Eduardo Mendoza en las XIV Jornadas de Tarazona

Conferencia de Eduardo Mendoza en las XIV Jornadas en torno a la Traducción Literaria celebradas en Tarazona en 2006. Texto publicado en VASOS COMUNICANTES 36.

Buenas tardes. Quisiera dar las gracias a todas las personas a las que debería dárselas, una por una, pero aparte de que me perdería a mitad de camino, sería muy largo. De modo que, simplemente, gracias por haberme brindado la oportunidad de venir a estas Jornadas a Tarazona, con la que tenía una larga deuda, que hoy confío poder satisfacer al menos en parte. Desde hace años me han estado invitando, incluso seduciendo para que viniera, y por distintas circunstancias, más o menos comprensibles, lo había ido aplazando hasta que, finalmente, puedo decir que ya estoy aquí. Había oído hablar mucho de Tarazona. Traductores que también son buenos amigos míos iban y venían de Tarazona y, de paso por Barcelona, me hablaban de este lugar y de sus excelencias; las que se han mencionado en la presentación y otras que no se han mencionado, como son la comida y la bebida y, en general, la buena vida.

También estoy encantado de estar aquí porque esta circunstancia me brinda una vez más la oportunidad de hablar del tema que más me gusta, o sea de la traducción. Se ha dicho que soy una persona idónea para hablar de traducción y es verdad. No sé si lo que diga puede tener o no interés, pero dudo que haya alguien en el mundo que reúna más méritos para poder hablar sobre la traducción, pues he dedicado años y años de mi vida a la traducción de todo tipo. He sido traductor, intérprete, he hecho traducción simultánea, consecutiva, chuchotage, he traducido por escrito, he dictado, he hecho traducciones técnicas y traducciones literarias, he dado clases de traducción y de interpretación, y he sido traducido. Y he soportado a mis traductores, algunos de los cuales están aquí y saben a qué me refiero. Todo eso no me ha proporcionado ninguna sabiduría pero sí un contacto con la traducción bastante… no diré profundo, pero sí íntimo. La traducción es mi trabajo más querido. Es una afición que comparto con otros escritores; hay escritores que han ejercido también la traducción, o la siguen ejerciendo ocasionalmente, por ejemplo, Javier Marías, con quien he mantenido esta conversación en varias ocasiones y con quien coincido en que lo que de verdad nos gusta es la traducción, entre otras razones, porque tiene la misma emoción que la escritura pero ninguna responsabilidad. También es verdad que está muy mal pagada.


La modestia y la invisibilidad, que son, por definición, la las condiciones esenciales de una buena traducción y de un buen traductor (…) hacen que la traducción no reciba la consideración que merece


La traducción, además, a los que la ejercemos, la hemos ejercido o hemos vivido de ella, a los que la queremos y la llevamos en el corazón, nos disgusta profundamente el mal trato que recibe. La modestia y la invisibilidad, que son, por definición, la las condiciones esenciales de una buena traducción y de un buen traductor, la desaparición del esfuerzo de traducir para dejar paso a un texto transparente y limpio, hace que la traducción no reciba la consideración que merece, aunque en muchas ocasiones su relevancia es muy notable. Todavía a estas alturas las críticas literarias que aparecen en la prensa nunca mencionan la traducción, salvo para ponerle pegas. Cuando aparece la crítica de un libro, nunca se menciona el empeño de un traductor que ha hecho posible no sólo que el libro sea leído, sino incluso que el crítico tenga ocasión de criticarlo. Hace poco protesté muchísimo en una editorial a propósito de un libro muy mal traducido. Al editor, que es amigo mío, le dije que tendría que darle cien azotes al traductor. El editor me dijo: “Vaya, tú que siempre defiendes a los traductores”. Y le contesté: “Por eso mismo: ya que no vais a premiar a los buenos, por lo menos castigad a los malos, que será una forma de establecer categorías”. Algo hay que hacer. Aunque no es este el tema al que me voy a referir,  porque no sé si quejarse sirve para algo, pero sí sé que no hay cosa más aburrida que escuchar quejas. De lo que querría hablar es simplemente de la traducción como profesión, no porque yo sea un estudioso del tema, sino porque a lo largo de los años he ido sacando algunas conclusiones.

