Alicia Martorell, XX premio Esther Benítez

Lunes, 12 de enero de 2026.

Intervención de Alicia Martorell en la entrega del XX premio Esther Benítez, diciembre de 2025.

Lo primero de todo, quisiera dar las gracias a toda la gente de ACE Traductores, la que me ha votado y la que ha votado a todas las compañeras estupendas que me acompañaban en la candidatura. Las matemáticas me dicen que, si he ganado, tiene que haber sido por poquísimo, y en eso entra un componente de suerte o de azar. Lo que quiere decir que cualquiera de ellas podría haber ganado también y espero estar aquí pronto para felicitarlas a todas y a cada una, porque son traductoras inmensas.

Alicia Martorell

Quiero dar las gracias a la junta entrante y a la junta saliente. Y a todas las juntas. Las asociaciones funcionan porque hay personas que renuncian a gran parte (o a la totalidad) de su tiempo libre para trabajar colectivamente. Eso no tiene precio y a ellas les debemos cualquier progreso colectivo, por pequeño que sea.

Quiero dar las gracias también todo el público que ha venido a compartirlo aquí conmigo; a mi familia asetradera, que me acompaña desde hace tantos años; a todas las personas incontables que me han felicitado. El premio en sí está bien, pero la catarata de amor que se ha derramado encima de mí ha sido lo mejor de todo y no lo voy a olvidar nunca.

Gracias a mi gente que anda por ahí al completo, a Oscar, con quien comparto la vida desde hace tantos años, a las personas que me quieren y a las personas que me quisieron, porque me han construido con su amor.

Gracias a la revista VASOS COMUNICANTES, donde se gestó el proyecto de diario de traducción que es parte consustancial de este trabajo. VASOS COMUNICANTES me ha dado en los últimos meses la felicidad sin cuento de conocer a tanta gente interesante, de trabajar con compañeros y compañeras maravillosas, de tener en mis manos textos que valen un potosí y de gestionar una revista, la revista de ACE traductores, donde hablamos al mundo, a menudo en primera persona, de esas cosas mágicas que hacemos cuando nos sentamos a traducir frente a un ordenador.

Este libro es tributario de mucha gente. Eso se dice siempre, pero siempre es verdad. No lo hubiera podido sacar adelante sin las numerosísimas personas que están a mi alrededor arropándome.

Gracias a Miguel y Ángela por su constante estímulo intelectual. Si viviéramos en el siglo XVIII tendríamos una exquisita correspondencia, como Voltaire o Humboldt. Como estamos en el siglo XXI, tenemos toneladas de mensajes de wasap compartiendo lecturas, películas, cocina, pensamientos y, sobre todo, intentos de comprender el mundo. Y agradezco muy especialmente a Miguel las ya lejanas charlas sobre los diarios de investigación, cuando estaba intentando abordar por primera vez una reflexión de este tipo, veía delante de mí tanto terreno sin arar y buscaba referencias en otras disciplinas.

Gracias a mi equipo de rescate, con el que he pasado tardes interminables diseccionando frases que se retorcían como lagartijas sin dejarse traducir, cazando masculinos genéricos que se negaban a desaparecer o simplemente dando libre curso a mi síndrome de la impostora. Os debo mucho a las cuatro. Gracias Laura, Berna, Reyes y Elena.

Como es sabido, yo soy muy pedigüeña y muy preguntona, así que la lista es larga. Gracias a Lourdes, que es mi faro en lo lingüístico y en tantas otras cosas; gracias por las sabrosas charlas sobre la posibilidad del lenguaje inclusivo y la lenta evolución del lenguaje. Gracias a Clara, mi antropóloga del género de cabecera. Gracias a Ramón, que sabe más que nadie del sistema jurídico estadounidense. Gracias a Pablo, que es un pozo de ciencia sobre la norma y sus costuras, con mis disculpas por haberle inundado el tuiter del trabajo con preguntas que sabía imposibles de responder sobre el femenino genérico.

