Traducir con el alma, Claudia Pena López

Viernes, 7 de octubre de 2022.

Claudia Pena ha recibido el premio María Martínez Sierra de Traducción de la Asociación de Directores de Escena de España por su traducción de El triunfo de Pluto / La reunión de los amores, de Pierre C.C. de Marivaux (Madrid, Publicaciones de la ADE, 2021).

El 21 de marzo de 2022 tuvo lugar la XXXV edición de los Premios ADE en el Teatro de la Comedia de Madrid, una gala cargada de emociones que propició el reencuentro festivo de las y los amantes del teatro tras unos años de pandemia que nos dejan con sed de luz y cultura. Si estuviésemos en una obra marivaldiana, diría que es absurdo sorprenderse ante el devenir de las cosas, ya que, según Marivaux, el ser humano está predestinado a un futuro ya escrito. Para él no existe el azar. En este sentido, ni la pandemia ni la celebración de la emocionante gala deberían habernos pillado por sorpresa. Sin embargo, como habitante del mundo tangible, si bien a veces hubiera preferido convertirme en una de las heroínas de las comedias del parisino, no puedo más que sorprenderme y sentirme afortunada por formar parte del maravilloso mundo del teatro gracias a mi pasión por la traducción.

Por algún motivo, nos suele agradar pensar que en la vida todo empieza con una historia de amor. Quizás Marivaux me estuviera esperando, pero lo cierto es que yo desconocía su existencia hasta que tuve la suerte de toparme, en mi tercer año de estudios en el Grado en Traducción e Interpretación, con quien fue y es mentora y, ahora, amiga: Lydia Vázquez Jiménez. En ella encontré uno de esos referentes que por desgracia escasean, sobre todo para las mujeres jóvenes. Una figura de autoridad y un ser de luz, con una energía que se apodera de su entorno y consigue sacar lo mejor de quienes la rodean. Ella me propuso trabajar en la que sería mi primera traducción de Marivaux, una oportunidad en la que para mí confluían mis dos pasiones y se hacía realidad un sueño: dedicarme a la traducción y a la literatura. Ahí empecé a sospechar que tal vez Marivaux no iba tan desencaminado en su negativa a creer en el azar. En él encontré un alter ego, un trasunto de mí misma que me hizo creer que las almas sobreviven al tiempo. Así fue cómo tuve la suerte de poder aunar mis dos vocaciones y, cuatro años después de mi primer acercamiento a Marivaux, defendí una tesis doctoral en traducción teatral dirigida, cómo no, por mis queridos Lydia Vázquez Jiménez y Juan Manuel Ibeas-Altamira.

El triunfo de Pluto y La reunión de los amores son dos textos poco conocidos, pero que dicen mucho de su autor y de la época en que vivió. Marivaux se sumerge en el mundo clásico grecolatino en una de sus múltiples búsquedas para desentrañar la naturaleza humana y defender la diversidad en todas sus formas. Rivalidad, ego u orgullo son algunos de los rasgos de los altivos dioses, que buscan corromper el alma humana a través de un capitalismo que nace precisamente en el siglo XVIII. La coherencia y el fin de las luchas de ego vienen ineludiblemente de la mano de una mujer. Así pues, amor, autocrítica y conocimiento son los pilares de una obra que pretende servir de modelo social, un modelo que solo el afán conciliador y la clarividencia femenina pueden llegar a instaurar. Y es que traducir a Marivaux es trasponer un pensamiento que, aun revestido de las formas dieciochescas, es atemporal e imperecedero. La pertinencia y elocuencia marivaldianas son tales porque supo ver más allá de las formas, de las apariencias, y servirse de ellas para analizar y comprender la esencia del comportamiento humano. Un ser humano caprichoso, inconformista, demasiado influenciado por el mundo externo como para atreverse a ahondar en las profundidades de su ser y actuar libremente. Porque parece que solo ahora empecemos a entender, aunque a veces nos cueste, que la libertad de elección es una utopía inalcanzable, si bien Marivaux ya lo dejaba más que claro en todas y cada una de sus obras. Lamentablemente, no somos libres de amar ni de ser, todo cuanto hacemos está condicionado por un determinismo que se nos escapa porque depende de una fuerza más poderosa: el constructo social. Nacer mujer u hombre, pobre o rica, en el campo o en la ciudad… anuncia historias conocidas sin necesidad de vivirlas. El conocimiento marivaldiano dejó huella más allá de su época porque se atrevió a marcar la diferencia, aun sabiendo que las consecuencias no le serían necesariamente favorables. La traducción nos permite acercarnos a el más íntimo de cada autora o autor, ahondar en su historia personal y artística, sumergirnos en su mente y danzar con ideas que a menudo asumimos como propias. Se produce una suerte de mímesis que con frecuencia nos conecta con otras épocas y, en el caso de la traducción literaria, nos obliga a trabar una gustosa y forzada amistad con los textos. Nadie los conoce mejor que quien los traduce, por lo que Marivaux se acabó convirtiendo en conductor de mi vida. Un no azar que hace que me sienta afortunada.

