Nuevas batallas por la propiedad de la lengua

Marcelo Cohen

Conferencia procedente de las I Jornadas Hispanoamericanas de Traducción celebradas en Rosario en noviembre de 2006. Publicado en VASOS COMUNICANTES 37, primavera 2007.

 

Este texto es el resultado de la enmienda y el desvío de otro que escribí hace un año para un coloquio sobre exilio y literatura argentina. No crean que intenté sacar ventaja. Pensando en el famoso lema de Joyce, “exilio, silencio, astucia”, por un momento se me ocurrió que un buen título para esta crónica sería Del exilio del traductor como arduo pasaje a la soltura. Sólo que entonces me acordé de Cabrera Infante, un tristísimo caso de privación forzosa de la lengua y el lugar amados, y decidí ser más prudente. Si trabajé sobre ideas anteriores es porque escribo y traduzco y porque a veces pienso que, quizá más aún que escribir, traducir provoca en uno dulces o ácidas y siempre interesantes perplejidades sobre el lenguaje, el entendimiento y la política, el exilio como condición existencial generalizada y las verdades y falacias de la identidad. Pero nunca he conseguido abstraer, y menos teorizar. Creo que la única forma de ir al grano es atacar la enésima variación de algunos episodios.

Llegué a España en diciembre de 1975. No me había ido de Argentina por miedo ni en un peligro mayor que el de cualquier militante político de superficie. Tenía una sensación de asfixia, proveniente de algo más que el ascenso de López Rega y las tres A, aunque no me lo confesara, y quería viajar durante uno o dos años. Estaba lleno de Hemingway y de Blaise Cendrars. Tres meses después fue el golpe de Videla. Viví en Barcelona hasta enero de 1996. Desde luego, es una patraña que veinte años no son nada. En esos veinte años me enamoré e hice parejas que después se rompieron,  aprendí tres idiomas que no conocía, gané amigos y a veces los perdí, viví en ocho barrios diferentes, leí a la mayoría de los escritores que hoy cito más a menudo y vi las películas y escuché la música que hoy prefiero; tuve empleos y subsidios de desempleo; jugué campeonatos barriales de fútbol, escribí en la prensa y participé de un ateneo de pensamiento libre; traduje más de sesenta  libros, la mitad muy buenos, y escribí doce; esas dos décadas hicieron del joven maximalista argentino de clase media judía un impreciso precipitado de nutrientes de otras personas, libros y  acontecimientos surtidos. Llegué el 12 de diciembre de 1975. Tres semanas antes, el 20 de noviembre, había muerto Franco. No voy a exprimir la memoria para componer un extracto de todo lo que vi surgir a chorros después de que saltara el tapón de la dictadura. Hoy casi todo ese frenesí de vida cuajó en la estasis de una sociedad de satisfacciones súbitas y malestares digeribles, como cualquier sociedad de módica abundancia. Pero me acuerdo de que en el comienzo, una tarde, vi desde una ochava que una manifestación por la autonomía de Cataluña confluía con otra por la libertad de los pájaros que se vendían en las Ramblas y otra más de Comisiones Obreras, y de que esa misma noche, en las Ramblas, me arrastró un tropel de travestis que desfilaba entre dílers, solapados carteles de las Brigadas Rojas e impunes puestos callejeros de siete y medio. Me acuerdo que una revista cultural en donde escribía, El Viejo Topo, cambió de orientación cuatro veces en medio año, de la autonomía obrera a la afirmación de géneros al anarquismo surrealista a la ética foucaultiana. Me acuerdo de que cada semana se publicaban traducciones recientes de libros relegados durante años, de Dylan Thomas a Alfred Döblin y de Gérard de Nerval a Guy Debord. Me acuerdo del erotismo que embriagaba cualquier iniciativa editorial, cotidiana, periodística, política o recreativa, como ir a un concierto de rock. La exaltación que me causaba este carnaval se multiplicaba por el hecho de que, por la doctrina consuetudinaria del transterrado, yo imaginaba que sólo me comprometía en porción mínima. El involuntario subterfugio consistía en creer que mis compromisos verdaderos estaban en otra parte, allá, en mi país, y en lo que el horror de mi país despachaba hacia España. Una noche me llamó por teléfono un amigo de infancia que no veía desde hacía lo menos diez años. Estaba con la mujer en el aeropuerto; dos días antes habían matado a su hermana, militante como él de la JP, y no sabía adónde ir y no tenía la menor idea de qué era Cataluña. Me acuerdo de que se pasaron una semana sin salir del cuarto que les conseguí. Llegaba gente que se había sumergido en la clandestinidad y el matrimonio casi desde la adolescencia, antes de haber conocido bien la calle, y recordaba con lágrimas una Rosario o una Buenos Aires que desconocía. Aparte de la rabia y el desconsuelo de la derrota había desesperación, dolor, añoranza de amparo familiar y hasta de una forma familiar de desamparo. Pero todo esto la España de la transición lo absorbía en su caldo efervescente, tendía a disolverlo, lo perfumaba, lo metamorfoseaba. Era una situación de una ambigüedad irritante, y a veces ridícula. No duró mucho más de dos años; tres, quizás, hasta que la democracia logró institucionalizarse, España acató su papel geopolítico y empezó el lento rumbo al liberalismo concentracionario. También ese proceso lo seguí con algún desapego; pero no demasiado, porque entretanto muchos habíamos reaccionado a la derrota argentina con un contra-aprendizaje acelerado. El clima libertario de la España de fines de los 70 lo había favorecido: una casi inmediata crítica de la ideología, que en mi caso comprendía no sólo el leninismo, todos los socialismos reales y la filosofía de la toma del poder, sino los apéndices locales de porteñismo integrista, machismo familiero, verticalismo militarista, violencia sexual, sentimentalismo, culto de la pasión impúdica, represión pequeñoburguesa generalizada. Todo esto iba a desembocar en un programa de ampliación de la conciencia, de intento de destrucción de los paradigmas, que estuviera a la altura de un urgente deseo de independencia. El programa iba cuajando en eslóganes fragmentarios. En la idea, por ejemplo, de que no se trataba de cambiar la realidad para poder seguir siendo como éramos, sino de cambiar nosotros para hacer posible otra realidad. O más adelante aún: en la certidumbre de que ese cambio conllevaba reconocer que uno no se pertenece, que cada vida o biografía es una forma pasajera y mudable de algo que la antecede, la posibilita y la disipa al cabo, que salimos de una corriente intemporal, indiferenciada, cuyas otras formas deberían ser objeto de trato cuidadoso. Lo que yo no había asimilado todavía es que esta condición nos pone más cara a cara con la responsabilidad. Por cierto, irresponsablemente, después de aceptar diversos trabajos más o menos típicos de exiliado joven, acepté la traducción de un libro que me ofrecieron por intermedio de un amigo. Traducir me parecía digno, entrañaba aceptarme como hombre de letras más que como narrador aventurero y en general me parecía una prueba mental absorbente. En revistas literarias argentinas creía haberme fogueado traduciendo poetas beat y cuentos de ciencia ficción y sabía suficiente latín para posar de una necia suficiencia. Me di un golpe. El libro que me encargaron era una biografía de Indira Gandhi y, cuando salió comentado, el reseñador opinó que estaba traducido en un “español descuidado a más no poder”. Me chocó que la acusación solapada de barbarie descansara en un giro, “a más no poder”, que usaba mi madre y yo creía argentinísimo, y más me chocó tener que plantearme en el futuro, si quería sobrevivir, qué era un descuido del español y qué no. Comprendí rápida, casi atolondradamente, que nadie que piense con frecuencia y alguna profundidad en el lenguaje puede no desembocar en la política, o cambiar su manera habitual de pensarla. Y empecé a entender por qué algunos visionarios, como William Burroughs, aseguraban que el lenguaje es el instrumento más eficiente de control de las conductas y la sociedad; pero un control que se ejerce no sólo desde afuera, por medio de los eslóganes políticos, publicitarios, informativos, educativos, sino desde uno mismo; desde las ilusiones constrictivas, el proyecto que somos desde que nacemos y el miedo a no cumplirlos, las redes neurales de la ideología. Por desgracia, mi primera reacción fue parapetarme en la devoción por mi lengua uterina. Pero dentro del brete de ganarme la vida como traductor profesional en España.