Recientemente, un fantasma recorre Europa: la frase de Umberto Eco cuando le preguntaron, en relación con la confusión de lenguas inherente a la Comunidad Europea y el enorme problema que eso supone, cuál era o cuál debía ser, en su opinión la lengua de Europa. La respuesta, dijo, era muy sencilla: la lengua de Europa es la traducción. La frase inmediatamente hizo fortuna porque permite resolver con una simple frase un problema realmente insoluble. Es como la palabra “mestizaje”, que resuelve en teoría el problema de la inmigración. Las palabras, efectivamente, solucionan muchos problemas o parecen solucionarlos. Además, la frase de Eco tuvo éxito porque Umberto Eco es persona de gran prestigio académico y novelista de fama, y también un hombre de ingenio ya que, como digo, con una frase solucionó un problema descomunal. Pero no lo soluciona, claro. Nada soluciona el problema de las lenguas en Europa, de las seiscientas lenguas en activo que tiene Europa en estos momentos. Para ser sincero, dudo mucho que se pueda llevar a cabo una Unión Europea con semejante problema. Es verdad que da trabajo a muchos traductores, pero a la larga acabará siendo perjudicial para todos, incluidos los traductores.

Este es otro tema que tampoco voy a tratar ahora. Si lo he traído a colación es por lo que la frase tiene de malo al convertir la traducción en algo que a mi juicio no es. De la traducción se habla mucho, pero muy rara vez se centra el tema de qué es la traducción. Tal vez por la propia invisibilidad de la traducción, que es una actividad cuya función, como he dicho antes, es desaparecer sin dejar rastro, llevar el texto hasta la puerta del lector, darle paso y hacer mutis por el foro. Esto hace que sea una profesión muy poco clara en cuanto a lo que es. Cuando Umberto Eco se refiere a la traducción como una lengua, quiere decir, seguramente, una lingua franca. Es verdad: la lingua franca de Europa es la traducción. Pero la traducción no es una lengua, sino un oficio, una profesión y, por lo tanto, una actividad y un resultado. Es un método y un acervo, un patrimonio, una tradición, una técnica y también, en cierto modo, un arte, una habilidad o una artesanía, lo mismo da; aquí no se trata de elogiar o menospreciar, sino de centrar el tema de lo que es la traducción.

La traducción, por sus orígenes, es un poco “el salvaje” de las disciplinas. Surge de los caminos y de la necesidad, es un oficio que se improvisa, que tradicionalmente ha sido ejercido por personas caracterizadas por la duplicidad, incluso a veces por la traición, colaboracionistas y agentes dobles. Es un oficio que ejercían los mercaderes que iban de un sitio a otro, los guías nativos, los espías, las gentes de mal vivir que viven de los extranjeros, los mediadores… Pero eso da lo mismo. También el origen de la medicina es oscuro. Y no hay por qué avergonzarse de los orígenes, todos descendemos del mono. También —y en este solemne lugar es justo recordarlo— los misioneros fueron grandes traductores. De hecho, los primeros traductores importantes son los misioneros, especialmente españoles, portugueses e italianos, que trataron de convertir al cristianismo a los chinos, a los japoneses y a los africanos, con éxito variable.


Eran los padres fundadores, patriarcas con un gran prestigio en esta profesión. Habían ido a parar a la cabina de interpretación, no procedentes de una escuela, sino de una escuela mucho más dura, como la revolución rusa, la persecución nazi, los pogromos que les habían llevado de Rusia a la Argentina


