Jueves, 11 de marzo de 2026.
Con motivo del fallecimiento del escritor Alfredo Bryce Echenique, recuperamos de nuestra hemeroteca la mesa redonda con su traductor al francés, Jean-Marie Saint-Lu, y Ramón Sánchez Lizarralde, celebrada en Tarazona en el marco de las Jornadas en torno a la Traducción Literaria, publicadas en VASOS COMUNICANTES 8, invierno de 1996.
RAMÓN SÁNCHEZ LIZARRALDE: Vamos a celebrar esta charla con Alfredo Bryce y su traductor, Jean-Marie Saint-Lu. Como ya los conocéis a los dos casi no hace falta que los presente. Sólo quiero decir que Jean-Marie es traductor, por supuesto de Bryce Echenique, pero también de Antonio Muñoz Molina, Juan Marsé, José María Guelbenzu y Torrente Ballester, y está traduciendo a Ignacio Aldecoa. Además me acaba de decir algo verdaderamente sorprendente: es el autor de las obras completas…
JEAN-MARIE SAINT-LU: El autor no, por favor.
RAMÓN SÁNCHEZ LIZARRALDE: Es el traductor de las obras completas de Cristóbal Colón y Fray Bartolomé de las Casas. Es también profesor en la Universidad de Toulouse de Civilización y Cultura Hispanoamericana. Vamos a dejar que hable en primer lugar Alfredo.
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE: Pues sí, Jean-Marie es un traductor esencial, más para España que para Hispanoamérica. Me acuerdo que cuando entramos a trabajar, en el año 68, en la Universidad de Nanterre, en plenas revoluciones, él no me saludaba. Pensaba que yo era un imbécil extranjero, cosa que no era verdad. Probablemente yo tenía la misma opinión, con el mismo cariño, sobre él. Nos hicimos amigos en nuestra cortedad y nuestras pocas palabras. Aprendimos a querernos, a ser amigos. Y creo que algún día Jean-Marie me dijo: «Me gustaría mucho que mi nombre y tu nombre salieran juntos en un libro». Años después eso se convirtió en realidad, cuando ya no trabajábamos en la misma Universidad. Su elección de dejar París por Toulouse prácticamente coincide con la mía de dejar París por Montpellier. Y de esa relación ha quedado la traducción y la verdadera amistad. Cuando uno a veces escribe, escribe con tanto amor que piensa hasta en su traductor. Me deciden traducir al chino. No puedo decir nada de la traducción al chino de mis libros, salvo que se equivocaron y me llamaron Alfonso Bryce, un tío al que yo admiraba muchísimo. Un primo mío que era un personaje poderosísimo en el Perú. No me quejé de que me hubieran traducido tan bien. Jean-Marie lo que ha tratado de traducir al francés es el tiempo de la novela perdida, de la novela que tiene mucha cultura. Bueno ¿tú que dices?
JEAN-MARIE SAINT-LU: Es cierto que las relaciones con Alfredo son unas relaciones más de amistad que de autor-traductor. Voy a decir unas cuantas cosas que muchas veces parecen mentiras, pero que son ciertas; yo creo en ellas profundamente. La primera de estas cosas es que para mí no hay traductor posible, porque no hay buena traducción posible. Y esto no es ninguna falsa modestia, a pesar del respetable y del respeto que se merece. Yo creo que hay que admitir primero que es totalmente imposible traducir. Lo que sí se puede hacer es tratar de transmitir lo más importante. Las dos facetas que para mí son las principales de la lectura son la emoción y el placer. Y yo creo que la única tarea valiosa que tenemos que emprender, nosotros los traductores, es tratar de devolver al lector de nuestro idioma el placer y el gusto, o las iras, muchas veces, los disgustos que podemos tener al leer el libro en su versión original. Con esto cumplimos, creo, y yo soy un mal traductor en realidad, porque no me importa mucho… Lo que sí me importa es el respeto a la obra; pero con un escritor como Alfredo me pasan cosas que, por cierto, no me pasan con Bartolomé de las Casas o Cristóbal Colón…
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE: Ni con las carabelas.
JEAN-MARIE SAINT-LU: Ni con las carabelas, y es que él, evidentemente, aunque parezca mentira a veces, es un autor vivo. Y nuestras relaciones, aun siendo firmes siempre, algunas veces son vacilantes, ¿no? Sobre todo porque él detesta que yo le traduzca, a pesar de todo lo que dice. Porque él se lanza cada vez a una especie de reto cuando escribe; y esto es cierto, lo va diciendo por todas partes, que él a veces escribe cosas para que el traductor no las pueda traducir.
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE: Es un gesto de cariño.