Mientras, apenas terminado el período de crítica del izquierdismo irredento, y como para rematarlo, un día, en el bar de la esquina de mi casa, iba a ponerme a conversar con un argentino que resultó ser Osvaldo Lamborghini. Quiero hacer un homenaje a este escritor tremebundo. Por entonces leí La causa justa, donde, como se sabe, un japonés que vive en Argentina termina haciéndose el harakiri porque no puede sufrir que en vez de palabra de honor los argentinos tengan una chistografía, y me di cuenta de que la literatura aberrante de Lamborghini —como sólo quizá la de Puig— era la iluminación del carácter pornográfico de la política argentina, que a su vez era la manifestación de la mente argentina. Él era un hombre irascible y muy incorrecto. Una mañana de 1983 subió a mi casa, tocó el timbre, entró y sin pedir permiso pispeó mi máquina de escribir, donde mediaba una traducción del Fausto de Christopher Marlowe. “No lo vas a traducir al gallego, ¿no?”, me dijo, y discutió cómo podíamos colarle a la floreciente y jactanciosa industria editorial española las esquirlas subversivas de una literatura periférica. Me exigió que leyera Kafka, por una literatura menor, el libro de Deleuze, y que releyera con más cuidado algunos ensayos de Borges, sobre todo Los traductores de las 1001 noches. De esa manera psicopática pero efectiva, situó las tensiones de nuestro exilio en su meollo, la lengua, de donde para mí ya no iba a moverse, con lo que otras cuestiones se resolvieron casi de un plumazo. Incluso me beneficiaría a la larga de otro modo, creo que contra su voluntad. Porque ya entonces, aunque el temor reverencial me impidiera razonarlo a fondo, me pareció que entre la condena de Borges al prestigio de la identidad, a lo que él llama “la nadería de la personalidad”, y su afirmación férrea de las variantes locales, de las traducciones irreverentes ante los mandatos verbales del Occidente central, había una contradicción. Las políticas localistas del verbo quizá contribuyan a la independencia de las naciones periféricas; pero, como se vería a la larga, el hincapié en la singularidad nacional, religiosa o lingüística es catastrófico. Sólo que Borges, era de tontos no advertirlo, no patrocinaba una emisión anticolonial sino la recreación continua de la literatura, para sortear la trampa de este mundo ilusorio, mediante la transformación local de los giros heredados.

