Correspondencia de Edna St. Vincent Millay. La evolución de una Voz. Ana Mata Buil (I)

Viernes, 15 de abril de 2022.

Publicamos aquí la primera parte del artículo de Ana Mata Buil.

 

Siempre que traducimos varias obras de la misma autora nos topamos con la tesitura de adaptar el estilo, el tono, la voz a la evolución que esa persona haya podido realizar entre un libro y otro. Sus experiencias vitales, la propia práctica de la escritura, incluso la temática, influirán en esa voz y harán que oigamos a la misma persona… pero no. Cuando traducimos una misma obra que recoge textos de distintas épocas (una recopilación de relatos o una antología poética, por ejemplo) nos encontramos esas voces sucesivas casi de manera simultánea. Uno o varios años separan a veces el poema de una página del de la siguiente, con todos los cambios que eso puede conllevar. Pues bien, rizando el rizo, cuando traducimos un compendio de cartas que se prolongan en el tiempo, tenemos un factor más que influye en esa polifonía: al factor tiempo (y espacio) se suma el factor destinatario, tan importante a la hora de escribir una misiva.

Con todo esto en mente, abordo aquí el comentario de algunas cartas de la poeta norteamericana Edna St. Vincent Millay, un ejemplo ideal para el análisis de la evolución de la voz (y de la coexistencia de varias voces en la misma garganta).  Millay nació en 1892 y fue famosísima en la década de 1920, ganó el Premio Pulitzer en 1923 y siguió escribiendo y publicando hasta su muerte, ocurrida en 1950, aunque alejada, sobre todo en la última década, de la centralidad del sistema literario. Parte de ese desplazamiento se debió a que era el epítome del modernismo sentimental, cuando, como es bien sabido, durante mucho tiempo la vertiente del modernismo intelectual, más críptica y sesuda, fue la que se impuso como preferida.

Además de poeta y dramaturga, Millay fue hija, amante, amiga, esposa (nunca madre) y muchas cosas más, entre otras, traductora de Les fleurs du mal al inglés junto con George Dillon. Como suele decirse, vivió extrayéndole todo el jugo a la vida. De ahí quizá que uno de sus poemas más famosos sea el cuarteto «Primer fruto», que empieza «Mi vela arde por ambos cabos», según la traducción que di para Antología poética (Lumen, Barcelona, 2020). Era una mujer camaleónica, ambigua y ambivalente, polémica y luchadora, una persona cuyo magnetismo me atrajo desde el primer poema suyo que leí y que no ha dejado de fascinarme desde entonces. Por lo tanto, acceder a través de sus cartas a las distintas caras de alguien tan poliédrico como Millay, que jugaba con la voz femenina y la masculina en sus composiciones poéticas, que a veces firmaba con su segundo nombre, Vincent, consciente de que el cambio de denominación conllevaba un cambio de percepción en quien recibía esa carta o leía ese poema, que se expresaba como abiertamente bisexual y, tras una década de amores varios y variados en el Greenwich Village y de viajar por Europa, vivió en un matrimonio abierto con Eugene Boissevain, un hombre que apoyó la carrera literaria de Millay desde el principio y con el que la poeta vivió hasta su muerte, es un lujo inigualable que me gustaría compartir con los lectores en este artículo.

Empezaré por comentar una epístola escrita en diciembre de 1912 como respuesta a la opinión de dos poetas con solera sobre su poema «Renacer». Cuando tenía veinte años, Millay había mandado dicho poema largo a un certamen promovido por Ferdinand Earle, que otorgaba tres premios y ofrecía además la publicación de los cien mejores poemas en The Lyric Year. La poeta quedó cuarta en el certamen, así que «Renacer» se incluyó en la antología. La temática y el estilo de esos versos llevaron a los poetas Arthur Davison Ficke y Witter Bynner a no creer que su autora era una mujer (pese a lo que decía la biografía que acompañaba a «Renacer» en el libro publicado) en una época en la que los estereotipos de género estaban mucho más marcados que ahora. Así, escribieron al editor para preguntar quién era en realidad el autor del poema: «Ninguna jovencita de veinte años ha terminado jamás un poema justo donde termina este: hace falta ser un fornido varón de cuarenta y cinco para hacerlo. Pero no tema que Bynner o yo vayamos a sembrar cizaña con nuestras oscuras sospechas; si de verdad es un secreto, respetamos tantísimo a quien escribió tal poema que jamás echaríamos pestes sobre “ella”». Earle, que había entablado amistad con Millay, le reenvió la carta y le pidió que los sacara de su error.

Y esta fue la impagable respuesta de la poeta, incluida, como el resto de misivas comentadas aquí, en Letters of Edna St. Vincent Millay.[1] En ella, recoge las palabras «brawny male» de la carta de Bynner y Ficke y las contrapone, con su ironía característica, no solo a «woman» sino a «maid», en una frase en la que imposta la voz de una acusada que apela a su dignidad moral.

Al señor Ficke y al señor Bynner:

El señor Earle me ha comunicado sus alocadas conjeturas. Caballeros, debo sacarlos de su error; mi reputación está en juego. Jamás seré un «fornido varón». No es que tenga aversión a los fornidos varones; au contraire, au contraire. ¡Pero me aferro a mi feminidad!

¿Es que consideran el cerebro y los músculos tan inseparables? No lo comparto. De todos modos, podría decirse que es una cuestión de opinión personal. Pero, caballeros: cuando una mujer insiste en que tiene veinte, nunca, jamás de los jamases, deben acusarla de tener cuarenta y cinco. Es peor que malvado; es indiscreto.

Señor Ficke, es usted abogado. Tengo mucho miedo de los abogados. ¡Perdóneme, amable señor! Tenga en cuenta mi juventud (porque insisto en que tengo veinte años) y mi fragilidad (porque «protesto, soy una doncella») y ¡no me envíe a sus sabuesos!

Ahora en serio: también les agradezco el cumplido que me han dedicado sin querer. Pues, aunque no aspiro a tener cuarenta y cinco años ni a ser fornida, si mi verso me representa así, me resulta más gratificante de lo que puedo expresar.  […]

No pueden imaginar cuánto valoro lo que han dicho acerca de mi «Renacer».

Si fueran tan amables de echar un vistazo al número de abril de 1907 del Current Literature, encontrarían una reseña de mi Land of Romance (junto a una crítica del Fair of my Fancy del señor Bynner). Y quizá les gustaría saber qué comentó el señor Edward Wheeler: «El poema que sigue (de E. St. Vincent Millay) me parece fenomenal. La mente que lo creó, ignoramos si es chico o chica, solo tiene catorce años».

E. St. V. M.

PD. El fornido varón les manda esta fotografía. Me troncho de risa.

Abro su correspondencia con esta carta porque ejemplifica justamente el juego de identidades que la poeta también alimentó y que la acompañó tanto en la vida como en la literatura. Asimismo, es una buena muestra de la expresividad de sus misivas y el gusto por los contrastes y los paralelismos.

Letters of Edna St. Vincent Millay

Portada del libro original que recopila las cartas de Edna St. Vincent Millay, publicado en 1952.

El 6 de marzo del año siguiente, instalada en Nueva York y matriculada en el Vassar College gracias al mecenazgo de Caroline B. Dow, escribió a Arthur Davison Ficke una carta cargada de referentes culturales (de nuevo, dicotómicos).

Querido señor Ficke:

Creo que es usted fantástico. Y me encantaría que estuviera en Nueva York y que algunas de las personas que están aquí estuvieran en Iowa.

No soy una bohemia. No soy ni la mitad de bohemia que cuando llegué. Verá, aquí una tiene que ser una cosa o la otra, mientras que en casa podía ser un poco de cada. Y aunque en el pasado me divertí en los momentos de ocio con la difusión de cartas indiscretas que ahora daría la mitad de mi reino por recuperar, en la actualidad (salvo que dicha confesión haya convertido esta carta también en indiscreta) me muestro tan prudente como la propia Jane Austen. Dejé todas mis malas costumbres en casa (la baraja de bridge, la pitillera y la coctelera). Solo me traje las buenas costumbres (el diario, las botas de agua y el hilo de algodón).

No pretendo hacerme la graciosa. Así que, por favor, crea que toda esta página es cierta y tómela en serio.

