Lecturas confinadas, III

Miércoles, 6 de mayo de 2020 (continuación de Lecturas confinadas I y II).

Victoria Horrillo: A mí también me está costando concentrarme; seguramente por eso estoy buscando más evasión ─o más consuelo─ en el cine que en la lectura, pero aun así la escasez de trabajo (¡ay!) me está permitiendo leer más que de costumbre. Al empezar el confinamiento leí la Historia de mi vida de Aurore Dupin, George Sand, donde, hablando de sus intentos de encontrar un medio de ganar dinero que le permitiera llevar una vida independiente, dice: «Traté de crearme algún trabajo. Probé con las traducciones [del inglés]; era demasiado largo, ponía demasiados cuidados y escrúpulos». Le salía poco rentable. (Esto me recordó a lo que decía Mª Luisa Balseiro sobre por qué no se dedicaba más a la traducción de literatura en la entrevista que le hizo Carmen Francí hace años para VASOS COMUNICANTES 22.)

Ahora estoy leyendo la biografía George Sand de Belinda Jack, traducida por Jorge Fondebrider, y encontrando (o proyectando) muchos ecos de la situación actual en las cosas que le pasaban a Aurore en 1848, el momento de su vida por el que voy en la lectura. Después de su participación, muy activa, en la Revolución de ese año y desencantada y horrorizada por el curso que habían tomado las cosas, se recluyó en Nohant. Allí iban a increparla las gentes del lugar. «À bas madame Dudevant! À bas les communistes!», gritaban frente a los muros de su casa. Mientras tanto, «Sand se encerraba en su autobiografía y esperaba -escribió- que la corriente me llevase a otra parte». Sobre su mesa tenía siempre su tabaco y un vaso de agua azucarada del que iba bebiendo a sorbitos mientras escribía (el desgaste cerebral, ya se sabe). En esta época acabó el primer borrador del primer volumen de su autobiografía, «pero la inestabilidad que había en el mundo editorial demoró su aparición», y escribió otra de sus obras más conocidas, La pequeña Fadette, que dedicó a quienes se hallaban en confinamiento forzoso: «A nuestros amigos encarcelados; ya que se nos prohíbe hablar de política con ellos, lo único que podemos hacer es escribir relatos que los distraigan, o recomendarles que se vayan a dormir». Al concluir este periodo de cataclismo escribió: «Durante ese breve intervalo, he vivido mucho, he envejecido mucho». Tenía, entre tanto, graves problemas de dinero que la obligaban a escribir a destajo, y al año siguiente le ganó un pleito a la Société des Gens de Lettres por los derechos de algunas de sus obras, lo que le procuró un pequeño alivio económico.

También releo a Le Guin, que es para mí como eso que dicen de la música de Mozart, que te acompaña y te consuela en cualquier trance. Así, por ejemplo:

Había bondad allí. Yo y algunos otros, un viejo y alguien que tosía mucho, fuimos reconocidos como menos resistentes al frío, y todas las noches nos encontrábamos en el centro del grupo, la entidad de veinticinco, donde había más calor. No luchábamos por ocupar ese puesto; estábamos ahí simplemente, todas las noches. Es algo terrible, esta bondad que los seres humanos nunca pierden. Terrible, porque cuando nos encontrábamos desnudos en la oscuridad y helados, no teníamos otra cosa. Nosotros que somos tan capaces, tan fuertes, terminamos en eso. No nos queda otra cosa.


Victoria Horrillo: «A mí también me está costando concentrarme; seguramente por eso estoy buscando más evasión ─o más consuelo─ en el cine que en la lectura, pero aun así la escasez de trabajo (¡ay!) me está permitiendo leer más que de costumbre».


Luisa Fernanda Garrido: Yo leo como siempre, sin prisa pero sin pausa. Ahora estoy leyendo Guerra y trementina de Stefan Hertmans, en traducción de Gonzalo Fernández Gómez, por supuesto trata de guerra, de la Primera mundial y de la Segunda, pero también de pintores y de  Flandes, es una suerte de memorias.

