Texto ganador del Premio Complutense de Traducción Universitaria «Valentín García Yebra»

Con el siguiente texto, Isabel Vaquero García de Yébenes obtuvo el primer premio en la segunda convocatoria del Premio de Traducción Universitaria Valentín García Yebra en los Premios Complutenses de Traducción 2018. El texto original se puede consultar en este enlace.
Los textos de los demás finalistas se publicarán en los siguientes números de Vasos Comunicantes.

Horae solitariae. Un peregrino literario en Inglaterra
de Edward Thomas

VIII

Memoria fragmentada

Y de esta manera, muchos han visto desaparecer el paraíso de su niñez en las afueras. La construcción se erige en un prolongado adiós y acapara una fracción del mismo cielo en el que antaño se podía contemplar Orión hundiéndose como una espada en un poniente amurallado con bosques. Aquí y allá, subsistía algún soto, bloqueado por casas enfiladas. A veces, algún rincón preciado permanece tal como era; los mismos árboles; las mismas voces; aún el mismo silencio. Pero hay una cierta interpolación en nosotros o en el lugar […]. Una vía férrea divide en dos el ejido que atravesamos. Todo está macilento y viciado; el horizonte, desaparecido; el alma desespera y se ahoga en su ausencia. (Mas florece todavía la aulaga). Los pies se cansan por caminos de grava colina abajo. A ambos lados hay campos, cercados por ordinaria hierba lacia, de olor sepulcral como si nada noble pudiese brotar de la tierra que ha de ser el panteón de múltiples divinidades […]. Hacia el sur se abre una perspectiva vedada por álamos; las calles quedan atrás, en el norte. En algo estimamos aún el horizonte, la posible morada de lo desconocido y de los grandes anhelos, la discernible cuna y tumba de soles nacientes y ponientes. De los confines ascienden las nubes, y a ellos regresan después de surcar el cielo […]. El gran bosque, así lo llamábamos. Tan bien lo conocíamos y tantos eran los años que habíamos deambulado aquí, llorando lágrimas de Imogen, riendo carcajadas de Yorick, que, cuando las edades se ensanchan a la manera de una arboleda —que el recuerdo recorre placentero al anochecer, «o en solemne visión o claro sueño[1]»— es este bosque lo que en realidad vemos, bajo el cielo de días mejores […]. No podemos evocar ningún pensamiento o ensoñación que no naciera entre estos árboles. ¡Somos nosotros los que hemos cambiado! […]. De esta tierra se elevaban árboles de infatigable espíritu silvestre. Abatido por el tiempo o arrancado por la tormenta, el roble yacía donde cayó o pendía de las ramas de otros. Los más delicados tallos de zarzal y las adventicias raíces de madreselva tendían puentes entre los nemorosos claros a modo de senderos. Y los vientos sembraban, cultivaban y segaban. Si bien los árboles se disponían en incongruente yuxtaposición de abedul, roble y olmo, nos parecían el vestigio del bosque primigenio que la buena ventura conservó en los lindes de la ciudad. Pero era más que eso. Con su elevado techo y los destellos misteriosos de luz en el frondoso triforio, con sus matas y galerías de proporcionados troncos y los atisbos de brillante cielo blanco que iban y venían entre las hojas, el bosque se asemejaba a un templo. Consagrábamos en la memoria pasajes de Adonais y Ode to the West Wind de Shelley […]. Esta tenue soledad así circunscrita nos resultaba en extremo agradable. No nos atraían los insolentes e intempestivos esplendores de la luz plena. Necesitábamos unas cuantas telarañas y una capa de polvo en los resquicios de la mente. Quizás porque envejecen el vino espiritual. Siempre habríamos tenido, por así decirlo, una casi inaccesible colección de tomos en lo alto, que nunca leíamos pero que a menudo planeábamos leer: posiblemente los esfuerzos frustrados de algún alquimista o astrólogo […].

