Tercer premio del VII Premio de Traducción Universitaria «Valentín García Yebra»

Lunes, 26 de enero de 2026.

El jurado de los Premios Complutenses de Traducción, organizados por la Facultad de Filología de la UCM en colaboración con ACE Traductores para fomentar la traducción literaria entre los estudiantes universitarios y reconocer la labor realizada por un traductor a lo largo de su vida, decidió por unanimidad otorgar los tres premios a las siguientes traducciones:

Primer premio: Manuela Berdún Gistain por su traducción del francés de «L’ange et les pervers», de Lucie Delarue-Mardrus.

Segundo premio: Jesús González Yumar por su traducción del inglés de «Kew Gardens», de Virginia Woolf.

Tercer premio: Héctor Adrián Trujillo Vázquez por su traducción del portugués de «Os mortos não voltam», de Florbela Espanca.

«Os mortos não voltam» es uno de los pocos textos en prosa de Florbela Espanca y refleja la visión filosófica y poética de la autora respecto a la muerte. A continuación podemos leer la traducción que ha hecho de esta obra Héctor Adrián Trujillo Vázquez.

(Texto original)

LOS MUERTOS NO VUELVEN

—Estoy seguro de que los muertos no vuelven.

El viejo y amable Dr. X, rompiendo el silencio en el que se había encerrado toda la noche, hizo esta extraña afirmación con un tono tan perentorio, con una firmeza tan acentuada, con tanta autoridad, que sus palabras, como balde de agua fría sobre la exaltación del grupo, cerraron la discusión como por arte de magia.

—Los muertos no vuelven —repitió.

Todas las miradas convergieron en él. Impasible, eje de la curiosidad general, acercó más su silla al hueco de la ventana, abierta de par en par sobre la cálida y estrellada noche de agosto. Sacudió la ceniza del cigarrillo, aspiró una ráfaga de aire cargado de aromas dispersos del jardín y del mar, y continuó tranquilamente:

—Les voy a explicar mi afirmación y el tono en el que la pronuncié —añadió con una de sus bellas sonrisas, cuyo encanto conocía a la perfección y que, quizás, era la explicación más clara de sus constantes triunfos en la vida—. Si nuestra discusión, señores, no es una discusión ociosa, lo cual es muy probable; si algo semejante puede tener cabida, aunque sea mínimamente, en el dominio de los hechos experimentales; si todo lo que hemos dicho no es pura metafísica, mi afirmación de hace un momento tiene valor y voy a darles su explicación.

Mi certeza es fruto de una experiencia que el azar preparó magistralmente, en una época en la que estos problemas apasionaban a los intelectuales, problemas que dieron origen a los trabajos soberbios de Gurnay primero y, después, de Crookes y Lodge con su célebre Raymond; trabajos que despertaron toda clase de curiosidades en el mundo pensante. En aquella época, ya relativamente lejana y que, por así decirlo, aún parece de ayer, desplazada por la trepidante era de la radio y los aviones, no se hablaba de otra cosa: alucinaciones telepáticas, visiones, lucidez, presentimientos, apariciones objetivas… Fenómenos ocultos, misteriosos, debatidos entre la burla y la incredulidad de unos y la temerosa credulidad de otros. Ahí radicaba el tema de toda conversación elevada o con pretensiones de serlo.

Yo leía todo lo que se publicaba al respecto, vacilante, tambaleándome entre la duda y la certeza; intuitivamente crédulo y reflexivamente incrédulo, preso de ese malestar indefinido que nos invade ante hechos desconocidos, fuera de nuestro conocimiento inmediato, sin poder consolidar una opinión ni vislumbrar el preludio de una vaga certeza. Hasta que un día o, mejor dicho, una noche, mi espíritu encontró sosiego, apoyado en una convicción absoluta que los hechos, hasta hoy, no han desmentido. No, señores, los muertos no vuelven.