El martes, durante la comida dada por la Poetry Society en honor de Alfred Noyes, conocí, entre otros, a nuestro amigo Witter Bynner. Era uno de los ponentes y habló muy bien.

¿Qué opina de la poeta Anna Hempstead Branch (si es que su nombre se escribe así)?

La señorita Rittenhouse va a dar una Velada Literaria (¡¿no le parece una expresión horrible?!) el domingo. Ya le contaré cómo ha ido más tarde… Tal vez sea mucho más tarde, ya me entiende. Estoy segura de que en Nueva York nadie tiene tiempo de escribir cartas. Para mí es una fuente de efusividad. Ojalá no me preguntase usted nada.

Ya estoy bastante centrada. Resigo mi surco como una rueda bien dirigida. Cierto es que, algunas veces, siento que excedo el límite de velocidad. Pero casi nunca patino y, cuando lo hago, apenas salpico.

Por favor, deme algún buen consejo en su próxima carta. Prometo no seguirlo.

Atentamente suya,

Vincent Millay

Uno de los pasajes que más me gustan de esa carta es la metáfora final: «I run in my rut now like a well-directed wheel […]. But I seldom skid, and when I do there is very little splash». Resulta muy plástica y sonora, y con otra forma, bien podría haber aparecido en uno de sus poemas.

Avancemos un poco más en su biografía, hasta 1918, para centrarnos en la cara pública y en la privada de su carrera poética. Como ejemplo de la primera faceta traduzco una breve carta que escribió a Harriet Monroe, la fundadora y editora de la famosa revista Poetry, en la que tanto Millay como otros compañeros de generación publicaron muchos de sus poemas. No es casual la mención a la primavera, una constante en la poesía de Millay,[2] ni el tono punzante que emplea.

Waverly Place, 139
Ciudad de Nueva York
1 de marzo de 1918

Querida Harriet Monroe:

La primavera ha llegado… Y podría estar muy feliz, si no fuera porque estoy sin blanca. ¿Le importaría pagarme ahora en lugar de cuando se publiquen esos fabulosos versos míos que tiene? Me estoy quedando muy, muy flaca y me he aficionado a fumar tabaco de Virginia.

Melancólicamente suya,

Edna St. Vincent Millay

Se refería a cinco poemas que se publicaron en junio de 1918 en Poetry y dos años después en A Few Figs from Thistles, uno de sus libros más conocidos.

Como ejemplo de su faceta privada, presento una carta que escribió al poeta y para entonces amigo Witter Bynner (quien unos años antes la había confundido con un «fornido varón»). Entre otras cosas, allí expresa los nervios que siente por el retraso en la publicación de su otro gran éxito, Second April.

29 de octubre de 1920

Querido Hal:

[…] Además, cada vez soy más famosa. En el último número del Vanity Fair han dedicado una página entera a mis poemas y han puesto una fotografía mía que se parece tanto a mí como a Arnold Bennett. Y han publicado tres reseñas sobre mi obra en periódicos de Nueva York, solo en la última semana. Y soy de una ingenuidad tan incorregible que estas cosas siguen significando tanto como siempre para mí. Para colmo, acaban de darme un premio de cien dólares en Poetry, por el poema «Las habichuelas». Pienso gastármelo todo en ropa. Tengo el vestido de noche nuevo más maravilloso que hayas visto jamás, y zapatos con tiras y medias con bordados por delante. Ojalá estuvieras aquí. Iríamos a una fiesta de las que hacen época.

Todavía no ha salido mi libro. Es horrible. No paro de escribir a Mitchell y no contesta a mis cartas; y cada vez que llamo a la oficina me dicen que no está y sé perfectamente que está pegado al teléfono, porque incluso lo oigo respirar. No he tenido noticias suyas desde finales de mayo. ¿A que da miedo? Es una de las buenas razones por las que me encantaría que estuvierais en la ciudad [Witter Bynner y Arthur Davison Ficke]. Sois mil veces mejores que ese editor y seguro que, en cierto modo, me consolaría mucho teneros, aunque consideraseis aconsejable no darle una paliza. Y además, Arthur era abogado, siempre me lo decía. Creo que voy a proponérselo a Knopf. Aunque no sé qué podrá hacer él al respecto. Quizá haya un pleito y todo eso. Ojalá hubiera ofrecido el libro a la editorial Knopf desde el principio, como me recomendaste, Hal. Ahora ya he aprendido la lección. A partir de ahora, soy cera en tus manos.

