Segundo PREMIO, III edición del PREMIO COMPLUTENSE DE TRADUCCIÓN UNIVERSITARIA «Valentín García Yebra»

Viernes, 8 de abril de 2022.

En la tercera convocatoria del III Premio Complutense de Traducción universitaria «Valentín García Yebra» se presentaron dieciocho traducciones y quedaron seis finalistas: Francisco Javier Carpes Salar (inglés), Ángela del Castillo Petidier (francés), Aitziber Elejalde (euskera), Alberto Gordo (alemán), Natalia Morozova (ruso), Joan Marco Perales (sueco).

El jurado, compuesto por José Manuel Lucía Megías, Carlos Fortea Gil, Carmen Gómez García, Helena Aguilà Ruzola, Juan David González Iglesias, Itziar Hernández Rodilla e Isabel Vaquero García de Yébenes, después de constatar la calidad de las traducciones presentadas y de analizar las mismas y los informes que las acompañan, decidió por unanimidad otorgar los tres premios a las siguientes traducciones:

  • Primer premio: Alberto Gordo (alemán): Der Andere, de Arthur Schnitzler
  • Segundo premio: Ángela del Castillo Petidier (francés): Esquisses morales: pensées, reflexions et maximes, de Daniel Stern
  • Tercer premio: Aitziber Elejalde (euskera): Malko bedeinkatuak, de Karmelo Etxegarai

 

Reproducimos aquí la traducción de Ángela del Castillo Petidier (texto original).

Apuntes morales: pensamientos, reflexiones y máximas, Daniel Stern

 

PRIMERA PARTE

I

DE LA CONDICIÓN HUMANA

 

Es una locura sin igual, un error funesto, lo que inclina al espíritu humano a considerarse siempre apartado y, en cierto modo, fuera de la naturaleza. Si reconociese el lugar que ella le ha asignado en el seno de la creación, el hombre no se rebajaría, como él piensa, sino que se haría con el conocimiento de las leyes que lo conectan con todo, dándole así, por encima de todo, una comprensión más justa y apacible de su destino. Ya no sería a sus ojos ese «monstruo incomprensible, suspendido entre dos abismos», del que habla Pascal, «gloria y escoria del universo, que debe despreciarse y detestarse a sí mismo»; sino que aceptaría, sin ser humillado ni sentir miedo, las condiciones de una existencia sujeta a un orden sabio y dulce cuya sola violación provoca el mal que su orgullo gusta de atribuir, al acusarlas, a fuerzas sobrenaturales.

El hombre comete todavía en las ciencias morales un error análogo al que lleva retrasando tanto tiempo sus progresos en las ciencias físicas. Así como consideraba la tierra como un punto fijo, alrededor del cual giraban los mundos, así se considera de buen grado como el fin de la creación y pide explicaciones al Creador cuando las cosas no progresan a su antojo. Tiene por malo lo que no le agrada, insuficiente o defectuoso lo que no es capaz de encajar en su estrecho concepto de perfección, inútil lo que no tiene relación directa con él. De ahí sus grandes desengaños y los resultados erróneos de sus cálculos.

Si pretende con certitud acercarse a la verdad, es hora de que el hombre se observe y se estudie, ya no como un ser individual, sino como parte de un gran todo, como instante en una metamorfosis eterna e infinita, y que no se separe nunca de esa inmensidad de fuerzas y formas que componen perpetuamente con él la belleza y la obra divina. Perderá sin duda, en este modo más riguroso y científico de estudio, algunas ilusiones preciadas para su orgullo; pero también se librará así de tormentos y preocupaciones, ¡y cuánto la fuerza calmada que obtendrá en esta firme aceptación de sí mismo será superior a esas imágenes quiméricas, a esos nerviosismos pueriles, que hacen de él, hoy todavía, esa marioneta de los dioses de la que hablan los poetas antiguos!

