La traducción de dialectos, II

Lunes, 21 de agosto de 2023.

Segunda entrega (véase aquí la primera) del Centón compuesto por las respuestas de los socios de ACE Traductores a la pregunta ¿Cómo abordáis la traducción de los usos dialectales o alejados de la lengua estándar?

Carmen Francí: Para resumir lo que planteaba en el centón anterior, creo que entre los profesionales hay una clara coincidencia en lo que podemos hacer para traducir formas de expresión alejadas de la norma (dialectos y demás) y es la que describió Patricia Antón. Y si alguna vez se lee o se ve otra opinión diferente, esta procede de personas alejadas de la traducción profesional.

¿A qué se debe esta sintonía? Pues yo creo que nosotros somos más conscientes de lo que se publica, de qué soluciones dan los colegas a distintos problemas, de qué se espera de nosotros. Y esto poco tiene que ver con las teorías de la traducción o lo que diga la Ley de Propiedad Intelectual y mucho con el mercado en el s. XXI.

Concha Cardeñoso: Ahí va otra opinión: traduzco del inglés y del catalán y en ambos idiomas me he encontrado con una gran variedad de casos, y lo cierto es que he resuelto (insatisfactoriamente, cómo no, pero resuelto al fin) cada uno de una forma.

Al traducir por ejemplo del catalán, y encontrarme variantes locales, lo que he hecho y lo que hago es, en primer lugar, tener en cuenta el registro, que suele ser coloquial y casi siempre campesino (o rural, rural nada más, que diría el maestro de Amanece, que no es poco). Siempre me tienta recurrir al habla de mi paisanaje leonés; sin embargo sé que tengo que contenerme, (aunque a veces meto alguna, lo reconozco) porque temo al anacronismo como a la peste (¿qué pinta una joven del corazón del Pirineo catalán llamando «gochos» a los cerdos que cría?).

Bueno, pues lo que procuro es emplear registros más generales que den la idea de que ese personaje se expresa de una forma más rural, si es el caso. Por ejemplo, las terminaciones en -ado pueden ser en -ao o en -au, según, y no todas ni siempre (ya sabemos que depende). También rescato vocabulario en desuso (o casi) en la medida de lo posible, por ejemplo, el «velay» que soltaba mi abuela casi como un suspiro paciente o resignado, y que está en el DUE, gracias a los dioses o a quien sea.

En cuanto a los autores anglófonos, parece que les gusta mucho reflejar las mil variantes del inglés siempre que pueden. ¿Qué hacer con el cockney, sin ir más lejos, que es de las hablas más imaginativas y divertidas que me he encontrado? Pues, intentar pasármelo igual de bien. Un ejemplo de muestra que se me ocurrió una vez: para decir «me he quemao», decir «Mickey Mouse». Pero no es fácil, no. Por no hablar del «acento ruso/africano/sureño/galés o lo que sea.

También me he encontrado con hablas infantiles, que me han planteado menos dudas, porque todos sabemos más o menos cómo funciona la «media lengua» infantil y las «gracias» que les salen a los niños cuando ya han asimilado el funcionamiento del idioma. Por ejemplo, mi sobrina «perchaba» el abrigo. Mi hija se quejaba de que, estando ella tan tranquila, venía yo a «destranquilarla». Esto, además de la pronunciación peculiar y propia de algunos infantes. (s por z o viceversa, r por l o viceversa, f por c/z o viceversa, etc.).

¿Cómo olvidar, por ejemplo, el «zeñorita E’cal·lata» de Lo que el viento se llevó, que daba risa y ridiculizaba al personaje de la criada negra? ¡Menudo desacierto políticamente incorrecto!

En fin, se hace lo que se puede en cada caso, si es que se puede hacer algo, porque a veces, ni eso, y queda el texto traducido sin rastro del habla diferente del personaje en cuestión y a lo mejor hay que añadir una notita explicativa para que se note que es diferente. Y, por lo general, una se queda insatisfecha, desde luego.

Pat Aguiló: Estoy leyendo con mucho interés vuestro debate, aunque no tengo el nivel para intervenir con conocimiento de causa. En mi caso, la única vez que me tomé una «licencia» (lo cierto es que he tenido pocas oportunidades de traducir literatura y siempre con un plazo demasiado corto como para irme con experimentos que deben probarse con mucha cautela), y fue aprovechando un tratamiento distinto.