JEAN-MARIE SAINT-LU: Depende del cristal con que se mire. Son relaciones que se fundan, reposan mucho más efectivamente en el cariño que nos podamos tener, o el odio, a veces. Yo me siento injuriado por este tío que está a mi izquierda muchas veces, por cosas tontas, porque le cambié una palabra que para él era de suma importancia y que para mí no tenía ninguna, porque el que sabe francés soy yo. Lo que pasa es que Alfredo es un caso, no diría único, porque no le voy a hacer esta alabanza, pero sí un escritor muy particular en la medida en que escribe en un idioma que no existe y escribe de un país que tampoco existe. Él lo dijo muy bien ayer y creo que su literatura tiene este doble nivel que es dificilísimo de entender y de transmitir, primero porque es una viva paradoja. Alfredo, siendo a la vez un intelectual, como el que más, es también un contador como los más primitivos de América y de todas partes; o sea que él representa el caso —para mí, por lo menos, que tengo una experiencia bastante variada de los escritores hispanohablantes— de ser el autor que menos puede traducirse al francés, en realidad. Por esas dos razones que digo: porque habla de un continente que parece ser América, pero que en realidad no es América, sino su propio corazón; digo, el corazón de Alfredo, que es impenetrable, insondable y a veces un poco vertiginoso. Y es cierto que hay teorías según las cuales hay que separar siempre al autor de su obra; pero yo no creo que esto sea cierto, ni mucho menos; aunque sí es cierto que Alfredo es un autor al que es imposible traducir si no se le conoce. Es una realidad absoluta. Yo tengo una amistad con Juanito Marsé tan viva como la que tengo con Alfredo, y es cierto que hubiera podido traducir a Marsé sin conocerlo, pero en cambio a Alfredo no se le puede traducir sin conocerlo, sin tener esta especie de… Yo creo que la relación entre un autor, un escritor vivo y su traductor, es un encuentro que empieza muchas veces con un flechazo, aunque en nuestro caso fue un flechazo al revés; él se pasó un año creyendo que yo lo odiaba y yo me pasé un año creyendo que él a mí me menospreciaba, sencillamente porque éramos y seguimos siendo, no sé si se nos nota, los seres más tímidos del mundo. Y yo, sabiendo que iba a venir un joven escritor peruano, que para mí era todo un mito, no me atrevía a acercarme a él, y él, como no me acercaba, pensaba que… Bueno, hablaba de «flechazo» y creo que es una palabra justa porque es una relación de amor, de afecto. Estoy pensando que traduje a pocas mujeres, tal vez sea mejor, porque estoy casado, y, como todas las relaciones amorosas, esta relación empieza con un flechazo, aunque al revés, y luego sigue evolucionando en direcciones diferentes y nosotros llevamos casi treinta años de casados y tenemos… sí Alfredo, tú y yo… tenemos, bueno, muchos «hijos» juntos.
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE: ¿Cómo van los muchachos?
JEAN-MARIE SAINT-LU: Bien, bien. Lo que pasa es que muchas veces son hijos conflictivos. Y ahora estoy traduciendo la última novela de Alfredo, No me esperen en abril, que realmente va a ser una catástrofe de traducción, porque es una novela dificilísima, realmente dificilísima de traducir al francés, por ser la más peruana de todas sus novelas: de un peruano que no existe, un Perú que no existe o que existía tal vez hace treinta años o cuarenta y que ahora ya no existe, y que describe una realidad que realmente no sé qué efecto puede producir en un lector francés. O sea que lo que hay que traducir es…
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE: El cóndor pasa.
JEAN-MARIE SAINT-LU: El cóndor pasa, exactamente, porque no hay ningún cóndor en la novela de Alfredo, lo siento, ni un solo cóndor. Y, por consiguiente, vamos a pasar cuando termine la primera versión unos cuantos días juntos, no para que me explique, no para que me aclare las dudas que pueda tener, que siempre las tengo, pero sí para que me diga hasta qué punto puedo llegar en la «traición» de su libro. Porque yo voy a tener que traicionarlo. Te lo anuncio a ti ahora, Alfredo, nunca te lo había dicho, pero este… Bueno, a ti te toca ahora, ¿qué te parece?
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE: Todo lo que ha dicho Jean-Marie lo puedo firmar, con una duda; yo creo que el nacimiento —lo dije antes— de esta relación traductor-autor solo puede darse cuando el autor conoce la lengua del traductor; todos los traductores saben la lengua del traducido. Pero ha habido una relación que hizo que esto fuera así. Ya lo he dicho antes como una broma: «Esta frase no la traducirá jamás Jean-Marie Saint-Lu». No pensaba en el traductor al italiano, ni en el húngaro, ni en el sueco. Pensaba en una persona con la que realmente he pasado muchos años bellos de la vida en Francia. El primer traductor que tuve yo al francés no tenía la emotividad que tenía Jean-Marie, y allá habría un problema que plantear, ya para un coloquio o diálogo. Él no tenía esa… Era un tipo frío, raro, un marginal con pretensiones de haber triunfado como profesor de no sé qué, y hacía unas traducciones de mis libros que, bueno, eran bastante malas. Ayer quería decir algo de eso; ese traductor tenía una mentalidad honesta, seguro que era un hombre honesto… Tenía una mentalidad de viejo traductor francés. Quiero decir que se equivocaba.
