Julia Osuna: premio Esther Benítez 2023

Lunes, 15 de enero de 2024.

El pasado jueves 14 de diciembre, ACE Traductores celebró en la sede del Instituto Cervantes de Madrid la entrega del XVIII Premio de Traducción Esther Benítez, otorgado ex aequo a Rita da Costa, por su traducción de La vida, después, de Abdulrazak Gurnah, y a Julia Osuna Aguilar, por su traducción de Pequeñas desgracias sin importancia, de Miriam Toews. Reproducimos aquí la intervención de Julia Osuna en la entrega del premio. 

Me vais a perdonar que os haya traído un texto un tanto bajonero (creo que se me rompió el optimismo de tanto usarlo, que habría dicho Rocío Jurado de haber sido traductora de libros), y que encima sea desde una primerísima persona, pero, paradójicamente, es así como tomo perspectiva.


En diecisiete años de curro he pasado de no poder vivir sin traducir a no poder vivir dignamente porque traduzco


Tengo una sensación extraña de haber compuesto una especie de autoobituario prematuro. Pero es que este premio me ha llegado en la primera época en que me planteo dejar la traducción y, claro, hay algo de muerte en ello, porque en diecisiete años de curro he pasado de no poder vivir sin traducir a no poder vivir dignamente porque traduzco. Y el caso es que en las fases del duelo, después de, calculo, unos dos años de negación, he pasado a la fase de rabia. Preferiría que estuviera aquí mi yo abuelita del futuro narrando a sus nietes aquellos maravillosos años, pero entre que, para entonces nadie tendrá hijos y que yo estaré gagá, la imagen podía ser un poema. Así que rabia, sí… pero no la subestimemos. Como dice la propia Miriam en el libro: «A la mierda…, puede que las descendientes de la Estirpe Femenina no tengamos riquezas ni ventanas decentes en nuestras casas llenas de corrientes, pero nos queda la rabia y construiremos imperios con ella, caballeros».


Este nuestro oficio es claramente de resistencia, pero a veces la presión que ejerce sobre nosotras nos lleva a aguantar cosas que no debemos aguantar


En toda la obra de Miriam está muy presente la lucha, la rabia generatriz y, una cosa importante, la búsqueda de la diferencia entre resistir y aguantar. Yo ando ahí, intentando dilucidar hasta dónde llega cada cosa. Este nuestro oficio es claramente de resistencia, pero a veces la presión que ejerce sobre nosotras nos lleva a aguantar cosas que no debemos aguantar. Porque la resistencia es activa y el aguante es pasivo, y, casualmente, las mujeres tenemos ese maravilloso don para adaptarnos a todo lo que nos viene. Quizá demasiado.

Precisamente las protagonistas de Ellas hablan, el primer libro que traduje de Miriam Toews, debaten sobre si quedarse y aguantar en la colonia menonita donde han sufrido violaciones continuadas o abandonarla y enfrentarse a los peligros que acechan en lo desconocido. Quedarse y luchar o irse porque creen que jamás cambiarán a sus maltratadores y porque no quieren recurrir a la violencia. Luego veremos qué hacen finalmente.


¿De verdad, a cambio, tengo que aguantar que me maltraten con tarifas con las que no llego al salario mínimo? ¿Cómo voy a combatir la productividad mecánica de la Máquina de Hacer Libros trabajando como una autómata de una fábrica de palabras?