Yo soy una traductora de francés, este es mi primer libro en inglés, por lo que este premio me parece especialmente insólito. Un rincón de gracias especiales a todas las personas que me ayudaron en los cinco largos años que tardé en afinar el inglés como idioma de trabajo. Las que me buscaron encargos a medida para que me sintiera cómoda, las que me revisaron textos, las que me hicieron de red de seguridad, las que me intentaron convencer de que era posible. Muchas estáis aquí y lo sabéis. Me siento muy afortunada de formar parte de una profesión así.

Gracias a la gente de Paidós, a Sergi, Lola y Elisabeth, por haber confiado en mí y por habérmelo puesto todo facilísimo. Siempre es un gusto trabajar con vosotros.

Alicia Martorell y Amaya García Gallego

Gracias, en fin, a Butler, sin quien todo esto no habría sido posible. Este libro es importante, lo que dice es importante, su compromiso es importante. El contacto con este texto me ha madurado políticamente y eso es un regalo. Y gracias por su toma de postura sobre el genocidio de Gaza a pesar de lo que le ha costado, por ese compromiso y por lo que representa, cuando a estas alturas siguen asesinando gente y arrasando un país.

Me podría pasar la vida entera dando las gracias porque me siento muy afortunada, pero antes de terminar, quisiera hacer tres apuntes sobre el libro en sí y sobre su traducción.

Cuando empecé a pensar sobre cómo enfocar este encargo, escribir sin marcas de género, y hacerlo además dentro de la norma académica, se me apareció como una evidencia. Los problemas que se plantean cuando trasvasamos de un idioma como el inglés a un idioma como el español forman parte de lo que Butler llama «el género en un contexto multilingüe» y me parecía que merecía la pena intentarlo. No soy la primera, muchas compañeras lo han intentado antes y han escrito sobre ello. Gracias a todas ellas, eso hizo que viajara muy bien acompañada y con parte del camino desbrozado. Gracias también a las lingüistas y periodistas, escritoras y políticas que se plantean este problema del desfase entre el cambio social y el cambio lingüístico. Ahora, echando la vista atrás, sé que fue una buena idea, no solo para el libro, que sin duda salió ganando, sino muy especialmente para mí y para mi perspectiva de la vida. El lenguaje es mi herramienta de trabajo. Hacerlo pasar por una operación de esta categoría ha sido doloroso y complejo, pero tremendamente positivo. Ahora escribo diferente, pienso también diferente, reformulo diferente, manejo mucho mejor los abordajes laterales. Y no solo en lo que se refiere al género.

Isaac Montero, Luisa Fernanda Garrido, Mauro Hernández Benítez

Ahora mismo no sé todavía (no lo sé porque es un tema en que las preguntas no paren respuestas, sino nuevas preguntas) si el lenguaje inclusivo es posible en la situación actual del español. Probablemente la respuesta más sensata sea: a veces, no siempre, no en todos los contextos, en algunos casos sí y en otros no. En cambio, lo que sí es posible es seguir reflexionando, identificar los obstáculos, buscar acometidas diferentes, intentarlo, porque hacerlo es performativo. Y, sobre todo, intentar ser conscientes de lo que mostramos y lo que ocultamos cuando hablamos, qué hay y qué no hay detrás de cada masculino genérico, o simplemente de cada uso irreflexivo del masculino para representar la realidad en su conjunto, porque a fin de cuentas eso es lo realmente importante.

El segundo apunte se refiere a lo importante que me parece que este premio haya ido a parar a un ensayo. Yo soy traductora de ensayo, y como tal me reivindico. No solo me gusta traducir filosofía, historia, antropología, sociología; además me siento orgullosa de ocupar un lugar clave, de barquera entre dos lenguas, en la transmisión del conocimiento. El ensayo es una forma de reflexionar sobre el mundo, tal y como lo recibimos, tal y como lo cambiamos y tal y como se lo entregamos a los que vengan detrás. Y en este mundo, que se nos está abriendo como un abismo, hará falta mucho trabajo de reflexión.

En tercer lugar, este trabajo está unido indisolublemente a un diario de investigación, es decir, a una reflexión epistemológica sobre cómo hacemos lo que hacemos y por qué lo hacemos, junto con el compromiso de dejar constancia de ello por escrito para usos futuros, propios y ajenos. Esto que digo es una reivindicación en toda regla de la traducción (del tema que sea, en el género que sea) como un trabajo intelectual basado en esa alquimia tan sutil que hace que desvistamos una idea y la volvamos a vestir con otros ropajes para que pueda vivir en otro clima. Lo que hacemos las traductoras y los traductores forma parte de la cadena de la transmisión del conocimiento científico a las personas que vengan después, apoyándonos en las que vinieron antes. Eso es el progreso. Y es justamente lo que hace que seamos imposibles de sustituir por una máquina.

En realidad, sin el acoso de la precariedad, todo trabajo podría tener un componente intelectual. La precariedad (con sus dos factores perniciosos: la imposibilidad de ganarse decentemente la vida con una jornada normal y el miedo al futuro) es lo que hace que no siempre nos podamos ocupar de reflexionar sobre lo que hacemos, por qué lo hacemos o cómo lo hacemos. También hace que tendamos a elegir textos más sencillos, o a aplanar las dificultades de los textos más complejos, porque sin sacar un libro cada dos meses no salen las cuentas. Yo soy una privilegiada, puedo traducir libros complicados como este y dedicarles el tiempo que necesite porque con lo que me pagan por traducir en las instituciones financio alegremente al mercado editorial español, pobrecito, tan necesitado de ello. Otras de mis compañeras, para poder hacer dignamente su trabajo, lo financian con su tiempo libre, con doble jornada laboral, con su pluriempleo. O hipotecando la pensión futura a cambio de llegar a fin de mes. Eso no es ni normal, ni justo ni decente, y el país que lo permite se está jugando el progreso de las generaciones futuras. Viendo esto, después de tantos años de avances en la lucha por los derechos sociales y laborales, se te queda la misma cara de idiota que cuando te roban la cartera y ni siquiera sabes cómo ha sido.

Marta Sánchez-Nieves, Teresa Garulo, José Luis López Muñoz

A veces me cuesta mucho tener una perspectiva positiva. No soy una inconsciente, tengo muy claro que mi posición no es la más habitual (y, en cualquier caso, si vienen mal dadas, siempre me queda jubilarme) y que mucha gente está buscando una salida como puede. Vivimos en un sistema económico que mastica a la gente y escupe los huesos. La IA es el último avatar de una maquinaria eficaz y engrasada que lleva ya mucho tiempo arrasando. Y lo hace de forma cada vez más salvaje.

 

¿Qué podemos hacer frente a esto? Sobre todo, ser conscientes de que hay progresos que no pueden llegar de forma individual, que requieren un trabajo colectivo. Quisiera cerrar reivindicando el trabajo asociativo y esa labor de picar piedra hombro con hombro para que nadie se quede atrás. No sé si lo conseguiremos, pero hacerlo es lo que nos toca, mientras nos toque, desde el lugar de la sociedad o desde la profesión en la que estemos, con conciencia plena de nuestro valor y de nuestros derechos, porque si eso no nos devuelve una remuneración digna, al menos nos permitirá vivir y trabajar con dignidad. En el punto al que hemos llegado, pensar en que nos vamos a salvar individualmente no tiene ningún sentido. Eso me lo enseñó primero mi abuela, pero me lo ha enseñado también esta profesión generosa y solidaria en la que puede haber momentos buenos o malos, pero nunca, nunca, en más de treinta años, he estado sola frente a los momentos malos. Gracias, de todo corazón, por tanto.

Rita da Costa, Alicia Martorell, María José Gálvez, Manuel Rico y Ana Flecha

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