Hablando de la traducción, y nada más que de la traducción, y no de la mía, de los grandes escritores latinoamericanos… Había en Francia una colección llamada La Croix du Sud, dirigida por Jean Cassou, un hombre maravilloso, en la que se tradujeron Pedro Páramo, todos los cuentos de Onetti, Ribeyro, La ciudad y los perros, en las más malas traducciones del mundo. En esta época de La Croix du Sud tal vez se tradujo a Borges por primera vez; las traducciones eran pésimas. Y cuando se impone aquel sacrosanto éxito del llamado boom de la literatura latinoamericana, se vuelven a traducir todos esos libros. Iba a decir que «pasamos» de esta colección, que era para menores de edad —éramos vistos como menores de edad—, a la colección de Gallimard, del mundo entero. Yo no sé si Jean-Marie estará de acuerdo, pero yo veía eso como una forma de paternalismo. He visto los contratos que se le hicieron a Ribeyro; yo llegué después, pero el tiempo me favoreció mucho. Quiero decir que en esa época no había ni traductores; y, entonces, conocer a un traductor de verdad, una persona como Jean-Marie, que me dice: «Algún día quiero ver tu nombre escrito al lado del mío» y hacer una traducción, es una cosa sensacional. El traductor vuelca la novela a otra cultura u otro idioma. El traductor es un ser que, en cierta forma, se quiere acercar al escritor; en el noventa por ciento de los casos no lo logra, por cuestiones absolutamente geográficas: si está en China o en Japón, o en Nueva York, pues no logra acercarse a un señor que vive en Madrid; alguna carta perdida, alguna declaración de principios, pero no logar tener esa complicidad. El traductor ideal es aquel que tú conoces, en el cual confías. Yo dejé de confiar en Jean-Marie porque me cambió el desenlace de la novela, me lo cambió; una novela tan intimista, tan escrita para darme el gusto de no ser traducido; una novela tan hermética. El desenlace de esa novela termina en el cielo, y él cambió el cielo, lo puso en la tierra. ¡Desgraciado! Provocó la más intensa correspondencia. Hoy extraño, echo de menos esas disputas. Porque Jean-Marie ya no me escribe, ya no me cambia ningún desenlace. Pero cuando muere este personaje, él no lo hace morir. Lo deja ahí en una especie de limbo; el tío tradujo mal. Yo me quejé amargamente, pero no a una editorial ni a un periódico ni a nada, me quejé a él. Creo que actué como un hombre noble. Me quejé a ti; y tú me echaste una bronca terrible.
JEAN-MARIE SAINT-LU: Pero lo cambié. No sólo lo cambié, sino que compré todos los ejemplares que quedaban de la primera edición. Casi es cierto lo que acaba de decir Alfredo; lo que no dice es que yo tuve que traducir esta novela —por cierto, la culpa es mía— en la quinta o sexta copia, hecha en una viejísima máquina Remington, en la que no se podía leer nada. ¿Te acuerdas, Alfredo? Y es cierto que el final se me escapó totalmente. Pero, en fin, hay peores errores, creo, en la traducción. Y por eso suelo decir de antemano que soy un traductor pésimo. Bueno, y esto es para explicar también que…
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE: ¡Con la poca importancia que yo le doy a todas las cosas de la vida! Me cambiaste la novela. Lo único que me importó en la vida es que esa novela terminara en el cielo y tú la dejaste en el limbo. Tradujiste burradas. Me entró un cabreo espantoso. Además me inventé personajes que habían acusado a Jean-Marie de haber traducido mal mi novela. Inventé miles de lectores inexistentes que decían que había traducido mal: «Nosotros somos bilingües perfectos. Fuimos alumnos tuyos en la Universidad de París hace treinta años». La cosa es que cuando te juegas la vida en una novela… y en esa me la jugaba yo, en la inverosimilitud de ese cielo… transcurre en el cielo, y este la bajó al purgatorio… Me entró tal cabreo… Como yo no me puedo quejar de nada ante una persona con tanto interés y cariño como Jean-Marie, inventé lectores airados, que se quejaban, y transmití las quejas.
JEAN-MARIE SAINT-LU: Sí, sí, es cierto. En realidad las precisiones sobre el caso creo que son necesarias. Es cierto que hay que explicárselo a todas estas personas y sobre todo a los jóvenes, que no saben por qué camino se adentran al querer ser traductores. Yo el mejor consejo que les voy a dar es: Que no se acerquen nunca a su autor. Nunca.
