Discurso de agradecimiento, Adan Kovacsics

Viernes, 30 de septiembre de 2022.

Con motivo de la entrega, el pasado 21 de junio de 2022, del Premio Straelen de Traducción a Adan Kovacsics, en VASOS COMUNICANTES, en colaboración con el Colegio de Traductores de Straelen, publicamos la versión en español de los textos laudatorios del jurado, así como el discurso de agradecimiento del premiado que formaron parte de dicho acto.

 

Discurso de agradecimiento

Dr. Adan Kovacsics

 

Estimado profesor Sternberg, estimada doctora Hendricks, estimado alcalde, estimada señora Fretter, queridos miembros del jurado, queridos traductores, queridos asistentes:

Muchísimas gracias por distinguir mi trabajo con un galardón tan importante y prestigioso como el Premio Straelen de Traducción, que otorga la Fundación para las Artes NRW. Mi más profunda gratitud a la Fundación, al Colegio Europeo de Traductores y al jurado que ha considerado mi trabajo merecedor de este reconocimiento.

Un agradecimiento especial a los miembros del jurado, Olga García, Belén Santana, Paul Ingendaay, por las bonitas y emotivas palabras de sus discursos, que han hecho que me sonroje.

También me emociona que el premio esté ligado a una institución, un lugar y una región a los que me unen tantísimos recuerdos. Aquí se percibe la cercanía del gran río y de la frontera. Los ríos se cruzan, igual que las fronteras, y los traductores siempre han sido trabajadores fronterizos que van y vienen entre orillas.

Agradezco asimismo que, mediante esta distinción, no solo se honre al traductor en mi persona, sino a la traducción misma como parte fundamental y no siempre reconocida del mundo de la literatura y de la literatura universal en general.

Adan Kovacsics. Kunststiftung NRW © Markus J. Feger.

En mi ya larga carrera, he comentado y recalcado a menudo que la decisión de convertirse en traductor va intrínsecamente ligada a un factor existencial que conlleva vivir entre lenguas diferentes, así como acostumbrarse a oscilar entre esas lenguas, y a sentir el placer y el dolor que ello comporta.

Debo decir que, en mi caso, esto fue algo que se produjo desde la infancia. Nacido en Chile, hijo de padres húngaros que habían llegado al país a principios de los años cincuenta, crecí con dos idiomas: el húngaro de mi familia y el español del entorno. Unos años después llegó también una abuela que solo hablaba húngaro y ni una palabra de español, y para quien yo traducía ya de niño, en la tienda, en la carnicería, en la panadería. Salía del colegio y explicaba en húngaro en casa lo que en clase había sucedido en español.  No era sencillo. El húngaro me resultaba odioso, un idioma del que quería desprenderme. Iba al colegio en el mismo autobús que mis padres tomaban para ir a trabajar, pero no me sentaba con ellos; no quería verme obligado a hablar húngaro en público, prefería fundirme completamente con el entorno, ser del todo chileno. Y de pronto, de un día para otro, mi familia dejó Santiago para trasladarse a Viena. Yo era adolescente por aquella época. Allí entré en el instituto y, por supuesto, tuve que hacer mía la lengua alemana. También en Viena acabé traduciendo de una forma muy natural. El escritor György Sebestyén, que conocía a mis padres —y que, pese a su nombre húngaro, escribió en alemán, llegó incluso a presidente del PEN Club austríaco y, según se supo más adelante, tuvo un papel bastante turbio a causa de sus relaciones con los servicios de seguridad de Hungría—, me entregó una de sus obras teatrales para que la vertiera al español. No fue una tarea fácil, sobre todo porque yo no conocía aún el oficio. No sé qué habrá sido de ese texto. Seguro que era un desastre.

