EL HOMBRE LECTOR

Artículo publicado en VASOS COMUNICANTES 38, Invierno 2007-2008

Rogelio Blanco

LA IMITACIÓN INNATA DEL HOMBRE

Los seres vivos de la especie animal disponen del genoma y del cerebro como centros procesadores de información. El primero, el genoma, es lento y fiable, tanto para almacenar como para transmitir. El segundo, el cerebro, es rápido y menos fiable. En la medida en que el cerebro ha tomado protagonismo y riendas en la información, necesita trasmitirla a otros; de este modo contribuye a crear una red informacional compartida que se denomina cultura.

La definición de cultura, factum esencialmente antropológico, es compleja. Es tal el elenco o cúmulo de definiciones realizadas por los diversos especialistas que aquí no abundaremos en ningún concepto más. además, como afirmara Nietzsche, sólo se puede definir lo que no tiene historia. Y la cultura posee tanta historia como su mentor, el hombre; luego, es tan difícil de acotarla o definirla como a éste. No obstante, valga afirmar que bajo la denominación cultura se aglutinen los valores e ideas, actividades y recursos, conocimientos y experiencias que se transmiten por aprendizaje social. “aprendizaje” y “social” son palabras clave para marcar el distanciamiento frente a lo que el hombre hereda de modo innato o congénito. Cultura, etimológicamente, proviene del supino latino cultum (del verbo colere=cultivar). se hace, no se nace con ella.

Se trata de cultivar, de dar forma al “inculto” campo abandonado, el que requiere una intervención directa, cargada de actividades y experiencias, habilidades y conocimientos que, de modo no heredado sino aprendido, adquiere el animal (casi siempre el hombre), y que aglutina, almacena, memoriza y rememora convenientemente; pero este comportamiento más allá de las habilidades personales se mimetiza o imita entre los miembros de la especie. observando pautas de conducta de los congéneres o recibiendo sus explicaciones casi siempre, y del modo más económico posible, se aprende y aprehende lo necesario para resolver situaciones; si bien algunos individuos, además de imitar, ensayan y tantean o se someten a los conocidos y clásicos aprendizajes por condicionamiento. Es el aprendizaje por emulación o imitación el más reiterado y fructífero y, por lo tanto, requiere varios individuos; es social. Esta emulación, históricamente, no siempre mantiene el mismo ritmo. En determinadas épocas, como ahora, los contenidos culturales circulan abundantes y con rapidez; en otras, por el contrario, los siglos discurren y los contenidos permanecen.

