen que sacar del fuego tú solo (si es que al final las sacas). Es útil tener más de una versión en otro idioma, porque eso siempre proporciona más perspectiva. Quizá sea esa una de las cosas más importantes de la traducción: adquirir perspectiva para alejarte de la literalidad sin perder el sentido.
Catalina Martínez Muñoz: Olvidemos por un momento el mito de la intraducibilidad y seamos un poco arrogantes. ¿Crees que la traducción puede acercarse a la perfección? ¿Podrías citar algún ejemplo de traducción a tu juicio cuasi-perfecta?
José Luis López Muñoz: «Nobody is perfect», como le dice Joe Brown a Jack Lemmon al final de Some Like it Hot (Con faldas y a lo loco). Pero me parece admirable la traducción de Ángel Luis Pujante de «To his Coy Mistress», de Andrew Marvell, que VASOS COMUNICANTES acaba de publicar en su número 16. Recientemente, porque yo la he leído hace poco, me impresionó la traducción de Memorial del Convento (Saramago), hecha por Basilio Losada.
Catalina Martínez Muñoz: El momento de dar por finalizada una traducción es siempre difícil y doloroso. Es frecuente que a uno le asalten todo tipo de dudas, que el resultado le parezca en conjunto mejorable. No obstante, es preciso concluir antes o después con mayor o menor fortuna. ¿Cómo vives tú ese momento? ¿Hay algún trabajo del que te sientas especialmente satisfecho?
José Luis López Muñoz: Depende. A veces terminar un trabajo puede ser una verdadera liberación. Lo que hago cuando acabo un libro es pensar en el siguiente. El problema, para mí, se presenta cuando reviso traducciones mías de hace años y descubro muchas cosas que no me gustan. Es muy bueno para que se le bajen a uno los humos, si no los tenía ya suficientemente bajos. No se me olvidará nunca que, en uno de los relatos de Cheever, traduje alumni magazine por «el periódico de sus alumnas» cuando se trataba en realidad de «la revista de las antiguas alumnas de su universidad». Supongo que eso quiere decir que se aprenden algunas cosas con el paso de los años. No demasiadas, desde luego. Pero, cambiando de tercio, no hace mucho revisé la traducción de El diablo de la botella y otros cuentos, de Stevenson, publicada en 1979, una obra que lleva una docena de ediciones en el libro de bolsillo de Alianza y, aunque cambié cosas, me pareció que no estaba mal.

A lo largo de los años, José Luis, acompañado de Teresa Garulo, no faltó nunca a asambleas y encuentros de traductores
Catalina Martínez Muñoz: ¿Cómo ves el futuro de la profesión, a partir de tu experiencia y de tu conocimiento de la misma?
José Luis López Muñoz: Desde el punto de vista de eso que habitualmente llamamos el «reconocimiento social» creo que las cosas seguirán más o menos como hasta ahora. Estoy muy hecho a la idea de que el traductor es más bien un ser invisible, excepto para las gentes de la profesión y algunos lectores a los que habría que calificar como los happy few que se enteran de que existimos. Un problema de la profesión del que no se habla es el de la soledad. No sé si la soledad del corredor de fondo, pero algo parecido. Ignoro si todos esos jóvenes que en los últimos tiempos eligen dedicarse a esta profesión saben bien lo que les espera. A mí personalmente es algo que nunca me ha preocupado, pero me hizo pensar en ello una amiga que, hace ya años me dijo, ¿trabajar sola en casa? No sería capaz de hacerlo. Necesito relacionarme con otras personas todos los días. Ahora pienso que, si bien nunca lo he sentido como una carencia dolorosa, sí me parece que, con los años, la profesión me ha hecho más retraído, menos sociable, más bicho raro. No me extraña el éxito que tienen las listas de Internet para hablar con colegas y que son una auténtica ventana al mundo. Un poco limitada, pero ventana, al fin y al cabo.
Catalina Martínez Muñoz: ¿Te preocupan los cambios que puedan producirse con las nuevas tecnologías? ¿Crees que los traductores podrían beneficiarse de ellos en algún sentido?
José Luis López Muñoz: No me preocupan demasiado, la verdad. Creo que seguirán haciendo falta traductores, incluso aunque dentro de unos años sólo se publiquen libros en Internet, cosa que no creo que suceda. El beneficio para los traductores será, creo yo, sobre todo, la libertad cada vez mayor para hacer su trabajo donde quieran, sin depender de más horarios que los que se impongan ellos. Aunque ésa ha sido siempre la principal ventaja del traductor. Pero la informática está suponiendo un cambio para mejor, no cabe duda.
Catalina Martínez Muñoz: Formula tres deseos a san Jerónimo o al hada buena de los traductores.
José Luis López Muñoz: Por lo que a mí se refiere, creo que he llegado ya a la ataraxia. Quería que pusieran cerca de casa un cine donde dieran películas en versión original y ya lo han hecho. En cuanto a la traducción, ya no me quedan deseos. Espero que unas cuantas editoriales me propongan títulos que me gusten lo suficiente como para ponerme al tajo con ilusión. A los que dedicáis buena parte de vuestro tiempo a esta tarea tan ingrata que es intentar dar un poco de lustre a nuestra profesión os deseo que el futuro os depare alguna satisfacción y no sólo decepciones. Confieso que no soy optimista, excepto en el sentido de que yo disfruto con lo que hago y sé de mucha gente que no puede decir lo mismo.

José Luis López Muñoz, María Teresa Gallego Urrutia y Miguel Sáez, fotografía de Cristóbal Manuel para El País
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Con motivo del XX aniversario del Premio de Traducción Esther Benítez, José Luis grabó este breve vídeo:






