Entrevista a Ann Goldstein

Viernes, 20 de noviembre de 2020.

Seguimos con la serie de conversaciones –iniciada el pasado viernes– entre Celia Filipetto y las traductoras de Elena Ferrante con la entrevista a Ann Goldstein, traductora al inglés.

 

© E. Tammy King

Cuéntanos brevemente tu trayectoria profesional como traductora literaria.

Empecé como la mayoría de los traductores que conozco, por casualidad. Llevaba varios años estudiando italiano cuando mi jefe me pidió que le echara un vistazo a un libro en italiano y le diera mi opinión; era un libro breve, de Aldo Buzzi, un escritor bastante desconocido incluso entre los traductores de italiano. Me gustó el texto y decidí comenzar a traducirlo: me encontraba en un punto en que pensé que la traducción me ofrecería un modo diferente de ver la lengua, que sería una manera de sumergirme en ella, por así decirlo. Así que hice la traducción y al final acabó publicada. Mi segunda traducción fue exactamente lo contario: Petrolio, una novela inacabada de Pier Paolo Pasolini de casi quinientas páginas. (Tenía en común con Buzzi que muy pocos lo habían leído.) No sabía dónde me estaba metiendo. Lo ignoraba casi todo de Pasolini como novelista, como figura política y cultural, por no hablar de la política de Italia de los años sesenta y setenta. Para traducir el libro tuve que aprender sobre todos esos temas, de modo que fue una magnífica formación. Desde entonces he traducido muchos libros de muchos autores, entre otros, Alessandro Baricco, Romano Bilenchi, Helena Janeczek, Donatella Di Pietrantonio, Primo Levi. Me ocupé de la edición de las Obras completas de Primo Levi en inglés, de las que traduje tres libros, y también formé parte del equipo de traductores que trabajaron en el Zibaldone de Leopardi.

 

¿Qué supuso en tu carrera profesional haber dado voz a una escritora ausente? ¿Hubo un antes y un después?

No creo que la ausencia de Ferrante haya afectado mi carrera de traductora, salvo para hacerme más visible de lo que acostumbramos a ser los traductores. De modo que quizá en ese sentido haya un antes y un después. Fundamentalmente, he intentado utilizar esa visibilidad para llamar la atención sobre el papel de los traductores en general. Creo que los lectores se olvidan a menudo de que si pueden leer un libro escrito en otra lengua es porque alguien se tomó el trabajo de ponerlo a su disposición en su propia lengua: entre el lector y el escritor hay alguien que lo hizo posible. Como ejemplo negativo, mencionaría a los críticos que citan (a veces) largos pasajes de un libro y hablan del estilo de la escritura y parecen no recordar que en realidad se trata de la escritura del traductor. De manera que es bueno que se les recuerde a los lectores (y a los críticos) la existencia del traductor.

 


No creo que la ausencia de Ferrante haya afectado mi carrera de traductora, salvo para hacerme más visible de lo que acostumbramos a ser los traductores. De modo que quizá en ese sentido haya un antes y un después. Fundamentalmente, he intentado utilizar esa visibilidad para llamar la atención sobre el papel de los traductores en general


 

¿Cómo resolviste la presencia/ausencia del napolitano en las obras de Ferrante?

Cuando Ferrante escribe: «dijo en dialecto» (o se refiere al dialecto con alguna otra expresión) trato de que la lengua de lo que sigue sea más suelta, más coloquial y argótica, pero sin utilizar una jerga o un acento particular o regional. Por lo general, se menciona el dialecto cuando la gente dialoga, y en tal caso he tratado de ser más coloquial. Del mismo modo, cuando Ferrante sí utiliza una palabra en dialecto, he procurado encontrar un término argótico que no sonara poco natural. En ocasiones he dejado la palabra en dialecto como en el texto original.

 

¿Podrías hablarnos de una dificultad especial de la traducción de las obras de Elena Ferrante?

Todo es difícil a su manera. En especial, la prosa de Ferrante puede ser densa; la autora puede usar un montón de palabras, no de un modo redundante, sino para llegar a la verdad, como ella ha dicho, a una verdad exacta. Puede resultar difícil conservar la intensidad y el ímpetu creados por el encadenamiento de palabras en la sintaxis inglesa sin perder sentido. Muchos lectores han destacado la tendencia de Ferrante a escribir con oraciones larguísimas. Creo que es una de las maneras que le permiten conseguir esa intensidad y, aunque es cierto que en italiano esas oraciones se sustentan con mayor facilidad que en inglés, en la medida de lo posible, he tratado de conservar el estilo. Un problema obvio es el hecho de que en inglés no hay géneros, lo que lo hace sintácticamente menos flexible.

 

¿Cuál es la situación profesional de los traductores literarios en tu país?

Un consejo habitual que los traductores experimentados dan a quienes empiezan es: más vale que tengas otros ingresos regulares. Es decir, que resulta muy difícil ganarse la vida como traductor literario. Existe una gran variedad en la forma en que se remunera a los traductores y en sus derechos contractuales (por ejemplo, no abundan los libros traducidos que llevan el nombre del traductor en la cubierta), y aunque se han hecho intentos de estandarizar los contratos, la mayoría de los editores tienen sus propios sistemas, sus propias tarifas y sus propias normas, y no están dispuestos a cambiar.

Dicho esto, creo que hay una mayor conciencia de los traductores y de su trabajo. Por ejemplo, en los últimos años se han creado algunos premios importantes: el Booker International y el National Book Award de traducción. Evidentemente, estos premios contribuyen no solo a conseguir atención sino respeto por el papel del traductor y su visibilidad. Creo que el fenómeno Ferrante ha sido útil. Además, se ha producido una proliferación de pequeñas editoriales centradas en la traducción o incluso en publicar solo traducciones, así como un aumento en los programas universitarios de postgrado. Aun así, las traducciones representan una pequeña parte de los libros publicados en Estados Unidos, y parece ser que lo que era cierto en el pasado, hasta cierto punto se mantiene todavía: los lectores se desaniman ante las traducciones, piensan en ellas como una especie de gusto especializado, para un público minoritario.


Resulta muy difícil ganarse la vida como traductor literario. Existe una gran variedad en la forma en que se remunera a los traductores y en sus derechos contractuales, y, aunque se han hecho intentos de estandarizar los contratos, la mayoría de los editores tienen sus propios sistemas, sus propias tarifas y sus propias normas, y no están dispuestos a cambiar


 

 

 

 

Traducción del inglés Celia Filipetto