A ver, que no es que haya llegado a las manos con ningún editor, ojo, pero el coste psicológico está ahí. La resistencia es buscada, sí, quiero participar en el último bastión contra el estrés y este modo de vida loco, ayudar a que se siga pudiendo leer de todo, ayudar a que la gente se tome su tiempo, a parar el tiempo con la lectura, ganar en concentración y capacidad de análisis. Pero ¿de verdad, a cambio, tengo que aguantar que me maltraten con tarifas con las que no llego al salario mínimo? ¿Cómo voy a combatir la productividad mecánica de la Máquina de Hacer Libros trabajando como una autómata de una fábrica de palabras? Y si encima lo quieres hacer bien, porque te queda tu poquito de pundonor, te vienen las voces: ¿Diez minutos buscando el adjetivo adecuado? Pero ¿tú estás tonta? Así cómo quieres llegar a las páginas. Este mes será otra vez un desastre. ¿Que tienes que con-ci-liar? Pero es que a quién se le ocurre tener hijos con un empleo de autónoma precaria… ¿Y qué hay de la emancipación de la mujer? Perdona, en la letra pequeña ponía bien claro que no hablábamos de la autónoma de a pie. Tenías que haber elegido: tus hijos o tu oficio. Ooh, Regreso al Pasado. Ay, es que yo solo quería tener un oficio creativo… Madre mía con el llori-llori… ¿Es que nadie te dijo que las personas con espíritu creativo están condenadas en esta sociedad, en esta España que no pone medios desde el gobierno para sostener la creatividad? Da gracias de que no estés en un psiquiátrico, donde acababan antes tantas almas creativas. Entonces, ¿qué es esto, un castigo por mi hibris? Tú, nieta de campesinos, ¿qué te has creído, que podías entrar en el elevado mundo de los libros? Y encima, ¿sin querer subirte al tren de la pedantería? Serás condenada a sudar como lo hicieron tus abuelos, ve directamente a la casilla de precaria editorial. Pero oye, que ni siquiera he intentado ser escritora de libros propios, no soy tan pardilla, he apostado por un oficio que da dinero a la industria y del que se vive dignamente en otros países. No te enteras, ¿no? ¡Andaluza, a tus aceitunas! Y entonces, ¿para qué becarnos a toda una generación? ¿Para arrojarnos a las fauces del mercado?

Me doy cuenta ahora de que ya la rabia me llevó adonde estoy. De que si me dediqué a este oficio fue para llevarle la contraria a los adultos, que no entendían nada porque no habían escuchado ni a Bad Religion, ni grunge ni jevi rock español del bueno. Si ahora cuando oigo la palabra «rage», me viene a la cabeza el verso de Dylan Thomas Rage, rage against the dying of the light, antes Rage, así sin más, eran siempre los Rage Against the Machine, el grupo cuyas letras me dedicaba a traducir en las clases de inglés del instituto sin saber todavía lo que era traducir aunque sintiendo, ya sí vivamente, la rabia, la indignación contra la dinámica esclavista del trabajo, contra el vil metal, now you do what they told ya… No, no iba a hacer lo que me dijeran, no iba a ser profesora como mis padres, ¿qué son unas vacaciones pagadas y una seguridad laboral frente a la Pasión? Iba a elegir un oficio propio. Y, con el tiempo, ese oficio propio se convirtió en mi habitación, mi cuarto propio. Y es ahí donde he pasado las últimas décadas. Al principio, con el apego feroz de una droga. El perverso iniciador que me dio mi primera dosis, el malvado camello Vicente, que nos ponía a traducir textos de Cortázar y Borges del griego al español, sí, han oído bien, auténtica perversión inoculando la traducción por mis venas, traducción maldita, tú me estás matando. Dame más… Salvador Peña y sus condenados trujamanes y sus traductores enjaulados. Todo un complot para captarme. Y ay, pero qué es una yonki sin sus amigos yonkis. El cuarto propio se fue ensanchando en una casa okupa llena de amigos yonkis. Porque reconozcámoslo, es muy triste drogarse en soledad.

Pero, cuando pasó el efecto de la droga, cuando la vida decidió vapulearme y dejarme a la zozobra en el Mar de los Adultos, la traducción se transfiguró entonces en el ancla de mi salud mental. Llegaron las pequeñas desgracias sin importancia, pequeñas para mí como para la propia Miriam, porque eran otros quienes las sufrían y nosotras solo las que cuidábamos a los sufridores. Mi hermano empezó a tener brotes psicóticos y yo fui su ancla mientras me cogía con fuerza a mi ancla traductora. Mi cuñado y amigo se suicidó y luego, en consecuencia, empezaron a brotarme hijos del útero. Vida contra Muerte, la gran lucha. Cuando mi madre enfermó de Alzheimer, era en mi cuarto propio donde me metía a picar palabras con la negación del primer duelo, y luego, la rabia, que había vuelto, vertida por las teclas, porque eso no me lo iban a quitar, me quitarían a mis seres queridos, pero seguiría teniendo mi oficio, mi cuarto. He repasado las fechas y he visto que dos días después de entregar Pequeñas desgracias sin importancia por fin, tras tres años, decidí delegar el cuidado de mi madre en una residencia. ¿Casualidad o causalidad? Ahora creo que la forma de entender la vida de Miriam Toews, la fuerza de su escritura, su compasión y su benevolencia me ayudaron a tomar la decisión. Fue entonces cuando entendí que, en el contexto de la vida, aguantar no es lo mismo que resistir.

Inconscientemente, en esa época de vacas locas, fui refugiándome en lo que al final se convirtió en otra clase de resistencia: escribir artículos sobre nuestro oficio. En mi prisión de cuidados entendí que era una forma de escapar desde mi propio cuarto y un autocuidado: permitirme reflexionar sobre lo que hacía, permitirme pararme a contar lo nuestro, desde el punto de vista de lo que siente la traductora profesional, nunca de los autores, que ya tenían mucho espacio para ellos. Y desde el principio lo hice con mucha gente pululando en mi cabeza y para ellos escribí y escribo siempre: las frases más redondas y malsonantes para mi Francis, las verdades y los sinsabores de esta profesión para Laura, María, y Arturo, equilibrando sensatez y pasión para Miguel, colando los guiños de pelis más divertidos para que Carlos sonriera, hurgándome la cabeza hasta el fondo para Cris, Laura F. y Núria, exprimiendo mi corazón punki para Eugenia, siempre intentando pensar lo mejor de los demás como hace Vicente, interpelando a Jose como mi Némesis editora, y el conjunto, todo, por y para que mi padre creyera de una vez que soy escritora.

Pero no era consciente de que había redoblado la resistencia y de que eso tenía un coste para la salud mental y el bolsillo. Porque, de pronto, al salir de las tinieblas, me encontré con la habitación de una precaria que no llegaba a fin de mes y a la que no le daba tiempo ni a pasar la escoba, bolas del desierto sobre la solería. Y ese desorden de la habitación, ¿no sería un reflejo de mi cabeza? ¿De nuestras cabezas? ¿Qué les pasa a nuestras mentes cuando están agotadas de resistir? Por lo pronto, que se cuestionan su propia eficacia: ¿cómo alguien que lleva quince años trabajando sin descanso puede creer que nunca ha sabido traducir, que lo hace mal, que si va siempre con la lengua fuera es culpa suya y de nadie más?


Quiero creer que eso era lo que imaginaba Esther Benítez cuando cofundó Ace Traductores, un futuro en el que quienes se dedicaran a esto no fueran solo unos cuantos privilegiados, igual que las autoras a las que traducimos han dejado de venir de ambientes privilegiados