Sea como sea el origen, en estos momentos ya es una profesión y la prueba es que existen escuelas oficiales de formación de traductores. Los que hemos pasado por ellas, como alumnos o como profesores, sabemos que todavía queda bastante camino por recorrer, dicho sea en términos discretos. En primer lugar porque los propios docentes desconfían de la traducción como oficio que se pueda enseñar. Ellos son generalmente todavía autodidactas y por lo tanto dudan mucho de que se pueda enseñar de un modo sistemático lo que ellos aprendieron de un modo pragmático. Yo tuve un ejemplo muy claro en mi experiencia personal como intérprete. Ustedes saben que la interpretación, o la traducción simultánea, es un método muy reciente. Se inició en los juicios de Núremberg después de la II Guerra Mundial. Eran juicios masivos, con muchos acusados y muchos testigos y, por supuesto, todo había de hacerse en los idiomas oficiales del bloque aliado, que eran el inglés, el francés y el ruso —pero también otros muchos, desde luego el alemán, por la parte contraria, además de la presencia del español, etc.—, y se decidió descartar la traducción consecutiva que hasta entonces se venía haciendo en los organismo internacionales. En la Sociedad de las Naciones, por ejemplo, se pronunciaban discursos que el traductor repetía a continuación en cada uno de los idiomas oficiales, con lo cual cada discurso duraba varias horas, y al final de cada traducción se aplaudía al traductor—retengan ustedes este detalle—. En Núremberg, como digo, se decidió probar la traducción simultánea, pensando que por mal que saliera, siempre sería mejor que lo otro. Además había una cierta urgencia y los juicios de Núremberg no estaban pensados en términos de belleza literaria. De modo que probaron la traducción simultánea, aunque muchos pensaron que no saldría bien. Luego descubrieron que podía funcionar y empezaron a utilizar a personas que por sus circunstancias personales tenían dominio de dos idiomas. Intervinieron muchos exiliados rusos, rusos blancos que habían vivido en París o en Alemania, judíos alemanes que se habían refugiado en Inglaterra, etc., personas, en fin, de vidas aventureras. Y de ahí salió el primer grupo de intérpretes que yo llegué a conocer cuando empecé a trabajar como intérprete. Eran, claro, los padres fundadores, los patriarcas, ya de cierta edad, con un gran prestigio de esta profesión. Como ellos habían ido a parar a la cabina de interpretación, no procedentes de una escuela, sino de una escuela mucho más dura, como la revolución rusa, la persecución nazi, los pogromos que les habían llevado de Rusia a la Argentina, etcétera, consideraban que los que habían aprendido el oficio de intérpretes en una escuela, con libros, con auriculares, éramos unos pobres aficionados que nunca podríamos ser intérpretes. A su vez, como ocurre siempre, los que aprendimos a la sombra de estas figuras legendarias y pintorescas siempre hemos pensado que los que nunca han tenido este contacto con las fuentes mismas, con los que estuvieron en Núremberg, no llegarán nunca a ser intérpretes, y así sucesivamente. Es decir, que los propios docentes, a diferencia de lo que ocurre con otras profesiones, pensamos inconscientemente que somos demasiado buenos y que los que lleguen detrás es imposible que lleguen a la altura de nuestros zapatos.

Tampoco nos ponemos de acuerdo en qué es la traducción, porque hay dos factores que interviene en la traducción difícilmente conciliables. El factor artístico y el técnico. No tiene nada de malo que los dos elementos funcionen al mismo tiempo —y, de hecho, ocurre en la mayoría de las profesiones—. Hay que tener un talento natural y una técnica. Para tocar el piano bien hay que tener estas dos cosas, sólo con talento o sólo con técnica es imposible interpretar una sonata. Sin embargo, a la traducción esta dualidad no se le concede fácilmente. Hay unos que creen que para ser traductor hay que tener unas dotes naturales, que el traductor nace y no se hace, y otros que creen lo contrario, que el traductor se hace y que, por lo tanto, sistematizando la enseñanza y el contenido de la traducción, cualquier persona que siga lo que prescribe el libro de texto y los apuntes y haga los ejercicios podrá ser un buen traductor. Parece mentira que estas dos cosas sean irreconciliables puesto que, como digo, en todas las profesiones ocurre lo mismo, pero es así.

De modo que hay dos bandos: los que consideran que la traducción es una cuestión de ingenio, de ocurrencia, de dominio, de entender la picardía de las lenguas, sobre todo la peculiar idiosincrasia de las distintas culturas, de cómo hay un cierto formalismo en unas lenguas que en otras hay que traducir de una manera más campechana, hay una retórica, un lenguaje coloquial popular, y que eso se adquiere bebiendo el vino de las tabernas. Estas personas suelen expresarse siempre con metáforas y dan largas conferencias que seguramente muchos de los aquí presentes han padecido. Dicen: “Traducir es como entrar en una mina con un candil, pero sopla el viento y se apaga el candil”. O «es como encontrarse con un perro y el perro ladra pero uno no ladra y entonces el perro muerde…”. Y así dan conferencias enteras, yo he oído varias. Otros consideran que es una pura técnica y, por lo tanto, lo que hay que hacer es estudiar Hermenéutica, Gramática Generativa I y Gramática Generativa II, y dan una lata tremenda en las Escuelas y Facultades de Traducción e Interpretación. En fin, no sigamos.

