Pío Baroja: el espíritu que siempre niega, Jordi Fibla

Miércoles, 28 de diciembre de 2022, 150 aniversario del nacimiento de Pío Baroja (28 de diciembre de 1872)

I

Fragmento de un retrato de Baroja de Ramon Casas (Barcelona, 1866-1932), © Museu Nacional d’Art de Catalunya, Barcelona

«Por instinto y por experiencia, creo que el hombre es un animal dañino, envidioso, cruel, pérfido, lleno de malas pasiones, sobre todo de egoísmos y de vanidades.»

Esta es la postura sobre el ser humano que Pío Baroja expresa en sus memorias. Puesto que «el hombre» engloba a todo bípedo de cualquier sexo, las personas que se dedican a la traducción literaria presentan también esas características negativas. Unas veces más que otras, desde luego. Si eres un «conocido hispanista», como Aubrey F. Bell, que ha traducido un par de obras del autor y ha recibido el elogio de la crítica por su buen hacer, probablemente Baroja esté dispuesto a hacer una excepción contigo. Si cree que le has jugado una mala pasada, aunque no pueda afirmar con una seguridad total que eres el culpable, te criticará acremente.

Baroja aborda la cuestión de las traducciones de sus obras en el tomo de las memorias titulado El escritor según él y según los críticos. Se muestra un tanto contradictorio aquí, un poco desmemoriado y quizás olvidadizo a propósito allá, suspicaz en general y nada reacio a aceptar la idea de que, si sus obras publicadas en lenguas extranjeras no tienen el éxito que se merecen, es debido a la discutible calidad de las traducciones. Veamos un ejemplo de esto último. Reproduce un fragmento del prefacio a la traducción francesa de Zalacaín el aventurero, obra del escritor y traductor Francis de Miomandre, otra de las excepciones en la idea barojiana del hombre indicada al comienzo, pues dice de él que es «muy espiritual y muy amable», nada más natural, ya que Miomandre escribe en el prefacio que no se explica la nula aceptación en Francia de una personalidad tan compleja y tan poderosamente viva como la de Baroja: «Le courant de curiosité qui a derivé notre sympathie vers les terres de la littérature espagnole a maladroitement evité de toucher le nom de Pío Baroja». Entonces incluye un fragmento de un artículo que publicó Louis Erice en el que, haciéndose eco del prefacio de Miomandre, plantea: «¿De quién es la culpa? ¿De los editores, de los traductores? No lo sé». Hasta aquí no hay nada que objetar. La culpa es de alguien, pero tanto puede ser de unos como de otros. Sin embargo, Louis Erice muestra su verdadero rostro en el párrafo siguiente: «Esta conspiración de silencio urdida inconscientemente en torno a Baroja parece más bien inexcusable, cuando uno se detiene a pensar en tanto entusiasmo como muestran los traductores franceses en beneficio de obras y de artistas menos representativos que él».

Dejando de lado la cuestión de que otorgar más o menos representatividad a determinados autores es algo puramente subjetivo (el mismo Baroja, que bebe los vientos por Stendhal, no concede ninguna representatividad a Flaubert), esta apreciación del señor Erice es insostenible. Para urdir algo hay que ser consciente, quien urde inconscientemente aturde. Una conspiración de silencio o de lo que sea, ha de partir de una consigna. Es como si los traductores franceses fuesen un grupo de conspiradores cuyo cabecilla les dijera: «Si os dan a traducir una novela de ese vasco calvo y gruñón, hacedlo lo peor posible y que nadie hable del libro». Es completamente absurdo. Los traductores, tanto en los años cuarenta del siglo pasado, cuando Baroja escribía sus memorias, como ahora, son profesionales solitarios ajenos a conspiraciones y que, en general, no pueden elegir las obras que traducen, pero que tanto si un autor les cae bien como si sucede lo contrario, tratan de dar de sí todo lo que pueden al traducirlo. A Baroja debió de gustarle esta conspiración de silencio traductoril y empuñó el hacha para cortar la cabeza de un traductor francés al que tenía atravesado.