No, amigas, no, no somos nosotras, es la Máquina, la Máquina voraz de hacer libros y de aplastar espíritus sin que haya una regulación estatal del sector del libro, monopolizado y sustentado sobre espaldas herniadas de trabajadores externalizados. Los que más estamos sufriendo este momento de crisis somos los del 13,4, el porcentaje, según estudios, de traductores que solo nos dedicamos a la traducción editorial. Personas de unas dos generaciones que nos hemos especializado de tal manera en este oficio que hemos llevado más allá la práctica, que hemos conseguido hacer avanzar el sistema literario por el único mérito de traducir todos los días literatura. Quiero creer que eso era lo que imaginaba Esther Benítez cuando cofundó Ace Traductores, un futuro en el que quienes se dedicaran a esto no fueran solo unos cuantos privilegiados, igual que las autoras a las que traducimos han dejado de venir de ambientes privilegiados. Quiero creer que ha existido un portal temporal en el que eso ha sido posible, que no estaba todo en mi cabeza y que hemos formado un cuerpo de élite, agentes que entran en cualquier fregado y salen ilesas, y que Esther habría estado orgullosa de nosotras. La prueba está en que en los últimos años las ganadoras de este premio tenemos muchas ese perfil. Ahora mismo, sin embargo, con el empeoramiento progresivo de nuestras condiciones laborales nos hemos quedado con el cuchillo en la boca y cara de tontas, un ejército al que han dejado tirado en Filipinas, como a mi bisabuelo, y al que solo puede salvar la intervención del estado. Mientras, no sé cómo vamos a salir de esta, solo se me ocurre llamar a la solidaridad de quien tenga más margen de maniobra que nosotros los pringaos del 13,4… ¡Salvemos a los pringaos del 13,4…! Y que nosotros los pringaos dejemos en bloque de aguantar, tanto tarifas que nos degradan como vivir con miedo, miedo a intercambiar información, miedo a topos inexistentes, miedo a listas negras. Porque, como dice la abuela protagonista de Fight Night de Miriam: «Necesitamos equipos. Necesitamos a otros a nuestro lado con los que pelear. Las peleas en solitario son las peores». En el contexto del trabajo, tampoco resistir es lo mismo que aguantar.


Solo se me ocurre llamar a la solidaridad de quien tenga más margen de maniobra que nosotros los pringaos del 13,4… ¡Salvemos a los pringaos del 13,4…! Y que nosotros los pringaos dejemos en bloque de aguantar, tanto tarifas que nos degradan como vivir con miedo, miedo a intercambiar información, miedo a topos inexistentes, miedo a listas negras


Para no dejaros con la incógnita, terminaré contando que las protagonistas de Ellas hablan deciden al final irse de su colonia menonita para no seguir aguantando en un espacio que no las deja vivir, que solo las esclaviza. Y ese es para ellas el acto máximo de resistencia y lucha. No saben lo que se encontrarán por el camino, pero prefieren lo desconocido a lo malo conocido. Yo no sé qué me encontraré por el camino si salgo de mi habitación propia, pero empiezo a oír fuerte los cantos de sirena al otro lado de la puerta. Eso sí, como tenga que dar el portazo, se me quedará una rabia perenne que solo se calmará luchando por que no muera la luz. Porque la traducción es luz, simple y llanamente, LUZ.

* Mis queridos yonkis nombrados aquí son: Vicente Fernández, Francisco González, Laura Salas, María Enguix, Arturo Peral, Miguel Ros, Cristina Burneo AKA mi Doppelgangerina, Laura Fólica, Núria Molines alias La Moulinex, Eugenia Vázquez, José Hamad. Al pequeño equipo de futbito que tengo en casa: Juan Roldán, Miguel Osuna Gámiz, Miguel Osuna Aguilar, Gael y Dante Osuna Roldán.

 

Ilustración de Julia Osuna.

 

 

Julia Osuna (1981) ha traducido desde 2005 más de 160 libros de literatura de expresión inglesa, francesa, griega e italiana. Con el tiempo se ha especializado en literatura anglosajona actual escrita por mujeres, así como en géneros como la novela negra o la comedia británica. Algunas de las autoras que ha traducido son Miriam Toews, Vivian Gornick, Joyce Carol Oates, Tana French, Bernardine Evaristo, Emmanuel Guibert o Riad Sattouf. Como pasatiempo reivindicativo, también se dedica a escribir artículos sobre el oficio en publicaciones como VASOS COMUNICANTES o la revista Contexto. Tanto estos como sus traducciones, pueden consultarse en www.lamujercambiante.es

 

 

 

2 Comentarios

  1. Lo que me pregunto es por qué, si hemos podido malamente vivir de esto hasta ahora, ahora ni malamente podemos.

  2. Concha Responder

    Julia, aquí una más de ese 13,4 por ciento. Espero que esos cantos de sierena tan fuertes que te llaman no sean tan sirénidos, porque tienes una gran fuerza expresiva y evocadora y lo vives todo con esa misma fuerza, que transmites en lo que escribes admirablemente. ¡Lástima no haberte oído en directo!
    ¡Mucha suerte, compañera!

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