Se ha reiterado el carácter de aprendizaje social de la cultura y su vinculación con el hombre, salvo si se tienen en cuenta las investigaciones etológicas sobre los chimpancés y sus diversos comportamientos o habilidades para obtener alimento y protección según los lugares y en todos lo casos mediante comportamientos aprendidos de los progenitores: aprendizaje social; es decir, un modo de actuación que se transmite fundamentalmente por imitación, por mimetismo, no genéticamente (por genes).
Últimamente, y gracias a R. Dawkins, se ha acuñado el término “menes” frente a “genes”. Si “genes” es unidad de información genética, “menes” es unidad de información cultural; si los genes documentan la evolución genética y transmiten los contenidos referidos a este campo, los “menes” lo serán del cultural. Además hay otras diferencias: los primeros, ya que son genéticos, acuden verticalmente de progenitores a descendientes; los segundos, los “menes”, son poliédricos, polifónicos, horizontales, dinámicos y cambiantes, cuya suma conforma una red informacional. En los genes la evolución sigue una secuencia lógica y predecible; en los segundos las secuencias son aleatorias y cargadas de intencionalidad (de intus-ire: ir hacia), son permeables, mudables y porosos, además de reproducirse no genéticamente, sino por aprendizaje social. Y este hecho, se itera, sucede, salvo en casos excepcionales, en el hombre. El hombre es el ser eminentemente cultural.
EL HOMBRE, SER CULTURAL
El hombre es el ser que, ni siendo bestia ni dios, ha necesitado crear cultura. Es la cultura el abrigo intermedio e imprescindible que nos protege de la intemperie producida por el desasimiento o pérdida de los poderes instintivos y sus cadenas, por el dominio de los “menes” sobre los genes, y por la imposibilidad de disponer de los poderes exclusivos de los dioses. Es la cultura, pues, un producto del hombre, un radical (de raíz) antropológico que horizontalmente se transmite ad infinitum entre congéneres.
Las fuerzas instintivas, donde abunda el dominio de los genes, “salvan” a las bestias; y las divinas a los dioses. Los hombres han necesitado “crear” la cultura para suplir las pérdidas mecanicistas que apuntaban los instintos y olvidar, por otra parte, ser como los dioses. En el último caso, cada vez que lo intentan, los acompaña la desgracia.
además, diacrónicamente, el hombre ha necesitado liberarse de sus miserias, del miedo, de los dogmas, de la ignorancia. En definitiva, ha necesitado aprender. Un acto casi exclusivo de los hombres y único por la extensión y dominios que abarca y su necesidad en el caso de la especie homo. Esta ansia de liberación de cadenas conduce al permanente anhelo de libertad. La cultura, pues, es la creación del hombre que contribuye a superar limitaciones, que proporciona más libertad frente a las ataduras y los condicionantes naturales. Crea instrumentos, tecnologías o desarrolla habilidades. Frente a los imperativos supersticiosos, propicia las rutas de la razón; frente a las tiranías sociales, intenta poner en marcha modelos jurídicos, políticos u otros que lo defienden de tentativas opresivas; etc. Por lo tanto cultura y libertad, con abundantes contradicciones, caminan asidas y requieren práctica y aprendizaje.
Para aprender, no obstante, es necesario leer. Y leer es un acto cultural que requiere el esfuerzo necesario para comprender la realidad circundante: la vida, lo cercano y lo próximo, la naturaleza, etc. Para esta lectura son imprescindibles los soportes que alberga la cultura en toda su explosión poliédrica y polifónica a través de la historia, que coincide exactamente con la biografía de su creador, el hombre.
Y de entre todos los soportes transmisores de cultura destaca el libro como garante activo de las proyecciones que el hombre habilita para cubrir sus necesidades, como muestrario de contenidos acumulados históricamente y ofrendados en el momento (sincronía) que se habilita para recibirlos.
Si la historia del hombre es una aspiración de libertad, y ésta la expresa en modelos culturales, y el soporte que mejor los recoge es el libro, será éste, pues, expresión de libertad. Conocer los entornos que habitamos, sus seres y objetos, es decir, lo “otro” (objetos materiales, naturaleza, ambiente, seres irracionales, etc.) y “el otro” (mis congéneres próximos, el vecino, el prójimo) conducen al conocimiento de uno mismo, “el yo”. Este trípode, el otro, lo otro y el yo, son los ámbitos prioritarios de una suculenta lectura, la más importante; pero para llegar a esa tripleta necesitamos herramientas, referentes conductores, soportes que acumulan las riquezas que los hombres, definidos por su afán creador y por sus aspiraciones de libertad, han ido acopiando durante su deambular por el planeta Tierra.
El soporte más significativo, se reitera, es el libro, mas no es el único. Es el libro un bien cultural y civilizador, capaz de disponer espacios ensoñados de libertad que el hombre aspira alcanzar. Desde las tablillas de terracota, los códices, los manuscritos, hasta los nuevos soportes electrónicos, sin olvidar todo el aspecto de la Galaxia Gutenberg, ha caminado y bregado al lado de su creador: el hombre.