En virtud de la ley que gobierna a todos los seres, y por la que es el más perfecto de los organismos, el hombre es entre ellos el más complicado y el más modificable. La naturaleza, en su energía creadora, va de lo simple a lo compuesto, elevándose y liberándose cada vez más. La cadena que ata al hombre a la necesidad es más ligera y extensa que la que retiene a los seres inferiores. El hombre tiene movimientos más espontáneos, regocijos y sufrimientos más variados y delicados; se perfecciona o se degrada de manera notable según usa bien o mal su libertad, según contribuye o pone trabas a los planes providenciales. Pero ¿qué son estos planes? ¿A qué religiones, a qué filosofías debemos preguntar su secreto? Por desgracia, las religiones casi no han hecho otra cosa que distraer y seducir a las inquietudes de la imaginación con símbolos y mitos. Los sistemas filosóficos han engañado con fórmulas afirmativas a las dudas del espíritu.  Son guías falaces que conducen al viajero de cima en cima, prometiéndole siempre una gran y completa vista del mundo, hasta llegar a esas cumbres donde ya no se puede respirar, donde los ojos, helados de vértigo, solo perciben abismos encima y abismos debajo de él. Interroguemos, pues, a la razón común. Ella no nos ciega nunca con tan maravillosas promesas. No nos arrastra nunca tan lejos de nosotros. Ella nos contiene, y ahí está su fuerza, en las condiciones verdaderas de nuestro ser.

Los sabios han compadecido con frecuencia al hombre por esa naturaleza compleja que provoca sus contradicciones. Olvidan que es precisamente esa complejidad el signo de su excelencia. Ni la rosa, ni la estrella, ni el águila, ni el león se contradicen. Todo hombre de gran complexión se llama Millón, como el héroe del poeta eslavo[1].

A pesar de todas las ignorancias que lo tienen todavía cogido por el cuello, el género humano se encuentra en posesión de verdades indispensables para el gobierno de su destino; y el hombre es infeliz únicamente porque, engañado o distraído, no las quiere buscar o no sabe reconocerlas donde ellas habitan: en la contemplación, estudio y amor de la naturaleza. Las verdades esenciales son simples y poco numerosas, pues se deben a una vida de corta duración y acción limitada. La moral que deriva de ellas tiene de la misma manera pocas prescripciones, accesibles a todas las inteligencias. Ni exalta ni rebaja el orgullo del hombre. Tampoco le dice que es una insignificante hormiga, y menos aún que es un dios, ni siquiera caído. Le muestra cómo y en qué condiciones él es o, más bien, él se convierte en el más perfecto de los seres terrestres.   

Al dejarle creer que persigue un objetivo que él se ha propuesto, la sabia y paciente naturaleza conduce dulcemente al hombre al final que ella le asigna.

El hombre es un hábil artesano; sabe construir una cuna, sabe construir un ataúd. Y, sin embargo, jamás ha visto al maestro que se lo encarga: ignora para quién trabaja.

Desde el primer día de su aparición sobre el globo, el hombre no ha dejado de luchar contra las fuerzas tiránicas que lo tienen cautivo. Ha escapado poco a poco de sus lazos. A veces con astucia, a veces con violencia, ha ido desatando o rompiendo las múltiples uniones que sujetaban su espíritu y su cuerpo; luego se ha lanzado con decisión hacia la conquista del universo. Al someter a su voluntad los poderes misteriosos del número, ha medido hasta sus confines la superficie terrestre. Ha recorrido sin palidecer, a pesar de los más formidables escollos, la inmensidad de los océanos; asiste hoy, en la plenitud etérea, a la formación y al declive de los mundos.

Fijo en la noche infinita, el ojo, ávido de luz, llama a los soles y les da nombres. Lanza a las entrañas de la tierra una sonda osada que hace brotar bajo sus pies las fuentes escondidas; se sumerge en el abismo de los mares para llevarse la perla y el coral que les dan la belleza a esos tejidos diáfanos y roba a los insectos su maravillosa industria. Fuerza a las savias extranjeras a unirse para satisfacer con productos variados a sus delicados gustos. Traídas desde lo profundo de los desiertos, las fieras sirven de espectáculo para sus hijos, que aplauden con sus débiles manitas a los rugidos de la hiena y el tigre. No hay fuerza que se le resista, ni sutileza que se le escape. Compone y descompone a su voluntad, mago temerario, la luz, el sonido, los gases imponderables; ejecuta la metamorfosis de los seres. Todo se presta a sus necesidades, todo conspira para su entretenimiento. Anestesia el dolor, suspende la vida. Más veloz que el relámpago, su mente, multiplicada al infinito, vuela de una punta a otra del mundo. Penetra el presente, el pasado, el futuro; resucita a las especies extintas, impone leyes a generaciones que aún no existen.

