Lunes, 22 de junio de 2026.
Conferencia de María Ramos Salgado en el encuentro entre estudiantes y profesionales, El Ojo de Polisemo, en su XV edición, celebrado en Soria el pasado mes de mayo.
Como con muchos encargos de traducción, mi primera reacción ante la propuesta de ofrecer una ponencia de clausura en El Ojo de Polisemo que tratase sobre la escritura y la traducción en lo rural fue plantearme si era yo la persona adecuada para hacerlo. Y como con mi primer libro propio, fue la confianza que otras pusieron en mí lo que me animó a creerme que tenía algo que aportar.
Si bien la estupenda María Alonso Seisdedos, compañera y amiga, me presentó con elegancia y pompa, creí necesario (reflexioné sobre mi propia experiencia como espectadora en otras ponencias, en otros encuentros) dar un contexto más amplio y personal sobre mí. Básicamente, quería dar respuesta a la comprensible pregunta que imaginé en la mente de muchos: ¿quién es esta y por qué está aquí? Hasta cierto punto, son las mismas preguntas que yo me hice: ¿quién soy yo (para hablar de esto) y qué pinto aquí (hablando de esto)?

María Alonso Seisdedos y María Ramos Salgado
Seré más breve en este artículo sobre esta parte de mi ponencia porque entiendo que el estimado público lector, desde la comodidad de su hogar, puede investigar todo cuanto guste sobre mi persona y detener su lectura para ello. Pero sí que facilitaré algún detalle, por ser fiel a mis palabras en el Campus de Soria .
Me cuentan que nací en Irun, una ciudad que es como un escaparate o un aeropuerto: la idea es, en algún momento, salir de allí. Crecí en una casa repleta de lenguas y pasé los veranos de mi infancia en una aldea gallega, la misma de la que mi abuelo había emigrado muchos años antes. Esta dualidad entre ciudad y campo, entre Gipuzkoa y Ourense, me marcó quizá más de lo que creí; en Galicia era «la vasca» de ciudad, en Euskadi, «la gallega» que hablaba sobre la huerta; pero no me parecía que fuese ni una cosa ni la otra. ¿Soy un fraude entonces?
Al preparar la ponencia me pregunté si, hasta cierto punto, no es esta también una dualidad que acompaña al traductor: ¿A perteneces más, al texto original o al traducido? ¿Es el texto plenamente tuyo, o hasta dónde llega tu familiaridad con él? El traductor nace en los limbos entre textos, un viajero constante. De esta reflexión sale una pregunta (en esta ponencia propongo muchas preguntas) interesante para cualquier persona traductora: ¿Cuál es tu limbo? ¿Entre qué mundos te mueves?
Con el tiempo surgió la ocasión de emprender un viaje sin billete de vuelta a esa misma aldea, un sueño que todo niño que veranea en un pueblo debe de tener. Ahí comenzó mi andadura como traductora y para mi sorpresa, también como escritora. Mi amiga, la traductora y escritora Ana Flecha Marco, me propuso participar en la colección vía postal que dirige para Mr. Griffin. Se trataba de escribir una serie de cartas en las que hablase de Galicia; de la Galicia que yo conocía, al menos: una rural, familiar, pequeña, cotidiana.
Tanto los procesos de escritura como los de traducción, llevados a cabo en la aldea, me llevaron a reflexionar sobre la importancia de las narrativas que nos dominan. ¿Qué es lo rural? ¿Qué implica? ¿Tiene más o menos relevancia que lo urbano? ¿Estaba yo perdiendo oportunidades laborales por haberme mudado a un pueblo de quince habitantes o me confería una identidad presente en mis textos, propios y prestados? Ahora, con cierta perspectiva, estoy segura de que, aunque imperan narrativas urbanitas y urbanizantes (hay que estar siempre en el meollo, hay que estar en la capital), la hiperconexión de la ciudad no se traduce necesariamente en mejores condiciones, mejores contactos, mejores textos. Los tentáculos de la precariedad se extienden allá donde llegue el trabajo, pero no es el campo en sí mismo el que aparta, el que aliena, el que precariza. En cambio, sí que ofrece un ritmo más humano, una pausa y un respiro que agradecen los textos y quienes los escriben. Cuando hablo de la importancia de las narrativas, hablo de que solo con creer que lo que sucede en un pueblo es tan importante como lo que sucede en una ciudad, esa realidad ya toma forma. Una vez más, la confianza en los proyectos propios es el pálpito que los mueve, y esto en los tiempos que corren es una idea bastante revolucionaria.

