El vocabulario de mi abuela, Gabriel Hormaechea

Lunes, 28 de marzo de 2022.

Y no permitas, señor, que olvide
el lenguaje oral que oía de niño, recuérdame
que esa y no otra es mi mejor escuela literaria,
que allí mejor que en ningún libro está la música
de la lengua, sus inagotables melodías, sus
múltiples ritmos y registros, su verdadero genio.

Luis Landero El huerto de Emerson

 

Un personaje de mi infancia que usaba un vocabulario sabrosísimo era mi abuela. Pasaba el día en su butaca, con su Año cristiano y su novela de Agatha Christie. Como ella misma diría, estaba allí tan pánfila, con un ojo en su libro y otro supervisando a los nietos que correteábamos por allí haciendo trastadas. Era una persona pacífica, no le gustaba que le viniesen con monsergas ni con pamplinas, enseguida decía que todo aquello eran patrañas de un coplero o de un fantoche que le venía con paparruchas y pamemas. Si me vienen con esas, yo les suelto dos frescas y me quedo más ancha que larga, decía. Y se quedaba tan pancha.

Si los niños montábamos algún tiberio y la molestábamos, pronto nos despachaba con un «hospa, botarates» y nos decía que no hiciéramos barrabasadas, que no organizáramos trifulcas. Si cogíamos un berrenchín, nos organizaba un trepe, nos llamaba gusarapos o renacuajos, nos limpiaba las candelas y nos decía que merecíamos un soplamocos.

Y cuando crecimos un poco, desplegaba una riquísima paleta de adjetivos con que calificarnos: si intentábamos alguna engañifa éramos trapaceros o perillanes; si procurábamos zafarnos de algo, remolones; si decíamos o hacíamos alguna sandez, sinsorgos; si mentíamos, embusteros. Si íbamos desaliñados éramos astrosos, fachudos o desastrados; si nos mostrábamos osados, barbianes o tarambanas; si hacíamos el vago, haraganes u holgazanes; si comíamos con avidez, zampabollos, zampatortas, tragaldabas o heliogábalos.

Cuando alguno de nosotros se ponía respondón le decía que a ver qué era aquel descoco, cómo un mequetrefe, un chiquilicuatro, un monicaco como él, que no levantaba tres palmos del suelo, se permitía ser tan boquirroto, cómo tenía la desfachatez de ponerse tan farruco.

Rembrandt, Anciana leyendo, 1655. Fotografía de John McKenzie. National Galleries of Scotland

Releo lo que acabo de escribir y me parece estar dando la impresión de que mi abuela era una persona desabrida, atrabiliaria. Nada más alejado de la realidad. Era todo lo contrario, una persona afectuosa que nos envolvía en cariño. Lo que ocurre es que todo ese vocabulario despectivo, peyorativo en su primera acepción, se utilizaba con afecto. Nunca nos habría llamado idiotas o imbéciles, demasiado descalificatorios, prefería las más matizadas atolondrado, mentecato, ganso, sandio, tarugo o cualquiera de los muchos apelativos despectivos, en el fondo cargados de cariño. Miro en el DRAE «monicaco» y encuentro:«Coloq, Persona de poco valor. Aplicase a niños, u.t. en sentido afectivo». Y esa misma coletilla podría ponerse a todos los apelativos que mi abuela nos aplicaba. Y es que todos esos calificativos y otros muchos, como badulaque, tunante, baldragas, mostrenco, pícaro o bribón eran en el fondo manifestaciones de afecto. Un ejemplo claro de esa tendencia a no reprendernos sin dejar patente que lo hacía con cariño es el hecho de que cuando yo hacía una gorda, algún estropicio, algún desaguisado, me podía llamar «canallita», usando el diminutivo para dulcificar el reproche.

Me pregunto cómo es que todo ese vocabulario ha desaparecido prácticamente. ¿Qué ha ocurrido en nuestra sociedad para que el vocabulario afectivo se haya encogido de manera tan notoria? Porque el vocabulario no afectivo, el que nombra cosas materiales o acciones cotidianas, por ejemplo, ha cambiado mucho menos, y ha aumentado en cantidad. Si busco en el vocabulario de mi abuela en ese campo, aparte de las palabras que nombran instrumentos de trabajo de profesiones que desaparecen, las bajas son mucho menores, la lista no sería muy larga: botica, onza, cuartillo, escusado, sinapismo, alguacil, potingue, antiparras, andurrial, bigudí, perra gorda…

 

Gabriel Hormaechea Arenaza nació en Bilbao el 4 de julio de 1945. Licenciado en Filosofía y Letras (Filología Francesa) por la Universidad de Deusto. Dos años de especialización en Sociología de la Literatura en el seminario de Henry Zalamansky de la Université de Talence (Francia). Dos años en el De Bange Duivel, grupo de investigación en Sociología de la Literatura y el Arte, Leiden, (Holanda). Catedrático de Enseñanza Secundaria (Francés) en ejercicio hasta 1995. Desde septiembre de 1995 hasta 2012, profesor a tiempo completo en comisión de servicios y profesor conferenciante en la facultad de Traducción e interpretación de la Universidad Pompeu Fabra. Actualmente profesor del IDEC de la Universidad Pompeu Fabra: imparte docencia en el Máster en Traducción Literaria y Audiovisual. Tiene los siguientes premios de traducción: VII Premio Esther Benítez, XV Premio Ángel Crespo, V Premio Mots Passants.

Entre otros autores, ha traducido a Elisabeth Van Gogh, Fernande Olivier, Vincent Van Gogh, Paul Gauguin, François Olivier Rousseau, Mireille Calmel, Jean Paul Sartre, Anatole France, Colette, Flora Tristán, Anne Gédéon Lafitte, Édiht Piaf, François Rabelais, Patrik Modiano. Ha sido durante años, vicepresidente de la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña ACEC.

1 Comentario

  1. Ricardo Bada Responder

    Mi abuela paterna, Remedios, de Fregenal de la Sierra, no disponía de un lèxico tan rico como la suya, Gabriel, pero yo, que soy muy dado a las citas en aquello que escribo, creo que es mi abuela Remedios, la bella y sabia, la persona a quien más he citado en todo lo que escribo. Hasta creo que puedo asegurar sin temor a equivocarme que la primera expresión suya que aprendí fue la de «Más se perdió en la guerra de Cuba», expresión que como tantos sustantivos de los que usted menciona tengo la sospecha de que también ha desaparecido por el desagüe del idioma.

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