Se trataba de la traducción de la novela Where the crawdads sing, de Delia Owens, que traduje al catalán.

En Mallorca aún distinguimos entre el tratamiento de vós y vostè. El vós se aplica a gente mayor o que de algún modo se le debe un respeto (Bon dia tingueu), mientras que el vostè es como el usted (Bon dia tingui). Antiguamente se hacía también en Cataluña, pero ya se ha perdido.

Pues bien, aprovechando la coyuntura, jugué con los tratamientos: en el año 1952 en Carolina del Norte, los adultos de raza negra se dirigirían a los adultos de raza blanca con el vós, mientras que si se dirigían a un niño lo hacían con vostè. De la misma forma, los niños se dirigían a la maestra con el vós. En 1969, en cambio, los tratamientos cambiaban, ya que la situación de segregación no era tan evidente.

No sé si se considerará una diferencia dialectal, pero en mi caso me sirvió mucho para establecer los rangos de poder, que en inglés se mostraban con un registro muy diferente y lleno de spelling figurado intentando mostrar un acento peculiar en la comunidad negra que yo intenté reflejar sin cambiar en exceso el léxico. Creo que si hubiera elegido palabras dialectales de Mallorca para la comunidad negra, los paralelismos odiosos no se habrían hecho esperar. Me parece que hay que ser muy cautos con esto, en catalán pasa: ahora se intenta integrar mucho más todas las hablas, pero durante un tiempo, el estándar era algo alienante para mucha gente y nunca faltaba quien lo pillase por el lado que quemaba (creo que esto también sucede en castellano en ocasiones, la identificación de un estereotipo preconcebido con algunos rasgos dialectales, en la interpretación dramática y audiovisual, al menos). Sin embargo, con la diferencia de tratamiento, usaba un recurso que había sido común años atrás en todas las zonas catalanoparlantes.


«En ocasiones, el uso en traducción de una variedad lingüística concreta aparentemente equivalente a la del original dice más de los prejuicios lingüísticos del traductor que otra cosa, y como traductores tenemos la responsabilidad (o deberíamos, creo) de no perpetuar los prejuicios lingüísticos», Miguel Cisneros


Miguel Cisneros Perales: Os leo con interés porque es un tema que me interesa mucho y para el que no tengo una respuesta. Sí tengo, no obstante, algunas dudas y opiniones:

1) En ocasiones el uso en traducción de una variedad lingüística concreta aparentemente equivalente a la del original dice más de los prejuicios lingüísticos del traductor que otra cosa.

2) Como traductores tenemos la responsabilidad (o deberíamos, creo) de no perpetuar los prejuicios lingüísticos.

3) Creo que en muchas ocasiones se confunde traducir un acento con traducir un dialecto y viceversa.

4) En cualquier caso, la madre del cordero: ¿Qué entendemos por dialecto? ¿Y cuál es su función? ¿Cuando decimos dialecto nos referimos a una variedad diatópica o diastrática o diacrónica? Porque por mucho que nuestros prejuicios lingüísticos nos indiquen lo contrario, cecear o sesear, por ejemplo, son rasgos fonético-fonológicos diatópicos, que no tienen nada que ver con la clase social, el nivel de educación, el nivel de riqueza, la alcurnia o esa entelequia que llamamos registro.

Otros ejemplos: estamos acostumbrados a leer o escuchar a personajes de baja estofa aspirando las haches, acortando las palabras o perdiendo la de intervocálica, pero no tanto siendo laístas. ¿Por qué? ¿Porque asociamos más el acento al dialecto? ¿Por convención? ¿Porque lo primero da «color» y lo segundo nos chirría? ¿Y no son todos estos casos, en el fondo, prejuicios?

Por supuesto, creo imposible y contraproducente establecer estrategias generales que sirvan para traducir cualquier texto. Cada caso es un mundo y por eso no me atrevo a seguir generalizando (y espero que me perdonéis las generalidades previas).