Si aspiramos a una sociedad libre y democrática, la lectura se impone como valor cívico. Máxime en un momento en el que estamos saturados de contenidos que se agolpan en aluvión, que caen en cascada imparable. Cada cinco años los saberes se renuevan. Es necesario administrar y leer adecuadamente los contenidos a fin de que el hombre se apropie de ellos y los transforme en conocimientos. Los conocimientos son la subjetivación de los contenidos una vez interiorizados. El hombre que posee conocimientos se aleja del modelo de “experto-idiota”. Es protagonista de su vida y copartícipe social. Es sujeto cívico.
¿Por qué lee el hombre? En primer lugar por-que la lectura es un acto de aprendizaje por parte de quien se sabe limitado y aspira al enriquecimiento; luego, exige esfuerzo. En segundo lugar, porque el hombre necesita ausentarse de la realidad y adentrarse en mundos de ensueño, en otras realidades posibles y alternativas a las que le circundan; luego, es utópica. En tercer lugar, porque el hombre necesita no sólo saber de sí mismo sino también de los congéneres y de sus mundos; luego, es social. Es decir, leer es dar cabida a las ansias de aprender, de soñar y de relacionarse por parte del hombre e ir más allá de sus contornos al encuentro con los otros, con el otro y consigo mismo; pues es un acto netamente humano, antropológico, ecuménico.
Por el contrario, los dioses no leen, pues no necesitan completarse, son pletóricos; si tuvieran que aprender, revelarían una limitación que los alejaría de su condición divina; luego, los dioses sólo dictan. a esa facultad de dictar también han aspirado algunos seres humanos para imponerse sobre otros mediante imperativos, dogmas: dictámenes, en definitiva. Modelos que se alejan de la esencia de la lectura, que son ajenos a una característica esencial de esta, la dialogal; pues una lectura “honesta y bien hecha” implica diálogo reiterado con los tres elementos del trípode: las cosas, los otros y con uno mismo, máxime en un momento en que el flujo de contenidos resulta vertiginoso. El problema no es la abundancia sino cómo administrarlos y quién los administra. Recurramos a la historia. Casi todas las religiones, sobre todo las monoteístas recogen en los mitos fundacionales una desobediencia del hombre a los dioses por mor de acceder a la sabiduría (a la libertad). El modelo mesopotámico o el egipcio restringían mediante sacerdotes-funcionarios, a través de escrituras crípticas, actuando y preservando los conocimientos en los templos nilóticos o en el zigurat de los saberes. Ciertamente no todos los contenidos culturales llegan a través de la escritura, pero ésta es la más difundida en el ámbito occidental. se intenta controlar, homogeneizar, dominar. Craso error, pues el hombre porfía en obtener la libertad, implícita en los contenidos culturales que necesita, comparte y transmite. Y este milagro se realiza con los congéneres y a través de la palabra. El hombre necesita autonomía (del griego autos = uno mismo) cultural, es decir, individualizar y decidir por sí mismo en función de sus intereses y a sabiendas de que la suma de los menes acumulados es mayoría, pues muchos seres autónomos encarnan una sociedad de seres libres culturalmente, de lectores que leen como miembros de la especie homo sapiens sapiens et quaerens (el que sabe que sabe y pregunta).
Reyes autócratas, basileus o sátrapas y faraones eran conscientes de que el control de los saberes también les garantizaba el poder. De ahí que no les importaba cargar de mitos divinos a las ciencias y anatematizar a todo aquel que se propusiera acceder a esos espacios reservados para los dioses (o los poderosos). Los castigos terrenales y los extraterrenales eran implacables en amenazas. Y “saber es poder, quien más sabe más puede” era el lapidario dictum que se imponía y conducía a la siguiente conclusión: “controlemos los saberes”. Luego se impone diluir los saberes para participar de los poderes, para construir democracia.
Sin más recorrido histórico, pues el hecho se reitera diacrónicamente, fue en el siglo de las Luces cuando se propuso la fuerza de la razón. El grito de Kant: “Sapere aude!” (atrévete a pensar) es un punto de partida cuyo recorrido aún no ha terminado. Y sus tres preguntas a resolver: ¿Qué puedo aprender? ¿Qué debo hacer? ¿Qué puedo esperar? Luego: desarrollar la razón, la convivencia y la utopía.
A inicios del siglo XX, aún existen sátrapas, sumos sacerdotes o faraones que aspiran al con-trol. Defender y desarrollar la democracia impone que los saberes lleguen a todas las personas, con la condición de que sepan leerlos, es decir, interpretarlos, hacerlos propios. De ahí que, apoyándose sobre todo en los libros, los hombres necesitan aprender a leer para aprehender los contenidos y transformarlos en conocimientos, para poseerlos y ser sujeto de su propia historia y no simples objetos de otros; para relacionarse con “el otro”; para no enmarañarse con “lo otro”. Usamos y abusamos de las “cosas” (la naturaleza) y, a veces, nos devuelven parte de la ingratitud recibida. Así pues, una “lectura atenta y bien hecha” fuerza a no pisar ni pesar (M. Zambrano) sobre nada ni nadie, que es lo mismo que no auto-oprimirse, ser más libres, más ciudadanos.