A esto contribuye también un tercer elemento —o segundo o cuarto, no sé, no he contado los elementos— igualmente perturbador, que es la visión de la traducción que hay desde fuera. La traducción, para el que la ve desde fuera, tiene mucho mérito, y no digamos la interpretación: eso ya les parece una cosa extraordinaria, y hay que decirles, que no, que tiene la misma dificultad que hacer bien cualquier otra cosa y que simplemente hay que estudiar, practicar y trabajar, adquirir una técnica, tener a algunos profesores que estén a tu lado y que te enseñen y toleren tus incorrecciones, etc. Lo mismo ocurre con la traducción. Dicen: “Caramba, qué maravilla, con lo difícil que son los idiomas, yo no me aclaro y usted… este libro tan gordo…”. Yo recuerdo una vez que una persona visitó el Departamento de Traducción de las Naciones Unidas y dijo: «¡Qué mérito! Con temas tan difíciles: la política internacional, el derecho, la economía, la medicina, las vacunas, la gente que se muere de enfermedades y la bomba atómica, el espacio ultraterrestre, todo esto ustedes lo tiene que traducir”. Yo le decía: “Pues mire, es nuestro trabajo”. Y entonces vio una habitación llena de diccionarios, y se sorprendió: «¡Pero tienen diccionarios! ¡Pues entonces me han engañado!» Le dije: “¿Pero usted se cree que esto es un circo?”. Y respondió: “Bueno, claro, pues así también lo hago yo”. Hay tantas fantasías en el concepto de la traducción… Es verdad que la traducción es una técnica que se puede enseñar, de la misma manera que en los talleres de escritura se puede enseñar a escribir, por supuesto que sí. “Es que a Cervantes no le enseñó nadie”. Es verdad, no le enseñó nadie, pero esto no es pertinente. Se puede enseñar a escribir y, luego, el que tenga más talento aprovechará mejor las enseñanzas que el que no tenga ninguno, que no saldrá de la cosa más trillada. Se puede enseñar, pero también hay que enseñar lo otro.


La traducción, casi siempre, lleva aparejado un elemento de urgencia: hay que enseñar agilidad. Cuando yo daba clases, dedicaba una parte a enseñar a los alumnos a traducir «mal»


Una de las características de la traducción es la urgencia. Salvo en  las grandes traducciones literarias, que son la excepción, cuando uno decide encerrarse nueve años para traducir un soneto. Pero estos casos se dan poco. La traducción, casi siempre, lleva aparejado un elemento de urgencia; hay que traducir deprisa y, por lo tanto, hay que enseñar agilidad. Cuando yo daba clases, dedicaba una parte —no todo, como entenderán fácilmente, pero sí una parte del programa— a enseñar a los alumnos a traducir mal, porque en algunas ocasiones no hay más remedio: o se traduce mal o no se traduce, y es mejor traducir mal. Hay que aprender a hacer las cosas mal y solamente el que ha aprendido a hacer las cosas mal sabe que las está haciendo mal y hasta qué punto tiene que hacerlas mal y qué significa hacerlas mal, y no mal-mal, sino sólo mal. Y esto también se ha de enseñar, porque en la traducción también hay un componente de arte, de ingenio. No estoy hablando de la traducción literaria, sino de la práctica, de esa traducción práctica que a veces padecemos diariamente en los periódicos, en las noticias de agencias que se traducen mal. No digamos ya el ejemplo tan socorrido y tan clásico de las instrucciones de uso de los electrodomésticos, que eso no hay quien lo entienda, simplemente porque el traductor no ha aprendido algunos principios elementales de la traducción. Por ejemplo, que cuando una palabra se traduce de una manera, siempre que aparece esa palabra se ha de traducir de la misma manera y no se puede decir en un sitio «el botón», en otro «el pulsador» y en otro «la tecla» porque el usuario no lo entiende, ni tiene por qué entenderlo. O también que no hay que preocuparse por repetir las palabras. Eso es lo primero que se ha de enseñar a un traductor: “No te preocupes: si tienes que repetir una palabra, la repites. No busques un sinónimo, los sinónimos no sirven para nada”.

Claro está, la traducción se puede enseñar, porque entraña muchísimos problemas técnicos que tienen muy poco que ver con el ingenio. Como me dijo uno de mis mentores, el principal problema de la traducción —y esto es algo que hay que explicar al final, y sólo a quienes ya tienen una cierta práctica—, es que siempre hay de traducir textos que están en otro idioma. Sólo el que ha traducido mucho sabe hasta qué punto esto es engorroso, porque si no tuviera un texto delante sabría muy bien lo que tiene que decir, pero como el texto está ahí y se niega a desaparecer, molesta una barbaridad. Por eso muchos traductores, cuando traducimos textos literarios primero hacemos una traducción funcional de todo lo que dice, de prisa y de cualquier manera, pero rigurosa y exacta, y luego nos olvidamos del texto original, porque la presencia de otro idioma es muy potente: los falsos amigos, las peculiaridades, las idiosincrasias, el argot, cosas tremendas.

