Cómo citar la Biblia (y qué Biblia citar), Noa Alarcón
Lunes, 28 de septiembre de 2026.
A pesar de que vivimos en una cultura judeocristiana, lo más normal es que la persona promedio, criada en entornos laicos, no tenga un conocimiento muy profundo de lo que es la Biblia o de cómo hay que citarla. Nadie nace sabiendo; el consuelo de tontos es que siempre ha habido alguien que lo ha hecho peor. Por ejemplo, la primera traducción al español de The Violent Bear It Away de Flannery O’Connor, en 1986, ignoró que el título provenía de Mateo 11,12 («…y los violentos lo arrebatan»), que es un versículo teológicamente controversial, muy citado y estudiado. Y precisamente por esa razón O’Connor la convierte en el eje central de su historia. En vez de eso, quitándole toda la potencia al título, quien fuera decidió que el libro en español se llamaría Los profetas. La buena noticia es que en las siguientes ediciones, años después, el error se subsanó. Lo dejamos aquí como ejemplo de que no siempre se hacen las cosas bien a la primera, pero siempre se puede aprender y enmendar. Por fortuna, la Biblia no es un texto con tendencia a cambios radicales a los que no se pueda seguir la pista.
Para mejorar la relación con las ideas, símbolos y referencia de este texto clásico, lo primero es saber que lo que parece compacto en realidad está hecho de un montón de textos diminutos, cosidos de diferentes épocas, estilos y lenguas. El Antiguo Testamento (lo que viene a ser el Tanaj, o Biblia judía) fue escrito en hebreo y arameo como mínimo unos cuantos siglos antes de la era común y en un lapso de tiempo de más de un milenio. En la mayor parte de los casos se trata de recopilaciones de tradiciones orales transcritas siglos después de su origen. El Nuevo Testamento, con los evangelios, las cartas apostólicas y el Apocalipsis, empezado a compilar y registrar en época del Imperio romano, utiliza el griego koiné como vehículo, porque era lengua franca del Mediterráneo. Pero «la Biblia» no comenzó a existir como tal hasta muchos siglos después, en un proceso de consenso y negociación entre diferentes identidades cristianas. Aun así, sigue sin ser un texto unificado. En la actualidad, una de las mayores diferencias en territorio cristiano está entre las Biblias católicas y las protestantes.[1] Simplificando, las Biblias católicas tienen más libros (los llamados deuterocanónicos) en el Antiguo Testamento: las Biblias protestantes prescinden de ellos. En algunas ediciones, el orden de los libros del Antiguo Testamento respeta el establecido por los judíos (la Torá o la ley, los profetas y los escritos), y en otras se sigue el orden cristiano (pentateuco, históricos, sapienciales y proféticos). Aunque la Biblia se tradujo siempre, incluso desde antes de existir como tal, la tradición actual de traducciones y versiones comienza a partir del siglo XVI y la Reforma protestante, cuando Lutero y los reformadores insistieron en que la Biblia no podía quedarse en el latín litúrgico, sino que tenía que traducirse a las lenguas vernáculas y ofrecer su lectura a cuanta más población mejor. Los católicos, a pesar de oponerse en un principio, más tarde (y sobre todo después del Concilio Vaticano II) se sumaron a la tradición traductora y utilizaron su gran músculo académico para añadir al canon algunas de las mejores traducciones[2] al español.
Las diferencias entre una versión de la Biblia y otra a menudo son mínimas, a menudo más basadas en el tono y el léxico, que en el significado en sí. Las traducciones, sobre todo cuando se han hecho desde los textos originales, suelen coincidir en la grandísima mayoría de casos: excepto donde no lo hacen, y ahí reside el problema. Pero esa es una cuestión que han de resolver los teólogos, si pueden. Así que aquí os cuento las mejores opciones para no meterse en un berenjenal ajeno sin querer. Lo primero es fijarse si el contexto de lo que estamos traduciendo es católico o protestante; y, lo segundo, si en el original se cita una versión de la Biblia más clásica o una más moderna.