Nada faltó en la magistral experiencia que el azar me permitió experimentar: campo experimental, contexto, ambiente propicio, intensas emociones… ¡todo! Y, esa noche, tras los breves fragmentos de un vuelo más allá de los límites de la conciencia, el alma volvió a posarse en el dominio de la vida material sin haber visto, sin haber sentido nada.

El Dr. X hizo una pausa, contempló la noche tachonada de estrellas y pareció escuchar la voz soturna de las olas, rezando su monótono canto de eterna ansiedad.

—Fue en casa de la señora L. —comentó.

—Usted la conoce, Veiga —dijo, volviéndose hacia un joven alto y rubio con monóculo—. A esa entrañable anciana que posee, en un maravilloso escenario, le dernier salon où l’on cause. Su natalicio es por estas fechas. Se celebraba con una cena íntima después de que su nieta, esa muchacha diabólica que hoy es madre de no sé cuántos bebés robustos, saliera de la escuela.

Tras la cena, estábamos todos en aquella espectacular terraza de mármol rosa, con la ventana abierta al mar, que parece ideada por un bajá de Las mil y una noches. Estuve con la dueña de la casa, Madame V.; los dos hermanos Grey; Ravara de Melo, y aquella chica que el año pasado ingresó en un convento de Segovia y que usted también conoce a la perfección, Lídia de Vasconcelos.

Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. No sé qué poder evocador se desprende de esta noche, de la melodía de estas olas, qué efluvios misteriosos trae consigo el aire que entra por esta ventana abierta, pero debo hacer un esfuerzo para convencerme de que no fue ayer, de que tantos años no han dispersado ya a toda esta gente que ahora evoco. Quizás influya el escenario idéntico, la noche igual a aquella de la discusión…

El Estoril de Cascais, ese bello litoral lisboeta, se llenaba de puntos luminosos; el cielo, de estrellas diminutas. El monte parecía un pesebre, como ahora, sobre el mar que se oscurecía, preparando el misterio de sus bodas con la luna, que se manifestaría blanca al completo.

En aquel entonces se discutía un caso de telepatía narrado por el menor de los Grey, ese Robert tan místico de curiosa psicología. Según decía él, había visto a su madre entrar en su habitación tras cruzar un largo pasillo que conducía directamente a la alcoba donde ella había muerto meses antes.

El caso provocó, como imaginarán, un revuelo enorme. En la mesa nadie se entendía; todos hablaban a la vez, hacían comentarios, cada uno exponía su opinión, contaban un suceso de su vida. Hubo risas, bromas, y, al salir a la terraza, dejando a los bailarines en el salón, Robert continuaba, impasible, garantizando la autenticidad de su historia, mientras nosotros nos obcecábamos en discutirla.

Me parece estar escuchando a Ravara de Melo, el elegante escéptico, reír con sus ingeniosas paradojas a la escultural Madame V., aquella rubia de quien Lila decía que llevaba ardiendo en la cabeza todas las hogueras de San Juan. También recuerdo el tono de varonil impasibilidad de Robert afirmando su relato y la voz ya apagada y tan dulce de la Señora L.

El Dr. X interrumpió su relato para encenderse otro cigarrillo, ritual que realizaba siempre con deleite de sibarita, precursor del raro placer de intoxicarse, su ejecución la llevaba a cabo metódicamente desde los Paxás de su adolescencia hasta los preciosos Abdulás de ahora.

—¡Qué noche tan hermosa! —murmuró, como hablando consigo mismo. Luego, en voz alta, prosiguió:

—Era una de esas noches. Fuimos suavizando nuestras voces paulatinamente para no quebrar la armonía del momento, de ese momento mágico y sobrenatural que todos sentíamos como una pausa en nuestras frenéticas vidas, un momento digno de dioses en nuestra fea existencia humana. Una hora tejida de sortilegios, tan cargada de perfumes, tan impregnada de dulzura que, mecánicamente, las manos casi esbozaban el gesto de extenderse para atrapar el maravilloso tiempo que sentíamos fugaz y ya perdido en los minutos que pasaban.