Y lo mejor es lo que releo, porque releo mucho, casi siempre tengo en la mesilla un libro nuevo y otro ya leído, y ahora le ha tocado el turno a Antrobus, de Lawrence Durrell, en traducción de Carlos Peralta. Lo tenía en otro idioma y lo releía a menudo, y las Navidades pasadas lo encontré en castellano cuando estaba buscando otra cosa. Desde entonces, lo tengo a mano y leo y releo, y da igual que me lo sepa de memoria, me sigo riendo como una loca. Son veinte relatos que tratan las aventuras de un diplomático inglés en los países del este después de la Segunda Guerra Mundial (posguerra, guerra fría, telón de acero, etc.), casi todos se desarrollan en los Balcanes, de manera que todo me resulta muy familiar. Y todo escrito con ese genio particular de los hermanos Durrell para hacerte morir de risa aunque estén hablando de cosas muy serias y el mérito de la traducción que sepa trasladar ese humor.

Carme Camps: A mí la verdad es que me cuesta más concentrarme y mi mente inquieta va picoteando de aquí y de allá. Los libros de no ficción –que siempre me han gustado ahora me cansan y los «entretenidos», me aburren. Tengo un montón sobre la mesa, míos, de la biblioteca, de la e-biblio y de Kindle en la tablet y no encuentro nada que me absorba  y me haga olvidarlo todo. Me canso. Al principio del confinamiento sí que leí dos novelas que me hicieron vibrar: La campana de cristal de Sylvia Plath (lectura que tenía pendiente de hace años) y La chica, de Edna O’Brien, basada en el secuestro de las niñas nigerianas por parte de Boko Haram. Impresionantes las dos. Quizá por eso después de leerlas no encuentro nada que me atrape.

El confinamiento también me ha afectado en que me ha dado por hacer mermeladas. ¡Yo, que soy la antítesis de «Carmencita la buena cocinera», jugando a cocinitas! En fin, tomo nota de vuestras lecturas y a ver si se me pega algo.


Carme Camps: «A mí la verdad es que me cuesta más concentrarme y mi mente inquieta va picoteando de aquí y de allá. Los libros de no ficción –que siempre me han gustado─ ahora me cansan y los «entretenidos», me aburren».


Blanca Ortíz Ostalé: Ay, un descubrimiento que he hecho entre estas lecturas confitadas (sí, cada vez que me llega un mensaje nuevo mis ojos se empeñan en leer confitadas en vez de confinadas) ha sido Valeria Luiselli. Impresionantes sus libros sobre los menores indocumentados que cruzan la frontera de Estados Unidos. Y qué personal su voz. 

Y, ya que estábamos, he releído El Jarama, que siempre es un placer.

Miguel Ros: Aporto yo también con mi granito de arena: La semana pasada terminé de releer El evangelio según Jesucristo de José Saramago (en traducción de Basilio Losada), libro al que me gusta volver en Semana Santa y que me arrancó mi primera lagrimilla lectora allá por 2009 (tardé en romper a llorar con los libros; con el final de Zorba el griego, que leí en italiano traducido por Nicola Crocetti, lloré a lágrima viva).

Ahora estoy leyendo El traductor de Salvador Benesdra, que llevaba muchos años en la estantería (recuerdo a Belén Santana recomendándolo en el Polisemo de Málaga), con el que estoy disfrutando como un enano. Qué estilo, qué riqueza en español. Ayer, un párrafo me recordó de refilón a un CENTÓN reciente con textos de Remedios Zafra. El protagonista trabaja en una editorial como traductor en plantilla, rara avis ya a principios de los noventa, y el jefe lo llama a su despacho:

Me estaban despidiendo, no podía caber la menor duda […] habían decidido dejar de pagar un salario de empleado para hacer un trabajo que toda editorial del país se jactaba de poder encomendar a la vocación de servicio y de renombre de aristócratas de la lengua, del linaje, o de la pluma, o a desocupados empeñosos que por un emolumento prácticamente simbólico convertían el but en «pero», cuando era «sino», el pourtant en «por lo tanto», cuando era «sin embargo», y sin embargo y pese a todo a veces traducían bien algo.

Eso sí, no sé cuándo terminaré de leerlo porque, en la línea de Irene, mi chica sale de cuentas pasado mañana y temo que, en mi caso, una primera hija me baje el ritmo lector.

Mucho ánimo a todos.

Elia Maqueda: Qué hilo de mensajes tan inspirador… que falta hace, porque a mí también me está resultando difícil concentrarme para leer (y para todo en general).