Por ejemplo, hay muchas películas —ahora se hacen menos, desgraciadamente, pero todavía se hacen muchas— de gángsteres. El problema del traductor español es que en España no hay películas de gángsteres. Aquí también hay gángsteres, pero no como los de los de las películas, no como estos hombres honrados que van diciendo: “Soy gángster”. Los gángsteres de las películas se compran una gabardina, un sombrero, una pistola, una petaca de whisky, pegan a una chica para cumplir con su profesión de gángster y aprenden un lenguaje de gángster. Como en España estos gángsteres no existen, hay que crear un sucedáneo del lenguaje del gángster y eso ha obligado a unos traductores geniales a introducir un lenguaje de gángster de película americana. Por ejemplo, llaman a las chicas “muñeca”. Nadie llama a una mujer “muñeca”, nunca, sólo los gángsteres de las películas. De modo que cuando un escritor español o un guionista de cine quieren sacar un gángster en una película, también le hacen decir “muñeca”, aunque sea un gángster de Madrid, o un gallego. Lo hacen para que se vea que es un gángster. Estos son los problemas de la traducción, ¿qué hacer? No sé lo que debe de decir en inglés, doll, dolly, honey, es igual. ¿Qué hacer con esto? ¿”Churri”? Cómo va a decir algo así un gángster, no sería digno…

Y esto es lo bonito de la traducción: cómo enfrentarse, no a la terminología, no al diccionario, no a la poética de la traducción, sino a este mundo magnífico que hay que conquistar y que son los pequeños territorios del lenguaje. El traductor es un exilado voluntario que ha elegido vivir en otro planeta, en otro país o en otra cultura; se instala allí y es feliz. Es feliz porque habita un lugar donde todo es distinto, todas las palabras son distintas de las suyas y ha de irlas conquistando una a una. Y cuando las ha conquistado se las lleva a su casa y las va transformando. Y no sólo las palabras, sino las familias enteras, las familias lingüísticas, las construcciones, los ambientes, las costumbres. ¿Y cómo trasladar lenguajes? Quien ha visto una traducción de historias taurinas al inglés queda maravillado. O las crónicas deportivas, ¡qué maravilla! ¡Qué cosa más bonita! Traducir una crónica deportiva del béisbol… Porque hay que ir encontrando no sólo las palabras, sino las palabras en movimiento. Por ejemplo: “¿Qué significa esto?” Pues esto significa el movimiento de una bola en el aire que además puede poner de pie a cien mil espectadores, y eso también hay que traducirlo; no la palabra, que es una tontería, la palabra no significa nada, lo que hay que traducir es eso. Y esto es lo bonito de la traducción, estos problemas prácticos. Porque cada lengua tiene sus características pero nada es insoluble, todo se puede traducir.


La traducción es un género literario importantísimo. Los grandes idiomas literarios se han formado a través de las traducciones


¿Cuál sería entonces la forma de plantear la traducción? Para poder sistematizarla, no lo sé. Pero se me ocurre que una forma podría ser considerarla algo que nunca se ha considerado, a saber: como un género literario. Cualquier traducción, y no solamente la traducción literaria. La traducción es un género literario que se llama traducción y que tiene diversas vertientes: la traducción de poesía es una cosa, la traducción de textos científicos es otra, pero en conjunto toda ella es un género literario. ¿Sería complicado? Sin duda, pero también lo son los estudios literarios. Basta con entrar en una escuela de filología para ver que aquello es un verdadero caos. Lo mismo se podría hacer con la traducción porque la traducción, en definitiva, es un género literario importantísimo. Los grandes idiomas literarios se han formado a través de las traducciones. El inglés es un idioma que surge y se construye a partir de la Biblia del rey James, el ruso literario empieza a funcionar cuando Pushkin traduce a Shakespeare.