La risa de Madame V., en un momento dado, casi nos escandalizó como una falta de tacto, una impertinencia, como si se le ocurriera aparecer desnuda ante todos. De repente, se alzó en el salón la voz de Lila cantando la Balada del Rey de Thule:

Había una vez un rey en Thule…

La voz profunda y pastosa penetró en la noche como un puñal en una herida: la desgarraba. La punzante melodía me hizo saltar las lágrimas y me provocó en el corazón una turba de recuerdos que creía perdidos en el mar de la vida, como la copa sagrada del rey sobre las aguas del mar. Nos callamos todos para escuchar. El rumor de las olas acompañaba en sordina la voz maravillosa que ascendía y se expandía en la noche, que parecía concentrarse y contenerlo todo, como un alma.

Creí oír en ese momento un sollozo ahogado, como si una ola se hubiera quebrado más cerca de nosotros. Me volví negligentemente, como para apoyar el cigarrillo en una mesita que había tras de mí. No vi a nadie, excepto a Lídia de Vasconcelos, que mordisqueaba tranquilamente un clavel blanco. Cuando la voz se apagó arrastrando sus últimos versos:

Y la copa flota aún
Sobre las aguas del mar…

se hizo un silencio que ninguno osó romper. Nos sobresaltó, con desagrado, la voz ronca y monótona de Robert que, en tono perentorio, teñido de terquedad británica, retomaba el hilo de la discusión interrumpida: «Los muertos vuelven».

La dulce Señora L. no pudo contener su sonrisa. Aquella sonrisa, en aquel momento, surgió para subrayar su opinión sobre los ingleses, opinión que yo conocía y que consideraba flagrantemente injusta; pero ¡intenten convencer a una mujer de la injusticia de una opinión que ha creado sola!

La discusión se reavivó. Ravara lanzó nuevamente las chispas de su ingenio brillante. La risa de Madame V. resonó más cristalina en la noche pura… Fue entonces cuando llegó de nuevo a mis oídos el eco ahogado de un sollozo. No cabía duda: había sido un sollozo. Me volví rápidamente. Lila seguía mordisqueando su clavel blanco, pero, al mirar sus manos, lo comprendí todo de inmediato: temblaban como las alas de un pajarito atrapado.

El corazón se me oprimió de inmensa pena por aquel malaventurado destino de la joven.

—Ustedes conocen la historia… quizás —dijo el Dr. X, volviéndose hacia el grupo que lo escuchaba.

Ante un gesto negativo del joven con monóculos, prosiguió:

—¿No? Lídia estaba comprometida con un camarada suyo, Álvaro Bacelar —dijo, dirigiéndose a un oficial de la Armada que lo escuchaba de pie, apoyado en el alféizar—. No, usted no puede recordarlo; esto ocurrió hace años, cuando usted ni siquiera había ingresado en la Naval. Un camarada que murió víctima de un accidente en el mar, ocho días antes de la fecha fijada para la boda. El cadáver, pese a incansables búsquedas, nunca apareció…

Cuando aquella noche vi temblar sus manos pequeñas, sosteniendo con gesto ansioso el clavel blanco, cuando la vi mirar con desaliento inexpresable aquel mar, sudario inmenso de un ser que para todos hacía mucho tiempo no era más que un recuerdo desvaído, pero que para ella era la única realidad existente, tuve la clara impresión de que su único y obsesivo deseo, en aquel momento, era el imposible prodigio de poder levantar, con sus pequeñas manos temblorosas, la punta de aquel sudario, el pliegue de aquel gran manto, y contemplar, por un instante, un solo instante, los ojos extraños e inolvidables del muerto.

Sentí que aquellas manos solo tenían fuerzas para pedirle al destino esa limosna. Su vestido de encajes plateados, bajo la claridad lechosa de la Luna que se elevaba sobre las olas, la envolvía en un fulgor de espuma. El gran diamante de su anillo de compromiso parecía demasiado grande y pesado para su diminuto y frágil dedo de niña. En aquella terraza, casi a oscuras, me hizo pensar en una aparición inmaterial; parecía más bien una ola que hubiera subido hasta la terraza y se hubiera quedado inmóvil, en la espera de un milagro prodigioso e inefable.