IX

Cariátides

EL mirador domina una angulosa extensión de tejados —pizarra azul, tejas ocre, piedra grisácea— y de ahí se eleva una torre y la mampostería concertada en cuya base habitan y hacen guardia unas tristes mujeres coronadas con el rostro levantado al cielo. A buen seguro se trata de santas, quizá mártires; pero jamás escuché su leyenda cantada por la paloma que oscila a su alrededor, o el viento que afila sus rasgos pronunciados. Noche tras noche, las veo y, después de muchas en vela, cuando las campanas intercambian tañidos por encima de nosotros y la oscuridad se cierne sobre la plácida urbe, reaparecen caras de un pasado encantado. Caras de hombres y mujeres como Cariátides, hermanados con estos vigías de los chapiteles, entre nubes y estrellas. Y no solo rostros he visto, sobre los imperecederos he leído asimismo. Una a una, mientras contemplo las regias estatuas de piedra esculpidas por la magia de la distancia y las alturas (¡más cerca de las estrellas que nosotros!), resurgen esas caras antiguas, sin bendición y con renovado estoicismo […].

X

Febrero en Inglaterra

[…]. Un viaje en tren había producido el mismo efecto ilógico que sobreviene en los sueños. El ambiente estaba cargado de ese opresivo silencio en que se transforma el ininteligible clamor de las ciudades. A lo lejos, por encima de la torre de la catedral, el sol retaba en vano combate a la esfera del reloj que relucía junto al Támesis. Sobre las grises aguas, subían y bajaban sin cesar las alas grises de las gaviotas. Algunas chillaban en melancólico «descenso mortecino» a los grises espacios del cielo, volando sin dudar más allá de la neblina hacia el silencio, disfrutando de una calidez y una luz agradables para nosotros ignotas. Solemque suum, sua sidera norunt[2]. Techumbres grises, barcos grises; solo la vela rojiza e inmóvil de una barcaza a la deriva coloreaba el sobrio atuendo del día. Al cargar la pluma en las ondas del Támesis gris no puedo sino teñir de gris la mente del lector como la mía propia. Pero las palabras son frágiles. Incluso el término «gris», de todos los cromáticos epítetos el más pródigo en significados de la mente y el sentimiento, tiene límites. El gris ha cambiado un tanto; se ha hecho de noche. Si el día parecía un ser moribundo, la noche aparecía muerta, y ni una nota fúnebre atravesaba la niebla. Así pasó una semana, y, truncada esa dulce extensión de la vida (que aquel amanecer de febrero había prometido), contemplaba los movimientos mecánicos de los hombres y mujeres de mente gris que transitaban por las calles. Centenares de personas con las que me crucé y que bien podrían haber representado un papel en el Inferno. Al mirar hacia abajo desde un gran puente, cobró un sentido más personal y horrible la afirmación de Goethe y sentí que ciertamente es en la tierra donde se representa el averno. Un barco de vapor —el espectro de un barco de vapor— pasó por debajo […]. Recuerdo que de Londres viajamos al condado de —, en el sur de Gales. Febrero apuraba su vida breve, dejando a Marzo mucho camino por desandar […]. Arribando al castillo en la colina, llegué, de la mano de esas criaturas de las estaciones y las horas, al lugar del tiempo mismo. El noble trabajo de mampostería preservaba las curvas de varios arcos ojivales. Algunas de las estancias todavía podrían haber resguardado del viento y la lluvia a alguien curtido. Pero quedaba patente que la eternidad se había apoderado de la construcción. Hacía varias centurias que había expirado. Ahora la propia muerte era yerta prisionera de estas piedras. Se había desintegrado en sus elementos. Aproximándonos al risco castellar, resultaba difícil determinar dónde terminaba el peñasco y dónde empezaba el castillo […]. Nuestras voces y pasos al entrar sonaban irreales. Nosotros éramos los fantasmas. El eco y la sombra de la Antigüedad eran lo único tangible […]. Mi sentimiento de horror crecía por momentos y se concretaba. Provoqué por accidente el desprendimiento de una roca, que cayó con gran estruendo del precipicio casi vertical doscientos pies hasta los campos de abajo. No fue precisa mucha imaginación para que me sintiera tan insignificante como esa piedra; también yo me asomaba al abismo […].

EL TÁMESIS

Shelley

CIERTO es que Shelley nació en Horsham, estudió en Isleworth y Eton, así como en un colegio universitario de Óxford, residió en el norte y el sur de Gales, en Cumberland, Devon, Berkshire, Buckinghamshire y Londres. Sin embargo, pocos son los poetas con un paisaje y una topografía de tan ostensible singularidad. Hay grandes cordilleras en sus poemas, montañas «que turban a las águilas[3]» —los Alpes, el Cáucaso, el Himalaya— ríos y lagos e islas, bosques y prados, acantilados y cavernas, y nos consta que vio algunos de los mejores ejemplos que la tierra puede ofrecer. No me dispongo a ubicar o conjeturar acerca de la procedencia de todos los montes divinos y los ríos que buscan el océano en sus poemas. No tengo una teoría sobre el «islote menor florado» original, como tampoco he seguido la pista del banco de césped

… a la sombra
de un soto, que apenas osaba rodear
el seno de la corriente en verde abrazo,
besándola para huir como en los sueños…

No me propongo demostrar que Shelley era un poeta de Sussex de manera rotunda porque la gran serpiente de los jardines de Field Place y aquella legendaria del bosque de San Leonardo pudiesen haber constituido el principal impulso hacia la concepción de magníficos reptiles en poesía […]. No era habitual que su escritura se prestase al empleo directo de lo que percibe la vista. Cuando así ocurría, podía ser literal en sus palabras, como en The Sunset que comienza:

Caminaba por el sendero de un campo
En la sombra del follaje escarchado al este,
pero abierto al cielo de poniente…

O bien se recreaba en los detalles de la naturaleza por placer, como en The Question, que contiene varios pasajes muy ingleses:

… Y al abrigo del seto la mosqueta exuberante,
la verde nueza y el claro espino de luna…

La idiosincrasia de este par de versos también se encuentra en estos tres:

… Y brillantes nenúfares que encendían
El roble suspendido sobre el seto
Con el propio destello de astrales reflejos…

[…]. Tenía en mente al Ser humano, la Libertad y la Virtud. Las cordilleras ofrecían un paraje en armonía con sus difusas aspiraciones y él atribuía una dimensión moral y espiritual a su grandeza […]. Nótese cómo lo natural se ha de inclinar ante lo moral. Sus ideas eran más sólidas que el entorno […]. Escribió Laon and Cythna, su tarea de verano, «en una barca», como explica su esposa, «mientras discurría bajo las hayas de Bisham, o durante sus caminatas por tierras colindantes» […]. Un poema que escrito de forma apresurada en semejante escenario es, naturalmente, trasunto del río y los bosques de Marlow. Arranca y concluye con un río. En el primer canto, aparece un barco concebido para que Ariel avance «entre las islas de vegetación expedito»:

… una nave de diseño curioso, sin vela
y de fino feldespato la curvada proa,
cual malla de exquisitas texturas…

[…]. Abandonó Inglaterra en marzo para no regresar nunca y escribir una poesía donde Italia aparece reflejada más que Inglaterra, aunque todavía se adivina ese paraíso no tan alejado de lo terrenal otrora imaginado en Gales e Inglaterra, mientras recorría sus montañas y bosques o contemplaba recostado las nubes y el firmamento.

EL SUDOESTE DE INGLATERRA

Coleridge

[…]. En noviembre de 1798, comenzó The Ancient Mariner durante un paseo con Wordsworth y Dorothy a Watchet y Linton. Lo terminó, tal y como indica el diario de Dorothy, en marzo de ese año. Las anotaciones que aluden a esa «única hoja roja, la última de su clan…» no solo demuestran lo mucho que Dorothy ayudó a Coleridge gracias a su observación atenta de la naturaleza, sino que fijan de manera clara la fecha de composición de la primera parte de Christabel. Mayo de 1798 fue seguramente el mes de Kubla Khan. Coleridge se había retirado a una granja solitaria entre Porlock y Linton. Se quedó dormido mientras leía la frase de Purchas que reza: «Allí ordenó el kan Kubla construir un palacio, con su majestuosos jardines, y así se levantó un muro alrededor de diez millas de tierra fértil». Compuso el poema durante el sopor inducido por el opio y no habría sido, aseguraba Coleridge, ni tan breve ni un mero fragmento si no le hubiera interrumpido «una persona que venía con algún recado desde Porlock». El «abismo romántico que desciende inclinado por la verde colina» es la única y tenue conexión con Somerset. Si fue Dorothy Wordsworth la que condujo a Coleridge hasta el itsmo por el que accedió y nosotros pasamos de esta tierra a la otra, le hizo un gran favor del que quizás no podía prescindir, pero eso queda aún por demostrar.