 

II

Un amigo le dijo que «en una novela del famoso Lawrence, titulada La serpiente de plumas [sic], me citaba a mí como un escritor curioso». ¿Curioso en el sentido de llamativo, interesante, o en el de poseer el don de la curiosidad? No lo sabemos, pero no hay duda de que el escritor vasco lo era en ambos sentidos. Su manera de escribir es radicalmente distinta a la de sus coetáneos, y él mismo confesó «soy un hombre curioso y que se aburre desde la más tierna infancia», una de las muchas incongruencias que salpican su obra. ¡Ah, el famoso Lawrence, un escritor representativo donde los haya, le aludía en una de sus obras! La cosa excitó tanto a don Pío que entró en una librería para comprar la novela en inglés, a pesar de que, como nos dice en otro lugar de las memorias, su intento juvenil de aprender esa lengua para leer a Dickens se quedó en nada porque no tenía paciencia ni condiciones. Supongo que el amigo le diría que la cita se encuentra en la página 228 (o la que fuese en la edición que podría haber adquirido Baroja; esa es la página donde aparece en mi edición de The Plumed Serpent publicada por Penguin). Ya que no la tenían en inglés, la encargó en francés, se puso a leer el libro, en ascuas, sin duda, ilusionado por ver qué decía de él el gran escritor inglés, pero su gozo en su pozo: en la versión francesa no había ninguna alusión a Baroja. Frustrado, arremetió contra el traductor, cuyo nombre no menciona, probablemente porque ni era hispanista ni una personalidad conocida: «la alusión existía, y el traductor francés la había quitado. Esto me parece una prueba de mala intención sañuda y vulgar».

He aquí el párrafo del original inglés en el que aparece la cita:

And Kate felt herself filled with an anger of resentment. She would sit under awillow-tree by the lake, reading a Pío Baroja novel that was angry and full of No! No! No! ─ ich bin der Geist der stets verneint! But she herself was so much angrier and fuller of repudiation than Pío Baroja. Spain cannot stand for No! As Mexico can.

No veo que Lawrence esté diciendo de él algo tan vago y anodino como que es un escritor «curioso». Dice que está enfadado, que suelta una negación tras otra, que es el espíritu que siempre niega, aunque en enfado y repudio no puede competir con Kate, la heroína de la novela, y que no hay tantas cosas a las que oponerse en España como en México. ¿Le habría gustado a Baroja enterarse de lo que el famoso Lawrence había dicho de él? ¿Habría pensado que el inglés llevaba encima unos cuantos chupitos de mezcal el día que escribió eso? En cualquier caso, Baroja no podía saber si la decisión de eliminar esta cita había sido del traductor o del editor. ¿Es mala intención impedirle echar un pulso con Kate para ver quién gana en enfado y repudio? Por lo menos en Francia se ha ahorrado la derrota a manos de una irlandesa ociosa y, ella sí, enormemente curiosa que, según su creador, está mucho más cabreada con el mundo que él. ¿Es saña lo que muestra el traductor si es él quien ha eliminado la alusión? Saña significa violencia y crueldad provocada por un enfado muy grande con la que se trata a alguien. Pero ¿y si le ha parecido que ese párrafo, con su frase de Fausto incluida y con la vehemencia al comparar el enojo de Kate con el de un escritor español prácticamente desconocido, está fuera de lugar? Muy mal hecho, desde luego, el traductor no debe enmendar jamás la plana al autor, pero no veo en esa eliminación de la cita una mala intención sañuda y vulgar. El traductor ha cometido un grave error al eliminar la alusión, pero Baroja también se equivoca al exagerar la nota atribuyéndole una maldad de la que, además, no puede estar seguro. ¿Y si el responsable de la eliminación fuese el editor o el corrector de estilo?

 

III

Ahora nos encontramos con un enigma a resolver: ¿qué versión francesa de The Plumed Serpent leyó Baroja en la expectante búsqueda de su nombre? Si conociéramos el nombre del traductor, ¿sería factible encontrar algún dato biográfico que nos explicara el escamoteo de la alusión o, por lo menos, permitiera aventurar una hipótesis?

Existe una traducción de Gerard Hocmard que no es la que buscamos, dado que este señor se encuentra en Linkedin, otra de Philippe Mikriammos, que tampoco es la que nos interesa, puesto que inició su carrera en 1990, y una tercera de Denyse Clarouin, publicada por Stock, Livre de Poche, en 1965. En principio esta última versión tampoco puede ser, ya que Baroja publicó El escritor según él y según los críticos en 1944, por lo que debió de leer la novela de Lawrence en francés unos años antes. La búsqueda de más versiones se revela improductiva. Sin embargo, aparece un nuevo dato en el que podría radicar la clave: de esta versión de Clarouin existe otra edición publicada por una editorial distinta en 1956. Probemos a seguir retrocediendo en el tiempo… ¡Por fin! La Librairie Stock, Delamain et Boutelleau, publicó esta traducción de Denyse Clarouin en 1931. Creo que podemos decir con escaso margen para el error que esta es la edición que consultó Baroja a finales de los años treinta o principios de los cuarenta.

El siguiente punto a dilucidar es el de por qué esta traductora (Baroja ha prescindido de su género al acusarla de mala intención sañuda y vulgar) eliminó en su texto la alusión al escritor vasco que figura en el original. A falta de la explicación a la que antes me he referido, es posible aventurar dos hipótesis, una negativa para Baroja y la otra positiva.