En cuanto a mí, en realidad tenía unas ganas muy insistentes de estallar, quizá para estar a tono con la inusitada libertad contra la cual me estaba estrellando. Habían desaparecido los más firmes dispositivos de encauzamiento: no tenía familia, no tenía partido, no tenía carrera universitaria en marcha, ni trabajo ni pareja estables, sólo tenía amigos, afinidades electivas, y ningún otro proyecto fuera de la literatura. Como exiliado de escasos medios, aún indocumentado y libertario incipiente, coqueteaba con una módica amoralidad. La fantasía de estallar culminaba en una miríada de esquirlas heterónimas que resolverían el engorro de la personalidad en una pérdida de mí, una diáspora que saltaría los límites de la percepción, de la posesión, del simulacro, luego del temor del paso del tiempo. Por desgracia, los dispositivos de encauzamiento, atrincherados en el superyó, se habían concentrado en una insidiosa defensa de la identidad argentina, y a la menor provocación me habrían acribillado con culpas. De modo que en el fondo me sometía. El sometimiento consistía en una negativa maniática a españolizarme. Tenía mucho de campaña de salubridad. Yo quería desintegrarme, sí, pero conservando la voz. Se sabe que la Voz, con mayúscula, es el absoluto metafísico, la inabordable, inexpresable realidad de que el lenguaje tenga lugar. Pero la voz que yo quería conservar no era ese puro querer-decir que separa la cultura de la naturaleza, sino esa voz segunda, específica y ya afinada, que si nos une a la fuente del ser es solamente, suponía yo entonces, por la vía del origen biográfico, una especie de huella digital comunitaria. De ahí al culto a las raíces, tan perjudicial para quien quiere despersonalizarse, no había más que un paso; pero yo no lo sabía. Lo único que sabía era que mi voz pugnaba contra la gravosa atmósfera del español peninsular.  Yo era un extranjero en una lengua madre que no era mi lengua materna. Desde el punto de vista de la lengua madre, con su larga prosapia de integrismo, su centralidad imperial y teológica restituida por el franquismo, su estolidez pulida por la Academia y su agonía en la tecnocracia, eran los latinoamericanos los que “decían mal”; los argentinos, en especial, voseábamos y, como ya dije,  rezumábamos unos argentinismos que en la industria editorial estaban malditos. Editores y correctores nos trataban con afable socarronería. En mí predominaba el escozor de un permanente malentendido, de vivir en una lengua que no había desarrollado una cultura de la sospecha, que no interpretaba; que, como decíamos, “no tenía inconsciente”. Los españoles practicaban el refrán como si sólo pudiera significar una cosa, esa que el refrán decía, pero que implantaban a un sinfín de casos. Confundían el presente perfecto con el pretérito indefinido —decían “El año pasado he estado en Londres”— y no distinguían el objeto directo del indirecto; se creían llanos pero pensaban sin precisión. Crucificaban lo que habrían podido ser delicadas gamas de sentimientos en sentencias garbosas pero pétreas. Los españoles y yo decíamos cosas muy diferentes con casi las mismas palabras. En vez de examinar estos malentendidos por las dos puntas (sopesando, por ejemplo, el abuso jactancioso y cursi del eufemismo con que los argentinos creen emular a grandes poetas que no leen), yo canalizaba cada malentendido en recelo y, al cabo, en desdén. Una vez le llevé fotocopiada a una editora el artículo del María Moliner donde se dice que el pronombre “lo” es el correcto para reemplazar al objeto directo y el “le” la excepción tolerada. Olímpica y justamente, ella me explicó la noción de uso y no me llamó más. Estas y otras embestidas eran lo que me aconsejaba el superyó de exiliado, que por entonces había impuesto una idea del exilio a cualquier posibilidad de abrirme a la vivencia, o mejor a la sensación. Ya se sabe que las ideas funcionan como cercos. La más extendida de las ideas de Exilio se nutre y es origen de la obsesión de volver al país, con la condición nacional lo más intacta posible, como fin rector de todo movimiento (en este sentido suplanta muy bien a la de Revolución), y método para recuperarse a uno mismo. Como relato personal dominante, que prescribe desarrollos y finales pertinentes, la tensión de este propósito es fomentar un extrañamiento de lo real que en nada nos beneficia el entendimiento; un extrañamiento espurio, esclavo de la comparación constante.  Había, desde luego, una carga de rebeldía política en mi exasperación. El español ambiental me alejaba de mi cultura, cuya lengua era una de las herramientas de su posible emancipación; me mancillaba, me opacaba la voz, me anulaba como vehículo de una particularidad. Como se ve, yo estaba inmerso en una lucha por la propiedad de la lengua, y en los dos sentidos de la palabra propiedad. No sólo se trataba de dirimir a quién pertenecía esa lengua sino quién la usaba mejor. Inevitablemente estaba repitiendo el rencor de Sarmiento (“los españoles traducen poco, mal y no saben elegir”) y los sarcasmos de Borges para con el doctor Américo Castro. La disputa era acre, diaria, avinagrante, más trabajosa que el deber de cultivar la memoria de un ambiente patrio, y las insignias de un pasado, para que el relato que dictaba la idea del exilio no se rompiera en simples episodios sin ilación. Yo me sentía en poder, no de un imperio, sino de los detritos pasados por el periodismo, los doblajes de películas, los anacolutos de los políticos, los eslóganes publicitarios y la creciente, deprimente tendencia de las grandes casas editoriales a aplanar las traducciones —atenuando relieves estilísticos, reduciendo y segmentando las frases con más de una subordinada— para facilitar el acceso de los consumidores al libro.

(Les pido un momento, por favor, para revisar este proceso. La costumbre española de doblar todas las películas extranjeras en vez de subtitularlas había acuñado formas básicas de la lengua “traducida” que el público reconocía cómodamente aunque nadie hablara así. En los años ochenta muchos traductores adoptaron esas fórmulas, que ofrecían soluciones rápidas y reconocibles, y al cabo algunas editoriales decidieron exigirlas. La serie de maniobras de arrasamiento de las particularidades estilísticas se llamaba “planchado” del original. La consecuencia no infrecuente era que en la prosa de gran parte de las traducciones españolas de los ochenta, en especial las pagadas por los consorcios editoriales, la prosa de Michael Ondaatje manifiesta una ominosa semejanza de familia con la de Stephen King. Los más surtidos personajes de los dos eran capaces, por ejemplo, de decir “Da una de cal y otra de arena”, “Mira que eres cateto” o “¿Qué es lo que te está ocurriendo?” Y en esta mezcla de coloquialismo impostado y estilismo cursi empezaron a escribir, esto era lo bárbaro, varios novelistas incipientes que leían abundante literatura traducida y poca tradición de su lengua.)

