Lunes, 2 de febrero de 2026.
Cuando sean las máquinas las que decidan la verdad, se podrá,
libres al fin de ambigüedad, vegetar sumidos en la indiferencia.
Thomas Bauer, La pérdida de la ambigüedad[1]

Descripción de un combate de boxeo (Wikimedia Commons)
En su ensayo Del boxeo, Joyce Carol Oates habla del árbitro como «el “tercer hombre del ring”, por lo general anónimo a ojos del público […], considerado por muchos observadores como un simple observador más, hasta como un intruso; una presencia fantasmal de movimientos tan fluidos y pies tan rápidos como los de los mismos boxeadores […], una pieza tan importante en el drama del boxeo que el espectáculo de dos hombres luchando entre sí sin vigilancia en la elevación del cuadrilátero resultaría infernal, cuando no indecente: vida, que no arte. El árbitro hace que el boxeo sea posible».[2]
Durante siglos, el traductor ha sido ese árbitro invisible para (casi) todos —salvo para el corrector—, considerado un simple observador, un intruso o un práctico pepino de mar que se traga el texto por un lado y lo excreta, deslenguado, por el otro. El intérprete no pasa tan desapercibido, al menos cuando lo sacan de la cabina y lo colocan entre sus interlocutores, pero sigue siendo el buen camarero que te rellena la copa sin que te enteres.
Mientras cruzaban a pie la isla San Pedro camino a una estación de balleneros para salvar a su tripulación, Ernest Shackleton, Frank Worsley y Thomas Crean sintieron una extraña presencia que los animó a seguir. T. S. Eliot retrató esa presencia como «el tercero que anda siempre a tu lado».[3] Según san Lucas, cuando Cristo resucitado baja de la cruz, se aparece ante dos discípulos que se dirigen a Emaús. Al principio lo toman por un extraño. Cuando por fin lo reconocen, desaparece de su vista.
No blasfemo diciendo que el trujamán es Cristo; al contrario, más bien Cristo es el traductor de Dios. Pero sí digo que los intérpretes son un poco ángeles de la guarda, a la par que árbitros de la conversación, no en el sentido de un moderador que la moldea —pues su labor se ciñe a transmitirla—, pero sí en el de un tercero que está al quite para advertir cualquier malentendido y subsanarlo, dado que no solo traducen el habla, sino el entorno, el lenguaje no verbal, tan expresivo.
Del «tercer hombre» hay tanto que decir que merece otro artículo. Ahora basta con señalar que, durante su desempeño, el intérprete apenas consume un botellín de agua, lo cual se entenderá más adelante.
Todo esto viene a que, según leo a diario en la prensa, el sector financiero recibe los avances en tecnología de traducción simultánea con los brazos abiertos —y los ojos cerrados—, pues, en su opinión, hasta ahora la lengua ha supuesto una barrera infranqueable para una legión de emprendedores. Esta tecnología punta, en cambio, elimina, por un lado, el inconveniente —así se contempla— de «tener que» aprender un idioma, y, por otro, la necesidad y el coste de depender de un tercero. Por si fuera poco —atención—, he llegado a leer algo así como que «fomenta el contacto humano, esa necesidad básica que promueve el enriquecimiento sociocultural». Vayamos por pasos, como la tortuga de Zenón.
Lo primero responde a una visión ramplona del saber. Es la misma idea que contempla la Universidad como una fábrica de niños del maíz y estrangula la búsqueda desinteresada del conocimiento, aquello con lo que a Bertrand Russell le sabían mejor los albaricoques. Además, medra en la pereza: si esos emprendedores lo son tanto, al menos podrían aprender inglés, que —guste o no—, como lengua vehicular del mundo en estas y otras lides, los sacaría del paso en más de una ocasión. Nada como ser tu propio intérprete.
Lo segundo me sorprende por su candidez. Es de un ingenuo subido pensar que la IA elimina la necesidad y los costes de un tercero porque —¡sorpresa!— la IA es el tercero, y bien gordo, porque de hecho son las empresas que la han creado, por lo general multinacionales sin escrúpulos que han demostrado muy poco respeto por los mecanismos democráticos, la privacidad o los derechos de propiedad intelectual. Es decir, que nos sale muy cara, pues la pagamos con información privilegiada. Al menos hasta que se regule como es debido, si se hace.
En cuanto al dislate de que favorece el contacto humano, deduzco que alude —y se limita— al contacto directo entre las partes, obviando que el intérprete mortal es muy humano, y que su presencia es —por lo que a mí respecta— mucho más enriquecedora que la del loro estocástico. Ya es perogrullada decirlo, pero es precisamente la IA la que elimina ese contacto de la ecuación, por no mencionar que el mayor enriquecimiento sería estudiar otras lenguas, conocer otras culturas. Quizá lo que haga la IA sea lo contrario: aumentar y evidenciar la brecha entre lenguas y culturas, sobre todo a medida que sepamos menos porque «ya lo hará la máquina» y esta medie entre nosotros como la habitación china de John Searle. El año pasado, un titular de La Vanguardia rezaba: «Así dominarás el chino mandarín sin tener ni idea». No hace falta decir más.
