Carta a un Ministro, Julia Osuna Aguilar

Viernes, 15 de marzo de 2024.

Inspirada por la candidez de la Bella de Pobres criaturas, un siete de febrero de 2024 la trujamana se acercó con paso decidido a la inauguración de la biblioteca Grupo Cántico de Córdoba para intentar interceptar al ministro de Cultura, Ernest Urtasun, y entregarle una misiva enfundada en un cantoso sobre amarillo. La entrega se hizo, pero qué ha sido de esta carta inocentona y ridículamente idealista no podemos saberlo; respuesta no ha habido. Puede que haya acabado pasto de una trituradora, un plato de espaguetis amarillo radiactivo que bien podría simbolizar toda la basura que genera el mundo del libro.

 


Se me ha ocurrido que te puedo contar lo que yo, como trabajadora precaria del sector, traductora de libros que tiene que dejar ahora su trabajo tras diecisiete años por lo indigno de las condiciones laborales, sé sobre este mundillo, opaco como él solo


Estimado Ernest:

Ilustración de Julia Osuna

Andaba yo ya dándole vueltas a la idea de escribir una carta al nuevo ministro de Cultura cuando me puse el podcast de la Hora Extra para escuchar tu entrevista con Pepa Blanes y poco más y se me atraganta la torrija de pan bimbo barato que les había hecho a los niños por Año Nuevo cuando te oí decir que el sector del libro te preocupaba menos porque es un mundo en pujanza desde la pandemia. Perdona, pero ¿pujanza para quién? ¿Para los directivos del bipolio editorial que se han montado en el dólar en esta última década mientras externalizaban a sus trabajadores? ¿Trabajadores que quizá sean los que os voten, más que esos directivos? Seguro que las declaraciones pueden matizarse, y está feo comparar sectores precarizados, pero se me ha ocurrido que te puedo contar lo que yo, como trabajadora precaria del sector, traductora de libros que tiene que dejar ahora su trabajo tras diecisiete años por lo indigno de las condiciones laborales, sé sobre este mundillo, opaco como él solo.

Pero antes, para crear algo de tensión dramática, te hablaré de mis amigos. Sí, es necesario.

Conocí a mis amigos entre botellón y botellón, a qué negarlo. Fuimos de los primeros privilegiados que teníamos ocio, estudiábamos y teníamos mucho tiempo libre los fines de semana. Hacíamos botellón, sí, pero las conversaciones que recuerdo versaban todas sobre la peli de Fincher, el libro de Welsh o el último disco de Portishead. Era en la cultura donde nos encontrábamos todos. No recuerdo hablar sobre qué hacía tu padre, o a qué se dedicaba tu madre. Poco importaba. Tu pertenencia al grupo estaba condicionada solo porque te supieras o no al menos los nombres de cuatro discos de Sonic Youth. En esos momentos éramos todos iguales porque compartíamos la cultura que nos llegaba, la que intercambiábamos como yonkis en cintas regrabadas, libros reventados de tanto pasar de mano en mano o cedés con recopilaciones de grupos en mp3. No éramos en absoluto conscientes, era simplemente nuestra moneda de cambio, nuestra forma de no tener que gritar I don’t belong here… sin tener la voz de Thom Yorke. Citábamos los diálogos de Pulp Fiction como si fueran religión, bailábamos cantando a coro y sudábamos en festivales que nos pagábamos trabajando en el Telepizza o poniendo copas. Esas obras nos explicaban lo que nuestros padres eran incapaces de articular, nos sacaban de las peleas domésticas, del desasosiego y el desencanto de esa otra generación. Y esos mismos fuimos quienes después, gracias a becas del Estado para estudiar, elegimos carreras que podían llevarnos a trabajos creativos, trabajos con los que nosotros también haríamos cultura cuando todavía Cultura con mayúsculas en nuestro país eran los toros y el premio Planeta de turno. Devolveríamos lo que nos había dado la Creación.