La voz aguda y burlona de Madame V., respondiendo a la frase de Robert, me sobresaltó como a quien, en pleno sueño, es despertado bruscamente a la cruda realidad de la vida.

—¡Oh, Robert, qué candidez la suya! Estos ingleses… Usted simplemente tuvo una mala digestión, cosa que le ocurre a mucha gente. ¿Será usted sonámbulo? —añadió riéndose.

Robert meneó su cabeza con lentitud. Su hermano esbozó una sonrisa fría, cortante, sajona. No pueden hacerse una idea: nunca he visto sonreír a un inglés sin que me irritara. Esas sonrisas desnudas y, a la vez, complejas, en las que parece no haber nada y en las que se vislumbra tanto, me clavan como un aguijón. Iba a responder; no tuve tiempo. La voz de la señora L., que en ese momento se elevó, fue un ungüento, un calmante para el prurito de mi absurda cólera; me serenó como por arte de magia. Ella decía, moviendo tristemente su cabeza blanca, que parecía de plata al resplandor de la luna:

—No, Robert, los muertos no vuelven y es mejor así… ¡Qué vergüenza si volvieran! ¿Dónde hay por ahí un alma de vivo que se haya mantenido digna de semejante prodigio?… Ellos se van, y nosotros nos quedamos, reímos, cantamos, deseamos y seguimos viviendo. Mutilados, amputados, a veces hasta de lo mejor de nosotros mismos, somos como esos repugnantes gusanos que, cortados en pedazos, generan nuevas células, se completan y continúan arrastrándose y viviendo. ¡Es una miseria, sí, pero así es!

La voz de la señora L. se perdió en un murmullo, unido al de las olas que embalsamaban las rocas de la playa. En el salón se bailaba animadamente un charlestón de moda. Fue entonces que, en la noche pura, en la noche silenciosa esculpida en horas de imperecedera belleza, estalló el grito sobrehumano, el grito que, después de tantos años, todavía resuena en mis oídos, que fue como el comentario al margen de todas mis dudas e incertidumbres, que consagró en sí, en el arrastrar de sus notas trágicas, la respuesta a mis interrogantes ante el formidable misterio de la muerte. Lídia de Vasconcelos se había erguido en su silla y, vuelta hacia el mar, lívida, irreconocible, extendió los brazos y soltó en un grito, como un arrancón, como un desgarramiento de fibras, el nombre querido:

—¡João!

Ante aquel bramido de angustia, ante aquel llamado, ante aquella súplica desesperada, la misma noche se encogió, llena de miedo y asombro, y todos nos miramos, a la espera de que de las olas surgiera el muerto, un nuevo Lázaro para un nuevo Surge et ambula. Fue un segundo de emoción como nunca antes había experimentado, como nunca más podré vivir. Fue un instante. Lídia volvió a caer en su silla como un triste harapo blanco, en una crisis de sollozos que la asfixiaban; todos se levantaron para socorrerla.

Yo me quedé mirando el mar, el mar impasible que guardaba su presa, que se desperezaba lánguidamente como una fiera que tiene sueño. No, señores míos, los muertos no vuelven. Si volvieran, habría uno que aquella noche habría regresado, cuando lo llamaron.

El Dr. X calló. Arrojó al jardín el cigarrillo a medio consumir y quedó pensativo, contemplando el mar, con los ojos húmedos.

 

 

Héctor Adrián Trujillo Vázquez (Málaga, 2003) es estudiante del último curso de Traducción e Interpretación en la Universidad de Granada, con especialización en inglés y portugués. Le apasionan los idiomas desde joven y siente un especial interés por la traducción literaria. Asimismo, contempla la enseñanza de idiomas como una futura línea de especialización, combinando su interés por la lingüística aplicada con la didáctica de lenguas extranjeras.

 

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