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE: ¡Pero si es todo lo contario!
JEAN-MARIE SAINT-LU: Yo digo lo que quiero. Sobre todo si este autor sabe o pretende saber el idioma de llegada. Alfredo habla un francés casi perfecto, pero hay ciertos matices que no logra captar. Quiero ser sincero hasta el final y voy a decir que no fue un error de traducción, sino un error de lectura, sencillamente. Y seguro que esto no habría pasado si hubiese traducido la novela a partir del libro editado. Esta novela tenía que salir en Francia en la época de mayor éxito de la novela latinoamericana, que ya ha decaído bastante, y estaba de moda traducir las obras para que salieran en francés casi al mismo tiempo que en castellano. Lo cual es una tontería soberana. Por eso tuve que hacer esa traducción durante un verano, a toda prisa, en una mala copia; y confundí sencillamente la transcripción de la onomatopeya «shhh» (silencio) con la transcripción de la onomatopeya de la risa: «ja, ja, ja». De ahí la caída al infierno, entre el silencio sideral del cielo y la risa abismal de las profundidades. Pero yo creo que son cosas que no se pueden evitar y que en realidad no tienen mucha importancia. Lo digo para tranquilizar…
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE: Te has echado un discurso de media hora para, al final, volver a cambiar el desenlace. A mí me gustaba el que tenía. Y me has hecho venir hasta Tarazona para cambiármelo de nuevo. No te acepto eso. Eres un traductor que traicionaste ese final tan bello. Me estaba jugando el pellejo con ese final.
RAMÓN SÁNCHEZ LIZARRALDE: A propósito de eso, Alfredo. ¿Tú tienes tanto interés por la traducción que te lees la obra cuando se traduce?
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE: No, hombre. Yo no tengo interés por la traducción. Cuando descubres que en China te llamas Alfonso… Te entran ganas de llamar a Mao Tse-Tung a cobro revertido. Eso no tiene el más mínimo interés, pero sí tiene interés en el sentido de que un traductor que está cerca de tu vida, que ha tenido la misma experiencia universitaria, con el que llevas veinte años juntos en los mismos trabajos, tanta compatibilidad… pues te interesa mucho su trabajo, te inspira un enorme respeto, es un trabajo generador de otro texto en otro idioma. Yo no me metería nunca más en el trabajo que Jean-Marie hace con mis libros. Por ejemplo, es muy gracioso. Ahora está traduciendo No me esperen en abril, la última novela mía publicada. Jean-Marie tiene sus dudas, sus cosas. Pero dice que a medida que va traduciendo el libro sus dudas se aclaran. Antes de entregarlo a la editorial haremos una gran revisión y probablemente tenga desde la información sobre la palabra más tonta hasta el giro más culto. Eso es ser traductor. Pero yo creo que además yo soy una buena persona. A mis traductores les mando diccionarios de peruanismos. Dos tomos. Yo no tengo, pero los mando a los traductores. Soy una persona que no puede escribir con un libro a mano. Cuando un escritor quiere llegar a contar su historia el vocabulario es un estorbo. Un estorbo. El vocabulario peruano me ha perseguido toda mi vida. Y me hace mucha gracia tener que decir que, todavía, treinta y dos años después de haber salido de esa ciudad, de Lima —que como decía ayer tenía menos de un millón de habitantes cuando yo salí y ahora tiene diez millones— sigo siendo, según dice la crítica peruana, el más limeño de todos los escritores peruanos. Soy el traductor del limeñismo. No uses jamás el diccionario. El vocabulario es tu recuerdo. Si escribes una novela sobre la memoria y el sentimiento, usa el vocabulario de tu recuerdo. Por ejemplo, el complejo de ser un peruano tiene mucho que ver con la traducción en la misma lengua; el complejo de ser un peruano que hace treinta y dos años que no vive allí. Yo sé más sobre el Perú que todos los peruanos que viven ahí. Pero yo me detengo en un semáforo, con lo cual me convierto en suizo: el imbécil que se detiene ante un semáforo a las dos de la mañana. Quiero decir que yo cuando leo a estos chicos tan jóvenes, tan amigos míos, siempre digo: «Hazte un vocabulario. Alfredo. Hazte un vocabulario. No se lo cuentes a nadie. Un vocabulario exhaustivo». Yo me he dado cuenta de que si tuvieran menos seriedad perderían mucho menos tiempo. Cuando vas al Perú y preguntas por una palabra te dicen: «Ya pasó de moda». ¿Qué es un peruanismo? Un peruanismo es lo que dice Ricardo Palma en el siglo XIX. El peruanismo, en un país hecho pedazos, es lo que ha sobrevivido. Por eso a Jean-Marie le sirve, porque están oficializados todos los términos desde el siglo XIX. Ahí están los peruanismos, ahí se encuentran las palabras de más antigua usanza y te lo entiende hasta el camello, aunque tú no entiendes la lengua del camello. Eso es lo que yo quiero decir. Que yo también traduzco, como traducía Arguedas. Yo traduzco casi de Chamberí para el Perú. El traductor yo creo que tiene que considerar todas esas posibilidades. El último libro que presenté en Francia, traducido por Jean-Marie, Dos señoras conversan… Ahí quiero decir una cosa sobre la traducción, que es tan bella. Ese libro, que son tres novelas cortas, de cien páginas cada una, lo publiqué porque quería hacer un ejercicio de contrición. Lo publiqué y me dijeron que tenía logorrea… Si haces una literatura sentimental ¿cómo no vas a tener logorrea? Tú tratas de contar tus sentimientos.