Yo he estudiado —y me parece un fenómeno interesantísimo— la reconstrucción del catalán, una reconstrucción que se hace a base de traducciones. El catalán es una lengua práctica y literaria que funciona a todos los efectos hasta una época determinada en la que por muchísimas razones, no todas bélicas ni de fuerza, entra en decadencia. Más tarde, en el s. XIX, se decide revitalizar esa lengua que ha quedado en un estadio de lengua poco menos que oral, y también clásica, pero que no se ha modernizado. La modernización y la reconstrucción de esta lengua en el momento actual se basan en la traducción. Con una idea y un propósito claros, en un momento determinado se traduce a los clásicos griegos y latinos, a Shakespeare, la Divina comedia y el romanticismo alemán: Goethe y sobre todo Schiller. ¿Y cómo se hace? ¿En qué consiste la operación? No solamente en traducir, sino en traducir a una lengua que no existe, pero que existiría si las cosas hubiesen sido de otra manera. La operación es interesantísima y se hace precisamente con la traducción, porque es la única que permite utilizar unos ingredientes, un cuerpo literario ya existente que a su vez lleva consigo un gran aparato crítico. Es todo un sistema planetario. Traducir a Shakespeare o traducir la Divina comedia significa incorporar a la lengua todo un sistema literario central y periférico. Y esta traducción no se hace a la lengua que es, ni a la lengua que fue, sino a la lengua que debería ser si hubiera continuado su proceso natural, basándose en las lenguas que sí continuaron su evolución orgánica y natural, como el castellano, el francés o el italiano. Aunque el italiano también sufrió los mismos o parecidos avatares. Digamos, pues, que básicamente el castellano y el francés son dos modelos de evolución que el catalán aprovecha. Si el catalán se hubiera seguido escribiendo o enseñando a lo largo de los siglos, por analogía, ahora estaría así. Pues así. Vamos a reconstruir, y vamos a reconstruir con la autoridad de Shakespeare, de Homero y Dante, de Goethe y de Schiller. Qué mayor ejemplo y qué mayor utilidad.


Las lenguas evolucionan a través de la traducción y por las traducciones. La literatura evoluciona con la tradición porque la propia creación literaria de un lugar funciona hacia dentro, es endogámica; la sangre nueva viene de fuera a través de la traducción


Pueden considerar que es útil o no resucitar o restaurar una lengua deteriorada, pero la traducción está ahí y la traducción es eso. ¿Cómo evolucionan las lenguas? Evolucionan a través de la traducción y evolucionan por las traducciones. La literatura evoluciona con la tradición porque la propia creación literaria de un lugar funciona hacia dentro, es endogámica, la sangre nueva viene de fuera y viene de fuera a través de la traducción. Pocos son los escritores que reciben influencias directas de lecturas en otros idiomas. Sí reciben la sorpresa de descubrir formas nuevas del lenguaje a través de la traducción. También eso les permite renovar el lenguaje y esa renovación les permite hacer nuevas traducciones, porque el lenguaje como herramienta se va adaptando a necesidades de otras lenguas que van incorporando nuevas ideas, nuevos descubrimientos. Pero eso no significa que sea una lengua común, como dije al principio. Es una herramienta común a todas las lenguas, pero que trabaja por debajo, que crea.

Con esto me voy a ir acercando al final. No voy a extraer ninguna conclusión; las conclusiones las sacan los sa

bios y los tontos y yo quisiera pensar que no soy lo segundo y desde luego me consta que no soy lo primero. No voy a dar ninguna fórmula. Sí creo que es útil la reflexión en términos, por una parte, constructivos y, por otra, iconoclastas.

A la traducción hay que limpiarla de muchos lugares comunes, de mitos, de méritos y de sencillez: “Qué fácil es o qué difícil es”. Puede ser fácil o difícil, pero eso son dos términos que no ayudan a nada, son adjetivos, y lo importante es trabajar sobre los sustantivos del oficio. Yo creo que las reflexiones de estas Jornadas —supongo que es el lugar idóneo para hacerlas— pueden ser muy positivos, porque seguramente son el encuentro de los dos grandes extremos entre los que se mueve la traducción: el problema práctico —cómo traduzco el tornillo que forma parte de la válvula— y el gran discurso de “para mantener la fidelidad hay que ser infiel”. Son temas recurrentes que no hay que olvidar. Pero tampoco hay que olvidar que además de estos dos extremos, de la teoría vaga y artística y del pequeño problema, hay que trabajar sobre esta profesión porque es una profesión muy útil, imprescindible y muy bonita a la que todos le tenemos mucho cariño, porque si no, con lo mal pagada que está, no la ejerceríamos.