Helen a la sombra del Mago, Jordi Fibla

Lunes, 19 de enero de 2025.

Y Mann, su atormentador y su amigo, tan por encima de ella durante treinta y seis años, todavía arrojaba su sombra amplia e ineludible.

Jo Salas. Mrs. Lowe-Porter

En The Magician, Colm Tóibín ha novelado la vida de Thomas Mann. Embutir una existencia tan compleja en poco más de cuatrocientas páginas debe de entrañar tal dificultad que uno tiende a disculparle al autor ciertas complacencias, como el detallismo con que aborda la cuestión de la lengua, la penosa adquisición por parte de un Mann y su esposa Katia ya muy maduros de los conocimientos de inglés que la pareja necesita durante su exilio en Estados Unidos. Hacia la mitad del libro se nos dice que Katia ha encontrado a una mujer que puede ayudarle a traducir frases y oraciones, que ya conoce todos los tiempos verbales, todas las reglas, y que ha aprendido quinientas palabras, pero sigue sin adquirir soltura para expresarse verbalmente. Katia y su marido conversan sobre el particular:

 —Este did acabará conmigo —dijo Thomas. La verdad es que puedes decir he did do y entonces lo contrario, he didn’t do. No es de extrañar que los ingleses sean tan belicosos.
—¿Y qué me dices de does? —le preguntó Katia.
—¿No debería ser do?
—Las dos cosas. Y luego están los verbos compuestos. He encargado un libro de texto sobre ellos.

Cincuenta páginas más adelante, aparece la única mención a Helen Lowe-Porter que figura en la novela, y quien ha leído ese intercambio de la pareja sobre sencillos aspectos gramaticales se pregunta si no es una injusticia citar de pasada a la primera traductora al inglés de Mann, y hacerlo de una manera absolutamente desfavorable para ella. El lector reflexiona, porque es traductor profesional y no desea dejarse influir por el esprit de corps. ¿Realmente es una injusticia que   aparezca citada una sola vez en una novela sobre Thomas Mann? Un tanto incómodo, el lector prescinde de esa calificación y se centra en lo que le parece indudable: hay un desequilibrio entre el espacio dedicado al aspecto primario del lenguaje y el que ocupa la mención de Lowe-Porter y su papel en la vida del autor, que va más allá de una relación normal y corriente entre autor y traductor.

Esta mujer no es una traductora como la mayoría, entre otras cosas, porque la mayoría de los traductores no llegan a tener un contacto tan estrecho con un solo autor al que dedican todos sus esfuerzos. Por ejemplo, para traducir las 2100 páginas de la tetralogía José y sus hermanos, Helen trabajó ocho horas diarias los siete días de la semana durante diez años. Ella misma facilitó el dato. Podemos creerla o, si nos sumamos a sus detractores, añadir la mentira o la exageración a sus demás defectos. Pocos traductores han tenido un intercambio epistolar tan intenso como el que hubo entre Mann y Lowe-Porter. Se conservan 140 de las cartas que le dirigió el escritor, pero la mayor parte de las que ella le escribió se han perdido, y lo que habría podido decirle en uno u otro momento de su relación muy bien podría haber puesto en marcha el mecanismo imaginativo de una novela biográfica.

Ahora Lowe-Porter es una profesional cancelada. Cuenta con sus defensores, pero no se puede dudar de que su trabajo ha quedado en evidencia desde que se iniciaron las retraducciones de Mann en la década de 1970. Sin embargo, su éxito, es decir, el éxito de Thomas Mann en el mundo anglosajón desde que se publicara Los Buddenbrook en inglés, había sido enorme. En 1934 el retrato de Mann apareció en la portada de la revista Time y en 1938 dieciocho mil personas acudieron al Madison Square Garden para escuchar al escritor, al que siete universidades concedieron el doctorado honoris causa. Aquellas traducciones fueron esenciales para que una obra de contenido intelectual muy elevado se popularizara. Por otro lado, el concepto de la traducción que imperaba en la primera mitad del siglo XX era distinto del actual. La importancia que se concedía a que diera la impresión de que el autor había escrito su texto en la lengua de llegada, aunque para ello hubiera que sacrificar un tanto la fidelidad, dejó de ser un artículo de fe, y lo que los críticos de las primeras traducciones de Mann admitían sin ninguna objeción no pasa por el filtro de la crítica actual. Helen decía que se había propuesto ofrecer no tanto la letra como el espíritu del texto: «The spirit first and the letter so far as it might be» (prólogo de Los Buddenbrook). Hoy la distancia a la que el traductor puede apartarse de la letra no es tan larga ni mucho menos como se admitía que lo fuese en el pasado. Pero antes de embarcarse en una crítica inmisericorde basada en criterios actuales, hay que tener en cuenta el contexto histórico.

Parece, pues, que la relación del autor y su traductora fue lo bastante estrecha para que pudiera dar lugar a episodios o anécdotas merecedores de inclusión en una novela cuyo protagonista es el autor traducido. Veamos el contenido de esa única mención de Helen en The Magician. Mann y su amiga, admiradora y protectora, la millonaria filántropa Agnes Meyer, conversan sobre la obra en la que Mann está trabajando.

     —Creo que aquí una novela sobre Goethe será bien recibida —le dice ella—. No por todo el mundo, desde luego. Ansío tener el libro en mis manos, pero espero que la traducción no haya sido arruinada, como de costumbre, por esa mujer, esa señora Lowe-Porter, su traductora, por así decirlo. Ojalá se dedicara a un escritor menos importante, Hermann Broch, por ejemplo, o Hermann Hesse o Hermann Brecht.
—Creo que Brecht no se llama Hermann.
—Ya lo sé. Era una broma.