JEAN-MARIE SAINT-LU: Muchas veces tiene razón el que calla.
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE: El que escribe no puede callar. Tiene que contarlo, Jean-Marie. La vida privada es otro problema, pero el que escribe no puede callar.
JEAN-MARIE SAINT-LU: Hay escritores callados. Juan Rulfo, por ejemplo.
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE: Bueno, Juan Rulfo era una pesadilla. Venía todos los días a mi casa de París. «Oiga, Bryce». «Maestro Rulfo, ¿qué se puede hacer por usted?» «Tráigame veinte botellas de vino». «Yo en esto no tengo infraestructura». Era un coñazo, Juan Rulfo, porque habría escrito un poco más y me habría indispuesto un poco menos. No, no. No hay tampoco derecho a que cuando una novela es concisa, joder a un amigo. Jean-Marie, yo creo que mi logorrea deja lugar a que no quepa la menor duda. Yo cuando escribo estoy tan a gusto que mando siete mil palabras de más, tratando de contar un sentimiento. Eso se llama, además, anacoluto. Anacoluto. Del cual habla Barthes: interrupción de la figura amorosa que cambia de discurso para tratar de contar el mismo amor con otras palabras. Y luego se ve interrumpida y luego locuaz, y luego logorreico. Así lo dice este escritor de Francia. Pero yo sé más que él, porque lo he vivido. Él estaba acostumbrado a Francia. Mientras que un peruano nunca se acostumbra a Perú; siempre se quiere ir. Y cuando trata de volver tampoco puede. Jean-Marie dice que yo soy logorreico… Los hombres que quieren capturar el mundo entero no lo logran jamás, y fracasan. Pero es una literatura de la palabra; de la palabra vivida, sentida, de la no culta. Traducir a Alejo Carpentier, que probablemente era el que más palabras usaba, con sinónimos y antónimos… es un coñazo; es como traducir con un ordenador: aprietas la tecla Carpentier y te sale todo. Traducir a un escritor emotivo es imposible. Y ahí me callo.
JEAN-MARIE SAINT-LU: De paso diré que es muy interesante traducir a un autor logorreico, porque como te pagan por cada palabra…
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE: Él gana más que yo traduciendo. Pero eso me importa un pepino. Me gusta que si trabaja tan bien le paguen bien. Siempre me ha tocado eso en la vida: que a mis amigos les paguen bien.
JEAN-MARIE SAINT-LU: Y, sobre todo, porque el francés tiene, como sabemos, esta particularidad de ser una lengua mucho más expansiva, mucho más larga…
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE: El francés, mi querido Jean-Marie, estorbó cuando Rabelais muere, lo echan de la corte y se va. Racine, Corneille, Molière y toda aquella corte jodieron el francés al máximo. De Rabelais a Céline. Yo amé Francia. Y a ti te consta que nadie amó Francia como yo. Me interesé por Rabelais y Céline. Trabajé sobre la locura del lenguaje. De todo eso te queda la logorrea que tenían Rabelais y Céline. Al traductor realmente le sobran palabras. Ahí cuentas cómo a mí me sobran tantas palabras.