Aclaro, porque hoy cabe aclararlo todo, que la IA no es el anticristo y que puede ser muy útil, siempre que se regule su uso, que se sepa usarla —que quien la use sepa— y que no nos lleve a olvidar dónde tenemos la cara y a depender de ella a ciegas para cualquier cosa. El pensamiento mágico según el cual es un ente «inteligente» y todopoderoso que «sabe» y «razona», y que encima es imparcial e inocuo, es lo que puede sumirnos en la noche más oscura, y no solo del alma. No me extiendo en esto porque ya son muchos y muy buenos los que han detectado su comportamiento errático o dudoso (deepfakes, alucinaciones, errores de forma y fondo, sesgos, workslop…).
El intérprete de carne y hueso maneja información valiosa, pero, en general, salvo contadas excepciones —que haberlas, haylas—, no se va de la lengua, valga el chiste fácil, porque corre el riesgo de que se la corten. No difunde, comparte ni almacena esa información. Y esto es así porque, en lo tocante a reuniones de naturaleza sacrosanta, suele firmar un acuerdo de confidencialidad que cumple a rajatabla, por ética profesional y porque le va el pan en ello y, en según qué casos, hasta el tipo. Se juega la carrera. ¿Que los humanos también yerran y extorsionan? Sin duda, de hecho, la IA no ha salido de la nada: la hemos creado nosotros. Pero ahora ese peligro se eleva a la enésima potencia; es como darle un megáfono a un charlatán. Y nunca mejor dicho, porque nos van a dar para el pelo.
Y ahora disparo el rifle de Chéjov: mientras el humano apenas bebe un botellín de agua en su desempeño, la IA consume ingentes cantidades de energía. (Vale, sí, se han dado casos de cadenas de intérpretes. Pero esas congas, que exigen cuatro o cinco botellines y algún que otro café, son la excepción, no la regla). La cuestión ecológica también cuenta.

Máquina expendedora de ramos de flores (Wikimedia Commons)
En fin, qué le vamos a hacer, si, como insiste la matraca diaria, todo esto es «inevitable». Ha llegado la era del pez Babel, ese dispositivo de la Guía del autoestopista galáctico en forma de pececillo que se ponía en la oreja y traducía a cualquier idioma. Bueno, a cualquier idioma todavía no; como siempre, las lenguas minoritarias son las más ¿perjudicadas? en ese aspecto. Otro tema para otro artículo.
El pez Babel, por cierto, es pequeño y amarillo, similar a una sanguijuela, parecido razonable, dado que: «se alimenta de la energía de las ondas cerebrales que recibe no del que lo lleva, sino de los que están a su alrededor. Absorbe todas las frecuencias mentales inconscientes de dicha energía de las ondas cerebrales para nutrirse de ellas».[4] Ahora ya es una piraña puesta de esteroides que se nutre del que lo lleva, de los que están a su alrededor e incluso del apuntador, y rebaña el plato hasta dejarlo como un espejo.
Dicen que el conocimiento es poder, pero desde luego es placer, un placer del que nos estamos privando al conformarnos con saber cada vez menos a cambio de cederle alegremente el fuero interno a un artificio creado por compañías opacas, lo cual se acerca bastante al chiste aquel que preguntaba: «¿Qué es peor, la ignorancia o la indiferencia?». Y respondía: «Ni lo sé, ni me importa». Si alguna vez desaparece el trujamán árbitro, ese tercero invisible, ojalá sea porque hablamos más lenguas, no porque proliferen las máquinas expendedoras.
[1] Thomas Bauer, La pérdida de la ambigüedad. Sobre la univocación del mundo. Traducción de Alejandro del Río Herrmann. Editorial Herder, Barcelona, 2022.
[2] Joyce Carol Oates, Del boxeo. Traducción de José Arconada. Editorial Debolsillo, Barcelona, 2021.
[3] T. S. Eliot, La tierra baldía:
Who is the third who walks always beside you?
When I count, there are only you and I together
But when I look ahead up the white road
There is always another one walking beside you.
Mi traducción: «¿Quién es el tercero que anda siempre a tu lado? / Cuando nos cuento, solo estamos tú y yo. / Pero, cuando miro al frente del blanco sendero, / siempre hay otro caminando a tu lado».
[4] Douglas Adams, Guía del autoestopista galáctico. Traducción de Benito Gómez Ibáñez (1983) y Damià Alou (2005). Editorial Anagrama, Barcelona, 2005.
Carmen G. Aragón es licenciada en Filología Inglesa y posgraduada en Técnicas Editoriales por la Universidad de Barcelona. Se centrifuga como traductora, redactora, correctora y adaptadora en el sector editorial y el mundo del entretenimiento en línea. Escribe en Vasos Comunicantes, El Trujamán y en las revistas culturales La Línea Amarilla, Lletraferit (Valencia Plaza) y Zenda.