Eso es todo lo que se dice en The Magician sobre la mujer que dedicó buena parte de su vida a traducir en exclusiva la obra de Mann, no sólo sus grandes novelas, sino también sus relatos breves, sus ensayos y sus discursos. En este fragmento, Mann se muestra esquivo y no deja entrever su posición respecto al trabajo de Helen, pero es bien sabida y se caracteriza por una profunda ambigüedad. Agnes Meyer conocía sus recelos, los temores que a menudo le asaltaban de que sus obras fuesen «desnaturalizadas», «emasculadas», «castradas» por la traducción. Cuando se publicó Doctor Faustus, Mann envió a Meyer una carta en la que le decía: «¿De qué modo un libro traducido, por lo que carece del brillo retórico del original, podría tener un impacto natural tan potente?». Y en otra ocasión, durante su intervención en un acto de la asociación de escritores exiliados, afirmó que «todos los escritores saben lo que es verse reducido a una sombra literaria y no existir más que de una manera mutante y desnaturalizada». Y, sin embargo, con Helen se mostraba personalmente muy amable, comprensivo y solidario. El mismo año en que envió a Agnes Meyer la carta antes mencionada sobre Doctor Faustus escribió otra a Helen, quien había tenido que emprender la traducción mientras él todavía estaba trabajando en la obra (y no era la primera vez que ocurría, pues Helen ya había tenido que traducir el manuscrito de José y sus hermanos cuando la obra no estaba acabada y Mann volvía al texto una y otra vez para hacer adiciones y rectificaciones, lo cual supuso semanas de trabajo perdido por parte de la traductora). En esa carta a Helen el autor se esforzó por minimizar las serias consecuencias de semejante método: «En tales condiciones la traducción será ciertamente satisfactoria, lo que por lo demás es lo único humanamente posible».[1] La ambigüedad de Mann con su traductora, a la que denigra con frecuencia a sus espaldas, mientras que con ella, aunque en ocasiones, y a pesar de que su inglés no es excelente, enmienda amablemente la página traducida, muestra un comportamiento exquisito y parece un tema literario tan bueno o bastante mejor que el de los progresos que la pareja de alemanes exiliados en California realizan en sus intentos de dominar el inglés.

En resumen, la importancia internacional de Mann en las décadas de 1930 y 1940 estuvo indisolublemente ligada a las traducciones de sus libros que hizo Helen Lowe-Porter. Esas traducciones contribuyeron en buena parte al éxito del escritor en el mundo anglófono, de ellas que se hicieron numerosas reediciones y fueron objeto de estudios de literatura comparada. El respeto que mereció el trabajo de Helen se mantuvo durante décadas, hasta que, en la década de 1970, empezaron a hacerse nuevas traducciones. Entonces su labor se puso en tela de juicio, le llovieron las críticas y el debate quedó servido.

Ese debate, en ocasiones enconado, que ha sido objeto de apasionantes estudios de traducción, estaría de más en una novela biográfica sobre Thomas Mann, pero, desde luego, una presencia más equilibrada de la traductora en The Magician habría sido bien recibida por los conocedores de la relación, con tantas luces como sombras, que tuvieron Mann y Helen entre 1923 y 1951. Sin embargo, ella tiene también su novela, de la que es la protagonista, un relato biográfico debido a la neozelandesa Jo Salas, que en cierta manera hace justicia a la cancelada Helen. Al igual que The Magician, la obra se vertebra a lo largo de un eje cronológico, hay una parte de ficción, puesto que se trata de una novela y no de una biografía y, además de la compleja relación del gran autor con su traductora, destaca un tema muy interesante: el impulso literario de Helen, que le hace perseverar en la escritura de su propia obra a pesar de que cosecha un fracaso tras otro, una situación lacerante, patética, que ha amargado la vida a más de un traductor incapaz de aceptar que su don translaticio no ha tenido una feliz continuidad en el don de la creación literaria. Bien podría ser la materia de un artículo futuro.

Bibliografía

Colm Tóibín, El mago, Lumen, Barcelona, 2022, traducción de Antonia Martín Martín. Los breves extractos que aparecen en este artículo son traducciones mías del original.

Jo Salas, Mrs. Lowe-Porter, Jackleg Press, Washington D.C., 2024. No traducido.

 

[1] Estos datos proceden del ensayo de David Horton «Thomas Mann et Helen Tracy Lowe-Porter : le marriage de deux cultures», incluido en la obra colectiva Traduire avec l’auteur, dirigida por Patrick Hersant, Sorbonne Université Presses, París, 2020.

 

Jordi Fibla Feito nació en Barcelona en 1946. Entre 1964 y 1974 trabajó en dos editoriales barcelonesas y cursó estudios de Filosofía y Letras e idiomas. Ama por igual las lenguas inglesa y francesa, aunque como traductor se ha especializado en la primera, y sigue manteniendo viva la profunda curiosidad por el japonés que se inició medio siglo atrás. Traductor de Philip Roth, John Updike, Toni Morrison, Thomas Pynchon, Susan Sonrag, Colin McCann y Richard Power, así como varios autores franceses y japoneses, entre otros muchos, ha acumulado una obra abundante y muy diversa que él mismo ha calificado alguna vez como «archipiélagos de excelencia en un mar de mediocridad», aunque suele añadir que la mediocridad, pagadora de sus facturas, es lo que le ha permitido probar suerte en la traducción, tan sublime como poco rentable, de la excelencia. En 2015 le concedieron el Premio Nacional de Traducción por el conjunto de su obra.

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