Un abrazo enorme y mis parabienes a la madre reciente y al padre en ciernes. Mi hija ya no es bebé, pero es poco proclive al sueño y mucho a la jarana, así que llevo unos años que lo de leer me cuesta la misma vida, pero justo ahora que por fin parecía que había recuperado el ritmo, ha tenido que llegar esta pandemia a ponerme la zancadilla. Aun así, a trancas y barrancas he terminado El nudo materno de Jane Lazarre, en traducción de Elena Vilallonga, y he empezado Nuestra parte de noche de Mariana Enríquez, que me está enganchando mucho (lo que necesitaba).

Geneviève Naud: Empecé bien el confinamiento leyendo tranquilamente y muy entrada la noche La grammaire est une chanson douce, d’Erik Orsenna. Luego le tocó el turno a Syngué sabour, Pierre de patience, de Atiq Rahimi, que no he terminado aún, por culpa de una inesperada avalancha de encargos variopintos. Caigo rendida cada noche y no leo más que textos sobre el CX, o Customer Experience. Apa-sio-nan-te. Ya no bajan las pilas de libros por leer. En japonés, así de corto: Tsundoku.

Rocío Moriones: Pues yo he descubierto durante estos días la eBiblio, y, como quería leer algo de poesía, aproveché para sacar un libro de Caballero Bonald, Desaprendizajes, pero como no me subyugaba, decidí que la vida es demasiado corta para leer libros aburridos, así que lo dejé, aunque insistí con otro libro del mismo autor, Examen de Ingenios, que tenía pendiente desde que se publicó. El libro es un interesante repaso a personajes de distintos ámbitos de la cultura del siglo XX, desde la Niña de los Peines hasta Emilio Lledó u Octavio Paz (por cierto, uno de los que sale mejor parado).

Vagando por la pantalla de la aplicación me topé con otro libro que también quería leer desde hacía muchos años, El ruido eterno, de Alex Ross, (traducido por Luis Gago) una historia de la música («culta») del siglo XX. Me ha gustado mucho. El libro es interesante y ameno, y gracias a él me he enterado, entre otras cosas, de que compositores como Steve Reich o Philip Glass trabajaron (siendo ya incluso famosos) como taxistas y fontaneros.

Ahora voy a releer los cuentos completos de Poe (en versión de varios traductores).

Geneviève, dices que estás leyendo Syngue Sabour, de Atiq Rahimi. Quizás ya lo sepas, pero hay una película muy buena, dirigida por el propio Rahimi, basada en ese libro:  Si no la has visto, te la recomiendo.

Núria Molines: A mí, como a otras compañeras, me está costando horrores concentrarme. Además, como la ley de Murphy es así de simpática, se han juntado ahora todas las entregas y, como tengo la concentración por los suelos, estoy echando muchísimas horas delante del ordenador (¡qué ganas de que esto pase ya, por favor!).

Así que, principalmente, estoy leyendo cómic. Me estoy riendo mucho con La bahía de San Búho, de Simon Hanselmann (y estupenda traducción de Alberto G. Marcos y César Sánchez), voy alternando con Ventiladores Clyde, de Seth (y también estupenda traducción de Esther Cruz). Luego tengo en la parrilla de salida la nueva edición de Persépolis, de Marjane Satrapi y nueva traducción de Carlos Mayor.

Lo demás, cosas para la tesis, así que no cuentan como lectura de alegría y jolgorio.


Núria Molines: «A mí, como a otras compañeras, me está costando horrores concentrarme. Además, como la ley de Murphy es así de simpática, se han juntado ahora todas las entregas y, como tengo la concentración por los suelos, estoy echando muchísimas horas delante del ordenador (¡qué ganas de que esto pase ya, por favor!)».


Celia Filipetto: Núria, coincido contigo. Ventiladores Clyde, de Seth, es magnífico. Muy buena la traducción de Esther Cruz.

Enrique Alda: En estas últimas semanas he elegido leer libros de amigos y de un conocido. Esta es mi aportación: Divine Magnetic Lands, de Timothy O’Grady; Orpheus, Jason and the Argonauts y Greek, de Theo Dorgan; y como volvía muy cargado, para el viaje Dublín-Londres-Madrid, Night in Tunisia, de Neil Jordan.

Ver tres aeropuertos prácticamente vacíos ha sido toda una experiencia.

Juan Arranz: Suelo leer de tres en tres y géneros distintos, aunque sea despacio. Ahora mismo: memorias, los Diarios de guerra de Azaña, quien no llegó a ser nuestro Churchill (por desgracia) pero escribía tan bien como el inglés, o sea muy bien, con un estilo preciso y natural y siempre redondo y lleno de ideas; versos, los alejandrinos sabios de Mª Victoria Atencia en La pared contigua; novela, la última de Carlos Pardo, Lejos de Kakania (Periférica), una autoficción como mandan los cánones de hoy día, muy amena y también cotilla, con bastante mala leche y mucho amor a la poesía.