EL HOMO QUAERENS

El hombre es sapiens et quaerens. Sabe y pregunta. Lee. Este potencial lector es característico de la especie homo. Un poder al que los amantes de dominar temen.

Vico, en el cuarto libro de Scienza Nuova (“De la marcha de las naciones”); Condorcet, en Bosquejo de un cuadro histórico de los saberes del espíritu humano, obra conocida bajo la denominación de Esquisse; J. Godoy en La domesticación del pensamiento salvaje u otros como W. Benjamín, estudian el interés de los poderes por domesticar la capacidad lectora del hombre, de los riesgos que conlleva la fuerza de la razón para su interés, de los peligros de la palabra y su poder. Por ello, leer no es sinónimo de consumir, de ejercer de consumidor compulsivo y bulímico de novedades banales. Leer es aprender, es cubrir taras o carencias, y ello supone esfuerzo, también, ¡cómo no! La lectura posee una dimensión erótica (en sentido marcusiano). Y el hombre, como ser racional, alcanza las cuotas más altas cuando dispone de mayor libertad y felicidad. Desarrollar sus fuerzas racionales, ser libre y feliz son las ambiciones a lograr en este planeta (Eros y civilización).

La dimensión quaerens del hombre se puede cercenar, censurar, ocultar, negar, mas nunca desaparece. Hacerse preguntas sobre sí y sobre el mundo es un acto pertinaz y en el que continuamente el ser humano reitera y pone en juego sus facultades. Lo empírico y lo hermenéutico (H. Arendt) se hacen presencia ante el individuo que, de acuerdo con sus facultades, debe localizar, interpretar, analizar.

LA LECTURA

Durante un largo tiempo la palabra lectura se asoció a la capacidad de interpretar, descifrar, comprender situaciones, objetos, etc. Manifiestamente no se asociaba a lo escrito, a un texto. El pintor Poussin le escribe a un amigo avisándole del envío de un cuadro para que lo lea. En la actualidad el acto de leer se asocia a la conversión de grafismos en conceptos con significación; concretamente, y en la mayoría de los casos, se refiere a la interpretación de símbolos impresos en el papel que recoge un paralelepípedo, denominado libro, y si es de escaso grosor y mayor superficie se denomina revista o periódico. si bien ya hemos señalado la triple dimensión de la lectura con sus referencias para la comprensión del otro (mi prójimo), lo otro (la naturaleza o mundo ajeno de los seres luminosos) y mi yo, podemos ceñirnos ahora a su sentido usual: leer letras impresas; sin obviar, no obstante, la ayuda que presta a la comprensión enriquecida por parte de la tripleta señalada.

Pues bien, teniendo en cuenta esta consideración usual se puede afirmar, y con referencia a nuestro país, que éste es una potencia mundial productora de material impreso, concretamente de libros. En cuarto lugar se suele situar dentro del concierto mundial. Y esta posición se debe al potencial de la industria editorial e impresora, de la distribución y las librerías, de la riqueza de nuestros creadores y profesionales y, también, de la internacionalización de la lengua más practicada: el español. Esta riqueza productora no se corresponde como se desearía con la lectura. Ciertamente, es necesario propender a un equilibrio de las situaciones, estimulando os hábitos lectores de la población.