Veinte años después, seguro que habrá estadísticas mucho más rigurosas que la demoscópica que yo me hago con mi círculo conocido, pero a mí esta me parece bastante ilustrativa: de los que decidimos trabajar en la Cultura de entre mis colegas —unos diez del grupo—, la mayoría, en estos dos últimos años de inflación galopante, hemos llegado a nuestro techo de aguante y estamos haciendo o pensando en hacer oposiciones porque nos hemos visto con cuarenta y pico años y una mano delante y otra detrás y como autónomos precarios; y no precisamente por habernos rascado la barriga o haber vivido de subvención en subvención ni nada parecido: reconversiones de violonchelista a interventora de RENFE, de diseñador de revistas a funcionario de prisiones, de dramaturgo a auxiliar administrativo, de traductora de libros a docente de secundaria… O sea, huyendo como las ratas del barco de la Pujanza Ajena en busca de dignidad en sectores regulados y colectivizados. Se podrían hacer ocho libros blancos al respecto, pero no hay tiempo, solo tenemos cuatro años antes de que esto se desmorone del todo.


¿Qué es lo que pasa entonces para que, pese a esa supuesta pujanza, sus trabajadores estemos con el agua al cuello?


Pero, volviendo al mundo del libro, ¿qué es lo que pasa entonces para que, pese a esa supuesta pujanza, sus trabajadores estemos con el agua al cuello? Por lo pronto, te puedo contar que no me extrañaría que el sector del libro sea uno de los más contaminantes del país. Si tenemos en cuenta que se basa en un sistema de distribución por el que los libros vienen y van de imprentas a almacenes y librerías y vuelta a almacenes para luego ir a morir a la guillotina y convertirse en pulpa en menos de dos años, te puedes hacer una idea de lo que se consume en energía y carburantes varios, por no hablar de papel y árboles. Es insostenible y hay que virar ya hacia el sistema de ecoedición que se está poniendo en marcha en otros países. Si ya hace tiempo que somos consciente de la publicación de demasiados libros (ya hablaba de esto Gabriel Zaid en relación con lo que él llama «grafomanía»), ¿por qué no frenarlo antes de que el mercado se fagocite a sí mismo?

Por otro lado, los conglomerados pantagruélicos que se han formado en estas últimas décadas —a saber, el grupo Planeta y el grupo Penguin Random House—, aparte de fomentar un reparto poco equitativo y de mermar el beneficio de sus autores, han propiciado la externalización de muchos de sus colaboradores. Cuando antes era impensable que no hubiese correctores o maquetadores en plantilla, ahora son rara avis los que siguen teniendo un puesto fijo. ¿La razón? Ahorrarse nuestras cotizaciones. Si las tarifas estancadas desde hace años para traductoras, correctoras y diseñadores nos tienen en la cuerda floja —entre el malvivir y el sobrevivir—, el hecho de tener que asumir nuestras propias cotizaciones inclina definitivamente la balanza hacia la precariedad. Si no somos falsos autónomos es porque desde los grupos editoriales se cuidan ya de distribuir el trabajo para que no alcancemos con él el 75 por ciento de nuestra facturación, cuando las editoras de mesa te dicen claramente que, si no, se lo mandarían todo a quienes mejor responden y más comprometidos están con la editorial. Yo, más que una empresaria, me considero una autontónoma por trabajar con un libro para una editorial durante tres meses seguidos y, aparte del IRPF, tener que descontar 1000 euros de cotizaciones a mis ingresos. Insostenible.

Lo cierto es que el sector del libro necesita de una reestructuración integral. Y quizá lo mejor sea empezar por auditorías de control como las que provocaron la reestructuración y el saneamiento del sector audiovisual y que tantas malas praxis sacaron a la luz. Ahora es posible saber al detalle cuántos espectadores ven una película en cualquier punto de España. Actualmente eso es inimaginable en un sector donde los autores no saben realmente cuánto venden sus libros.

Otro amigo, librero en Madrid, me cuenta que pronto se va a notar el cierre de muchas librerías después del varapalo de los libros de texto en la comunidad. Porque, como dice este mismo amigo, muchos libreros más que empresarios, son emprecarios. Así que nada, maravilloso que cierren las librerías de barrio, otro gran paso hacia la involución de la democratización de la cultura… ¿Qué será lo siguiente? ¿Que haya que pagar por entrar en la biblioteca pública Amazon de Vallecas?