Veamos la negativa. En el París de los primeros años treinta esta joven apasionada por la literatura se dedicaba a traducir. Leía sobre todo en inglés, pero tenía intereses más amplios, y cuando un amigo le prestó Les heures solitaires, libro de un oscuro escritor español publicado diez años atrás, se puso a leerlo con interés. Era una especie de diario en el que el autor describía sus actividades, lecturas y pensamientos a lo largo de un año. Pronto reparó en ciertos detalles, como el de que cuando Baroja lee una antología de Kierkegaard, indica que la ha traducido el escritor uruguayo Alvaro Armando Vasseur, pero cuando lee Reisebilder de Heine se limita a decir que lo hace en una versión francesa, sin especificar a cargo de quién. A continuación, le ve caer en unas burdas contradicciones. Dice que si despreciara a Francia sería un imbécil, asegura que siente envidia de la fertilidad del país, lo bien cuidado que está, sus ríos tan hermosos, sus ciudades tan espléndidas (no parece acordarse de que en un libro anterior había dicho que bastaba con ver París una sola vez), y sigue piropeando a Francia hasta que llega el «una vez dicho esto…» y a la paletada de cal sigue la de arena: «De eso a que sea indiscutible, a que tengan razón en su soberbia, en su vanidad, a que quieran ser el árbitro de todo, hay una gran diferencia». Sigue diciendo que no cree en ese monopolio del ingenio, de la gracia y de la simpatía que se adjudican ellos. Hombre, todos los pueblos de Europa, incluida España, han pasado a Francia la mano por la cara: Lutero, Copérnico, Newton, Shakespeare, Beethoven, Kant, Rafael, Botticelli, Velázquez, Goya, Donatello, Miguel Ángel, Hernán Cortés, Pizarro (por este orden): ninguno francés. Y sigue así, bordeando ese desprecio que ha asegurado no sentir, como cuando dice que la bien organizada cultura francesa «tiene la ventaja de servir de nodriza a gentes de cierta mediocridad, como nuestros ateneístas, los sociólogos hispanoamericanos, etc., etc.»

Si de los traductores recientes de la obra, Hocmard y Mikriammos, carecemos de una mínima información personal que pudiera ser útil para nuestro objetivo, Denyse Clarouin no yace en el limbo del anonimato que sufre la mayoría de los traductores, sino que yace en el cementerio parisino del Père Lachaise, y en Google puede verse una foto suya y otra de la lápida de su tumba. Sin embargo, los motivos de esa visibilidad tienen mucho menos que ver con su actividad de traductora que con las circunstancias históricas de su tiempo. Nació en 1900, tradujo a Graham Greene, Henry James y D.H. Lawrence, entre otros, se unió a la Resistencia durante la ocupación de Francia, viajó a Estados Unidos para ejercer como propagandista de la causa francesa, regresó a su país, fue detenida por la Gestapo, junto con su marido, en 1943, pasó por dos cárceles hasta que, poco antes de la capitulación alemana, la trasladaron a Mauthausen, donde falleció apenas llegada al campo debido a los sufrimientos padecidos durante aquellos dos años. La distinguieron con la legión de honor y la cruz de guerra y, en ese mismo año 1945, se creó el premio Denyse Clarouin en su memoria.

Vemos, pues, que fue una patriota muy activa. En la hipótesis de que leyera una obra de Baroja llena de desdén hacia los franceses, la chica debió de sentirse bastante molesta, y probablemente su irritación aumentó cuando Baroja, a pesar de que en Las horas solitarias se muestra muy zalamero con las mujeres francesas, presenta una actitud un tanto bárbara hacia las españolas y en ocasiones hacia todo el género femenino. Tal vez Denyse se sintió insultada al leer: «La fuerza del sexo une a todas las mujeres. Esa precisión del ovario, de la matriz, es tan fuerte, que no les permite diferenciarse bien», «A nosotros, viejos intelectuales, encenagados en la rutina del pensar, gente para quienes el mundo exterior no es más que una realidad problemática; para nosotros, que creemos que lo trascendental es comprender las cosas y que lo demás no tiene importancia, no nos puede entusiasmar esta evolución de las mujeres hacia su emancipación, que tiene, hoy por hoy, como base la función de la matriz y del ovario más que la función del cerebro».