Tantos motivos de querella me provocaron una erupción de fundamentalismo rioplatense. La tensión entre los deberes del exiliado para con su verbo raigal y la obligación de traducir para el idioma de la península habría podido ser muy provechosa, como terminó siendo al cabo, si yo no me lo hubiese tomado como una situación de guerra fría. A los enojosos plurales de segunda persona y los diferentes nombres de las mismas cosas no me costaba adecuarme, porque en el trato cotidiano ya era de hecho, no exactamente medio español, sino medio español catalanizado. Pero estaban, sobre todo, las maneras peninsulares de ordenar la oración, la cadencia del interrogativo y varios elementos más que señalaban una diferencia capital, angustiosa, en la dicción, la entonación y la prosodia, es decir en el temperamento de esa lengua con la mía. En esa diferencia me solazaba. Era una diferencia abstracta, peligrosa, sublimada, pero basada en la constatación justa de que las diferencias importantes entre el dialecto español central y los dialectos sudacas no eran las léxicas, sino las relativas al orden de los elementos de la frase y sus consecuencias en la entonación, al escandido, a la preferencia por ciertos tiempos verbales y las respectivas obediencias o desacatos a las normas y las tradiciones, por ejemplo la del uso o no de la preposición en “debe de haberlo hecho él”. El taimado Ezra Pound recordó que no existe ninguna lengua que contenga la suma de la sabiduría humana; ninguna capaz de expresar todas las formas y grados de comprensión. En vez de reflexionar sobre este adagio, yo sometía cada término con pinta de posible argentinismo a un control de calidad que ceñía cada jornada de traducción en un mareo de ebriedad delirante. A escondidas incluso de mi superyó, entretanto, disfrutaba de la sutileza de grandes traducciones españolas del momento, como las de Miguel Sáenz o Javier Marías, y les envidiaba una riqueza que, lo sabía, sólo podía provenir de un trato más íntimo con la parte menos reciente de la tradición central. Mi tradición debía incluir a Quevedo, pero también a la gauchesca argentina y las traducciones latinoamericanas de literatura norteamericana.

Dado que así vivía la traducción, como un lugar asfixiante donde todos enjuiciaban la existencia de los otros, intenté paliar la molestia ejerciendo el contrabando y la insurgencia lingüística menuda. Pensaba que si practicaba injertos, desvíos, erupciones en el lenguaje que se me imponía, quizá produjera islotes de realidad anómala, moradas frágiles cuyos usuarios evitaran la condición ya fatal de consumidores, que era el nuevo estatuto general de los oprimidos y del cual Latinoamérica aún podía librarse. Insistía en el pretérito indefinido, evitaba rigurosamente el leísmo, los personajes de mis traducciones exclamaban “¡Flor de mentira!”, como mi abuela, acaso “¡Pedazo de mentira!”  y no “¡Menudo embuste!”, como mi tabaquera española, y en vez de “Vale” ponía “De acuerdo”. Paraba obsesivamente la oreja en busca de la expresión coloquial más rara y más cercana a las “nuestras” que las editoriales pudieran tolerar —“camelo”, por ejemplo, o “bochinche”—y atesoraba términos del siglo de oro cuya existencia el barnizado español actual ignoraba pero habían sobrevivido en la ductilidad de nuestro sudaca —“irse al mazo”, “sacar el pellejo”— o palabras milagrosamente compartidas por el cheli madrileño y el lunfardo porteño, como “guita”. ¿Hay que decir que me prohibía el verbo “coger”? Mi meta, cuando el original lo posibilitaba, era una emisión elegante, a la vez cosmopolita, zumbona y hogareña, sobre todo consciente de que la lengua es un problema, más aún, de que el lenguaje es un desgarramiento, la incesante, fatal pérdida del hecho que pretende capturar, la eliminación de lo que nombra, y que en la traducción el problema se duplica. Este mejunje, que daba a mis trabajos una textura levemente caprichosa, no produjo grandes reacciones. Algunas editoriales seguían llamándome, otras me echaron flit discretamente y terminé trabajando más que nada para dos empresas dirigidas por argentinos, Minotauro y Muchnik, o para editoriales independientes como Anagrama, Icaria, la Lumen de entonces. Para entonces ya tenía el privilegio de traducir a Martin Amis, o a Clarice Lispector, incluso a William Burroughs, a Henry James nada menos, y en la medida en que decrecía la autocompasión aumentaba la responsabilidad. Mi siguiente subterfugio consistió en desplazar la inquina hacia el español literario estándar de ese momento que, en pos de una narrativa de pura historia, y del supuesto equilibrio de la forma, las reseñas periodísticas del momento encomiaban como “lenguaje fluido”. ¡El equilibrio de la forma! Esa gente no había leído a Gombrowicz. El elogio del lenguaje fluido era la bestia negra de mi ser de escritor, y la campaña por la higiene de mi lengua íntima irrumpió en una rabieta pública contra la lengua contaminante: un larguísimo artículo en dos partes bajo el título de Algunas cuestiones sobre la propiedad del idioma, que se publicó —y esto habría debido hacerme pensar— nada menos que en La Vanguardia. La primera parte se llamaba Del escritor como ablandador de zapatos,  en homenaje de pícara melancolía a un oficio, ablandar zapatos nuevos de gente rica, que algunos pobres extravagantes habían ejercido en la Buenos Aires de los años cincuenta. Muy en breve, decía que al nacer caemos en un idioma como en un par de zapatos que nos adjudica el azar; que las primeras molestias irritantes aparecen cuando queremos decir una cosa y nos entienden otra; que sin embargo no es fácil resignar un signo esencial de pertenencia; y que al fin uno se olvida de que los zapatos le duelen y termina aceptando el lugar común, porque permite tender lazos fáciles. Después acusaba a los escritores españoles de haber claudicado ante el uso de un repertorio de invariables útiles para protegerse de la intemperie o de andar descalzo, o sea defenderse de la vida como la aborda la literatura. Los españoles usaban los zapatos heredados como si se sintieran cómodos; se entregaban a la palabra instrumental, confiados en la ilusión de su transparencia. Lo que distinguía a la literatura latinoamericana, en cambio, era la conciencia de una incomodidad irremediable, la constante duda sobre el uso correcto, el trabajo de insolentarse, la sospecha de la palabra y de su emisor, la sensación de impertinencia, el reconocimiento de que toda voz sale por una máscara, de la dificultad y la impureza; porque la literatura nacía de una insatisfacción y la única palabra justa era la que atacaba el equívoco de la familiaridad. El inocultable rencor, producto de la idea no del todo falsa de ser un proletario cultural a sueldo de la industria lingüística de su madre, destilaba más claramente en un pasaje dedicado a la difusa pero sostenida  campaña que por entonces, época de establecimiento y afirmación de la narrativa y la industria editorial españolas, se había desatado contra las traducciones sudamericanas de los cuarenta, cincuenta y sesenta, que habían alimentado a los lectores durante la penuria franquista y ahora eran calificadas de burdas e insostenibles. No quiero entrar en esas minucias recurrentes en las jornadas de traductores. Todos sabemos que cuando un argentino dice “Voy a lo de Juan” debería decir, correctamente, “Voy a casa de Juan”; pero pocas veces discutimos cuán sagaz es que esté asimilando el Vado da Giovanni del italiano, e incluso el francés chez Jean o el catalán can Joan. Pero incluso tampoco importa mucho discutirlo; es un hecho. Lo que importaba para mí entonces era que los escritores españoles no sólo denigraban las traducciones sudacas llenas de expresiones como “cuadra” (por calle) o “durazno”; también se negaban a pensar que millones de lectores latinoamericanos no sabían qué era un melocotón o un chaval.