JEAN-MARIE SAINT-LU: Es cierto, pero no te vamos a cambiar ahora. Quería relacionar un poco esta palabra que se suele escapar en cada mesa redonda sobre traducción, de si el traductor es o no es un creador. Y para mí, que conste, el traductor no es un creador. En ningún caso puede ser un creador. Yo creo que el mayor peligro para una obra literaria es ser traducida por un traductor que se estime creador. Me parece que no en mi caso, pero sí en otros muchos casos, si dejamos de lado a los escritores-traductores, que son primero escritores para llegar a ser traductores después, como Baudelaire… yo creo que todos los traductores somos escritores frustrados. Yo SOY traductor, lo digo siempre y es cierto, porque tenía, como muchos, un prurito de escritura. Lo malo es que no tenía, ni tengo, ni tendré jamás nada que decir, nada que me parezca lo suficientemente interesante como para que se derriben árboles para fabricar papel para imprimir mis palabras. Por eso este prurito de escritura lo vengo satisfaciendo con el papel de traductor; y realmente me gusta traducir, pero tampoco es una paradoja lo que voy a decir. A pesar de las apariencias, el verdadero traductor, para mí por lo menos, es el que ama su propio idioma. A mí me gusta muchísimo el español, por eso me pagan, y bastante bien. Pero me gusta muchísimo más el francés; con perdón y mejorando lo presente. Es cierto que gozo muchísimo leyendo literatura española de hace siglos, pero no es mi idioma. Lo que quiero es pasar unas cuantas palabras, una novela, de este idioma que también quiero, que sería mi casa chica, como se dice en México: la amante. Mi esposa es el francés y mi amante es el español. Y a veces hay conflictos, como se puede esperar. Creo que esto es lo más importante. Yo hablaba de placer y de gusto y mientras tanto buscaba otra palabra que se me acaba de ocurrir, que es la palabra fruición; la fruición del idioma. Traducir es escribir pero no puede ser para mí crear. No voy a hablar de anacoluto, pero sí usaré una metáfora que me vale siempre para expresar lo que quiero decir ahora. Y es que, si bien se conoce la consabida angustia del escritor frente a la página en blanco, yo digo que el traductor tiene la angustia frente a la página en negro. Y debe hacer su trabajo de la mejor manera posible. Y para mí la traducción está mucho más allá de la fidelidad. Creo que es una tarea imposible la restitución de esta fruición que se puede tener al leer un texto. De ahí que para mí el ideal sería justificar, pero aparte, no en notas a pie de página, ni con introducción ni nada, la traducción, las elecciones. Yo sé perfectamente que aquí he hecho un contrasentido, pero lo he hecho adrede, según la letra. Pero nadie, ni siquiera los críticos peor intencionados cotejan el original, porque no tienen tiempo; únicamente si les parece que el texto en el idioma de llegada es falso: esto ocurre a veces. Esto es importante. Pensar: ¿qué pasa si a mis queridos colegas se les ocurre cotejar mis traducciones? Las obras de Alfredo se estudian en las universidades y, efectivamente, los estudiantes y los profesores van a buscar la traducción, para ver lo que has hecho. Y yo cada vez que ponen una obra de uno de mis autores me escondo. La fidelidad absoluta no es lo más importante. Hay otra manera de ser fiel; una manera mucho más importante que no pasa por el respeto de la palabra, sino que pasa por el respeto de la intención, del contenido, del contexto. También se sabe que la traducción de los cuentos de Edgar Allan Poe que hizo Baudelaire está cuajada de contrasentidos. La traducción del Fausto, de Nerval, la hizo un chico de sexto de secundaria, con el poco alemán que sabía entonces; y, sin embargo, es la mejor traducción del Fausto que se pueda dar, y la menos exacta, desde el punto de vista literal. Hay un ejemplo en el sentido contrario, pero que también cae por su peso, y es que hay otro famosísimo traductor de Poe al francés, además de Baudelaire, que es Mallarmé. Y Mallarmé, a diferencia de Baudelaire, sabía inglés; era profesor de inglés y además era poeta. Por eso con Mallarmé tenemos a la vez la exactitud lingüística y la precisión. Esto no impide que en el mundo entero se conozca a Poe mucho más a través de la traducción francesa que a través del original. Si hablas con norteamericanos muchos te dicen que no entienden realmente lo que los franceses le encontramos a Poe. Creo que el traductor ideal es éste.
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE: Poe ha tenido una magia en Francia que no la ha tenido en ningún otro país.
JEAN-MARIE SAINT-LU: Como decía al principio, todo depende del cristal con que se mire. Hay datos particulares y no hay generalizaciones.