También más adelante, cuando llegué a España con poco más que mis idiomas en la maleta, la traducción fue lo primero que se me ocurrió para ganarme la vida. Sin embargo, por entonces todavía no era traductor, y menos aún literario. Primero tuve que aprender el arte de traducir. Debo reconocerlo: no me convertí en traductor de verdad hasta finales de los años ochenta, tal vez aquí, en Straelen, en el Colegio de Traductores, donde mi amigo, mentor y maestro Juan del Solar me infiltró, por así decir, y donde luego me alojé en numerosas ocasiones. Aquí traduje, en el transcurso de varias estancias, Los últimos días de la humanidad (Die letzten Tage der Menschheit), de Karl Kraus, algo a lo que tanto él como mi esposa, Cristina, me habían animado. Juan del Solar me había introducido en el oficio unos años antes, juntos habíamos traducido varias obras, textos de Lou Andreas-Salomé, textos de Elias Canetti. Recuerdo cómo quedaban tras su revisión las páginas que le llevaba: llenas de tachones negros sobre lo que yo había escrito, plagadas de comentarios al margen; apenas se veía ya en el papel nada de lo que yo había producido. Como decía, tal vez fuera aquí, en Straelen, donde me convertí en traductor literario trasladando Los últimos días de la humanidad al español. Traductor es el que se topa con los límites de la traducibilidad y no se arredra.

En Straelen, por mediación de Christine Koschel, también entré en contacto con la obra de Imre Kertész, una experiencia literaria y espiritual decisiva para mí. Tanto Kraus como Kertész han acabado siendo autores que me han ocupado y de los que me he ocupado desde una perspectiva intelectual y traductora durante años, durante décadas.

Aquí, en Straelen, en el Colegio de Traductores, conocí también a Péter Rácz, quien tuvo un papel fundamental en mis inicios como traductor del húngaro. Durante los años siguientes le estuve enviando listas de varias páginas con preguntas que él siempre respondía inmediata y minuciosamente. Algo después fundó la Casa del Traductor húngara en Balatonfüred, junto al lago Balatón, que funciona a imagen y semejanza de este Colegio.

Con él paseé por los alrededores de la ciudad en septiembre de 1990, tras la muerte de mi padre, junto a grandes árboles que me ofrecían consuelo, y recuerdo un enorme arce que lucía ya los colores otoñales…

Traductor, el que se topa con los límites de la traducibilidad y no se arredra… Los últimos días de la humanidad de Kraus fue, naturalmente —naturgemäß, diría Thomas Bernhard—, la escuela más extrema, la más radical en ese sentido. Cómo abordar el dialecto, los diferentes niveles de lengua, los nombres sonoros y cargados de significado, los juegos de palabras, los tópicos, los poemas insertados en el texto; todo el abanico de la lengua se despliega en esa obra inmensa.

El traductor no deja de encontrarse con determinadas palabras y giros que le recuerdan la fragilidad de su arte.

Adan Kovacsics. Kunststiftung NRW © Markus J. Feger.

Mi hermana se había trasladado de Viena a Bogotá, pero rechazaba sin miramientos el café que le ofrecían en las cafeterías y los restaurantes de allí. Como la vienesa de pura cepa que había llegado a ser, lo calificaba de Gschloder y se hacía enviar café de Viena a Colombia. Sí, pero ¿cómo traducir el término Gschloder?

En inuit existe una palabra, itsuarpok, que designa la impaciencia con la que se espera a alguien y que lo obliga a uno a salir del iglú una y otra vez para ver si esa persona se acerca ya por el desierto helado y, luego, puesto que no es así, a regresar al iglú decepcionado y cabizbajo. Claro, pero ¿cómo traducir ese término?

¿Cómo traducir al español la palabra alemana Einsicht? La grimmige Einsicht de la décima elegía de Rilke, por ejemplo. Si se escoge visión, se pierde la idea de comprensión, de aceptación, de asunción. Si se escoge comprensión, se pierde de la idea de visión, de lo que se ve. Lo mismo ocurre con intuición. Y, no obstante, la elección de una de estas opciones pone al descubierto una capa de significado de la palabra que en alemán no resulta tan manifiesta, o quizá solo está latente. Esa elección aporta así nuevos matices, arrastra consigo otras tradiciones que enriquecen el texto.

