Por donde tuerce el Duero (I), María Alonso Seisdedos

Lunes, 8 de junio de 2026.

Crónica de los encuentros El Ojo de Polisemo XV, celebrados el pasado mes de mayo en el campus de Soria, Universidad de Valladolid.

No pediré disculpas de antemano por si a alguien le fuera a parecer fatal que escriba esta crónica en primera persona. Hay un pedazo de equipo detrás de este encuentro sin el cual no os podría contar lo que ha ocurrido estos días, pero ni puedo ni quiero suplantar con un plural de falsa modestia la voz de Beatriz Valverde Olmedo, de Cristina Adrada Rafael y de Maite Sánchez Nieto —profesoras de la Facultad de TeI de la Universidad de Valladolid—; tampoco la de mis compañeras de la Junta, Teresa Muñoz Sebastián y Amaya García Gallego, de cuerpo y mente presentes, o de Laura Salas, nuestra siempre atenta teletesorera; ni mucho menos la de la incansable Eva Gallud, todas ellas allanando el firme durante meses para que este polisemo soriano no fuera un fiasco. Lo que aquí va, pues, es apenas y mal abreviado lo que servidora ha visto y sentido.

Advertencia de consumo: El Ojo de Polisemo XV, además, no habría sido posible sin la colaboración y el patrocinio de CEDRO, el Ayuntamiento de Soria, la Caja Rural de Soria, el Grupo de Traducción humanística y cultural (tradhuc), el Departamento de Lengua Española de la Facultad de Filosofía y Letras, la Universidad de Valladolid y la Facultad de Traducción e Interpretación. Tampoco habría sido posible sin la participación de los alumnos y profesionales inscritos en las jornadas y la de, cómo no, el valor exponencial de los ponentes. Por ello, ACE Traductores agradece su implicación en esta almáciga de traductores. 

Martes, 5 de mayo

Llegué hacia las ocho de la tarde después de recorrer un último tramo de carretera, a ratos autovía, cuyos márgenes y firmamento no dejaban de asombrarme, máxime cuando, tras viñedos y lomas, surgieron las aves rapaces en toda su biodiversidad y, más adelante, el sabinar cuasi infinito de Calatañazor. En la ciudad entré como se entra en todas las ciudades, atravesando un polígono industrial, hasta que me deshice del coche muy cerca del campus universitario, donde me había recomendado y bien Cristina Adrada, cerca de la calle Almazán (localidad a la que emigraron en otra época que no conviene olvidar bastantes de mis paisanos goianeses y donde todavía viven los que non encontraron a tiempo el camino de regreso). Mientras caminaba, ligera de equipaje, hacia el hotel, el aire fresco y limpísimo de sus más o menos mil metros de altitud me oxigenaba todas y cada una de las circunvoluciones del cerebro. Descargué la poca carga en la habitación y, al cabo de un rato, ya estaba con Teresa en busca de un lugar donde restaurar el cuerpo, sin caer de bruces y fauces en la tentación de los torreznos, y coser los últimos flecos para el día siguiente.

Miércoles, 6 de mayo

Quizá por el cansancio del viaje y la distensión de los preparativos, amanecí más tarde de lo habitual, pero no tanto que no pudiera disfrutar del paseo mañanero que me había prometido. Recorrí en sentido inverso la calle de Mariano Vicén (industrial de finales del xix y principios del xx que adquirió un molino, a orillas del Duero, donde convertía el trigo en harina y tejía paños, que su viuda e hijos transformaron en una ¡fábrica de luz!) y enfilé por el camino que me llevaría al río. Apenas dejé atrás la ausencia de bullicio de esta ciudad sin prisas, me recibieron el canto in crescendo del ruiseñor, la algarabía de los jilgueros y el metrónomo cojo del cuco. Ya en el primer parapeto desde el que se vislumbra el río, me sorprendieron esas aguas de eterno café con leche que una —acostumbrada a las de mi vecino líquido el Miño, que reflejan los retales de cielo que las horas les presten contra el fondo marino— no se tomaría. Subí hasta San Saturio, cerrado de puertas adentro, pero abierto de par en par al paisaje y, al volver por donde no había venido, oí y escuché en primicia vital, camuflado entre las cañas que lo albergan, al carricero tordal con su croar de engranaje viejo. Ascendí con el paso entrecortado de jaras y amapolas, de árboles jóvenes que algún día darán sombra que alivie el paso de los menos madrugadores y serán casa y alimento para más aves e insectos que a su vez…