Y así. Si ocultamente esperaba alguna réplica, lo cierto es que no pasó nada. Tampoco obtuve rédito, salvo una mórbida hinchazón del amor propio. A las semanas el bulto era un hematoma, un derrame, y me sentía bastante idiota. Unos años después, los fastos del Quinto Centenario del Descubrimiento de América, expresados en el español ecuménico del iberoamericanismo oficial, un idioma que no habla nadie, iban a probar que la democracia de la simulación tiene muchas cirugías para reparar las huellas que dejan en la lengua las literaturas y usos populares y locales. Traducir era la vía idónea para disgregar ese simulacro de unidad en un multiverso de voces simuladas pero particulares. El caso es que después de mi manifiesto sentí por fin un lento estallido. No era el que yo había deseado. Era una disgregación del romance con las leyes del desasosiego que me organizaban la conducta. Comprendí que mi sentimiento del exilio era un aparato superpuesto, implantado sobre una experiencia real de atención, curiosidad y transformación cotidiana, fabricado por apriorismos sobre la cultura y la biografía. Ese aparato u objeto replicaba una larga serie de exilios documentados, acumulando sobre sí la tradición y la historia, y trabajaba todos los días en reproducirse a sí mismo. Muchas teorías, tradicionales y contemporáneas, afirmaban la superioridad moral del ser individuado que puede reconocerse en un relato coherente de sí mismo. Por mi parte, no sólo las sensaciones sino también la memoria tendían a la discontinuidad; a veces extrañaba mi país y en general, si quería ser sincero, no extrañaba tanto. El presente no me daba tiempo para extrañar, y en vez de extrañar me inducía a echar de menos. La comida, los acentos de los amigos y los amores, la lectura del diario, las letras de las canciones que cantaba, los olores que me salían al paso o entraban por la ventana a cualquier hora del día, emociones adosadas a una hora, un estado del tiempo y un rincón preciso de la ciudad: de todo eso era tan actor como de mis recuerdos de adolescencia porteña. Yo era una asamblea de delegados de tendencias surtidas que contaban anécdotas de tiempos y escenarios disímiles, presentaban mociones contradictorias y discutían respuestas a acontecimientos asincrónicos; y lo peor era que a veces una facción entera abandonaba la asamblea. El silencio estupefacto que se hacía entonces en mi interior delataba una falta de mando, de buró director, un vacío central de poder. Sobre un fondo vaporoso aparecían elementos heterogéneos: la máquina de escribir y la computadora, el voluminoso croissant español y la pequeña medialuna porteña, miembro del rubro pastelero “factura”, el hule grasoso y tajeado del asiento de un colectivo 60 y el camarote acolchado de un tren AVE, el mediterráneo y el río Luján, la planta llamada Santa Rita y la misma planta llama buganvilla, las patillas de Menem y las canas de los dirigentes socialdemócratas. En mi relato más íntimo del exilio, si hubiera habido algo así al alcance, el movimiento de regreso habría perdido su momento de inercia. Para hacerse clara, la atención al presente me suplicaba una lengua a la altura de su multiplicidad, del milhojas temporal y espacial que era cada momento. Beckett se proponía hacer agujeros en el lenguaje para que a lo mejor, al fin, con paciencia, segregase alguna verdad. Según Deleuze, escribir era inventar una lengua extranjera que al entrar como viento en la lengua del escritor la sacudía y a la vez desquiciaba todo el lenguaje. Y para Walter Benjamin, después de Babel, de la dispersión, cada lengua vivía dramáticamente su defecto de fondo, su carácter incompleto. Con esta batería de argumentos, por entonces procedí a hacer mi trabajo cotidiano a la vez como ejercicio de anulación de mí y como demolición de las constricciones. “¡A disgregar! ¡A disgregar!” era la consigna, así, dicha dos veces. Exaltación. Entrega, quimera de la pérdida de sí en la fusión pasajera con la palabra del otro, etcétera. Estaba totalmente convencido de este programa. Sobre todo cuando traducía autores muy contemporáneos. Tal era el gusto diario de ofrendar mi lengua a la presión diversificadora de Alisdair Gray, de Kathy Acker, de quien fuera, que llegué a la teoría de que la fidelidad de la traducción consistía en idear una manera de traducir para cada libro. Fue una época rara en la que sólo me importaban las frases, luego los párrafos, y trataba de informarlos con furibundos safaris en el diccionario de autoridades, excursiones por Quevedo, Larra, Sarmiento, Mansilla, Lezama Lima, la lírica del tango, las coplas madrileñas, Onetti, Juan Benet, Arguedas, las traducciones de Lino Novás Calvo y las de Consuelo Bergés, gran atención a las voces de los otros y una revisión de la gramática que me acercara lo más posible a la parataxis. Pero no estaba preparado. Y, como para corroborarlo, justo entonces salió en un diario argentino una reseña de La vida de Jesús, una novela de Toby Olson que para la periodista estaba muy bien traducida, decía ella, “por un españolísimo Marcelo Cohen”. Todos los aspectos de la cosa me satisficieron enormemente, desde el elogio hasta el sarcasmo, pasando por la ingenuidad argentina de la reseñadora, que tomaba por españolísmo lo que era una mezcla personal. Más o menos por entonces me tocó también traducir las memorias de Mezz Mezzrow, ese judío que aprendió el saxo en el reformatorio, tocó con Armstrong y terminó vendiendo marihuana en Harlem, y nada podría haberme complacido más que el comentario de que el conglomerado de argots que había fraguado se dejaba poco pero al fin tenía un sonido inconfundible. Lo que quiero decir es esto: el self, eso que se supone que uno es medularmente, signo de identidad irreductible y término que algunos se ven obligados a traducir como yo, es verdaderamente recalcitrante en su apego a sí mismo y a la congruencia de los relatos sobre sí mismo o sobre cualquier cosa en que se refleje, incluso si apela a voces de otros. Su astucia más irreprimible, su codicia más sutil, es por supuesto el estilo. Y yo quería un estilo de escritor y de traductor, y era muy pretencioso: quería una argentinidad de incógnito y, digamos, una hibridez distinguida.