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE: Jean-Marie es el más amigo de mis traductores, aunque tengo dos o tres. Nos amamos, nos odiamos, no nos saludamos. Por todas esas cosas surgió lo que iba a ser una gran amistad y un gran cariño, y yo creo que aunque yo no hubiera escrito una sola página también habría sido igual. Yo creo que con lo que trabajé en Estados Unidos ya realicé la actividad suficiente como para poder haber vivido sin ser escritor. Quiero decir convivido con él y con otros colegas igualmente generosos y maravillosos. Me acuerdo que una vez Jean-Marie vino a Montpellier y discutimos durante mucho rato sobre todas las frases que él no podría traducir jamás. De mi verborrea, como la llama él. «Esta no la traduces. Bueno. Me parece una frase muy sencilla, muy importante para el texto. Traducir eso sería mi orgullo, sería mi felicidad verter al idioma francés ese sentimiento». Jean-Marie me decía siempre: «Espérate, Alfredo, que lo lograré». Y con ese libro lo logró. Eso de «Inés del alma mía, luz de donde el sol la toma». Y él tradujo «Où le soleil s’enflamme». Me cagó. Era mejor en su idioma. Era una cita de Zorrilla que yo usaba en mi texto y él lo tradujo a otra cita que no existía en el idioma francés, pero que parecía una cita. Tradujo una cosa que no era del texto; una cosa dentro del texto. Esto es lo que te da la garantía de la traducción. Sabes que ese señor va a trasladar tu texto, que va a originar otro texto. La traducción debe tener esa emotividad. Yo no sé si en la frialdad del trabajo que uno hace en casa, en la soledad del trabajo que uno hace en casa, tener un referente es importante. Decir: estoy traduciendo una novela de Alfredo Bryce y puedo marcar su teléfono y llamarlo y conversar con él; o Alfredo vente a mi casa a Toulouse. O al revés que yo llame y diga vénganse ustedes. No es lo mismo que traducir a Shakespeare.
JEAN-MARIE SAINT-LU: Pero él tampoco se queja de su traductor.
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE: Yo creo que la traducción es un arte. Hubo un temblor, un terremoto… En los países telúricos hay terremotos, menos desde que murieron Miguel Ángel Asturias y Neruda, porque ellos eran telúricos; entonces había más terremotos… Desde que han muerto ya no hay tanta América Latina pura. Se ha generado una cosa medio neoliberal; ya no hay terremotos. Ya no hay esa locura de la literatura hispanoamericana. El terremoto está domesticado. Ya no hay Nerudas, fáciles de traducir, porque eran grandes principios. Los grandes principios los recoge la Constitución norteamericana, las novelas, los westerns y todo eso. La traducción es una emotividad que tiene que tener una correspondencia en otra emotividad.
JEAN-MARIE SAINT-LU: Estoy absolutamente de acuerdo, desde luego. Me parece la única vía posible. La teorización de la traducción es interesante. A todos nos gusta. Somos intelectuales, más o menos, y nos gusta discutir y pensar y saber por qué hacemos las cosas. Pero la traducción, como el andar al andar, se manifiesta al traducir. Y nada más. Y punto. Yo al traducir descubro muchas cosas sobre ti, pero también sobre mí. Y es cierto que el mayor peligro del traductor es el vampirismo del traductor: quererse meter en el pellejo más profundo del autor y robarle. Y no citaré nombres, porque además son amigos. Pero, para mí, gran parte de los traductores franceses, por lo menos, pecan por este lado. A veces sin saber quién tradujo un libro adivinas inmediatamente quién es el traductor. Cualquiera que sea el autor traducido traducen exactamente de la misma manera. Como en el Perú a veces se desazona el indio, en Francia se desazona el escritor frustrado del que hablaba al principio. Yo creo que el mejor traductor es el que es escritor antes que traductor. Y tuvimos una prueba fantástica esta misma mañana con Clara Janés. Yo no entiendo nada el persa, ni lo entenderé nunca, pero me parece que el mundo persa contado por ella se descubre hasta sus raíces. Y este Perú del que habla Alfredo, que no existe en realidad. El Perú del que tú hablas es el Perú de tu memoria, de tu infancia, de tu añoranza…
RAMÓN SÁNCHEZ LIZARRALDE: Vamos a pasar a abrir un turno de palabra. Quienes tengáis algo que plantear, que decir, que discutir, es el momento.
ESTHER BENÍTEZ. Es un diálogo tan personal el que han mantenido Alfredo y Jean-Marie que yo no tengo nada que preguntar. Es un espectáculo y estoy aquí fascinada viéndolos. Tengo una pregunta que me gustaría que contestara Alfredo y es: ¿quién fue tu primer traductor? ¿Empezaba por D su apellido, por un casual?