Puesto que eran tiempos de guerra además de poesía, las excursiones de los poetas levantaban las sospechas de los espías. ¿Cómo podía saber un hombre cualquiera que a Coleridge «le gustaba componer mientras caminaba sobre terreno irregular o se abría paso a través de las ramas enredadas de un bosquecillo[4]»? Al parecer, las sospechas obligaron a Wordsworth a abandonar su casa y no encontró otra apropiada por la zona. La temporada en Stowey tocaba a su fin. Los Wordsworth se marcharon a Alemania antes de fin de año. Coleridge les acompañó y se quedó hasta junio de 1799. Pasado un año, Coleridge estaba en Greta Hall, Keswick, y Wordsworth en Town End, Grasmere. Los espías que dudaban de las intenciones de Coleridge no conocían sus Fears in Solitude, written in April, 1798, during the Alarm of an Invasion. En ellas se pone de manifiesto que, aunque no era un buen soldado, era un hombre inglés medianamente decente, consciente de la insensatez de la paz y la guerra, habiendo sido probablemente uno de los que hacen discursos desde los periódicos […].

EL NORTE

Emily Brontë

LA región de Emily Brontë comprende la extensión del distrito occidental de Yorkshire que fue el escenario de Wuthering Heights y de Life of Charlotte Brontë de Gaskell. Nació en Thornton en 1818, pero en 1820 su familia ya se había mudado a la rectoría de Haworth, donde Emily fallecería en 1848. Thornton era un lugar «inhóspito y agreste; amplias extensiones de tierra yerma, cercadas por calzadas de piedra que subían hasta Clayton Heights[5]» […]. Emily no desentona en el páramo—es parte de él—, como el zarapito y el brezo, y ella misma era consciente. Esas estepas eran una necesidad para ella, así como también su principal fuente de placer y alegría. Sus poemas así lo insinúan y a menudo lo expresan. Las siguientes estrofas se cuentan entre las más explícitas:

… ¡Despierta, sobre mi dilecto páramo
con orgullo glorioso, viento de poniente!
¡Oh! Llámame desde planicies y valles
a caminar junto al torrente colina abajo.
El raudal tras las primeras nieves;
las rocas de hielo y escarcha,
el hosco saludo del brezo y las hojas
de helecho que el sol ya no baña.
No hay estrellas amarillas en el monte;
las campánulas marchitas hace tiempo
al borde de la fuente sobre el musgo
en el costado de la glacial ladera.
Pero más hermosos que los campos
con olas esmeraldas, rubíes y doradas
son los altos donde rugen vientos del norte
Y los riscos por los que antaño vagaba…

[…]. No pidió nada mientras estuvo en esta tierra y en el páramo, excepto su propio corazón y su libertad. De hecho, sus poemas y su vida revelan un espíritu salvaje, como el Byron de los versos con montañas y truenos de fondo. El ambiente de sus poemas es lo eternamente salvaje y las cumbres borrascosas de su obra. Ella «cabalga sobre el remolino» por la región que describe en el primer capítulo de la novela […].

 

Notas

[1] «Or in clear dream or solemn vision», cf. Milton, J., & Lawes, H. (1637). A maske presented at Ludlow Castle, 1634. Londres: Augustine Mathewes.
[2] Descripción de los campos Elíseos que hace Virgilio en el libro sexto de la Eneida.
[3] «Nailed to his wall of eagle-baffling mountain», cf. Shelley, P. B. (2012). Prometheus Unbound. En D. H. Reiman, N. Fraistat y N. Crook (eds.) The complete poetry of Percy Bysshe Shelley. Londres: Johns Hopkins University Press.
[4] «[Coleridge] liked to compose in walking over uneven ground or breaking through the straggling branches of a copsewood», cf. Hazlitt, W. (1993). My first acquaintance with poets: 1823. Óxford: Woodstock Books.
[5] «The neighbourhood is desolate and wild; great tracks of bleak land, enclosed by stone dykes, sweeping up Clayton Heights», cf. Gaskell, E. (1857). Life of Charlotte Brontë. Londres: J. M. Dent & Sons.

 

Isabel Vaquero García de Yébenes finalizó sus estudios de máster en la Universidad de Alcalá en 2016. Tras una estancia en la Dirección General de Traducción de la Comisión Europea en Bruselas, participó en varios congresos internacionales y publicó un artículo sobre el eurolecto y el discurso jurídico español en el volumen Translation, Interpreting and Intermediation in Legal and Institutional Environments de la Universidad de Córdoba. Actualmente, se dedica a la enseñanza de idiomas, la ilustración y la traducción institucional (inglés, francés y español) en la sede del Instituto Cervantes, al tiempo que cursa el programa de doctorado en Estudios literarios de la Universidad Complutense de Madrid.

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