Si se trata de un contexto católico, la Biblia más utilizada en español en la actualidad suele ser la Biblia de Jerusalén; pero si se trata de un contexto litúrgico, que tiene que ver con una misa o una ceremonia, el texto bíblico oficial que se utiliza es la versión de la Conferencia Episcopal Española. Para América Latina, en 2019 se presentó por el papa Francisco la Biblia de la Iglesia en América. Sin embargo, en la mayoría de los casos con la Biblia de Jerusalén es suficiente. Si en el original se traduce desde contexto católico y tiene que sonar a clásico o antiguo, mi recomendación es utilizar la Nácar-Colunga.
Hay otras versiones católicas que son muy interesantes, como la Biblia del Peregrino (hecha por Schökel, uno de los mejores biblistas hispanos), o la Cantera-Iglesias, que es una Biblia con anotaciones que intenta respetar al máximo, con sus explicaciones pertinentes, las características de los textos originales. Por ejemplo, a diferencia de otras Biblias más modernas que unifican el nombre de Dios (a la manera de cómo hacen los judíos), la Cantera-Iglesias respeta las diferencias entre los diferentes nombres que se le dan en el Antiguo Testamento.

En contexto protestante, la principal versión en español es la Reina-Valera de 1960. Es el texto que prácticamente tiene todo protestante de habla hispana en su casa. Es la heredera de la Biblia del Oso, la primera traducción al español, del siglo XVI, de la que se fueron realizando diferentes revisiones y actualizaciones con el paso de los siglos. Por defecto, yo diría que siempre que se traduzca algo bíblico al español en un contexto protestante se utilice esta versión, aunque hay algunos casos en donde es mejor recurrir a otras traducciones: en la liturgia luterana y anglicana (o episcopaliana) de habla hispana, en la actualidad se utiliza la versión de Dios Habla Hoy. Y en terreno más académico, se suele considerar que la Nueva Versión Internacional es más ajustada al original y también hay algunas iglesias que la utilizan en sus cultos. Sin embargo, es la Reina-Valera del 60 la que resonará en la cabeza de cualquier protestante de habla hispana[3].
También hay otras versiones protestantes bastante utilizadas. La Biblia de las Américas o la Nueva Traducción Viviente se realizaron con la idea de alejarse del castellano peninsular y acercarse al español de América. La Reina-Valera también ha sido actualizada a lo largo del siglo XX, y hay otras versiones (la de 1977, la Actualizada, la de 2020, por ejemplo) que, respetando la traducción original, intentan adecuarse a los lectores más modernos, pero su uso es más limitado.
Hay varias páginas en Internet donde se pueden consultar la gran mayoría de versiones bíblicas: para versiones católicas, BibliaTodo.com y la web de la Conferencia Episcopal; para versiones protestantes, la mejor suele ser BibleGateway.com, aunque también está Bible.com.
También hay que tener en cuenta que las citas bíblicas se deben referenciar de manera diferente si vienen de contexto católico o protestante, y que esa misma diferencia a veces es la que da pista del contexto. Aunque igual sobre decirlo, la Biblia (como otros textos sagrados) no se cita por número de página, sino por libro, capítulo y versículos. En general, en las referencias católicas se utiliza la coma para separar el capítulo de los versículos (Mateo 11,12), mientras que en las protestantes siguen el tipo de citación de las normas APA y se utilizan los dos puntos (Mateo 11:12)[4].