Todo cede, todo se somete a su inquebrantable voluntad. Se rompe el tridente de Neptuno, se escapan los rayos de las manos de Júpiter, se derrumba el trono de Plutón: los dioses han sido vencidos. ¿Qué estoy diciendo? ¡Oh espectáculo inaudito, oh majestuosidad, oh grandeza, oh poder del hombre! He aquí quien somete al mismo Dios. Una palabra, una señal hacen bajar desde lo alto de los cielos, sobre el altar expiatorio, al Creador eterno; lo cargan con la culpa que pesa sobre la raza humana y le exigen el perdón. Maravillosa culminación de un destino sublime. Pero ¿qué ocurre allí? ¿Qué es ese vapor extraño que se cuela poco a poco por una imperceptible fisura del granito del mundo primitivo? Un relámpago atraviesa la noche; una sacudida, un crujido, luego, el silencio. Ha sido. Ese glóbulo que llamábamos Tierra, esa pequeña masa opaca acaba de explotar. Un poco de polvo cósmico se expande en el espacio. Algunas partículas más compactas son empujadas por corrientes etéreas hasta el planeta vecino. Los curiosos del lugar las recogen con cuidado. Un sabio lo examina todo con minuciosidad. Le pone una etiqueta. Encuentra en ello un argumento a favor de su sistema sideral. Otro sabio lo rebate. ¿Quién los pondrá de acuerdo?

Última transformación de lo que fue el poder humano sobre la tierra… una conjetura.

[…]

III

DE LA MUJER

Hay en la debilidad de la mujer un poder atractivo que la fuerza del hombre soporta con asombro, que halaga unas veces y maldice otras como una tiranía, porque sería demasiado para su orgullo reconocer en ella una ley providencial. Los archivos del género humano, las epopeyas, las historias y leyendas están llenos de testimonios resplandecientes de ese encanto misterioso; Eva y María, Minerva y Venus, las Musas y las Sirenas, Armida y Beatriz, Cleopatra y Juana de Arco son sus figuras inmortales. Pese a lo que dicta el Génesis, me sentiría tentado a creer que ella lo ha precedido en el orden de la creación. La influencia que ella ejerce, sin darse cuenta, participa de las influencias naturales. Sus ojos son fascinantes como el mar, su rica melena es un foco de electricidad, las curvas de su cuerpo virginal rivalizan en gracia y flexibilidad con las ondulaciones de los ríos y los nudos de las lianas, y el creador ha dado a su bonito pecho la forma de los mundos.