Ahí estaba entonces, de nuevo agarrado in fraganti. Los españoles decían pillado. El malestar y la revuelta con el español contemporáneo, la lengua del amo de casa, la herramienta de castración del entendimiento, habían tenido un impulso de liberación política. Pero con toda mi genealogía rioplatense y mi voluntad joyceana de anarquía sexual de las palabras, había ido a dar en el deseo de distinción, una de las lacras que pueden entregar al exiliado típico, como un corderito, a un fascismo reflejo  del fascismo del que lo segrega. Si el estilo es una avidez del self, y el arte de objetos como símiles del conocimiento una estratagema de dominación, el self es el objeto burgués por excelencia. El self es una falacia a posteriori; exactamente como el fetiche. “El self es la pensión y los ahorros del rentista estático”: esto lo dijo Carl Einstein. Y por eso Einstein pensaba que la “destrucción del objeto” practicada por los pintores cubistas y por Malevitch no era una cuestión meramente formal sino la destrucción de un orden social y epistémico, un orden burgués fundado en la posesión, el individualismo y la ficción de cosas y sujetos constantes. No era mi caso. En vez de dejar que por la herida del exilio fluyera una comunicación, yo estaba construyéndome un lenguaje bien sólido. Como si la herida del exilio pudiera cicatrizar alguna vez y blindarse, como si pudiera capitalizar mis largas rencillas con el país de adopción y con el de origen, como si el exilio no fuera para siempre. Nada bueno para la traducción, como se comprende.

No había nada que conducir, nada más que un producto de cadenas de causas que hacían un presente. El bochorno de entender penosamente algo de esto, bien que a medias, se resolvió en un paso hacia la apertura, un atisbo de soltura. Sólo un atisbo.

Pero uno es incorregible. Cuando volví a vivir a Argentina, mi soltura interior se complacía en comprar tanto zapallitos como calabacines, según decidiera el motor lingüístico encendido en el instante, y en injurias excéntricas, como el anticuado porteño “Hacete hervir” o el encantador andaluz “Que te folle un pez”. En las traducciones me iba a hacer falta un esfuerzo de discernimiento, pero concibiéndolas como espacios transitorios podía hospedar gran cantidad de matices y acentos. Por supuesto, en seguida me di cuenta de que el deleite de usar localismos argentinos, lunfardo, eventualmente el voseo, se enturbiaba porque muchas veces la mejor solución, e incluso la más placentera, era un españolismo; pero esta esquizofrenia dialectal sólo desbarataba más cualquier ilusión de pertenencia plena. Ahora bien: si el regreso no existía, tampoco es que la abundancia fuera una solución. La gama de posibilidades expresivas que había acumulado sólo servía para jactarme de un desajuste, ahora con mi país. De muchos desajustes. Porque no tardé nada en enredarme en  malentendidos nuevos. Huelga explicar que la lengua de la Argentina de hoy no es la de Mansilla,  ni siquiera la de Walsh. Es un repertorio de sampleados del periodismo, la publicidad, el show político, la cultura psi y los desechos de un argot de calle planchados por la clase media, donde no juegan exiguo papel las traducciones españolas y los subtitulados y doblajes centroamericanos de series de televisión. Hoy los argentinos tienen piscinas en vez de piletas, los camareros desean buen apetito en vez de buen provecho, las recepcionistas y conserjes dicen “aguarde” en vez de “espere” (porque les parece más refinado), pero el léxico general es angustiosamente corto. Son comparativamente pocos los que manejan las subordinadas. Profesionales liberales y bastantes escritores ignoran algunas reglas de consecución temporal, como la del pretérito indefinido con el pluscuamperfecto, de lo que se desprende un acalambramiento de la memoria y el presente. Y aunque uno intente abrevar en la idiosincrasia de esos usos, asimilarlos con un respeto algo comedido, estoy seguro de que mis traducciones no suenan menos raras de lo que sonaban en España. Lo hago adrede, claro. No es una veleidad. Es otra vez el intento de que el cuerpo de las traducciones de un período sea un lugar, un espacio sintético de disipación de uno mismo en una multitud de posibilidades, de comprensión de la identidad como agregación. Pero no un lugar enajenado, ni protector, ni preservado; porque si algo concluí de tantas escaramuzas es que un espacio hipotético se vuelve banal si no se ofrece como ámbito de reunión, de comunidad, de ágape; si no intenta crear tejido fresco en el gran síntoma del cuerpo extenso que somos. Creo que lugares así, traducciones o ficciones digamos peculiares, son también encuentros de voces, de multitud de voces, y centros desechables, locales pero siempre provisionales, de agitación de la lengua del estereotipo, ahora cada vez más internacional, en pro de una expresión polimorfa.

