Un verso intraducible de Brecht, Ricardo Bada

Viernes, 23 de octubre de 2020.

Alemania, entre otros muchos dones, me regaló tres amigos de los que dos ya murieron, más joven que yo uno de los dos: Dieter Schulmeister. Fuimos vecinos durante unos diez años en este mismo complejo habitacional donde aún residimos mi mujer y yo, y su hija, Alexandra, Alex, es para nosotros algo así como un cuarto hijo.

¿Cómo nació nuestra amistad? A veces es una sola palabra la que da lugar al proceso de esa relación maravillosa y superior al amor que es la amistad. Superior, porque la amistad verdadera es todo lo contrario del egoísmo y el amor es egoísmo en estado puro. En el caso de Dieter y yo la palabra fue un apellido: el de Bertolt Brecht. Al muy poco tiempo de conocernos, ambos descubrimos que éramos adictos a Brecht como tan sólo se puede ser adicto a una droga, en este caso la brechtina. Como de la coca la cocaína, de Brecht la brechtina. Ambos nos reconocíamos brechtinadictos convictos y confesos.

Debo aclarar que Dieter era berlinés, nacido en la parte oriental de la ciudad, la que era capital de la RDA, y que huyó de allí antes de que se alzara el muro, llevándose consigo dos puntos fijos en su radar interno: un rechazo completo y sin rendijas del socialismo real, y una pasión irrefrenable por la obra de Bertolt Brecht.

Uno de los más acendrados recuerdos que conservo de Dieter es el día en que conversamos acerca de la Guerra Civil española después de oír un long play de Ernst Busch con canciones de esa guerra. Le pregunté a Dieter si conocía el mensaje que Bertolt Brecht envió al Congreso de Escritores Antifascistas que se reunió en Valencia, el año 1937, en plena guerra civil, y cuando las tropas del general inferiocre atacaban Madrid desde la Sierra del Guadarrama. Bertolt Brecht fue también invitado a participar en ese Congreso y no pudo, se había exiliado poco tiempo antes a Dinamarca. Pero desde su exilio de Dinamarca envió un poema como solidaridad con ese Congreso y con la lucha de la democracia contra el fascismo. ¡¡¡Y era un poema de Brecht que Dieter no conocía!!!

Lleno de orgullo se lo recité, porque desde años atrás me lo sabía de memoria y hasta había intentado, ingenua e inútilmente, aproximarlo a mi idioma. El poema dice así:

 

 Mein Bruder war ein Flieger,
Eines Tags bekam er eine Kart,
Er hat seine Kiste eingepackt,
Und südwärts ging die Fahrt.
Mein Bruder ist ein Eroberer,
Unserm Volke fehlt’s an Raum,
Und Grund und Boden zu kriegen, ist
Bei uns alter Traum.
Der Raum, den mein Bruder eroberte
Liegt im Guadarramamassiv,
Er ist lang ein Meter achtzig
Und einen Meter fünfzig tief.

«¡Ese tief es intraducible!» sentenció Dieter, apenas se lo recité. Y sí, ese tief es de a de veras intraducible, ni siquiera con el inglés deep o el neerlandés diep: a la P le falta la proFundidad de esa F final. Pero vayamos por parte. Una traducción literal diría más o menos así«Mi hermano era piloto, / un día recibió una postal, / empaquetó su maleta / y al suroeste era el viaje. // Mi hermano es un conquistador, / a nuestro pueblo le falta espacio, / y conseguir tierra y suelo es / un viejo sueño para nosotros. // El espacio que mi hermano conquistó / está en el macizo del Guadarrama, / y mide a lo largo un metro ochenta / y un metro cincuenta de profundo».

«Profundo» es trisílaba, «hondo» bisílaba, y ambas palabras llanas, no agudas como lo es, por fuerza, el monosílabo tief. Un problema añadido y que ni Dieter ni yo logramos explicarnos es el abrupto paso del verbo sein conjugado en pasado en el primer verso («Mein Bruder war ein Flieger») a la conjugación en presente al comienzo de la segunda estrofa («Mein Bruder ist ein Eroberer») para volver a conjugarse en pasado el verbo del primer verso de la tercera estrofa: «Der Raum, den mein Bruder eroberte».

Finalmente conseguí, haciendo juegos malabares con esa tercera estrofa, una aproximación al castellano que me dejó satisfecho, y fue la que recité para mí durante las exequias de Dieter, delante de sus cenizas contenidas en una urna:

Mi hermano era piloto,
un día recibió una postal,
empaquetó sus cosas
y al suroeste lo vi marchar.
Mi hermano era un conquistador,
nuestro pueblo vive estrecho
y eso de hallar espacio es,
entre nosotros, un viejo sueño.
La tierra que mi hermano conquistara
está en la Sierra del Guadarrama
y mide 1 metro 80 en longitud:
poco más que medía su ataúd.

 

 

Ricardo Bada.  Huelva, España, 1939. Escritor y periodista residente en Alemania desde 1963. Autor de La generación del 39 (cuentos, Nueva York 1972), Basura cuidadosamente seleccionada (poesía, Huelva 1994), Amos y perros (cuento, Huelva 1997), Me queda la palabra (ensayos, Huelva 1998), Los mejores fandangos de la lengua castellana (parodias, Madrid 2000), Límeri de Bueno Saire (nonsense, Río de Janeiro 2011), La bufanda de Cambridge (cuentos, Bogotá 2018) y El canto XXV (novela breve, Copenhague 2018). Editor en Alemania, junto con Felipe Boso, de una antología de literatura española contemporánea (Ein Schiff aus Wasser [Un barco de agua]), y en solitario, de la obra periodística de Gabriel García Márquez y los libros de viaje de Camilo José Cela. Editor en España de la obra poética de la costarricense Ana Istarú (La estación de fiebre y otros amaneceres, 1991), y en Bolivia de la única antología integral en castellano de Heinrich Böll (Don Enrique, 1995). Republicano y agnóstico, convicto y confeso, paradójicamente lo nombraron caballero de la Orden de Isabel la Católica y padece –sigue lo paradójico– una curiosa dolencia llamada sacralización. Tan luego él…