Viernes, 12 de diciembre de 2025.
Una de las primeras cosas que pasan cuando te dan un premio, además de las felicitaciones de rigor, es que el equipo de VASOS COMUNICANTES te pide un texto. Si yo fuera noruega, seguramente habría respondido que no hace falta, que no es para tanto, que no conviene darse importancia, pero como por mucho que a veces me resista soy española, aquí me tenéis. Por un lado, con esta reseña pretendo hacer un ejercicio de memoria para que no se me olvide lo que ocurrió en Oslo y alfoz hace unos días, y por otro (para qué negarlo) hacerle un homenaje interesado a Encarnita, una de las hermanas del baptisterio para los cristianos romanos del siglo primero después de Cristo, y pedirle a esta revista aquello de «alúmbrame a mí mayormente». Intentaré no pasarme con el foco e iluminar con él lo que gracias a este reconocimiento he visto con estos ojitos míos.

La lámina de Anna Fiske que alegra mis días de trabajo
Empecemos (casi) por el final: el lunes 20 de octubre, NORLA, el centro para la promoción de la literatura noruega en el extranjero, anunció que me había concedido el premio de traducción que otorga anualmente a un traductor que haya contribuido de manera significativa a la difusión de la literatura noruega a otros idiomas. La entrega tuvo lugar el viernes anterior en el seminario anual de la asociación de traductores literarios de Noruega que, mejorando lo presente, tiene como socios a algunas de las personas más majas y talentosas que he conocido. Además del cariño de toda esa gente y 20 000 coronas noruegas, NORLA me regaló una lámina firmada de Anna Fiske y me guardará una plaza en el turno de primavera de la misma residencia de traductores que ya tuve el privilegio de disfrutar en 2022.
El seminario se celebró en Hurdal, a una hora de Oslo en autobús de excursión escolar, y llevaba por título algo así como En busca de un filón de oro: realidades, fantasía y maestros de la poesía. La entrega del premio fue breve e indolora, pero enormemente emocionante. Mette Børja, de NORLA, pronunció unas cariñosísimas palabras sobre mi trabajo y yo subí al estrado, donde acerté a graznar un par de cositas, como atestigua esta foto de la traductora y escritora Cecilie Winger.

Agradecida y galardonada sobre una misteriosa trampilla
Una vez pasados los nervios, empezó el seminario. Durante dos días y medio se habló de nuestras condiciones de trabajo, del asociacionismo, de la mal llamada Inteligencia Artificial, de traducir nombres de plantas, hongos y animales, de diversidad y visibilidad, de lenguas minoritarias como el kven o el sami septentrional, de traducir canciones y literatura infantil, de traducir fantasía y de traducir a Dante. También hicimos yoga de escritorio y cantamos canciones de Lillebjörn Nilsen y de un grupo de chavalitos de Liverpool que el propio Lillebjörn Nilsen tuvo a bien traducir (o más bien adaptar) al noruego.
Una de las ponencias que más disfruté estuvo capitaneada por la traductora del japonés Ika Kaminka, pero el trabajo fue colectivo. La propuesta consistió en hacer un foro en directo en el que Ika planteaba las dudas que le han ido surgiendo a medida que avanza con el libro que tiene entre manos. El debate llevaba el descriptivo título de «¿Pero cómo es la almohada?», porque una de las consultas tenía que ver con una pieza en la que reposar la cabeza para dormir. En el contexto de la obra lo más probable es que esa pieza fuera de madera, pero podría presentar un aspecto muy distinto dependiendo, como siempre, de muchas cosas que solo podemos saber si estamos más que familiarizados con la cultura de origen y que solo podremos expresar con la precisión necesaria si tenemos un conocimiento profundo de la lengua de destino. A veces (qué os voy a contar), cuando estamos muy metidas en faena, se nos olvida cómo se dicen las cosas en nuestra lengua materna, como fingen los cursis cuando se van tres días de vacaciones al extranjero. En esos momentos (de nuevo, qué deciros que no sepáis) se agradece toda mirada externa, sobre todo si esa mirada es experta en fijarse en minucias tan poco insignificantes como la palabra que mejor nombre la idea que nos ronda el pensamiento. Vivir todo ese proceso en directo no solo me resultó inspirador (como también dirían los cursis de antes) sino que directamente creo que deberíamos replicarlo en futuros encuentros.
Además de debatir intensamente sobre la profesión, comimos, bebimos y charlamos. No todo va a ser pensar. Una tarde fuimos de visita a un centro de arte donde nos presentaron la obra de Jørleif Uthaug. También hubo quien se bañó en el lago. Por si todo esto fuera poco, la última noche el cielo de Hurdal tuvo a bien hacernos el siguiente regalo:

La foto es malísima, pero os hacéis una idea
El lunes, ya de vuelta de tantas emociones, comí con el equipo de NORLA en su oficina. Una de las cosas que me preguntaron cuando me notificaron lo del premio fue que cuál era mi tarta noruega preferida y, como no podía ser de otra manera, dije que la que recibe el nada humilde pero bien merecido sobrenombre de verdens beste: la mejor del mundo. La tarta, como siempre, cumplió lo prometido, con el añadido especial de que la había hecho la propia Mette con sus habilísimas manos.
En los dos días que pasé en Oslo tuve la oportunidad de pasear por varios sitios que me encantan, como la librería Tronsmo, la Biblioteca Nacional de Noruega y la Deichman, donde puse por primera vez mis piesines en la Future Library. También visité por fin el Nasjonalmuseet en su relativamente nueva ubicación, y allí me encontré, entre otras muchas joyas, con el que durante mucho tiempo fue mi fondo de pantalla y con la butaca que yo tendría si me cupiera en el salón y se me fueran cayendo los billetes de tres en tres de los bolsillos. Antes de esto último, en el hotel, desayuné salmón con knekkebrød y huevos revueltos, gofres con brunost, café de filtro y zumo de naranja de la marca Sunniva y, de camino a mi habitación, saludé a Ivar Aasen.

Interior de la Future Library, donde ya descansan los manuscritos de Margaret Atwood, David Mitchell, Sjón, Elif Shafak, Han Kang, Karl Ove Knausgård, Ocean Vuong, Tsitsi Dangarembga, Judith Schalansky y Valeria Luiselli

Busto del filólogo noruego Ivar Aasen en el descansillo de la primera planta del Hotel Bondeheimen
Como es de bien nacidas ser agradecidas, a Noruega no fui con las manos vacías. Me llevé una palabra que ahora reposa en una vitrina en la oficina de NORLA:

Un atolladero en la oficina de NORLA. La foto es de Mette Børja
Elegí esta palabra y no otra de las muchas que había, porque un atolladero es un lugar en el que los traductores nos empeñamos en meternos, pero del que gracias a los compañeros, a los paseos, a la inspiración divina o pagana y (en mi caso y en el del resto de personas que traducimos del noruego) gracias a NORLA, siempre logramos salir.
Muchas veces pienso qué me gustaría que supieran de ese país que yo tanto adoro las personas que me preguntan por Noruega. Cómo resumir todo lo que más me gusta, mis artistas preferidos, las canciones que más a menudo escucho, los paisajes que mejor recuerdo. Algunas de esas cosas (pausa publicitaria) las he inmortalizado en un libro que en realidad son dos. Otras aparecen en las novelas, cómics, ensayos y álbumes ilustrados que he tenido la suerte de traducir, y varias más las he ido dejando esparcidas por este texto como un reguero de miguitas de pan. Espero que no se las coman las gaviotas y que lleguen sanas y salvas hasta el otro lado de la pantalla, donde por supuesto os imagino sentados en una silla de diseño escandinavo, a poder ser de Peter Osvik, tejiendo unas manoplas increíbles o aprendiendo a tocar el langeleik.

Unas gaviotas tramando fechorías a los pies de la ópera de Oslo

Fotografía de Ana Flecha por Laura C. Vela
Ana Flecha Marco es traductora del noruego, del inglés y del francés al castellano. También es intérprete de enlace y de conferencias, escribe e ilustra libros y artículos y es editora de la colección editorial vía postal. En 2025 recibió el premio NORLA de traducción por su labor como traductora del noruego al castellano y en 2024, el Premio de Traducción Esther Benítez por Chica, 1983 de Linn Ullmann.


Ana, fresca y estupenda, como siempre. Un gran abrazo.