La traducción contribuye también de manera determinante a la construcción de una lengua. A través de ella se introducen nuevas palabras y nuevos giros. Ortega constató que en español no existía un equivalente para la palabra alemana Erlebnis y propuso vivencia, un sustantivo que, como el alemán, contiene en sí el verbo vivir. Desde entonces, vivencia se ha generalizado y pertenece ya al vocabulario estándar del español. Con situaciones como esa nos encontramos una y otra vez, dicho sea de paso, en nuestro mundo globalizado y absolutamente conectado.

Y sin embargo, el traductor es una figura sospechosa que no inspira demasiada confianza. Dos personas que no se entienden porque hablan diferentes idiomas dependen de él, dependen de un intérprete. Una persona que quiere leer un libro que está escrito en un idioma que desconoce debe recurrir también a una traducción. Y esa dependencia es un fastidio y una fuente de desconfianza. El traductor no deja de ser alguien que en realidad no debería estar ahí, que en un caso ideal no existiría. Es alguien que tal vez esté liado con alguno de los interlocutores, alguien que quizá esté incluso del lado del enemigo. Alguien que cuenta con un conocimiento secreto. Que abre las puertas y las ventanas de una lengua, que la airea, que acaba con su ensimismamiento, que introduce un nuevo aliento, nuevos acentos y matices.

No todo es luminoso. En las horas oscuras, el que habita esa región entre lenguas no encuentra palabras, o balbucea términos inconexos en sus diferentes idiomas. Solo tiene una denominación alemana para esa flor, solo una española para aquella otra, solo una húngara o una francesa para la de más allá. Y se pregunta muchas cosas, se pregunta en qué lengua se siente en casa.

Adan Kovacsics junto al jurado del Premio Straelen. Kunststiftung NRW © Markus J. Feger.

El traductor que ha crecido con muchos idiomas lleva siempre consigo esas preguntas, dudas y lagunas que, sin embargo, le otorgan la extraordinaria capacidad de valorar y apreciar la inmensidad de la lengua, de experimentar su magia y su rigurosidad; como dice Karl Kraus, «la norma por la cual una partícula lleva implícita la totalidad lógica y el secreto de cómo un verso florece o se marchita».[i] Y sabe también, y esto es lo esencial, que por encima del término Einsicht, por encima de la palabra azalea, por encima de la frase verweile doch, du bist so schön,[ii] existe una lengua ideal, invisible, inaudible, que contiene la idea inmanente a Einsicht, la idea inmanente a azalea, la idea inmanente a ese verweile doch, du bist so schön, y es común a todas las lenguas humanas. Por eso y solo por eso es posible traducir. Esa lengua ideal es invisible e inaudible, y sin embargo el traductor la intuye y la experimenta con gran claridad en ciertos momentos. Es una experiencia que solo tiene él. La experiencia de una lengua común a todas las personas. Tal vez sea en ella donde se siente en casa.

Y tal vez la desconfianza con que se encuentra resulte precisamente también del hecho de que transita por esa región a la vez oscura y luminosísima que a otros les está vedada, de que tiene acceso a un tesoro, a una melodía inaudible;  Heard melodies are sweet, but those unheard are sweeter, que escribía John Keats…

De nuevo, muchas gracias.

Traducción del alemán de Laura Manero.

 

Notas:

[i] Karl Kraus, «La Antorcha». (Traducción al español de Adan Kovacsics). Acantilado, 2011, p. 521. (N. de la T.)

[ii] «Detente, eres tan bello». Johann Wolfgang von Goethe, Fausto. (Traducción al español de Pedro Gálvez y Carlos Fortea). Penguin Clásicos, 2016. (N. de la T.)

1 Comentario

Deja un comentario