Estoy leyendo los poemas de Leopardi en italiano. Algunos son preciosos, ¿los conoces? A veces me recuerda a Heine. […]

Buenas noches, y perdona la perorata,

Edna

Sobre de una carta de Edna St. Vincent Millay al editor Mitchell Kennerley matasellada el 11 de abril [¿de 1917?]. Archives and Special Collections, Vassar College Library. Reproducido por cortesía de Holly Peppe, albacea literaria, The Millay Society (millay.org).

Al final, Renascence and Other Poems y Second April se publicaron en la editorial de Mitchell Kennerley (uno en 1917 y otro en 1921), mientras que la primera edición de A Few Figs From Thistles apareció en 1920 en la editorial de F. Shaw. Sin embargo, todos ellos se reeditaron y difundieron a nivel internacional en Harper & Brothers, que siempre fue una de las editoriales de referencia de Millay.

En cuanto a las reseñas de sus obras, mencionadas en esa carta, es cierto que se multiplicaron en la década de 1920. Entre 1920 y 1929 se publicaron más de trescientas reseñas y artículos de opinión sobre sus creaciones; de ellos, nada menos que 135 artículos aparecieron en 1927, el año que se estrenó su popular ópera The King’s Henchman. Sirva este dato para recordar que Millay, además de como poeta, destacó por su faceta de dramaturga.

Curiosamente, el mismo día que escribió a Bynner, Millay escribió también a Arthur Davison Ficke, pero en un tono muy distinto. «Yo también te amo, querido mío, y siempre te amaré, igual que el día en que te conocí. Para mí, formas parte del concepto de lo Amoroso», le confesaba en la misiva. «No importa que nunca nos veamos y que apenas nos escribamos. Nunca escaparemos el uno del otro. Me hace tan feliz saber que me amas, Arthur… Justo igual que yo te amo, en silencio, en secreto, pero con toda tu fuerza y con una fuerza mayor que la tuya que te atrae hacia mí como una ráfaga de viento». Quien firmaba la carta era, como tantas otras veces, «Vincent».

A partir de sus palabras podemos intuir que el amor por Ficke tuvo algo de platónico y algo de prohibido. Tres años más tarde, el mismo año en que ganó el Premio Pulitzer, Millay estaba ilusionadísima con otro amor, y así se lo hizo saber a su madre, amiga y confidente de la poeta durante toda su vida. Cora Millay fue quien transmitió a Edna el amor por la música y la poesía, y siempre alentó la carrera profesional de su hija. Nótese el tono infantilizado («I have been a bad girl not to write you», «I have neglected my mummie»), que tantas personas adoptan cuando hablan con sus padres, sin importar la edad que tengan. En cuanto al contenido, además del tema principal de la carta, destaca la relación tan prosaica con el dinero y la referencia a la poesía como oficio, modus vivendi, algo que ya aparecía en la carta a Bynner de 1920.

Queridísima madre:

He sido una niña mala por no escribirle ni enviarle dinero, ni mandarle el libro para la tía Susie ni nada. Pero me perdonará cuando sepa mi excusa. Querida mía, ¿se acuerda de cuando conoció a Eugen Boissevain aquel día en Waverly Place? Fue solo un momento y tal vez no se acuerde de él. Pero, en cualquier caso, seguro que le cae de maravilla en cuanto lo conozca, que será pronto. Y es importante que le caiga bien… porque lo quiero mucho y voy a casarme con él.

¡Tachán!