No deja de sorprender cómo nos hemos habituado a conceder que odio y violencia contribuyen más que el amor y la paz a estructurar las relaciones sociales.   Pero más sorprendente aún es la difundida resistencia a pensar que el clima de tensión, terror y amenaza que envuelve al mundo pueda relacionarse directamente con la defensa cerrada de la identidad, la de cada uno o cada grupo, y el desmesurado culto de la memoria. Identidad, quiero, decir, ilusoriamente considerada como un componente basal único y no elegido, en cuya persistencia va el sentido de la vida del sujeto y cuya defensa requiere mantener a distancia y a raya a todo aquel que puede erosionarla, entorpecerla, importunarla o modificarla, y si es preciso comérselo y evacuarlo, o suprimirlo sin más. Identidad como etnia, tradición, nacionalidad, religión o filiación política excluyente, para empezar. Como por ahora no se ve que ni grupos importantes ni demasiados humanos en particular vayan a aceptar que en el fondo, como dicen ante los muertos, no son nada, algunas de las voces astutas que el planeta escucha, como la del premio Nobel Amartya Sen, sugieren atender a que la identidad de un humano o un grupo, lejos de ser una esencia fatal, es siempre un agregado —algunos dirían un constructo—, y que muchos de sus componentes provienen de elecciones o adherencias azarosas. Una identidad puede cambiar con el tiempo, aun contra la voluntad del sujeto, e incluso sin que el sujeto lo advierta, y más cambia a causa de decisiones razonadas; el compuesto se diversifica. En el mero plano social, por ejemplo, nos movemos con un portafolio de identidades a las que nos referimos según el contexto (género, clase, oficio, trabajo, raza, opiniones políticas entre otras), y la relevancia que damos a una u otra modifica la conducta. Sen sostiene que la negativa a aceptar la diversidad interna de las identidades es un error que une a los publicistas del choque de civilizaciones, los comunitaristas, los fundamentalistas religiosos y hasta los teóricos de la cultura, y que la ilusión y la imposición de un sello identitario único, que crea sensación de destino, fatalidad e impotencia, es lo que en el fondo alimenta una ira y una violencia que se descargan en el otro.

No cito a Sen porque quiera meterme en un asunto que hoy profundizan muchos artistas y estudiosos, a saber que la traducción permite cotejar y renovar las ideas propias con el lenguaje del otro, sino porque la observación de que Yo y el Otro somos cada uno una pequeña multitud toca las fibras nerviosas del arte de traducir, del oficio del traductor, y me parece que, al tiempo que intensifica los dilemas, la responsabilidad, las perplejidades, abre una rendija de libertad.

Tomemos la visitadísima disyuntiva entre la traducción hipotéticamente neutra y la traducción localista, idiosincrásica o, por así decir, soberana. Las periódicas muestras de fastidio crítico de lectores argentinos más o menos expertos contra las traducciones españolas, la acusación indignada de ineptitud o colonialismo por el uso terco y, se dice, malintencionado de palabras como gilipollas, majareta, o expresiones como “a mí me la trae floja” o “acabó como el rosario de la aurora”, que les impedirían gozar del texto, no sólo son reflejas de la intolerancia ignorante de los expertos españoles de hace años a aceptar la diversidad interna de su lengua; no sólo pasan por alto que la invasión de nuestras librerías por sobras de la profusa industria española es un asunto de acumulación capitalista y suerte geopolítica, y de una decadencia de nuestras editoriales en la cual alguna culpa, además de la dictadura y el capital, han tenido sus propietarios. Además de todo esto, esas quejas eluden un nudo acuciante de lo que, si valiera la pena elaborarla, podría ser una estética política de la traducción para estos tiempos.

Dentro de la despótica prosa mundial de Estado en que se expresa el continuo de eslóganes publicitarios y políticos, relatos míticos de la industria del entretenimiento y ficciones informativas que nos condicionan, la sociedad del espectáculo ha incorporado, por afán totalizador y para que se ocupe de temas humanos como la angustia, la belleza, la muerte, etcétera, lo que la crítica llama “literatura internacional”; la condición básica de las obras de literatura internacional es que son eminentemente traducibles. Creo que como réplica a esta trampa, en su cíclica revuelta contra los sometimientos y condiciones, hoy el espíritu negativo de los escritores se empeña en asimilar la literatura independiente, es decir la literatura a secas, con una resistencia del texto a ser traducido. Aceptar el juego que proponen las poéticas de lo intraducible lleva a conceder que los giros y jergas muy locales, los estilos muy personalizados, piden equivalencias localizadas.

Para no enredarme, voy a exponer el problema de dos maneras.

Primera. Supongamos que un grupo de vecinos de mi barrio, enfermos de racismo atávico, se enfurece contra una familia de inmigrantes nigerianos, los Ababó, porque cultiva en su terrenito unos arbustos de fruto alimenticio pero pestilente. La familia es de una etnia de su país que vive históricamente del cultivo de esa planta y fue maltratada por una mafia lumpen del lugar, etc. Digamos que yo conozco una conmovedora novela nigeriana que cuenta una historia como la de los Ababó y permite entenderlos. Creo que a mis vecinos les va a cambiar un poco la cabeza. Pero la traducción de la novela es española y el traductor eligió como correlato del argot de los Ababó y los mafiosos nigerianos el lenguaje madrileño de Lavapiés. ¿Qué puedo hacer? ¿Probar si mis vecinos atraviesan el velo de un dialecto ajeno de su idioma? ¿Arriesgarme a que su demonio social interior aproveche la confusión para acusar a los Ababó de gallegos de mierda? ¿Proponer que alguna de nuestras humildes pero valerosas editoriales independientes pueda comprar los derechos y traducir el libro al argentino porteño con una subvención de la UNESCO?