Tendrás que decidir tú contigo mismo si pasar de puntillas por la cuestión, que entiendo que da miedo, como anteriores ministros, o realmente meterle mano al asunto. Por supuesto, necesitarás molestar a tus compañeras, especialmente a las de Trabajo, y pelearte con el monstruo grande de la última pantalla. Pero no sé, quizá te llene de fuerza tener presente que precisamente esos mataos de hambre del sector cultural somos quienes os votamos, igual que nuestros padres y madres votaban a Julio Anguita o a gobiernos socialistas que al menos, en apariencia, pensaban que merecíamos estudiar.

Pertenezco a un grupo de trabajo que está intentando impulsar una propuesta no de ley para reclamar cambios en el sector. Como precarios que somos, es difícil encontrar huecos para la lucha, y de eso también se aprovechan. La desesperación actual hace que al menos, paso a paso, estemos intentándolo.

Este año me han concedido el segundo premio en importancia en España, después del Nacional de Traducción, el premio Esther Benítez. Con este apunte lo último que quiero es presumir. Lo que quiero es poner en evidencia la tristeza de estar en lo más alto de tu profesión y a la vez no poder, por ejemplo, pagarles unas clases de idiomas a tus hijos como mis padres hicieron en su momento conmigo, con la idea de darme un futuro que ahora parece equivocado.


La desesperación no genera monstruos, genera ideas. La incomodidad crea, la comodidad mata, que decía Cocteau. Yo estoy jodidamente incómoda con esta situación. No soy, ni de lejos, la única


Sí, lo sé, lo de probar a escribirle una carta a un ministro y que le llegue es de lo más peliculero. Muy de verme en plan Erin Brokovich, intentando luchar contra el sistema. Pero es lo mejor que se me ha ocurrido. La desesperación no genera monstruos, genera ideas. La incomodidad crea, la comodidad mata, que decía Cocteau. Yo estoy jodidamente incómoda con esta situación. No soy, ni de lejos, la única.

Luz, fuego, destrucción y vuelta a la Creación,

www.lamujercambiante.es

julia@lamujercambiante.es

Ilustración de Julia Osuna

 

 

Julia Osuna Aguilar (1981) ha traducido desde 2005 más de 160 libros de literatura de expresión inglesa, francesa, griega e italiana. Con el tiempo se ha especializado en literatura anglosajona actual escrita por mujeres, así como en géneros como la novela negra o la comedia británica. Algunas de las autoras que ha traducido son Miriam Toews, Vivian Gornick, Joyce Carol Oates, Tana French, Bernardine Evaristo, Emmanuel Guibert o Riad Sattouf. Como pasatiempo reivindicativo, también se dedica a escribir artículos sobre el oficio en publicaciones como VASOS COMUNICANTES o la revista Contexto. Tanto estos como sus traducciones, pueden consultarse en www.lamujercambiante.es

 

4 Comentarios

  1. María-José Furió

    Creo que hemos sido muchos los que hemos pensado en escribir al nuevo ministro con la intención de llamar su atención sobre la debacle que se cierne sobre los trabajadores de la cultura y redactado mentalmente los puntos que no debe pasar por alto en esta legislatura. No se me había ocurrido tutearle, por cierto, por muy de Sumar que sea, ni contarle mi desgraciada vida. Nuestra precariedad es el resultado de muchos factores, que quizá convendría analizar dentro del panorama más amplio del contexto generado por las nuevas tecnologías y de aspectos políticos que determinan qué se financia y qué se deja de financiar. Cuando uno se cierra sobre sus circunstancias personales -y las mías son de juzgado de guardia como han ido demostrando varios abogados– deja de ver que hay otros factores que determinan y por qué y cómo llega antes que los colegas a estar contra la pared y en la ruina. Dicho de otro modo, además de señalar una base mínima de tarifas también convendría luchar hasta conseguir que sea más fácil y rápido obligar a cumplir las leyes, empezando por la LPI. Como profesión estamos mejor que los pioneros a los que se está recordando últimamente, pero si los contratos no se cumplen y no tenemos manera de hacer que se cumplan, es todo una fantasmada. El ministro está trabajando en una ley del artista que básicamente parece consolidar la equiparación entre los artistas y los peones de los viejos cortijos.

  2. Isabel

    ¡Gracias, Julia!

  3. Juan Maldonado López

    Impresionante tu artículo. No hará caso, es demasiado comunista-estalinista. Sumando