¿Me perdonará? He tenido la mente tan ocupada con todo esto que he dejado olvidada a mi mamaíta… Nos casaremos en algún momento de este verano, todavía no sé cuándo. Además, iremos a verla a Maine, ya sea antes o después, da igual, porque es perfectamente apropiado que lleve a un caballero amigo a visitar a mi madre. […]

Querida, debe de necesitar dinero, pero no sé dónde está usted, así que no me atrevo a enviar un giro postal. Infórmeme en cuanto le llegue esta carta y le mandaré lo que pueda… Ahora mismo no tengo mucho dinero (salvo por los mil [del Premio Pulitzer], que no pienso pulirme ni por un dios ni por un héroe, sino que voy a meter en una cuenta bancaria) pero le mandaré un poco y pronto llegará más. […]

No se lo cuente a un alma todavía (ni a un alma ni a un cuerpo) ¡so pena de excomunión!

Vincent

Como si del provocador pareado final de uno de sus sonetos se tratara, Millay añade esa última expresión («on pain of excommunication»), una muestra del tono irreverente que empleaba a veces. Con esta expresiva carta entraría en escena otra de las facetas de Millay: la de esposa. En efecto, Millay se casó con Eugen Boissevain, un acomodado empresario dedicado a la exportación de origen holandés. Boissevain era un hombre moderno para su época, que había estado casado previamente con una sufragista y siempre mostró una actitud abierta y respetuosa hacia Millay. Juntos se mudaron a la finca Steepletop y dejaron atrás el Greenwich Village, pero eso no significó que Millay dejara de vivir y amar con la misma intensidad (y valentía) que hasta entonces.

Segunda parte del artículo.

NOTAS:

[1] Letters of Edna St. Vincent Millay, ed. Allan Ross MacDougall, Grosset & Dunlap, Harper & Brothers, Nueva York, 1952. La traducción de todas las cartas es propia.

[2] Véase, por ejemplo, su impactante poema «Primavera», publicado en 1921, que comienza: «¿Y para qué regresas, abril, un año más? / La belleza no basta. / Ya no puedes acallarme con el rojo /de las hojas que se abren pegajosas. / Sé lo que sé». Y lo que sabe es contundente: «La vida en sí / no es nada» (trad. Ana Mata Buil, Lumen, Barcelona, 2020).

 

Fotografía de Alba Tomàs.

Ana Mata Buil es traductora de novela, ensayo y poesía, correctora y coordinadora editorial desde hace casi veinte años. Tiene un Máster en Literatura Comparada y Traducción Literaria (2011) y un Doctorado en Traducción Literaria (2016). Dedicó su tesis doctoral al estudio de las antologías poéticas traducidas y, en concreto, a la obra de la poeta modernista Edna St. Vincent Millay, una autora que la fascina.

Desde 2011 compagina la labor como traductora y correctora autónoma con la docencia en el grado de Traducción y Ciencias del Lenguaje de la Universitat Pompeu Fabra (Barcelona) y en el Máster de Traducción Literaria y Audiovisual de la BSM-UPF, donde además ejerce de codirectora académica junto con Olivia de Miguel y Patrick Zabalbeascoa. Asimismo, da clases en el Postgrado de Corrección de la URV (Tarragona) y en la Escuela Cursiva de PRHGE.

Es colaboradora habitual del grupo Penguin Random House, aunque trabaja también para otras editoriales. Ha traducido, entre otros, a Edna St. Vincent Millay (Antología poética), Virginia Woolf (Genio y tinta), Patti Smith (Augurios de inocenciaDevoción y El año del Mono), Anne Tyler (El hombre que dijo adiósEl hilo azul y Una sala llena de corazones rotos), Lauren Groff (En manos de las Furias y Florida), Robert Graves (Cuentos completos), Edna O’Brien (La chica), Barbara Pym (Los hombres de Wilmet y Jane y Prudence), Diane Setterfield (Érase una vez la taberna Swan), John Boyne (El increíble caso de Barnaby Brocket), Tomi Adeyemi (Hijos de sangre y hueso, por el que obtuvo el Premio Kelvin505 a la mejor novela juvenil traducida en 2018, e Hijos de virtud y venganza) y Casey McQuiston (Una última parada).

 

3 Comentarios

  1. Concha

    ¡Chapeau, Ana Mata!

  2. Cómo admiro a los buenos traductores; para los que sólo conocemos el idioma maternos, son imprescindibles.
    Gracias, señora Mata.

  3. Ana Mata Buil

    Muchas gracias por los comentarios. Me alegro de que el artículo os haya resultado interesante. Millay es una caja de sorpresas…