Otra manera de abordar estas encrucijadas:

Hace dos años el poeta argentino Leónidas Lamborghini publicó el poema narrativo Mirad hacia Domsaar. Un viejo que fue lujurioso y tal vez poderoso llamado Pigj agoniza sobre una camilla rodante en una llanura calcinada donde nada crece, y ni siquiera hay barro para que la esquina sea fiel a un famoso mito del tango. Lo acompañan dos mujeres y alguno más, y el poema narra la trabajosa partida de la camilla, sobre unas prácticas rueditas, a veces derecho, a veces en zigzag, rumbo a no se sabe dónde: como nuestro país, como el progreso de la civilización. Entierro de la lírica pampeana y desecho sarcástico de la retórica central de la lengua, oficio beckettiano de tinieblas y sainete sacramental peronista, mamarracho, vodevil procaz y oratorio de altura, relato en verso, también drama grave sobre la muerte escrito para narrador y comparsa triste, este poema superlativo no debe haber entrañado para Lamborghini ningún riesgo que él no hubiera asumido desde sus comienzos, cuando necesitó hacerse con un tono peculiar para expresar su visión. A Lamborghini no debía de guiarlo ningún proyecto que no fuera soltar la voz, digamos liberar la visión, y modelar. Depuesta la búsqueda de resultados y seguridades en la mera necesidad de escribir bien lo que se escribe, todo riesgo se difumina y sólo queda el beneficio del poema; para nosotros, una especie de dolor que alivia, es decir: estética. No se sabe qué alcance tendrá. Lamborghini no debe haber pensado en la difusión extranjera. Traducir ese texto es un asunto bien peliagudo, tanto rebosa de localidad. Y si lo elijo es porque me parece indicativo, pero bien habría podido hablar de Russell Hoban, un norteamericano afincado en Inglaterra, cuya obra maestra Riddley Walker, una novela de iniciación en un mundo posnuclear, escrita en un delicioso inglés neoprimitivo, no se vende para traducción a otras lenguas (como si Hoban temiese que la desnaturalizasen). Fiel a su ímpetu extremista, recalcitrante en el mundo de la circulación reductiva, la literatura se adhiere a la localidad y la enriquece; vuelve a empezar desde la diáspora de las lenguas, deroga el mundo de prosa sintética donde vivimos separados por aquello que supuestamente nos comunica. No pocos pensamos que, si la literatura tiene un futuro, será gracias a un abultado depósito de libros intraducibles, o por supuesto para nosotros los traductores, aparentemente intraducibles.

Aún en casos menos radicales que estos, cuesta pensar que un lenguaje neutral como el del antiguo sueño de la revista Life en español eleve el sentimiento del traductor por el sentido de su oficio. Pero la igualdad de oportunidades entre diversos grupos lectores es una quimera, porque hay escasísimas obras que la industria editorial vaya a traducir para cada país, y porque lo identitario único tiene una loca potencia de reducción: del estado-nación a la  región, y de seguido a la comarca, la provincia, la etnia, el clan, la ciudad, el barrio, la familia, el yo. Aparte de que la mera y presunta lengua “argentina” ya está incrustada de modos de decir de todo el mundo hispanoparlante, y de otros mundos, inevitable secuela ésta del espectáculo global. Adoptar los españolismos “porro”, “cachondo”, “piscina” o un uso erróneo y oprobioso del vosotros, el mexicanismo “lucir” y hasta el “todo bien” brasileño, y moverse con desenvoltura entre “pinches” bueyes, “quiubos”, “pantaletas” y cabrones, todos términos que habrían hecho rebuznar a sus inflexibles padres lunfardos, no les ha mermado el señero acervo de hallazgos vernáculos, como “che”, “viste”, “mina” o lo que sea. Es sólo un ejemplo. Lo mismo está sucediendo con la lengua nacional chilena, peruana, colombiana, venezolana, con todas, y, con el aval de la Academia, empieza a pasar con las españolas.

En este clima, la duradera contienda entre la traducción de una obra a una lengua verosímil para el lector particular y la tendencia a causarle a ese lector extrañeza podría resolverse en una alternativa nueva. Sería una salida provisoria, y estaría anunciando que de ahora en más todas las salidas van a ser provisorias. En realidad, mi ilusión es que anuncie que en el futuro cada libro exigirá del traductor, como exige la escritura, no sólo una solución parcial, sino una teoría ad hoc, como si la traducción se convirtiera en una rama de la patafísica, esa ciencia de las soluciones imaginarias. El traductor, cuando no está en la coyunda de las páginas cotidianas, sueña con este océano, con el plancton de las identidades desintegradas. No olvidemos que un océano es un medio. Ante la posibilidad de hacer veinte versiones de un original, cada traductor se servirá de todos los componentes de los dialectos y jergas de su idioma, tomando, para empezar, los que más le sirvan para la imitación o ejecución interpretativa de una superficie. Será un uso rebelde: el máximo de rareza obtenido a partir del artificio de la familiaridad global. No me pregunto si no es una ilusión desorientadora  y hasta perniciosa.  En el siglo XVII la versión de El Quijote en  inglés provocó un sismo literario del cual surgirían montañas como el Tristram Shandy. Las novelas de Onetti no existirían sin las versiones de Faulkner hechas en los años cuarenta en La Habana y Buenos Aires. Alguien diría que el comercio vivifica las lenguas, y que cada momento de una literatura decide, si quiere más aliento, cuál rama de su tradición le sirve y qué le conviene injertar. Claro que si la decisión la toma la industria —que reverencia al público, al cual le encanta que lo engañen—, nada se regenera salvo el circuito financiero de la palabra que aplasta el mundo, muchas veces bajo el adulado ropaje de la belleza. Pero de eso debería tratarse justamente cuando alguien dice que le preocupa el lenguaje: no de la belleza de un atavío, sino de formas que abran la conciencia a los vaivenes del viento.

           Marcelo Cohen  nació en Buenos Aires.  Ha traducido, entre otros, a Christopher Marlowe, Ben Jonson, Jane Austen, Henry James; T.S. Eliot, Philip Larkin, A.R. Ammons, Wallace Stevens, Scott Fitzgerald, J.G. Ballard, William Burroughs, Italo Svevo, Machado de Assís y  Clarice Lispector.

Ilustraciones de Marc Valls para VASOS COMUNICANTES 37.

 

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