Pero mi auténtica lectura del confinamiento es de fondo, empezó casi a la vez que él y durará todavía meses (yo sí que estoy leyendo más), no vaya a ser que la prisión se siga alargando. Se trata de la Histoire de la Révolution Française de Michelet, ese historiador partisano con alma de novelista (muy a su pesar). Disfruto tanto que me están dando ganas de mirarme la Historia sobre lo mismo de Carlyle, que al parecer es la mejor y la más divertida de las contemporáneas. Y tengo que echar un vistazo a la versión en español del Michelet, traducida nada menos que por Blasco Ibáñez, seguro que está muy bien. Se reeditó hace no tanto en Ikusager; aquí va una reseña elogiosa de Savater, por si alguien tiene curiosidad.

 Marta Cabanillas: Qué bueno, yo también estoy con Ventiladores Clyde (el último cómic que pillé de la biblioteca antes de que cerrase…).

Por otro lado, estoy participando en un proyecto del Collège des Traducteurs Littéraires de Arles llamado «Levée d’encres» (MANIFESTA_Levee-dencres-2020) para conmemorar el décimo aniversario de la Fabrique des traducteurs (las celebraciones se trasladarán en buena parte al año que viene, visto el panorama). El proyecto consiste en que 10 traductores de distintas lenguas (todos del o hacia el francés) proponemos varios libros de autores contemporáneos, inéditos en nuestra lengua, que consideramos que vale la pena traducir. Íbamos a hacer una lectura en París en junio que, claro está, se ha anulado. En cambio, se mantiene una presentación y lectura en las Assises de la Traduction Littéraire en noviembre (yo no pongo la mano en el fuego, aunque veo a los del Collège muy optimistas). En fin, esto me está permitiendo conocer muchos libros y autores portugueses, argelinos, italianos y franceses a los que hincaré el diente poco a poco.

Carlos Gumpert: En estos días de aislamiento me he dado, entre otras, a las lecturas bíblicas. No, no en busca de consuelo ni de redención (aunque falta me haría), sino por azar, como casi todas las cosas de la vida. Estaba traduciendo un ensayito sobre el huerto de Getsemaní y aproveché para leer los Evangelios de corrido (en la versión de la Biblia de Jerusalén), algo que nunca había hecho. Me resultó fascinante el juego de las siete diferencias entre los evangelistas, y sobre todo, descubrir fragmentos desconocidos pese a estar convencido de que por mi educación religiosa todo me resultaría familiar. A su manera, la liturgia y la catequesis también traducen y por lo que se ve, no del todo fielmente. De ahí pasé a los Evangelios apócrifos (trad. de Aurelio de Santos, BAC) que hacía muchos años que quería leer: de menor valor literario y conceptual, claro, pero divertidísimos (sobre todo los de la Infancia de Jesús, un auténtico pillastre el chaval, que ríete de la ira de los dioses griegos). Y luego el Libro de Job (extraordinaria edición y traducción de Susana Pottecher, Julio Trebolle) y el Eclesiastés, alternando la versión bíblica con la italiana de Erri de Luca, quien ha publicado varias versiones de libros bíblicos traduciendo casi a la letra y reproduciendo la peculiar y oscura sintaxis de los originales. Desde una perspectiva de traductor, lo más interesante de todo es seguir en notas y en las glosas de Erri cómo van cambiando las versiones de ciertos términos, del hebreo al griego, al latín y a nuestras propias lenguas, mientras que se va construyendo, ahí es nada, la visión occidental del mundo. Solo una píldora: en el famoso pasaje del Génesis donde se condena a la mujer a parir con dolor, el vocablo hebreo empleado es etzev, que todas las otras veces que aparece en la Biblia se traduce en cambio por «esfuerzo», pero se ve que algún traductor quiso añadir una dosis de castigo a la malvada Eva que acababa de tentar a Adán… Cuando se recalca la importancia de la traducción…


Carlos Gumpert: «Desde una perspectiva de traductor, lo más interesante de todo es seguir en notas y en las glosas de Erri cómo van cambiando las versiones de ciertos términos, del hebreo al griego, al latín y a nuestras propias lenguas, mientras que se va construyendo, ahí es nada, la visión occidental del mundo».