Así pues, tenemos, imaginativamente, a Denyse enfurecida con Monsieur Baroja. Tal vez luego supo que no solo ese libro está trufado de francofobia, sino que también lo está el conjunto de su obra, y no solo de esa sino también de una impresionante colección de fobias. «Si yo tradujera del español y cayera en mis manos uno de tus libros, te ibas a enterar», debió de pensar. Y he aquí que un buen día le encargaron la traducción de una novela de D.H. Lawrence, et voilà!, allí estaba el fauno reumático, como se describió a sí mismo en un momento de ingenio casi francés, leído por una irlandesa todavía más airada que él con el mundo. No! No! No!, exclamó Denyse, sumándose a la triple negación de Lawrence, y por una vez prescindió de la fidelidad al texto que estaba traduciendo, se dejó llevar por el espíritu que siempre niega y le negó a Baroja, con unos años de anticipación, el placer que esperaba sentir al encontrar su nombre en la novela del famoso Lawrence.

 

IV

Veamos ahora la hipótesis positiva. Tal vez Denyse leyó una novela de Baroja que le gustó y en la que don Pío no se despachaba a gusto contra los franceses. El comentario de Lawrence le pareció excesivo. Ich bin der Geist der stets verneint. ¿Por qué aplica a nuestro novelista estas palabras de Mefistófeles?

¡Yo soy el espíritu que siempre niega!
Y con razón, pues cuanto existe es digno de irse al fondo,
por lo que sería mejor que nada hubiere.
De suerte, pues, que todo eso que llamáis pecado,
destrucción, en una palabra, el mal, es mi verdadero elemento.

Por lo menos, Lawrence podría haber indicado de qué novela de Baroja se trata. ¿En cuál de ellas muestra que el pecado, la destrucción, el mal es su verdadero elemento?

Kate lee la innominada novela de Baroja bajo un árbol, pero no se concentra. Mira a las lavanderas en la orilla del lago, sigue los pasos de un niño de unos cuatro años que sostiene un pájaro por las patas. Otro niño se le une, entran en el agua y dejan en ella al ave sujeta por un cordel a una piedra. Kate vuelve a enfrascarse en la lectura, inquieta, con los nervios de punta. Y entonces los pequeños se ponen a lanzar guijarros al pájaro inmovilizado. Kate deja el libro y se levanta para reprenderlos airadamente. Los niños huyen y ella entra en el agua, libera al ave e intenta en vano convencerla de que emprenda el vuelo. Vuelve al árbol y lee de nuevo el libro del autor español al que Lawrence ha comparado con Mefistófeles y que sin duda en su San Sebastián natal jamás cometió semejantes maldades cuando era un arrapiezo, pero apenas avanza en la lectura porque continuamente está mirando lo que acontece en la orilla. No ve al pájaro, pero sí a un mocetón que se dirige al lago a grandes zancadas, seguido por el primer niño. El recién llegado busca entre las piedras, encuentra al pájaro, lo coge por el extremo de un ala como si fuese un trapo y se lo da al niño. El joven regresa a las chozas y el pequeño, volviendo la cabeza hacia ella, aprensivo pero desafiante, convierte de nuevo al pájaro en el blanco de sus pedradas. Kate, derrotada, comprende que no puede hacer nada. No sigue leyendo y vuelve a casa.

Puede que Denyse considerase demasiado despectivos los comentarios negativos sobre Baroja cuando aún no sucedía nada e irrisoria la presencia del escritor en semejante ambiente, donde la concentración del lector es imposible.

Para más inri, a raíz de otro suceso alarmante (un borracho que empieza a disparar al aire en la plaza y todo el mundo se apresura a escabullirse por si de repente prefiere la horizontalidad al apretar el gatillo), solucionado por la actuación del general Cipriano que pasaba por allí, el militar entra en la vivienda de Kate y ella se queja de que los criados no le dejan hacer nada, ni siquiera barrer su habitación. Cose para entretenerse, aunque la costura no le interesa nada.

─¡Y lee usted! ─exclamó él, mirando las revistas y libros.
─Oh, en las revistas y los libros todo es tan estúpido, tan falto de vida ─replicó ella.

Cabe pensar que entre esos libros se encuentra la novela de Baroja. A menos que Kate se la dejara olvidada al pie del árbol cuando se marchó indignada tras la escena de los niños y el pájaro lapidado.

¿Cuál habría sido la reacción de Baroja ante la realidad de la mención que Lawrence hace de él en La serpiente emplumada? Tal vez Denyse Clarouin la intuyó y prefirió ahorrársela. Por último, ¿qué clase de amigo era el que informó a Baroja de que Lawrence le citaba en esa novela? Él debía de saber que no lo trataba precisamente de escritor curioso. Yo diría que era mucho más mefistofélico que don Pío.

 

 

Jordi Fibla Feito nació en Barcelona en 1946. Ha acumulado una obra abundante y muy diversa que él ha calificado alguna vez como «varios archipiélagos de excelencia en un mar de mediocridad». En 2015 le concedieron el Premio Nacional de Traducción por toda su obra.

 

 

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