Poco antes de una del mediodía, Teresa Muñoz (con la maleta a rastras), Eva Gallud (de pendón al hombro) y yo (de ligerísima mochila a cuestas) caminábamos en meridiano paralelo al edificio que acoge la Facultad de Traducción e Interpretación del Campus Duques de Soria perteneciente a la Universidad de Valladolid. Justo a las puertas, puntualidad manda, nos encontrábamos con Ángela Blum, nuestra socia soriana y exalumna de la institución, cuya ayuda entre bastidores en el antes y el durante contribuyó a hacer de este polisemo casa. Al poco nos recibía Cristina Adrada, que volvió envuelta en disculpas al aula del que se había escapado y donde se celebraba un examen (haya calma: ¡la vigilancia no se ausentó!) y nos dejó en manos de Maite Sánchez Nieto, que nos guio por el edificio, nos enseñó en la biblioteca la exposición de traducciones de nuestros ponentes y nos fue presentando por el pasillo a algunos profesores que circulaban como astros transeúntes entre clases y despachos.

Amaya García Gallego, Liliana Valado Fernández, Conrado Diego García Gómez, Miguel Ibáñez Rodríguez, Juan Miguel Zarandona Fernández. Fotografías de Eva Gallud y María Alonso Seisdedos

Durante la comida en la cafetería y con todo ya dispuesto para la inauguración y las sesiones de tarde, no me preguntéis de qué hablamos porque los nervios empezaban a hacer de mi cerebro ni capa ni sayo. Lo único que recuerdo es que el puré de verduras y la merluza rebozada del menú estaban buenos. Se ve que la memoria sabe apreciar la sencillez de la comida casera.

Cafés o infusiones liquidados, el momento se acercaba y allá que nos fuimos, escaleras arriba, al salón de grados, en cuyo interior personas técnicas y no técnicas probaban micros y cámara para quienes iban a asistir al otro lado del altavoz y la pantalla, mientras de puertas afuera se iban presentado, sin orden ni concierto, representantes académicos, alumnos y ponentes, juntos, que no revueltos. En la recepción se repartían acreditaciones y bolsas, algún que otro marcapáginas del STH y sonrisas a destajo. Sobre el estrado, tensión máxima, se distribuían, conforme al protocolo, las cartelas. Pasados unos minutos de la hora debido a un previsible retraso imprevisto, se levantaba, por fin, el telón.

Tomó la palabra entonces, como delegado de José Luis Ruiz Zapatero (vicerrector del Campus Universitario Duques de Soria), Conrado Diego García Gómez, quien subrayó al final de su intervención que «las tecnologías habían venido para quedarse», sin especificar ni bien ni mal ni el cuáles ni el dónde. Permítaseme correr un velo bien tupido sobre los pensamientos que me asaltaron.

Juan Miguel Zarandona Fernández, coordinador del Área de Traducción e Interpretación (UVa) y profesor de la facultad desde sus inicios como parte del Colegio Universitario Soriano —con sede en el antiguo hospital de Santa Isabel, que antes había sido el convento de San Francisco—, empezó, menos mal, por elogiar la labor de ACE Traductores y la oportunidad que durante esas jornadas se suscitaba de establecer un diálogo entre la profesión y la academia, que daría pie a una reflexión sobre las tecnologías y lo humano, en la que él apostaba por la defensa de lo segundo, pues, cito «traducir es encontrarse con el otro».

Fue el turno a continuación de la doctora Liliana Valado, que venía a entregar el testigo desde la Facultad de Filología y Traducción e Interpretación de la Universidad de Vigo, donde se había celebrado en 2024 la anterior edición Polisemo, quien aprovechó para destacar la relevancia del contacto de los alumnos con el perfil profesional que el encuentro brindaba.