Laura Osorio: Ha sido muy interesante leer sus opiniones. Como en muchas otras cosas, veo que no hay un consenso o una sola línea a seguir y eso, tal vez, sea bueno: En la diversidad está la riqueza.

Desconozco si hay editoriales/editores que defienden una postura centralista de la lengua, pienso que en la mayoría de los casos no será así, pero de todos modos, me parece raro que haya algunos que se opongan a adaptar las variantes que puedan aparecer. Si un autor ha utilizado un dialecto, una jerga o vulgarismo por algo será y ese algo es, en mi humilde opinión, que esos lenguajes, existen, tanto aquí en España como en el resto del mundo. Está claro que no es sencillo, pero por eso habría que haber una discusión y reflexión conjunta entre traductor y editor para cada caso ¿no?

Alicia Martorell: Sobre dialectos no me ha tocado casi nada, yo traduzco ensayo sobre todo. Los peores horrores que he vivido con jergas son cosas lacanianas.

Yo creo que en realidad discutimos sobre el encaje entre los derechos económicos y los derechos morales, ambos reconocidos por la LPI y no necesariamente contradictorios.

Celia Filipetto: David Paradela ha dedicado algunos Trujamanes a la traducción de dialectos (de Italia). Caterina Briguglia también reflexionó sobre ello. Hizo su tesis doctoral en la UPF en 2009 sobre «La traducción de la variación lingüística en el catalán literario contemporáneo – Las traducciones de Pasolini, Gadda y Camilleri». Publicó en Sendebar 22 de 2011 «El reto del dialecto: Il pasticciaccio de Gadda al español, al inglés y al catalán».

Los trabajos teóricos sobre el tema sistematizan los problemas y describen las soluciones. Pero, como bien sabemos, cada texto es un mundo y la solución que funciona de maravilla en uno, no sirve en otro.

En libros más comerciales, incluso por cuestiones de política editorial, a veces no queda más remedio que obviar la existencia del dialecto o, como mucho, dar alguna pincelada.

En novelas más literarias, se puede traducir sin más al español (respetando las jergas, si las hubiera), pero mi responsabilidad como traductora me lleva a buscar estrategias que, en la medida de lo posible, me permitan reflejar en mi versión esas peculiaridades del texto fuente. Los dialectos forman parte de la realidad cultural de determinados países, los autores los usan como recurso literario; el lector merece saberlo aunque sea con métodos imperfectos.

María Alonso Seisdedos: Pues contaré mi caso. A finales de 2016 me encargaron la traducción de La concessione del telefono de Andrea Camilleri a gallego. Hasta entonces pocos, muy a mi pesar, libros había traducido, porque las circunstancias me habían llevado a la traducción audiovisual. Vaya por delante que no me había asociado todavía a ACE Traductores (puede que no supiera ni de su existencia), así que no tuve la oportunidad de preguntar qué haríais en este caso o pedirles opinión, por ejemplo, a algunos de los fantásticos traductores de Camilleri que andan por estos pagos.*

La historia se sitúa en Sicilia a finales del xix y trata, muy resumida, de un individuo que decide solicitar la instalación de una línea telefónica en su negocio y los impedimentos que le va poniendo la administración del Estado (a mí me paso algo parecido cuando me vine a vivir a este pueblo en 1988: tardé dos años en que me pusieran teléfono fijo).

Vamos descubriendo qué sucede a partir de textos que se dividen en «cosas escritas» y «cosas habladas». En las escritas encontramos enrevesado, cómo no, lenguaje administrativo en italiano, de las más altas instancias (con sus faltas de ortografía) a las más bajas, así como cartas entre agentes de policía y personales. En las habladas, hay personajes que hablan en italiano porque están desplazados a la isla y otros que son de la isla y hablan en ese medio pastiche siciliano.

Vaya por delante que de esa época hay muy pocos textos en prosa no literarios o cartas escritas en gallego y ninguno administrativo, que me pudieran servir de modelo, porque entonces casi todo se escribía en castellano. Pero lo que encontré me vino muy bien.