A veces puede suceder que en un texto aparece una expresión o frase medio extraña que puede ser o no que se haya tomado de la Biblia sin hacer una citación formal. En ese caso, ante cualquier duda, mi recomendación es que se haga una búsqueda. En otros tiempos hubiera recomendado una simple búsqueda en Internet para dar con la cita bíblica de la que proviene, sin embargo, San Google se ha corrompido y la introducción de la inteligencia artificial en la ecuación ha enturbiado esta herramienta. En general, nunca hay que fiarse de lo que diga una inteligencia artificial, pero en lo que se refiere a citas de la Biblia, si acaso, menos aún. Las referencias o aclaraciones que da como resultado tienen a mezclar conceptos, o a inventarse cosas que no existen. Por ejemplo, hace unos días yo creía que una cita sobre tipos de ovejas en Babilonia que me había mandado un amigo se trataba de un texto del Antiguo Testamento. Hay gente que se sabe la Biblia de memoria, y son un espectáculo digno de ver, pero la mayoría de simples mortales no sabemos hacerlo. El buscador de Google, con la IA activada, me remitía constantemente a un texto de Ezequiel, pero al ir a buscar ese texto directamente, las ovejas no aparecían por ningún lado. Al final resultó que no era un texto bíblico, sino un texto legal traducido desde unas tablillas cuneiformes. Por eso, si se puede usar un buscador de Internet que no utilice IA, sería una buena opción y un ahorro de un chasco y de tiempo, y si esa frase o expresión es bíblica no será difícil de encontrar y aparecerá fácilmente entre los primeros resultados. Sin embargo, si esa opción no está disponible, mi recomendación es utilizar la web de BibleGateway.com. La ventaja de esta web es que puedes realizar búsquedas de palabras en el texto de la Biblia en las principales traducciones de las lenguas más habituales, no solo en español. Tan solo hay que saber de qué posible traducción se trata el original, porque las búsquedas solo son por traducción. Por ejemplo, la mayor parte de las veces, si se hace la búsqueda de la versión King James en inglés (la más tradicional), suele funcionar, o si se hace de la Louis Segond en francés. El mayor problema de esta web y de otras similares es que habitualmente se tratan de iniciativas privadas y, en ocasiones, este tipo de herramientas desaparecen de Internet sin dar mayor explicación, o cambian de nombre, o de interfaz.
Si alguien quiere tener alguna Biblia para consulta en papel, yo recomendaría que se tuviera a mano una Biblia de Jerusalén y una Reina-Valera del 60. Es un texto clásico, al fin y al cabo, y tener un poco de cultura bíblica (o, al menos, la curiosidad de haber leído algo de ella), con los tiempos que corren, tampoco es algo inútil. Ya se sabe lo que dice el proverbio: «Adquiere la sabiduría, a costa de todos tus bienes adquiere la inteligencia» (Proverbios 4,7).
[1] Si a alguien le interesa saber más sobre este tema, en español los mejores libros al respecto son de Julio Trebolle en La Biblia judía y la Biblia cristiana (Trotta, 2013), en Historia de la Biblia (Trotta, 2006), y también Historia mínima de la Biblia (Turner, 2022).
[2] Aunque «versión» y «traducción» de la Biblia corresponden a dos descripciones distintas, normalmente se utilizan ambos términos indistintamente en cuanto a lo bíblico. Traducciones son las que parten de los textos antiguos en las lenguas originales para componer un texto nuevo en español. Una versión es aquel texto que ha utilizado como base una traducción anterior, revisándola y refrescándola gramáticamente, aunque sí recurra por motivos de consulta a los textos en las lenguas originales.
[3] Más información al respecto: https://www.sociedadbiblica.org/traducciones/.
[4] Para las citas católicas, una buena referencia está aquí: https://guiastematicas.bibliotecas.uc.cl/c.php?g=1242092&p=9110876 y para las protestantes Sánchez, C. (14 de febrero de 2020). Citar la Biblia y otras Obras Religiosas – Referencia Bibliográfica. Normas APA (7ma edición). https://normas-apa.org/referencias/citar-biblia/.

Noa Alarcón (Madrid, 1983) es editora y traductora especializada en teología y ciencias bíblicas. Realizó estudios de Filología Hispánica y Filología Hebrea en La Universidad Complutense de Madrid y la Universitat de Barcelona. Desde 2023 es la dueña de la librería cultural El Asterisco en la ciudad de Granada.