Finalizó proclamas y discursos Amaya García Gallego, presidenta actual de nuestra asociación, que se imaginaba (y no eran solo imaginaciones suyas), en una alusión directa a la película En busca del fuego (1981), de Jean-Jacques Annaud, como portadora de la llamita que acude en embajada a las tribus del Homo artificialis generatibus, sin ánimo de ofender a los latinistas. En esas estamos, habría añadido yo si me ponen delante un micro: en llevar la luz de ver y sentir a quienes, deslumbrados por la máquina apisonadora de ideas y palabras, no perciben nada ni más allá ni más acá de la pantalla.

Y, por fin, empezó la fiesta.

Subió al estrado José Ángel González Sainz —profesor universitario, escritor y traductor de italiano, que vive en la actualidad entre Trieste y Soria, ciudad en la que nació en 1956—, para dar la conferencia de inauguración: «Traducir en la época de la inteligencia artificial». Comenzó aludiendo a la IA como un fantasma que asola los oficios y es causa de la evidente disminución de alumnos en las facultades de TeI, pues, dijo, cunde la opinión «entre un público más necio» (insulto sofisticado que urge rescatar) de que la figura del traductor, dado que la máquina lo suple, ya no es necesaria. Añadió después que cada quiebra tecnológica implica peligros, sí, y no es el menor de ellos la concentración de poder. Llegó el instante de recurrir a los clásicos y qué más clásico en Soria que Antonio Machado, el Machado por antonomasia, quien definió la cultura como «el tesoro de la conciencia vigilante» y defendió la mirada introspectiva escéptica, la formulación continua de dudas que dan lugar a preguntas, (como hace cualquier traductor que se precie, pensé, hilando la conclusión obvia a la que nos quería llevar el maestro). La máquina traductora, en cambio, prosiguió González Sainz, lo que ofrece son, bajo la apariencia de un producto presentable, textos «planchados», carentes de aliento. De nada vale que en las facultades se enseñe a poseditar sin más. Quien no ha sido traductor no lo será con la IAG.

José Ángel González Sáinz, Cristina Adrada Rafael

Convenía incidir, continuaba sin pausa ni falta de ella González Sainz, en que el término ‘tecnología’ procede de la techné griega, que entrañaba en un doblete lo que en castellano se denomina arte y técnica. Si nos emancipábamos de la parte artística de la techné, sentenció y bien, estamos perdidos, pues es preciso preservar la parte de humanidad en todo lo que hagamos, también en el arte de traducir. Arte de traducir que, según él, consta de cuatro momentos. A saber:

  • leerlo todo y de verdad;
  • entenderlo e interpretarlo;
  • buscar equivalencias en diccionarios, etc.;
  • prescindir del texto fuente y considerar aisladamente el texto traducido con el fin de comprobar si funciona como escritura.

Después definió la traducción como escuela de vida, no en vano una y otra consisten en enfrentarse a las dificultades e intentar resolverlas aspirando siempre a la perfección. Esto, que podría parecer nadería, es una verdad como un templo y punto pelota.

Dicho lo cual, acudió a la fuente de todas las fuentes, para finalizar con la dúctil analogía entre la razón del ser humano (Sancho) y el despropósito de la IAG (don Quijote), se levantó la sesión media hora y nos lanzamos escaleras abajo a la cafetería, para tomar un cafelito o una infusión de bienvenida acompañados de bocaditos buenos, dulces y salados, y muchos parloteos, saludos, abrazos, reencuentros y conocimientos flamantes.