¿Es la mujer igual o no al hombre? Pregunta superflua y vanidosa, diréis quizás. No es esa mi opinión, pues la considero importante por un motivo bien simple: de la respuesta que le demos depende por completo el sistema de educación que impongamos a las mujeres y el papel que le atribuyamos en la familia y en la sociedad. Esto no deja de tener algo de interés, y creo que nunca estará de más que reflexionemos, sin prejuicios ni cortesía, sobre lo que sería sabio pensar en esta materia. Interroguemos a la experiencia, la observación, el sentido común; en otras palabras, la historia, la ciencia, la razón humana. Las respuestas de la historia no son, hay que confesar, ni diversas ni enigmáticas. No hay vacilación en las opiniones, apenas hay leves diferencias en las leyes y las costumbres. En todos los tiempos, en todos los lugares, la inferioridad, si no es acaso la maldad, del sexo femenino está establecida y de ella deducimos su incapacidad civil y política. En la mayoría de los pueblos de Oriente, se creían mancillados por el negocio, incluso legítimo, de una mujer y se abstenían la víspera de los sacrificios; los rabinos negaban a la mujer como hecha a la imagen de Dios; en las Indias se la quemaba como si fuera una propiedad de su marido; en el derecho romano, solo existía en relación al padre o al esposo; las constituciones apostólicas no la favorecen mucho más y hasta en el Evangelio, ese libro para los débiles y oprimidos, su inferioridad queda manifiesta en las duras palabras de Jesús a María: «Mujer, ¿qué tenemos en común tú y yo?». Esa convención universal es, de entrada, imponente, sobre todo si le añadimos que el genio femenino solo ha aportado hasta ahora débiles e incompletas respuestas a estas malas maneras del orgullo viril. En sus más brillantes manifestaciones nunca ha alcanzado las altas cimas del pensamiento; ha quedado, por así decirlo, a mitad de camino. La humanidad no le debe a las mujeres ningún descubrimiento importante, tampoco ninguna invención útil. No es solo en las ciencias y la filosofía que resultan ser de segundo grado, sino que tampoco en las artes, para las que parecen estar bien dotadas, han conseguido producir ninguna obra maestra. No quiero hablar aquí de Homero, ni de Fidias, ni de Dante, ni de Shakespeare, ni de Molière; sino que tampoco Correggio, Donatello, Delille, ni Grétry han sido nunca igualados por una mujer. Y todavía resulta más llamativo que ninguno de esos cuentos que retratan a grandes rasgos los grandes movimientos de la pasión, los sufrimientos del amor y los tipos ideales de la belleza femeninas se deban al sexo que mejor las conoce. Todo esto puede ya desconcertar un poco a los partidarios de la igualdad. Veamos si la ciencia les es más favorable. Desgraciadamente, me cuesta decirlo, la fisiología moderna no es amable tampoco con ella. Afirma que la mujer tiene una estructura más frágil, una complexión más débil e incluso una constitución cerebral que les dificulta ese vigor y continuidad de meditación que practican los hombres de genio. Un libro reciente que ha causado sensación en el mundo científico ha llegado a asegurar que el ser humano, al transformarse, pasa un periodo embrionario en el que posee todas las características de la hembra y que solo se convierte en varón por una continuidad hacia un desarrollo superior. ¿Hemos de aceptar tales observaciones y ejemplos? Que no sea antes de haber acudido a la razón, ese tribunal supremo al que pertenece, por la institución divina, que se modifiquen o anulen todos los juicios inferiores. Si nos trasladamos al orden moral, veremos las cosas bajo otra luz. Entenderemos la inferioridad de la mujer en el pasado sin concluir nada al respecto de su futuro. En efecto, en el origen de las sociedades, cuando todas las luchas, ya fueran del hombre contra la naturaleza o contra su semejante, eran casi exclusivamente físicas, la fuerza viril tenía una prioridad legítima. Es fácil que eso lo haya consagrado en el establecimiento de las cosas y que, al no compartir con la mujer sus conquistas intelectuales y negándole así todos los medios de desarrollo, haya retenido a esta no solo en la servidumbre doméstica, sino también en una posición inferior de inteligencia. Hay razón, por tanto, para sorprenderse de que la mujer haya podido llegar de manera imperceptible a ese grado de emancipación que le permite hoy examinar y comprender sus deberes y reclamar sus derechos. Porque, a pesar de las circunstancias más adversas, su papel ha sido siempre ascendente y hela aquí, ahora, ya no una esclava, sino compañera del hombre: compañera subalterna todavía, es cierto, y más en sus placeres que en sus trabajos; pero, en fin, reconocida en principio como un ser libre, llamada en cierta medida a participar del progreso social. Queda lejos aún una igualdad ideal, pero ¿cómo dudar que está en camino? Todas las ideas modernas tienden, además, a considerar al ser humano en su unidad. Bajo este concepto, la igualdad de la mujer es ya incuestionable. Indispensable para la perpetuidad de la raza, para la formación y desarrollo del individuo; su cooperación en la familia y la sociedad no permite más incertidumbres. Una misma moral y una educación análoga deben enseñarle las mismas virtudes. Ni la fuerza, ni la justicia, ni la templanza ni la dedicación tienen sexo.

[1] «Me llamo Millón, porque sufro por millones de hombres». Mickiewicz, en Dziady.

Ángela del Castillo Petidier (Jerez de la Fra., 1996) es traductora y editora. Ha recibido premios de traducción en poesía y narrativa, y es finalista del I Premio Ana Santos Payán. Actualmente vive en un pequeño pueblo pesquero donde tiene mucho sol y es muy feliz.

 

 

 

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