Dibujo de María Ramos Salgado
De todas formas, como de la revolución de lo humano puedo extenderme mucho, quiero pasar ya a la parte final de mi ponencia: una especie de guía/homenaje a los procesos de escritura propia y ajena, inspirada en la siembra de calabacines, calabazas, tomates, melones, patatas, cebollas y puerros que en el momento de conjurar este texto estaba llevando a cabo.
Para comenzar la guía partí de un concepto muy básico pero necesario, la pregunta sobre la propia materia: ¿Qué es traducir? ¿Qué es escribir? Diré que son dos semillas distintas que nacen en la misma tierra, que se riegan por igual y que tienen una relación simbiótica: cuanto más crece una, más frutos da la otra. Pero diré también que estas preguntas iniciales no tendrán respuesta hasta el final.
Una vez que tenemos nuestras semillas con forma de interrogante, tendremos que arar dos surcos (aquí caben analogías con los pliegues del cerebro). Uno de los surcos acogerá la semilla de la escritura, la que lleva nuestra propia voz, aunque toda persona escribiente sabe que la voz propia es una semilla que siempre se toma prestada de vecinos y amigos. El otro surco, el de la traducción, lo labramos para otros, llevará nuestro trabajo, pero ni la semilla es nuestra ni seremos los únicos en decidir qué se hace con el fruto. Eso sí, tenemos una idea aproximada de la planta que tiene que brotar de esa semilla.
Como dije al principio, el cuidado de las plantitas será muy semejante, van aquí unos consejos básicos:
1- La tierra tiene que estar bien nutrida con mineral y nuestro mineral va a ser el interés genuino. Si no nos interesa lo que estamos haciendo, ahí no va a crecer nada.
2- Para enraizar bien, las plantas buscarán constantemente agua: es necesario que las reguemos con documentación y comprobación constante.
3- Mucho cuidado con las malas hierbas y las plagas. Las malas hierbas son aquellas cosas que no sabemos que no sabemos, y nos pueden fastidiar el plantío. Cuando son pequeñas se parecen mucho a nuestros brotes, por eso hay que ser detallistas y conocer bien las hojas con las que trabajamos. Las plagas, por desgracia, son muchas y, si no estamos atentas, pueden acabar con todo: las malas condiciones laborales y el síndrome de la impostora. Es recomendable, antes de sembrar y durante el proceso de crecimiento, acudir a hortelanas con gran experiencia en estos cultivos, para que nos aconsejen y nos apoyen. También nosotras podremos ofrecer nuestro conocimiento y experiencia a las nuevas generaciones: las cosechas siempre se reparten.
Hay dos requisitos más para que todo crezca con brío. Que les dé el sol: a las semillas y a ti. Que estén protegidas de la helada: las hojas se pueden quemar y tú también. Una vez plantadas en buena tierra nutrida, regadas y enraizadas, libres de malas hierbas, al sol, protegidas de la helada… quedan la paciencia y la confianza. Los textos son plantas de lento crecimiento. Una puede bajar cada día al huerto y pensar que todo sigue igual que el día anterior. Hay que tener paciencia y confiar: la tierra trabaja en silencio.
Un día empezarán a verse los frutos. Cuidado porque hay una nueva amenaza: un pájaro que pÍA. Que no te robe lo que tanto has cuidado. No lo alimentes con el fruto de tu esfuerzo y tu trabajo. Y cuando lo veas picoteando en las huertas ajenas, espántalo. ¿O crees que se sacia con los frutos del vecino?
Cuando veas las plantas crecidas, hermosas, con fruto jugoso, descubrirás lo que son la escritura y la traducción: unas obras siempre tuyas, nunca tuyas del todo. Unas plantas que han crecido, pero que te han hecho crecer: un crecimiento recíproco. En realidad, te darás cuenta de que había un error en el planteamiento inicial de esta guía: quizá no había que preguntar qué es la traducción y la escritura, sino qué es una traductora, una escritora. Somos la tercera planta, la tercera flor. Lo que ha nacido no son solo las semillas, somos nosotras: hemos germinado, nos hemos regado, hemos peleado contra las malas hierbas y hemos florecido, y son de palabras nuestros frutos.

María Ramos Salgado (Irún, 1998) es traductora y escritora. Recibió el Premio Extraordinario de su promoción de Traducción e Interpretación por la Universidad de Comillas y tiene el máster de Formación de Profesorado en la especialidad de inglés. Ha traducido a autores como Jane Austen, Emily Brontë, Elizabeth Gaskell, Bernardo Atxaga, Eider Rodríguez o Miren Agur Meabe. En 2024 se publicó su primera obra propia, «Cartas gallegas», con la editorial leonesa Mr. Griffin, y en 2025 participó en la antología poética «Poesía bonita y que se entiende 3», de Maresía.