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE: Con B empezaba. Tradujo mal. No tuvo la emoción, ni la sensibilidad que tenía que tener. Primero por una cosa muy cierta, de la que tampoco le puedo echar la culpa. Toda la traducción en Francia estaba basada en el hispanismo de España. Con toda la buena intención y la generosidad, este señor se metió con una novela mía y la cagó. Hizo una traducción espantosa. Además con él pasó una de las cosas más duras. Y es que me suprimió un capítulo diciendo que era demasiado peruano y que al público francés no le iba a interesar. Se puso de acuerdo con el editor. Y además creían que me hacían bien suprimiéndome capítulos. La revisión de esa novela por amigos que han hecho cursos de traducción de francés al español consistió en acudir al diccionario de hispanismos y no de peruanismos. O al diccionario y punto. Yo no podía ver el diccionario de la Academia peruana, ni creo que sean tan fastuosos ni tan buenos hoy. Hay una escena que decía: «Y lo que le quedó de lápiz de labios se lo puso de chapas». Chapas en el Perú, chaposo, es las mejillas coloreadas. Este traductor fue al diccionario y vio: «La serrure de la valise». Entonces le salió una escena absolutamente surrealista en la que los personajes de mi novela en vez de pintarse la cara pintaban las maletas. A lo mejor gano con esto en realismo mágico. A lo mejor me convierten en otro autor, que no soy yo. De esto soy testigo y doy fe. La deformación absoluta de una novela. Me lo han seguido diciendo. Yo no me quiero enterar tanto, porque también me molesta y no me gusta criticar. Pero me lo han dicho varios colegas de Universidad que han usado este texto para traducciones al español desde el francés, lo que han descubierto. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Allí hubo una complicidad editor-traductor de la cual yo salí perjudicado. No le echo la culpa a nadie, pero lo tengo que contar. Otra cosa que aprendí, por ejemplo, es que una editorial que hoy ya no existe en Francia empezó a traducir toda mi obra al francés. Yo le agradezco lo bien que se portó esa editorial conmigo en ese momento dado. Pero entonces era el momento en que ya Jean-Marie empezaba a ser mi traductor. Y lo que pasó fue que había una chica francesa, que había sido mi alumna en la universidad y que era casada con un peruano… Vino a mi casa y yo me di cuenta de que esa chica entendía el vocabulario peruano mío mejor que yo. Entonces confié plenamente en que la traducción de ella sería una gran traducción. Porque realmente sabía lo que yo quería decir. Pero resultó que escribía mal en francés. Y Jean-Marie tuvo que salvar la traducción, que salió sin traductor. Se olvidaron, no sé si te acuerdas. No pusieron el nombre del traductor. En ese momento fue muy incómodo saber que esta chica francesa, casada con un compatriota mío, no sabía hablar su idioma. Entendía el mío, pero no sabía hablar el suyo. Y Jean-Marie tuvo que corregir el francés.
JEAN-MARIE SAINT-LU: Esto pasó también con la primera novela del cubano Jesús Díaz, del cual también soy traductor. Una novela que la tradujo un francés que vivía en Cuba desde hacía años y entendía perfectamente el español de Cuba, pero se había olvidado por completo del francés, y la traducción resultó una catástrofe absoluta, que nunca pudo salir.
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE: Ahí hay un caso muy evidente de lo que es la traducción. Lo lejos que uno puede estar de una traducción. Y ahora, tan lejos como puedo estar de la traducción de Alfonso Bryce al chino, estoy de la de Jean-Marie, salvo que la respeto más, porque sé que hay un trabajo que yo entiendo y si me pongo a fijarme en ello lo puedo entender, lo puedo discutir incluso con Jean-Marie. Con un traductor anónimo esto no es posible. Por ejemplo, en 1991 fui profesor visitante de la Universidad de Río Piedras, en Puerto Rico. Había un traductor que tradujo una novela mía y con la traducción de esa novela ganó el premio de la Universidad de Columbia al mejor traductor del año. Pero este señor apareció por Puerto Rico y yo le dije: «Vente a mi casa y vamos a discutir». ¡La inseguridad era tan tremenda! Él es un hombre estupendo. Vivió veinte años en el Perú como agente de la CIA. Hasta un agente de la CIA se corrompe en Lima. Se casó con una peruana. Pero ya era traductor en potencia. Quería traducir lo que le había pasado en su vida, que era la desesperación de ir a un país de malo y salir de bueno. Esto es un caso humano que permite la traducción. Cuando nos vimos en Puerto Rico me dijo que había dudado al traducir mi novela. «Hay un escritor en Alburquerque que me ha tachado todo lo que yo he traducido. Esto es mal español, mal idioma. ¿Tú que piensas?» «Déjalo como estaba antes de tacharlo Rodríguez». Toda la traducción se hizo sin Rodríguez. Rodríguez era en este caso el elemento malo de la traducción, porque le enseñó a traducir al castellano más oficial, más correcto, que no tenía nada que ver ni con lo que él había vivido en el Perú, ni con lo que yo había vivido en el Perú. Y luego él hizo una traducción muy libre. Yo le dije: «Quítate el complejo de que como eres gringo no puedes traducir». Quitándose a Rodríguez de encima logró una gran traducción. La traducción tiene también un nivel de espontaneidad. Tiene que tener un nivel de espontaneidad. No me pongo en el pellejo del traductor porque nunca he traducido nada. Pero desde el papel de persona que ha sido traducida a varios idiomas puedo juzgar. El traductor no es un traidor, este lugar común. El traductor recrea el texto: lo pasa a otro idioma, lo pasa a otra cultura, lo pasa a otra ciudad.