Rara vez contamos con guías tan preciados, y Marivaux lo orquestó todo para que, en esta época nada dieciochesca, yo tuviera tres. Si Lydia y Juan son dos pilares de mi vida intelectual adulta, antes de ellos la fortuna me había colmado con un regalo que me hubiera bastado de por vida. Tanto en mi trabajo como en el día a día, tengo siempre muy presente, aunque a él le cueste creerlo, a quien fue el primer gran profesor de mi vida: Arturo Cribeiro Bouzamayor. Sus clases de latín son lo que necesita cualquier mente, sobre todo aquellas que por su juventud están en plena construcción. Arturo ve la lengua en su esencia primigenia, te enseña a pensar, te deconstruye. Mis primeras traducciones fueron de Fedro y, al trabajar con El triunfo de Pluto y La reunión de los amores, no hubo un momento en que no pensase en mi primer profesor de traducción y en sus magistrales enseñanzas. Estas obras significaban mucho ya antes de traducirlas, pues en ellas Marivaux reunía amores que parecían escritos para mí. Los griegos creían que, tras fallecer una persona, su psique (entendida como alma) se transformaba en mariposa y jugaba con los Amores. De ahí vienen las mariposas en el estómago que aseguran sentir quienes se enamoran, como si fuese un mensaje orquestado desde el Olimpo para que las almas siguiesen bailando más allá de la corporeidad. Algo así, por etéreo que parezca, es lo que me viene a la mente cuando pienso en cómo explicar la dicha de la traducción literaria: un romance fuera del espacio-tiempo entre quien escribe y quien traduce.

Sentirme parte de la ADE es un privilegio con el que no contaba y que Marta Sánchez-Nieves Fernández (cuya traducción Noches blancas de Dostoievski me acompañó en un importante momento vital) me entregase el premio María Martínez Sierra de Traducción Teatral fue un inesperado regalo, sobre todo viendo los demás títulos y profesionales finalistas. Obras y traducciones maravillosas que he leído y disfrutado. La traducción teatral es un viaje mágico y, concretamente, traducir a Marivaux es un salto al vacío, la aventura de trasponer al español una filosofía y una lengua extremadamente personales. Sus neologismos, su pionera insistencia en reproducir el lenguaje oral de sus personajes, sus arquetipos, que son ya universales, y su manera de ver la sociedad hacen del teatro marivaldiano una inagotable mina de entretenimiento y saber. Si hay algo que no puedo ni quiero negar es que El triunfo de Pluto y La reunión de los amores fueron dos textos elegidos con el corazón, dos comedias que conforman un proyecto personal concebido desde la emoción, y doy gracias a la ADE por haberme permitido traducirlos. Siempre me ha gustado la poética idea de que traducir es migrar, emprender un recorrido espiritual que fusiona, como en un viaje en el tiempo, las almas de quien escribió el texto original y quien lo vierte a otra lengua. No quisiera yo hablar en nombre de mis compañeras y compañeros de profesión, que sin duda tendrán su propia visión de la traducción literaria. En mi caso particular, traducir, y más concretamente a Marivaux, es una actividad que se hace con el alma.

 

 

 

Claudia Pena López, natural de Valdoviño (A Coruña), es graduada en Traducción e Interpretación por la Universidad del País Vasco. Cursó un máster en Literatura Francesa en la Universidad de la Sorbona, donde más tarde trabajaría como docente. En 2019 leyó una tesis internacional (Universidad del País Vasco) sobre la traducción del teatro de Marivaux y la figura de la mujer en su obra. Actualmente es profesora de literatura francesa y traducción literaria (FR-ES) en la Universidad de Valladolid. Su actividad investigadora se centra en los Estudios de Género y la Traducción Literaria, actividades que compagina con la traducción, especialmente de la obra de Marivaux.

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