En un primer momento pensé en utilizar esa base y traducir, en el registro correspondiente, a castellano, todo lo relacionado con la administración. Pero esa era la solución fácil y a mí me privan los berenjenales y me puede el desatino. Así que, para cada nivel de lengua en italiano al final opté por un registro diferente en gallego y para lo que estaba, por decirlo así, en siciliano recurrí, a un gallego con muchas expresiones idiomáticas rurales, que es lo que pedía el original, formas de tratamiento en desuso (ahora, pero no en el xix ni en gran parte del xx) y, eso sí, cuando había malentendidos entre los desplazados y los isleños, me busqué las expresiones más peculiares y quizá en exceso locales que pudieran justificar los malentendidos.

En ningún caso recurrí a marcar con seseo o gheada**, que son rasgos dialectales de la mitad occidental de Galicia, el habla de los personajes más humildes, que es lo que han hecho otros autores en algunas novelas.

Dicho esto, creo que es la novela que más me ha costado y gustado traducir, que pasó muy desapercibida porque la editorial duró lo que dura el amor infinito en el «Soneto de la fidelidad» de Vinicius de Moraes y espero que nadie piense que fui yo y mi experimento lo que la llevó al tacho. Si alguien tiene interés (no me haré rica con este momento promocional), aún quedan ejemplares perdidos polas librerías.

* ¿Ya os he dicho que asociarme a ACE Traductores fue la mejor decisión de mi vida profesional? Ojo, que si hace falta repetirlo, lo repito. Hasta que me vine aquí iba dando palos de ciega, muchos de ellos a mí misma.

** Según la Wikipedia: «la gheada es un fenómeno fonético propio que consiste en la realización aspirada [ħ] del fonema /g/ (oclusivo o fricativo velar sonoro en el modelo fonético estándar del gallego). La gheada, faringal ou glotal, se pronuncia normalmente como un sonido aspirado semejante al [h] del inglés en house. En ciertas zonas costeras y en algunas áreas urbanas y periurbanas puede llegar a pronunciarse como [x] (fricativo velar sordo, semejante a la jota castellana). Que sí que, que no, que a mi novia le gustan los albaricoques. Ya me diréis dónde está aquí la jota.

María Teresa Gallego: Cuestiones de principio para mí:

A) Los traductores de literatura vivimos en una cuerda floja perpetua entre esa naturalidad, esa espontaneidad que debe tener una obra traducida para un lector que piensa y vive y siente en una lengua que no es aquella en que piensa y viva y siente el escritor, espontaneidad que debe permitirle «apropiarse» la obra, y la necesidad de que el lector sea consciente al mismo tiempo de que la obra se escribió, se pensó y se sintió en otro país y en otra lengua. Eso que solemos expresar diciendo que «debe viajar el lector, no el libro». Ambas cosas son indispensables y en ese equilibrio reside una traducción que no traicione mi al autor ni al lector

B) No existen «recetas». Hay una meta y los senderos para llegar a ella variarán. Es decir, no sabemos de antemano qué vamos a hacer en cada autor, en cada obra. Pero sí debemos saber cuáles no pueden nunca ser los senderos. Uno de los senderos vedados es ese que llamamos naturalización, que «viaje el libro», de lo que creo que debemos huir como de la peste. Se me ocurren ejemplos de naturalizaciones que andan siempre agazapadas, acechándonos, pero no quiero desviarme del tema del centón.

C) En el caso de los dialectos, tienen un acento, una música que al lector, si son de su propio país, lo remitirán inevitablemente a un paisaje, a un cielo, a un entorno, a una forma de vivir algunas cosas, a una temperatura etc., que son, eso, de su país, no del país de la obra original o del país en que esta transcurra. Se arrancarán de raíz la trama y a los personajes de su escenario y se llevará a cabo un inverosímil y letal trasplante.

¿Qué hacer en cada caso? No lo sé, lo sabré cuando llegue. Peros sí sé lo que no puedo hacer.

La última vez que me vi en ese caso fue al traducir La niña duende de George Sand. Para no alargarme remito a la reseña publicada como Novedad traducida en VASOS COMUNICANTES.


«No existen recetas. Hay una meta y los senderos para llegar a ella variarán. Es decir, no sabemos de antemano qué vamos a hacer en cada autor, en cada obra», María Teresa Gallego


 

Imagen procedente de la Enciclopedia Universal Espasa, Barcelona 1924

(Continuará en la tercera entrega).