La siguiente ponencia fue a cargo de Eva Gallud, a quien ya todos conocéis y, si no, deberíais, porque os estáis perdiendo algo grande y no se puede andar así por la vida. Para las gentes de fuera, la presentó Teresa Muñoz, que leyó un poema[1] suyo (de Eva) para que entrásemos en calorcito y reparásemos en la trascendencia de lo diminuto:

¿y qué resplandor invisible
nos enloqueció antes que la luz?
Ana Ajmátova 

al llegar a la explanada
sentí el temblor en las piernas
la nuca ardiente y la visión nubosa
del que se asoma al precipicio con ánimo de vuelo
me aferré a mis propios brazos
para no dejarme aniquilar por la luz

recuerda el peligro de combinar
ciertas cantatas de Bach con la amplitud del paisaje

la fuerza con la que te conmueven
ciertos espacios abiertos
lo revela:

lo sagrado se esconde detrás de cada piedra

La definió luego, sin necesidad, como un ser humano sensible (a ver quién supera eso, os preguntaréis; pues lo superó) y dijo de ella que tenía la actitud de la persona que se acerca al paisaje como la traductora se acerca al texto: con curiosidad (¿cómo, si no?).

Eva Gallud y Teresa Muñoz

Por fin tomó la palabra Eva Gallud y, casi sin levantar la cabeza y con la voz suave de quien no quiere molestar ni a plantas ni a pájaros ni a insectos, habló de astros que se alinean para crearle la oportunidad de traducir una selección de poemas de Emily Dickinson. Ya os explicará ella cuáles y por qué en el texto que tendréis ocasión de leer en esta misma revista. Hasta entonces, podéis haceros la boca agua sumergiéndoos aquí.

Teresa Muñoz le puso la guinda a la ponencia con otro poema[2], este de Dickinson con su mucho de Gallud, de esos que te dejan flotando.

1779
Para hacer pradera es necesario un trébol y una abeja—
un trébol y una abeja.
Y un ensueño.
Bastará solo con el ensueño
si abejas hay pocas.

Cerró la jornada, que no el día, Cristina Adrada, y salimos a la calle sin miedo al aire frío. Hablando de aire, qué bien se respira en Soria. Ah, ¿que ya lo he dicho? Pues igual lo repito. Si algún día os falta, no lo dudéis: acercaos e inspirad. Se diría de cristal pulido de tan limpio. Una se imagina que en pleno invierno cortará incluso el aliento. Cosas del Moncayo.

Después nos fuimos a atacar la cena con un aperitivo previo y de lo que ocurrió en esa mesa larga larga abarrotada de gente que traduce o está en vías de dominar el arte y la técnica del oficio no daré cuenta, que es de carácter exclusivamente presencial.

[1] Raíz de ave, Ya lo dijo Casimiro Parker, 2018.

[2] Emily Dickinson, Herbario y antología botánica, Ya lo dijo Casimiro Parker, 2020 (Trad. de Eva Gallud)

Continuará…

 

María Alonso Seisdedos (1961) es traductora y correctora a partes iguales y con la misma pasión. Se licenció en Filosofía y Letras (División de Filología, Sección Filología Hispánica) por la UAB (1984) y en Filología (Sección Filología Gallego-Portuguesa) por la USC (1988). En 1986 se inició en los misterios de la traducción de audiovisuales para doblaje y subtitulación, labor que compaginó con la corrección ortotipográfica y de estilo para diversas editoriales. El sueño de acceder a la traducción literaria se le cumplió en 2009, con O museo da inocencia (Masumiyet müzesi), de Orhan Pamuk, en colaboración con Bartuk Aykan, que fue reconocida con el premio de la Asociación de Escritores en Lingua Galega a la Mejor Traducción de ese añoDesde entonces se ha enfrentado a diversas obras de literatura para adultos y de infantil y juvenil. Por la versión gallega de Ulises de James Joyce, recibió, junto a sus colegas Eva Almazán, Antón Vialle y Xavier Queipo, los premios a la Mejor Traducción de 2013 de Fervenzas Literarias, el Lois Tobío de Traducción de la Asociación Galega de Editores, el Irmandade do Libro de la Federación de Librerías de Galicia, y el de la AELG a la Mejor Traducción de 2013, además del Premio Nacional a Mejor Traducción 2014 que otorga el Ministerio de Cultura, Educación y Deporte. En 2018 recibió el premio Xela Arias que otorga la AGPTI por su trayectoria  profesional. Traduce de alemán, catalán, francés, inglés, italiano y portugués a gallego y castellano. Y de mayor quiere ser bióloga.

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