Revisemos algunos datos de la producción de libros en España. se editan cerca de 80.000 títulos anuales, gracias a las 2.700 editoriales, de las cuales cerca de 170 poseen delegaciones en el exterior. Esta producción sitúa al libro en el décimo producto en el ranking de exportaciones y con una balanza positiva. El mercado interior mueve cerca de tres mil millones de euros anuales y el exterior se aproxima a los quinientos de venta de libros, más cerca de otros mil por venta o facturación de servicios. De este modo se producen cerca de 350 millones de ejemplares y se mantiene un catálogo vivo de más de doscientos mil títulos. La tirada media por título se aproxima a los 4.500 ejemplares y el precio medio por libro es de 12.17 euros. Todo ello gracias a un sector que da empleo, directo e indirecto, a cerca de 100.000 personas.

Gran parte de estos libros se integran en las bibliotecas particulares y otros en los fondos de las públicas. En el caso de las últimas acopian 55millones de ejemplares, lo que supone 1.26  libros/habitante. Siguiendo las recomendaciones de la IFLA/UNESCO, que indican la conveniencia de fijar en 1.5 y  2.5 libros/habitante, se deduce que nos hallamos lejos de la cifra que señalan los organismos internacionales. Este dato es llamativo en un país eminentemente productor, si bien debemos reconocer que se produce cierta disonancia con el hábito lector de libros y las disponibilidades de los mismos.

Respecto a los índices de lectura, y de acuerdo con el barómetro de hábitos que desde el 2000 se viene aplicando trimestralmente, los datos arrojan que lee el 57,2% de la población. se ha roto la marcada tendencia que dividía al 50 % la población lectora-no lectora, incluso son esperanzadores los datos referidos a los niños y jóvenes (16-14 años) que declaran leer habitualmente más de veinte minutos diarios y libros-no texto el 84,1%. Datos que dan esperanza pero aún están alejados del alcance de la anhelada cifra que fijan los indicadores de lectura en los países escandinavos.

Con ese propósito, se han “abordado” diversas medidas desde el Ministerio de Cultura y que brevemente se señalan. En primer lugar, el desarrollo de campañas de fomento a la lectura que bajo el lema “si tú lees, ell@s leen”, y a través de los medios de comunicación, se procura llamar la atención de los ciudadanos, sobre todo de las familias. Por otra parte, el Estado no sólo fija la necesidad de la lec-tura sino la creación de bibliotecas escolares en la reciente Ley (LOE). Es la primera vez en la histo-ria que se recoge esta propuesta en ley orgánica y además destina una partida presupuestaria importante para su dotación. Por otro lado, el Proyecto de Ley sobre la Lectura, el Libro y las Bibliotecas, que ya transita por las vías parlamentarias, desta-ca el papel de la primera y se reconoce el papel de los creadores, del sector editorial y del biblioteca-rio. También esta ley va acompañada de medidas económicas destinadas a enriquecer los fondos bibliotecarios. De acuerdo con los presupuestos de 2007, más los del 2005 y 2006, todos diseños del gobierno socialista, ello supondría un incremento histórico respecto a los años anteriores.

Con estas actuaciones se atiende al fomento de la lectura apoyándose en cuatro soportes: la familia, la escuela, las bibliotecas y los medios de comunicación. Cuatro soportes imprescindibles a los que se adhieren los creadores y editores, distribuidores, libreros y los docentes. Para que estas campañas tengan éxito, se debe implicar a toda la ciudadanía aupada por los profesionales culturales y educativos, así como los profesionales industriales y comerciales, sin olvidar los medios de comunicación y organizaciones diversas.

Pero deseo terminar con la idea con la que se inició este texto: sólo el hombre es el ser capaz de leer: necesita crear cultura porque anhela la libertad y felicidad compartidas con sus congéneres en un tiempo: el presente continuo; y en un espacio: acá, en la tierra.